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lunes, 31 de julio de 2017

EL LEGADO DE ATENA - NOTAS FINALES DE LA AUTORA






NOTAS DE LA AUTORA

Al fin, han pasado más de ocho años desde que el 15 de Diciembre del 2008 comencé a publicar esta historia y hoy, 31 de Julio de 2017, pude ponerle fin.

Han sido muchos años para un proyecto que en aquellos tiempos creí poder manejar y terminar sin tanta dificultad, sin embargo, ocho (casi nueve) años es mucho tiempo y pasé varias etapas de mi vida con él, como el tener mi primer trabajo formal, comprometerme, casarme, mudarme de casa, etc. Así que como iba creciendo y madurando, las ideas de mi antigua yo chocaban con mi actual persona. A veces pude arreglarlas, otras veces decidí ser fiel a lo que tenía y otras sólo seguí mis corazonadas con la esperanza de no dejar esto sin terminar, es por eso que quizá se notan muchos cambios de inicio a fin y hay algo de inconsistencia.

El fanfic no es perfecto, sé que tiene muchos errores de todo tipo, incoherencias y quizá cuando lo vuelva a releer completo me daré cuenta de que cometí muchos más, pero a pesar de esos problemas estoy contenta y satisfecha con lo que aquí hice y pude contar.

Mi pecado fue el querer abarcar tanto, eso lo sé, pero en mi ingenuidad de hace tantos años creí que no sería tan complicado lograr lo que me proponía y en retrospectiva me doy cuenta de que bien pude haber hecho como cuatro fanfics diferentes y no sólo uno, pero lo hecho hecho está.

En aquellos días estaba tan cautivada por fanfics en los que los autores inventaban su propia generación de santos que me dieron ganas de hacer lo mismo, con mi estilo y repleto de muchas locuras.

El Legado de Atena no es mi primer fanfic, pero sí es el más largo que he escrito y creo que será el último (cuando menos en mucho, mucho tiempo), ya que deseo emprender otra clase de proyectos que sólo puedo lograr en mi tiempo libre, mismo que utilicé para escribir esta historia.

Me divertí mucho, aprendí otro tanto y  me quedan gratas memorias de todo esto. Sólo me resta agradecer a los lectores que sin importar el tiempo por el que han seguido esta historia llegaron hasta aquí, ya sea escribiendo reviews de vez en cuando o sólo pasaban como lectores silenciosos, muchas gracias.

En verdad me animó mucho ver los reviews que de repente comenzaron a llegar, porque en la mayoría de los años que transcurrieron el Legado de Atena pasó desapercibido y/o ahuyentaba a los que leían el infame Prólogo, pero de repente en el 2015 comenzaron a llegar más lectores dándome sus buenos deseos, y eso de verdad me dio el último empujón que necesitaba para acabar el fanfic y que no quedara inconcluso.



AGRADECIMIENTOS

A Rexomega por haber sido el lector beta de este fanfic desde el inicio, así como ser mi Wikipedia Personal de Saint Seiya y Mitología Griega. La verdad es que sin el apoyo y los constantes ánimos que me dio este talentoso muchacho esto pudo haberse quedado estancado para siempre. Muchas gracias amigo mío, sé que llegarás muy lejos.

A mis amigos Nadia Zeta, Falcon, Albion Vega, Ronin, Luis-kun, Shadow Drako, Sliver, Eduardo Castro, Acuario Káiser, Link DZA y ETC_o_X, antiguos fanfiqueros de corazón quienes me apoyaron a iniciar esta historia.


CRÉDITOS

Historia escrita por Ulti_SG.

Personajes originales de Saint Seiya pertenecen a la historia de Masami Kurumada.
Personajes originales de Shaman King pertenecen a la historia de Hiroyuki Takei.

Personajes originales de Sakura Card Captor pertenecen a la historia de CLAMP.

sábado, 15 de julio de 2017

EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 66. Salve al rey

Avanish fue un joven entusiasta como muchos otros en la larga historia de la humanidad, quien creyó y luchó por la paz entre dioses y humanos cuando los inmortales decidieron exterminar a todos los humanos que nacieron con un don especial. Siendo tan ferviente su convicción, fue transformado y se convirtió en el primer Shaman King de la Tierra, el mediador entre el cielo y los hombres.

Su sacrificio, junto al de muchos otros, logró detener ese terrible genocidio, y pensó que todos podrían coexistir en ese pequeño planeta azul… Pero su visión de un mundo pacífico terminó siendo corrompida por las acciones de algunos dioses que, al reflexionar sobre el nuevo pacto con los mortales, decidieron volverlos peones, guerreros que lucharían hasta la muerte en sus nombres. Aquellos que tanto despreciaron de repente fueron convertidos en armas para satisfacer sus deseos de conquista y gloria…

Él alzó la voz, pero esta vez fue ignorado y humillado, y aun sin contar con la aprobación de los Grandes Espíritus decidió emprender una lucha para combatir ese cruel destino para la humanidad. Pidió a su gente seguirlo a la batalla, mas todos se negaron, temerosos del castigo de los dioses, convencidos de que mientras les permitieran prosperar y vivir no importaba que algunos tuvieran que sacrificarse en sus guerras santas.

Presa de la desilusión al ser traicionado no sólo por dioses, sino también por los mortales, Avanish decidió abandonar su puesto como Shaman King, siendo perseguido por su desacato.  Herido por aquellos que intentaron destruirlo, su destino lo llevó a conocer a Hécate, esa bella doncella que lo ayudó y ocultó por mucho tiempo, poniéndolo a dormir para que sus heridas pudieran sanar. Sumido en un confortable letargo soñaba constantemente con el mundo del hombre y el paso de las Eras, siendo testigo de los grandes acontecimientos y horribles desastres.

Al despertar, Hécate continuó cuidando de él, siendo su amabilidad lo que le permitió considerar efímeramente el que podría vivir allí con ella para siempre...
— Quédate aquí. Prometo que serás feliz —le pidió la inocente joven, sierva de Gea desde su nacimiento.
Pero él tomó una decisión diferente…

En ocasiones llegaba a preguntarse qué sería de su existencia si hubiera aceptado tal proposición, ¿en verdad habría sido feliz? Tal vez, es lo que sus sueños en ocasiones le mostraban, el precio de su necedad.



 Capítulo 66.
Salve al rey.

Poseidón miró con desprecio al impertinente dios de la guerra. — Ares, ya me preguntaba cuándo es que decidirías aparecer —le dijo, sabiendo que el aludido había estado presente, quizá, desde el momento en que inició la batalla—. ¿Acaso conspirabas con Apolo?
No te precipites, querido tío —le pidió la deidad, dejando de aplaudir—; como el dios de la guerra debo atestiguar todas y cada una de las grandes batallas que se suscitan en el universo, ¿crees que iba a perderme ésta?
Desafortunadamente ya no puedo poner un pie en la Tierra, pero no por ello la guerra dejará de ser parte de los corazones de los hombres… y de los dioses que la habitan —dijo con osadía—. He visto cada pequeño ajetreo de esta temporada desde casa, suerte para mí que tú y Apolo optaron por llevar su batalla hasta este recóndito lugar, sólo así es que puedo felicitarte en persona.
— No intentes engañarme, sé que nos separan años luz de distancia y es mejor que siga siendo así—Poseidón le advirtió, sabiendo que aquello no era más que una vana manifestación del dios de la guerra—. ¿Qué buscas aquí?
Cuánta agresividad, no todos somos como mi patético hermano, puedes relajarte —dijo, mirando con sus ojos rojos la ánfora sellada—. Pero admitiré algo para ti, mereces saberlo ya que te has coronado como el nuevo dios protector de la Tierra y de la humanidad —fingió admiración y se inclinó en una sarcástica reverencia—. La verdad es que sí tuve algo que ver en este pequeño lio —confesó aquel ser envuelto por el brumoso velo carmesí donde el miedo, el terror y la violencia tenían sus orígenes.
— ¿Qué estás diciendo? —Poseidón lo miró con desconfianza—. Explícate.
Ares alzó las manos, sobreactuando. — No por gusto, claro, aunque admito que no me desagradó. Me asignaron una tarea que implicaba tentar a cada uno de nuestros encantadores familiares y amigos a desobedecer las órdenes de Zeus… el resultado me dejó perplejo, sólo Apolo y nadie más… —explicó con fingida tristeza—. Me sorprendí con la decisión de Artemisa de abandonar sus dominios al conocer las intenciones de Apolo, eligiendo mejor huir que embarcarse en tal cruzada; parece ser que no siempre los mellizos coinciden en todo… chica lista —comentó para sí.
— ¿Quién? —exigió saber Poseidón con un deje de ira— ¿A quién respondes ahora, Ares?
¿No es obvio? —dentro de aquel brumoso velo se dibujó una sonrisa sádica y traviesa.
A la mente de Poseidón llegaron varios nombres, Atena entre ellos, pero sólo uno sobresalió por encima de los demás, sobresaltándole como si hubiera sido golpeado por un rayo.
— Zeus. —Poseidón casi dio un suspiro de resignación que logró disfrazar con un bufido de ira.
¿Y cómo decirle no al viejo?—Ares confirmó con entusiasmo—. Él que nunca llama ni me confía algo tan importante. — La divinidad se extendió y giró alrededor de Poseidón como un fantasma—. Él quería probar qué tanta es su autoridad aún sobre nosotros, por lo que no te preocupes, no se molestará porque le hayas dado a mi hermanito tal lección —el dios explicó, dando dos pequeños golpecitos al ánfora con la punta del dedo en modo de burla para quien allí dormía ahora—. Estoy seguro de que otros reinos celestiales han tenido los mismos conflictos familiares, pero eso no nos compete, hay mucha existencia allá afuera con la que se puede jugar —rió.
Típico de Zeus —pensó el dios del mar, decidido a sólo aceptarlo y no encolerizarse por los desastrosos planes de su hermano menor… Además, nada podía ser peor que aquella ocasión en que el sinvergüenza convenció a Hades de secuestrar a Perséfone. La tristeza de su hermana Deméter casi destruyó la vida en la Tierra.
Sí, típico de él salirse con la suya —coincidió Ares, compartiendo el mismo pensamiento del Rey de los mares—. Pues no sólo expuso a quien podría alzarse en su contra, sino que de esta forma logró que tú, el nuevo dios protector de la Tierra, y Atena, la actual regente del Olimpo, limaran cualquier aspereza que los separó alguna vez. —La presencia de la kamui de Poseidón era el claro símbolo de paz y alianza entre ellos.
Y por último, se aseguró de que todos vieran a quién tendrán que enfrentar si se les ocurre volver a poner sus ojos ambiciosos sobre ese pequeño pero interesante mundo. — Señaló al Emperador con las manos abiertas—. Te garantizo que el mensaje llegó fuerte y claro esta vez.
— Eso espero —amenazó Poseidón, no sólo a Ares, sino a todos aquellos que lo observaban desde algún lugar del infinito.

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Territorio Sagrado, ante los Grandes Espíritus.

Aun tras la volátil técnica de Atlas de Aries, el cuerpo de Avanish permaneció entero, mas no enteramente ileso. Sobre su blanca piel aparecieron pequeñas áreas negras, carbonizadas como su brazo llameante, en las que leves fisuras brillaban con un intenso color rojizo cual lava ardiente.
El primer Shaman King mantuvo la cabeza inclinada hacia las dos espadas cruzadas que salían de su pecho.
Su quietud dio esperanzas a los cuatro guerreros que hasta ahora han sobrevivido al enfrentamiento. Éstos sólo podían preguntarse en qué momento Shiryu de Dragón y Bud de Mizar arribaron al lugar y se movilizaron de tal forma para lograr atravesar al líder de los Patronos.
Las espadas Balmung y Excálibur lograron entrar por su espalda y emerger sin dificultad por el pecho del enemigo que tenían en común, esperando que de alguna forma eso fuera suficiente, mas Yoh Asakura fue el primero en saber que no sería así. — ¡Cuidado! —gritó, intentando advertirles.
— Eso fue inesperado —escucharon de Avanish, quien lanzó una siniestra mirada por encima de su hombro izquierdo—, pero inútil.
Shiryu y Bud intentaron mover sus armas, mas éstas quedaron adheridas dentro de las entrañas del primer Shaman King los segundos suficientes para que éste las expulsara al hacer estallar su poder espiritual.
Las espadas salieron del cuerpo del peligris cuando un torrente de fuego rojo emergió de las profundas heridas que le provocaron.
Ahora, con dos alas de fuego ardiendo en su espalda, Avanish lanzó una rápida mirada a todos sus adversarios, prestándole mayor atención a aquellos que por un momento de seguro se sintieron victoriosos.
— Los esperaba— les dijo con una sonrisa amistosa—. Con ustedes dos el Godaseirei se completa, pero ¿acaso eso debería preocuparme? —cuestionó con excesiva confianza.
— Se terminó, Avanish —dijo el Patriarca sin temor—. Todos tus guerreros han caído y es momento de que los acompañes para que juntos enfrenten su juicio final.
— Este mundo no puede perdonarte por todo lo que has ocasionado, llegó el tiempo de que pagues por tus ambiciones desmedidas —secundó Bud, ungido con el ropaje sagrado de Odín una vez más.
— Ilusos, ninguno de ustedes posee el poder suficiente para destruirme o cumplir la demanda de los dioses —Avanish aclaró sin miedo alguno—. Están aquí como representantes de la Gran Madre Gea. —Miró con tranquilidad a los seis guerreros divinos que lo rodearon en el aire en un aparente círculo inquebrantable—. Parece que ella no está dispuesta a favorecerme…
— ¿Aun después de todo lo que has ocasionado creíste que los Grandes Espíritus te tendrían consideración? —cuestionó Yoh, con el ceño fruncido—. Tuvieron piedad de ti hace miles de años, te dejaron marchar aun cuando no cumpliste tu papel de Shaman King hasta el final… Esperaban que encontraras paz en tu exilio, mas llegaste a conclusiones erróneas que pusieron en peligro a toda la humanidad. Eso es imperdonable y no volverá a pasar.
— Son padres inclementes, mas en el fondo amorosos con todos sus hijos. Ellos no serían capaces de destruirme, pero tampoco me permitirán continuar… el trabajo de ustedes es cumplir ese deseo. —Avanish cerró los ojos un instante sólo para reabrirlos de repente—. Mas nunca he sido un hijo obediente, por lo que desafiaré al destino una vez más y los aniquilaré antes de que eso suceda. ¡Los juegos se acabaron!
El grito de Avanish desencadenó su poder y retumbó en todas direcciones, mutando el entorno del territorio sagrado.
El interminable bosque de pinos se encendió de repente, convirtiéndose de inmediato en un mar de fuego rojo mientras el cielo se ennegrecía por completo; sólo el torbellino de los Grandes Espíritus continuó radiante e inmutable.
El ángel invocado por Avanish rugió, frenando su propia batalla con un aullido que era el cantico de millones de almas leales respondiendo a su señor. La entidad se volvió violentas ráfagas de viento para eludir al espíritu de la tierra a quien enfrentaba, y así viajar hasta llegar a la mano de su amo en el momento justo para que éste respondiera un ataque de Excálibur.

Shiryu no demoró en reiniciar la batalla, mas cuando su brazo cortante buscó la cabeza del inmortal se encontró con una cuchilla que repelió con la misma fiereza su ataque.
En el instante en que Shiryu retrocedió, Bud contraatacó con la espada Balmung al primer Shaman King, mas Avanish contrarrestó cada uno de los espadazos con la misma velocidad. El santo del Dragón rápidamente se unió al duelo de espadas.
Pese a tener a dos enemigos atacándolo con tanta ferocidad, Avanish no cambió su expresión confiada, pues parecía adelantarse a la trayectoria de cada estocada.
El primer Shaman King desplegó un veloz y brillante mandoble que obligó al par a retroceder cuando sintieron hilos de sangre resbalar por sus cuerpos.
El santo del Dragón terminó con su hombro derecho bañado en sangre mientras que Bud vio partirse en dos el casco de su armadura.

Avanish se permitió una breve pausa por la que el resto pudo ver la espada azul que ahora blandía en su mano izquierda, la auténtica forma del titán alado.
¡Esa espada! —Atlas la reconoció al instante, casi sintiendo un ardor en las heridas que sufrió a causa de ella.
— Correcto —Avanish señaló al atlante con la Áxalon, la espada que fue forjada con la voluntad de numerosas almas para combatir a los dioses—. Caesar la blandió con orgullo y pagó el precio de utilizarla sólo para ver cumplida su misión —le recordó mientras la espada flameaba con una energía azul muy poderosa—. Su infortunio fue el que apareciste en el camino y evitaste que asesinara a Poseidón… Lo que él no pudo hacer yo deberé terminarlo —lo amenazó, así como a cada uno de los guerreros que lo rodeaban.

Yoh Asakura se lanzó con valentía para atacar con sus espadas gemelas, seguido por Caribdis que revistió sus brazos con un letal aire cortante. Avanish combatió a ambos con una sublime destreza. La marine shogun aprovechó la cercanía para ver las heridas recientes en el pecho del primer Shaman King, sin entender por qué es que el enemigo no había muerto por ellas, mas Asakura sabía que se requeriría de un arma mucho más especial para llevar a cabo tal hazaña… comenzaba a dudar si es que en verdad podría destruir el alma de Avanish llegado el momento.
Una vez más, Avanish ejecutó un rápido y fiero corte que le permitió herir a ambos contendientes. Caribdis retrocedió por el espadazo que recibió en el pecho e Yoh por la patada que le conectó en la quijada, mas antes de que la Áxalon se clavara en el corazón de la marine shogun, uno de los Pretorianos de Atlantis la defendió con su escudo mientras dos de ellos precipitaron sus tridentes hacia el señor de los Patronos.
El colosal escudo redondo fue quebrado en miles de pedazos por la estocada de la Áxalon, mas salvó a la atlante de morir.
Para defenderse de los colosos Avanish aleteó una sola vez, repeliendo el ataque combinado y respondiendo con un inmisericorde corte que decapitó a los dos guerreros de Atlas de un solo tajo. En cuanto sus cabezas se separaron de sus cuerpos, los tritones se redujeron a un enjambre luminoso de energía que el resto de sus compañeros atravesaron para continuar la lucha.
Avanish se preparó para recibirlos, bloqueando los tridentes con simples movimientos de su arma, mas no contó con que entre ellos se colaría el veloz Fénix, quien logró asestarle un fuerte impacto en la cara, mientras que Bud de Mizar apareció por la retaguardia atacándolo con la Balmung, de la que emergieron centenas de rayos cortantes.
Avanish lo imitó, mas las descargas de la Áxalon sobrepasaron el poder de la Balmung y vapulearon al señor de Asgard. Antes de que Bud cayera al fuego que había inundado el suelo, se levantó una columna de tierra que adquirió la forma de una mano para atraparlo y mantenerlo a salvo unos momentos, mientras que el resto de los Pretorianos se lanzaron en picada sobre el primer Shaman King.
Avanish fue llevado al mar de fuego por la potencia de los aguerridos Pretorianos que se sumergieron con él dentro de tal infierno. Sólo habían desaparecido de la vista unos segundos cuando una infame explosión lanzó los restos de los colosos de vuelta al cielo, donde se deshicieron en partículas de energía.
Avanish emergió de las llamas rojas sin ninguna nueva herida en su cuerpo, algo que Shiryu intentó cambiar cuando arremetió con los Cien Dragones de Rozan. El antiguo dios de la Tierra sólo antepuso la mano de fuego, la cual funcionó como un escudo contra el que la furia de los dragones se estrelló sin encontrar satisfacción. El Patriarca se precipitó hacia Avanish valiéndose de Excálibur para atacarlo de manera directa.
— ¡Fuiste tú! —clamó el Patriarca en medio del duelo de espadas—. ¡Tú envenenaste la mente de Albert! ¡Lo utilizaste! ¡Lo llevaste a perder la razón!
— ¿Envenenar? —Avanish cuestionó hilarante—. Yo sólo le di el valor necesario para mostrar ante ti su verdadero corazón —corrigió, sin remordimientos—. Pensé que el gran Patriarca del Santuario sólo estaba ciego físicamente, pero acabo de entender que su ceguera va más allá—se mofó.
Furioso, el santo del Dragón logró provocar una nueva herida en el pecho del primer Shaman King, trazándose como una quemadura negra sobre su pálida piel. En respuesta inmediata Avanish incrustó la Áxalon en el costado del Patriarca tras quebrar la cuchilla de cosmos dorado que le daba forma a la legendaria Excálibur.
— No tienes por qué estar triste, te reunirás con él muy pronto —Avanish sentenció al mantener la espada dentada dentro del cuerpo del Patriarca y dejar que el fuego de todas las almas en ella lo consumiera.
Antes de que el daño fuera irreparable, Caribis de Scylla manipuló el aire para formar una garra gigantesca que sujetó al Patriarca y lo liberó de tal martirio, jalándolo en el momento justo en que las llamas del Fénix chocaron contra el enemigo una vez más.
El cosmos de Ikki pareció absorber las llamas del mar de fuego para acrecentar su fuerza, creando una tempestad que azotó contra Avanish.
En medio de la tormenta solar, Avanish buscó eliminar la fuente de tal ventisca, mas antes de poder ejecutar cualquier plan, el cosmos de Atlas estalló desde otra dirección, liberando su cosmos divino en una gran columna de luz. — ¡Ascensión de la Atlántida!
Ambas fuerzas unidas estremecieron el territorio sagrado por largos segundos en los que el fuego y la luz engulleron por completo al primer Shaman King.

El entorno se blanqueó por un par de segundos, y conforme la blancura disminuía para descubrir la extinción del océano llameante, una siniestra silueta se movilizó para herir a Ikki de Fénix y a Atlas de Aries de manera brutal.
Cuando Avanish volvió a plantar los pies en la tierra carbonizada, Fénix y Aries dejaron escapar un grito de dolor al ser golpeados por la Áxalon, que logró atravesar las armaduras divinas, hiriéndolos con numerosos cortes que sangraron de manera abundante.
El espíritu de la tierra atrapó a ambos antes de que se impactaran contra el suelo. El resto de los guerreros quedaron boquiabiertos al comenzar a creer que realmente enfrentaban a un enemigo invencible.
Salpicado por la sangre de sus enemigos, Avanish ejecutó un poderoso ataque en el que sus alas rojas se deshicieron en miles de agujas de fuego sagrado que se dispararon en todas direcciones. El espíritu de la tierra creó varias extensiones de sí mismo para proteger a los combatientes, mas en cuanto las agujas tocaban cualquier superficie estallaban con brutalidad, reduciendo a los gigantes en arena y así alcanzando a aquellos que intentó defender.
Los seis guerreros gritaron casi al unísono, presas de un indescriptible dolor. Todos cayeron humeantes al suelo, con sus armaduras sagradas bastante dañadas y sangre goteando por cada rasgadura en ellas.
¿Cuánto más tengo que hacerlos sufrir para que entiendan que no están capacitados para vencerme? —Avanish cuestionó con tranquilidad y hasta pena—. Es lo que me pregunto al verlos así, pero entonces recuerdo que yo mismo fui tan terco y tenaz como ustedes alguna vez… Así que adelante, levántense, no importa cuántas veces lo hagan, el resultado será el mismo.

Yoh Asakura fue el primero en intentarlo, logrando ponerse de rodillas, mas antes de que diera el impulso que necesitaba para ponerse de pie una mano lo sujetó fuertemente por el tobillo. — Espera, padre— le pidió aquel espíritu sagrado que nació de su propio corazón.
Aun ciego, Asakura logró visualizar claramente en la oscuridad una mano dorada cerrada sobre su extremidad—. Tengo un mensaje para ti.
— ¿Un mensaje? —repitió, confundido.

Ajenos a tal situación, los santos, el asgardiano y la marine shogun se alzaron con determinación y sus cosmos encendidos. Los cinco se arrojaron a la batalla sin cuartel en la que un solo hombre fue capaz de contener todos y cada uno de sus golpes, patadas, espadazos y cosmos.
Avanish respondió con la misma ferocidad de la que era blanco, mas el quinteto se las ingeniaba para protegerse entre ellos y evitar que alguno cayera fulminado al piso. Para ser guerreros que jamás habían luchado juntos, sus voluntades se vincularon de una manera especial que les permitió una coordinación armoniosa.
Consciente de ello, Avanish golpeó a los cinco al mismo tiempo, un ataque espiritual que les atravesó el pecho y bloqueó en cada uno un sentido al azar, desconcertándolos lo suficiente como para atacarlos con su energía espiritual.

Nuevamente dispersos por el campo de batalla, sólo las voces de sus cosmos les permitió a todos comunicarse entre sí, siendo Yoh quien dijera—: Todo se solucionará. — Su eterno mantra, aquel con el que siempre intentó mantener la esperanza en el espíritu de sus amigos—. Escúchenme, el plan no ha cambiado. Sólo necesito una abertura, aunque su cuerpo ha sido dañado, no es suficiente, aún no.
¿Cómo es posible que pese a todos nuestros intentos apenas y tiene un par de rasguños? —cuestionó Bud de Mizar tras haber perdido el sentido del olfato.
Es un ser divino —les recordó el ahora ciego Atlas de Aries—. Se requerirá de un poder mayor al que cualquiera de nosotros seis pudiéramos aspirar solos… Algo que hasta nuestra propia diosa nos ha prohibido.
No estarás sugiriendo que… —Ikki intuyó, sabiéndose incapaz de hablar al no contar con sentido del gusto.
Parece ser la única opción que tenemos. —Shiryu, ahora también sordo, entendió lo mismo que el santo del Fénix. Aunque el Patriarca se resistió a utilizar la Exclamación de Atena en el Santuario, ahora era diferente, no sólo se encontraban en una dimensión ajena a la Tierra, sino que Avanish era un enemigo cuya sola existencia seguía poniendo en peligro al mundo entero. El Pontífice jamás sabrá si su decisión contra Hades habría cambiado el destino de Hyoga o de Seiya, por lo que no estaba dispuesto a permitir que nadie más muriera por sus errores.

Sin permitirles más tiempo de calma, Avanish volvió a atacarlos con las agujas de fuego.
— No lo permitiré. —Aun sin sentido del tacto, Caribdis de Scylla  logró ponerse de pie, extendiendo su cosmos y ordenándole al viento y a las bestias que se desplazaban en él que protegieran a todos del infame ataque.
Para sorpresa de Avanish, sus ataques de fuego perdieron potencia y explotaron sin herir a ninguno de sus oponentes.
Sea lo que sea que tengan que hacer les daré algo de tiempo —agregó Bud, partiendo de manera temeraria hacia Avanish, quien se encontraba perdido entre una densa bruma abrasante.
No puedo moverme libremente, pero no se preocupen, no lo dejaré morir —prometió Caribdis, cuyo cosmos de tonalidades divinas acompañó a Bud en forma de ráfagas cortantes que tomaron la forma de las bestias de Scylla y de ella misma.

¿Estás seguro de esto, Shiryu? —inquirió Ikki una última vez al reunirse con los santos de Dragón y Aries. Aunque él no sentía inconveniente con faltar a las reglas, sabía que Shiryu siempre había sido un hombre disciplinado que las respetaba y defendía con orgullo.
Los anteriores santos de oro mancillaron su honor con el único fin de proteger el Santuario, a Atena y al mundo —respondió el Patriarca con solemnidad—. Llegó nuestro momento de imitar tal entrega, sin importar las consecuencias —concluyó, tomando la posición agazapada que quedaba en medio de la trinidad.
Nuestra diosa lo entenderá —secundó Atlas al colocarse a la izquierda del Patriarca, sin importarle que en su estigma de traidor se agregase una nueva falta.
Si esto es lo que debe de hacerse para traer la paz a nuestro mundo entonces no habrá arrepentimientos — acordó Fénix, tomando el lado derecho de la trinidad—. ¿Escuchaste, Asakura? Más vale que no lo eches a perder.

En la distancia Yoh Asakura asintió. —Gracias, santos de Atena —pensó agradecido—. Grandes Espíritus, por favor, no permitan que estos valientes hombres mueran aquí —pidió, desplegando su propio poder para convertir sus espadas gemelas en una sola katana resplandeciente.

Bud de Mizar corrió con el fuego de su vida ardiendo en la espada y armadura de Odín, arremetiendo contra Avanish quien se defendió con la Áxalon. La fiereza del tigre de Zeta combinó perfectamente con la ferocidad de los vientos de Scylla, por lo que la danza de cortes y golpes lograron rasgar repetidas veces el cuerpo del primer Shaman King, dejando sólo las marcas del filo en trazos oscuros muy superficiales.  Aquel despliegue de habilidad terminó cuando el puño flameante del antiguo dios de la Tierra descargó sus llamas contra el dios guerrero de Odín. Sin embargo, el viento dejó la ofensiva para volverse un escudo protector que reflejó las llamas y permitió que Bud ejecutara una estocada con la que volvió a atravesar el pecho de Avanish, creando un tercer orificio justo en el centro de su diafragma.
Cuando la Balmung salió por la espalda del primer Shaman King, éste sólo sonrió sin que algún dolor se marcara en sus facciones. 
Con su poder espiritual, Avanish destrozó la espada Balmung resguardada en su pecho, dejando a Bud sólo con la empuñadura en las manos. El primer Shaman King golpeó con su dedo índice cuatro veces el pecho del asgardiano, pulverizando el peto de la armadura sagrada e inyectándole un intenso dolor que desapareció el resto de los cinco sentidos del dios guerrero.
Privado de sus sentidos, Bud de Mizar supo que su tiempo había terminado… lo único que podía permitirse era el mantenerse en pie.
Avanish estuvo a poco de ejecutar al hombre que Skuld eligió como padre de Odín en este mundo, mas el estallido de tres inmensos cosmos hizo que desistiera, dirigiendo toda su atención hacia donde los santos de Atena le tenían preparado un último desafío.

A lo lejos, el peligris pudo ver a los santos formando la temible y prohibida trinidad que desencadenará la Exclamación de Atena.
Los cosmos de los tres santos crecieron al unísono, junto a su grito de batalla al exclamar con orgullo y solemnidad —: ATHENA EXCLAMATION!! (¡¡EXCLAMACIÓN DE ATENA!!)

La siempre indiferente Caribdis quedó perpleja al ver esa manifestación de poder, una recreación a escala del estallido que le dio origen al universo conocido, el milagroso Big Bang.
Bud de Mizar aceptó compartir el fatal destino del enemigo, mas de nuevo el Espíritu de la Muerte se negó a  tenderle la mano y llevarlo al Valhalla, pues intervino el viento que lo envolvió frenéticamente para alejarlo de tal colisión.

Avanish admiró con seriedad aquel bólido de destrucción que salió de las manos de los tres santos de Atena. El territorio sagrado vibró con violencia y los silenciosos Grandes Espíritus gimieron por la conmoción de tan devastadora técnica.
Antes de ser impactado por tal cantidad de energía, Avanish interpuso su brazo flameante, deteniendo el avance de la hecatombe.
Sin dejarse impresionar, Shiryu, Ikki y Atlas no desistieron y continuaron acrecentando su cosmos más allá del infinito.
Un último grito de lucha que retumbó como una campana del día del juicio, dibujó en el cosmos de los santos la imagen de la diosa de la guerra, desencadenando lo impensable. Avanish se sorprendió cuando su garra negra y llameante se volvió pedazos  ante sus ojos, siendo así engullido por el pequeño y deslumbrante Big Bang.
El cielo negro del territorio sagrado comenzó a fracturarse y se quebró completamente en cuanto la explosión ocurrió, arrasando con todo lo que hubiera a su paso.

Restregándose los ojos una última vez, Yoh descubrió que su vista se había restaurado, por lo que con más confianza se desplazó hacia Avanish en el momento en que la detonación ocurrió. — Allá vamos, Anna— pensó para sí, sin preocuparse por las energías residuales que calcinarían a cualquier ser vivo.
Sin saber el destino de los demás guerreros, Yoh tenía en claro que su vida sería un pequeño precio a pagar si con ello cumplía con el deseo de todos, por lo que avanzó depositando todo su poder espiritual en la katana de oro, encontrando a Avanish en medio de toda aquella tempestad.

Yoh apretó los dientes con furia al ver que Avanish estaba de pie; había perdido su brazo izquierdo por completo, las alas de fuego se extinguieron y todos los rasguños antes sufridos se volvieron largas grietas sin sangrar, sólo perpetua y pulcra luz emanaba en la delgadez de ellas, destellos del alma de Avanish y el poder brindado por la Gran Voluntad.
Avanish lucía en shock, con la cabeza inclinada hacia el cielo como quien acaba de recibir un fuerte impacto bajo el mentón, sujetando muy apenas en su mano derecha la Áxalon indemne.
Yoh fijó entonces la vista en aquel hueco en que las tres heridas logradas por Excálibur y Balmung marcaban los vértices de un triángulo invertido. Asakura atacó con su katana justo en esa ventana que le permitiría ponerle fin a la cadena de calamidades que azotaron al mundo.

La katana del Shaman King entró sin dificultad dentro de aquel resplandor que fue incapaz de cegarlo. En esta ocasión la punta de su katana no emergió por la espalda del enemigo, como si en verdad hubiera logrado alcanzar lo inalcanzable. Sin embargo, así como encontrarse ante un espejo, la Áxalon también libró su camino inclemente a través del pecho de Yoh Asakura.
Asakura tragó el gran borboteo de sangre que subió por su garganta, mirando de reojo hacia abajo, donde Avanish mantenía la espada dentada penetrando su cuerpo.
El primer Shaman King bajó el mentón, mostrando un gesto risueño con el cual dejaba en claro que todo lo que habían intentado resultó inútil e insignificante.
— Qué lástima —le dijo Avanish—. Creí haberte dicho que no tenías el poder suficiente para destruir mi alma, ¿creías que te subestimaba? —Empujó la Áxalón a través de Asakura hasta que la empuñadura golpeó el peto desquebrajado.
Pese a la agonía, Yoh mantuvo sujeta la katana con suma firmeza. Su vista se oscureció un mero segundo en que un vómito escarlata le manchó el mentón, mas rápidamente miró a Avanish a los ojos para decir—: ¿De qué… hablas? Y-yo sólo apunté —acompañado de una sonrisa triunfante.

Confundido, Avanish intentó descubrir el enigma de esas palabras, pero fue tarde. En el instante en que Asakura lo miró a los ojos, una horrible sensación lo atravesó por la espalda, lo suficientemente fuerte y desgarradora como para que por primera vez se viera obligado a soltar un quejido agonizante.

En la distancia de aquel desolador paraje ahora blanco, Shiryu, Ikki, Atlas, Bud y Caribdis pudieron ver cómo Avanish quedó en medio de Yoh Asakura y el espíritu de la tierra, quien tras haber adoptado un tamaño más humano atacó con lo único que el primer Shaman King no pudo prever.
La daga dorada con la que se pretendió asesinar a Atena en el pasado finalmente cobraría la vida de un dios.
— Adiviné que si me veías empuñar esa daga tú esquivarías mi intento sin dudarlo… y todo esto habría sido en vano —Yoh explicó, acrecentando su energía espiritual para someter a Avanish, cuyo poder iba decayendo rápidamente—. Al subestimarme sabía que me dejarías herirte sólo para probar que eras superior a mí, para mofarte de nosotros una última vez… Pero sólo bastó ese descuido tuyo para que mi espíritu acompañante pudiera herirte con tal reliquia… cortesía del Santuario de Atena, enviada por la mujer más peligrosa de este mundo, mi ex esposa, Anna Hiragizawa —se atrevió a bromear ante el rostro furioso de Avanish.
El primer Shaman King se tragó el resto de los alaridos que pudieron haber escapado de sus labios, miró con frustración a su enemigo con claros esfuerzos de resistirse a la derrota, negándose a soltar la espada con la que pretendió traer una revolución al mundo de los mortales.
Luchó, intentó hacerlo, mas la estocada en su espalda (un golpe directo a su alma) bastó para hacerle perder su auténtica fuerza. Siendo la única razón por la que ahora Asakura se convirtió en un auténtico peligro… ¡¿pero por qué no moría pese a que le atravesó el corazón?!
Al ver la determinación de Asakura brillando en sus ojos y en su poder espiritual, los sentidos de Avanish le jugaron una treta, pues por unos segundos se vio a sí mismo reflejado en su rival, una versión más joven e  ingenua, cuando todavía era un mortal.
Los recuerdos de su vida desde el inicio hasta el final bombardearon su mente al contemplar aquella imagen, los cuales le transmitían una verdad: Perdiste.

— Reconozco el susurro de la muerte cuando ésta te toma de la mano… pero ¿acaso los dioses no te pidieron llevarles mi alma? De esta forma terminarás destruyéndola… Desapareceré para siempre  —Avanish recalcó con un gesto más relajado.
— ¿Ah? ¡Cierto, pero qué descuidado! —Yoh gritó como todo un atolondrado que apenas y acababa de recordar ese detalle tan importante—. Maldición, supongo que tendré que enviarles una tarjeta de disculpas, o flores, a las diosas les gustan las flores ¿verdad?
Avanish contempló a Yoh en silencio, encontrando una mentira que nadie creería.
— Pero es como te dije antes, ese ya no será tu problema… es hora de que te vayas, esta vez para siempre —Asakura dijo, viendo que de las grietas en el cuerpo de Avanish la luz comenzaba a escapar en partículas que desaparecían a los pocos segundos en el aire.
Avanish intentó liberarse una última vez, pero cuando la daga de oro dio un giro violento en su espalda entendió que la derrota era irreversible. Miró por encima de su hombro, encontrándose no sólo con la fría mirada esmeralda del espíritu de la tierra, sino también con la del agua, el viento y el fuego sujetando entre todos la empuñadura de la daga, sobre la que empleaban toda su fuerza y energía.
Avanish entrecerró los ojos al mirar a esos cuatro seres, extensiones de los Grandes Espíritus, representaciones vivas de la misma madre Gea quien había decidido ponerse del lado de su actual campeón. Al volver la vista hacia Asakura miró a una niña de vestido blanco sujetándose a la cintura de Yoh para ayudarlo a estar de pie, encontrando también a la tenebrosa y oscura valkiria que ayudaba al Shaman King a mantener la mano cerrada sobre la empuñadura de su katana espiritual.
— Ganaron —dijo, finalmente rindiéndose al ver que su cuerpo también estaba descomponiéndose en arena clara—… Y no sólo aquí… Poseidón ha salvado el mundo de los hombres, ¿puedes creerlo? —Avanish cuestionó, sabiéndolo pese a haber ocurrido en un lugar retirado del cosmos—. Será un mundo extraño a partir de hoy… —Soltó la Áxalon y permaneció mirando con orgullo y expectación a su actual sucesor.
— Aún no termina —repuso Yoh para desconcierto de Avanish—. Todavía no puedes irte, no hasta que respondas cuáles eran tus verdades intenciones… Fue nuestra apuesta ¿recuerdas?
— Je, ya veo… La piedad que me brindas se basa en esa duda—el peligris respondió con sorna mientras desaparecía—. ¿Por qué no puedes creer que sólo fue porque estaba harto de los dioses y los humanos que los sirven ciegamente? Fui sincero… no quería que esta fuera una falsa utopía… donde las promesas vanas entre mortales e inmortales se rompiesen y todo vuelva a repetirse… Estaba seguro de que nada había cambiado, pero me equivoqué… —admitió tras un suspiro de resignación—. Realmente tú y los demás seres de este mundo han creado una Nueva Era…
Yoh Asakura no estaba convencido de sus palabras. — Dudaba de tu respuesta ya que, lo quisieras o no, tus acciones permitieron que todos llegáramos a caminar por la misma vereda… el dios Poseidón cerró una vieja herida en su alma, liberó a las atlantes confinados, hizo las paces con Atena y finalmente se ha convertido en el dios que este mundo estará honrado de tener como guardián… Se descubrió a un potencial enemigo dentro de la orden del Santuario que a la larga pudo haber corrompido una vez más ese lugar sagrado… Detuvimos la maldición que Hades dejó en este mundo… Revelaste las intenciones y ambiciones de Apolo… Eliminamos a Sennefer y Ehrimanes, las últimas semillas de Nyx que se mantenían en la Tierra, por lo que las puertas de ese reino no volverán a abrirse jamás —rememoró.
— ¿Qué esperas que te diga? ¿Que todo eso estaba planeado? ¿Que tras causar tantas muertes y devastación sólo seguía la ruta del héroe incomprendido? —Avanish preguntó, ocultando la agonía de su destrucción tras una faz arrogante, y hasta rió—. Eso, Asakura, es algo que nunca llegarás a saber —le dijo sin un ápice de remordimiento.

Yoh cerró los ojos un instante para decir una última cosa a su enemigo. —  A diferencia de ti, yo sí cumplo mis promesas. ¿Querías saber por qué no tomé el ritual?
Avanish no dijo nada.
— Quería seguir siendo un ser humano sólo un poco más de tiempo —fue la respuesta—. Después de tener dos vidas llenas de pena y sufrimiento, en ésta he sido muy feliz pese a las adversidades —dijo con sinceridad—… No pensé que tal capricho traería tantos problemas, pero supongo que ya no puedo demorarlo más.
— Comprendo —dijo el sereno Avanish antes de perder conciencia del ser, recordando por un momento su lejana niñez, juventud y las pequeñeces con las que podía ser feliz entonces. Pensó en lo mucho que le habría gustado vivir aquella etapa de su vida como mortal al lado de Hécate y sus hijas, para quienes jamás pudo ser un padre de familia ideal—… Cierto, ser humano es algo maravilloso... Yoh Asakura, el precio de tu victoria es perder ese invaluable regalo, ¿podrás seguir con eso?
— Serán sólo cuatrocientos ochenta y cinco años, me las arreglaré —respondió con camaradería—. Después ya veremos, un paso a la vez, viejo.
Avanish compartió esa sonrisa. — En verdad que somos parecidos, pero tú has logrado lo que yo no pude... Lo has hecho bien—fueron sus palabras finales antes de desaparecer.
En cuanto las últimas chispas luminosas se extinguieron y el último grano de polvo voló en el viento, el remolino de los Grandes Espíritus destelló con fuerza, cegando a todos los presentes, cubriéndolos con la luz blanca que se extendió por todo el territorio sagrado, arrastrando a los valientes guerreros hasta el lugar al que pertenecían.

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Continente Mu
Santuario del Shaman King

Yoh Asakura avanzó despacio por el oscuro túnel, sosteniendo la mano del gentil espíritu luminoso que guiaba su camino.
Asakura se detuvo un instante al atravesar el umbral de aquella vasta y solitaria cámara donde el trono del Shaman King se erigía al fondo. Junto al sencillo asiento de piedra pudo distinguir al Espíritu de la Muerte aguardándolo, habiendo dejado atrás la imagen de valquiria para presentarse en su forma de hombre joven de ojos dorados, encapuchado y vestido con una túnica negra que cubría sus pies.
— Señor Yoh —escuchó a su derecha, donde el líder de los Oficiales que le servían había estado esperando su llegada.
— Hola Silver, he vuelto a casa— lo saludó con una voz animada que contrastaba con su débil y demacrado aspecto.
El apache con máscara metálica y gran penacho de plumas blancas en la cabeza se atragantó por el pesar que le causaba ver al alegre Yoh dando sus últimos pasos. Aunque intentó no bajar la mirada, llegó a ver la gran herida en su armadura, así como la sangre que fluía de ella.
— … Bienvenido —respondió él, siendo la rutina de bienvenida que solían llevar a cabo cada que se veían dentro de esa habitación.
— ¿Cómo van las cosas? —le preguntó Yoh, dando un paso para reiniciar el recorrido al que Silver no podría acompañarlo.
El alto y fornido apache vio las huellas del Shaman King marcadas con la sangre que bajaba por su ropaje. — Todos en la aldea están trabajando arduamente, como siempre… Estoy seguro de que muchos de ellos lamentarán no poder estar aquí.
— No importa, de cualquier forma no me gusta la concurrencia —Asakura respondió, manteniendo la vista hacia el frente—. Además, no es como si no fuéramos a volver a vernos —aclaró, ocultando el terrible dolor que le ocasionaba la herida que la Áxalon dejó en su pecho. Con el corazón perforado, la única razón por la que continuaba de pie y andando era por la ayuda del Espíritu de la Vida que caminaba a su lado.
Tu sentido del humor nunca me ha sido del todo agradable —Yoh escuchó a pocos pasos de llegar al pie de las escalinatas que lo conducirían a su legítimo trono.

Anticipándose a la llegada de tan honorable soberano, Silver se apartó de la entrada del recinto y reverenció respetuosamente al invitado. Yoh giró lo más rápido que pudo en su condición para darle la bienvenida a quien menos esperó ver arribar a su morada.
Sobre las huellas de sangre marcadas en el suelo, el dios de mar avanzó con un majestuoso y firme porte.
— Mírate nada más, parece que te fue mejor que a mí —dijo Yoh con camaradería, impresionado por la portentosa kamui azul que cubría al Emperador de la Atlántida.
Poseidón sólo había necesitado de una lejana mirada para saber la condición del Rey de los shamanes y comprender lo que acontecería dentro de poco.
— Cumpliste tu deber.
— Y tú el tuyo—añadió Asakura con aire cansado—. Y ahora los dos seremos promovidos a nuevos empleos ¿no te emociona? Me tranquiliza que vayas a ser tú quien proteja a partir de ahora a la humanidad… Ya no podré involucrarme demasiado pero continuaré velándolos de otras maneras.
Poseidón jamás degradará el papel que Yoh Asakura ha tenido los últimos quince años. Pese a que el shaman intentó actuar con un perfil bajo, siempre estuvo guiando los pasos de muchos individuos para que encontraran su destino, ya fuera como santos, dioses guerreros, apóstoles o marines shoguns, entre otras cosas.
El Olímpico no pronunció palabra, sólo lo pensó y la urna sagrada en la que había confinado el alma de Apolo se materializó ante ambos.
— Ya que te preparas para marchar por una nueva senda, quizá puedas encargarte de esto en el camino. Después de todo, es deber del Shaman King encargarse de estos percances diplomáticos. —Poseidón acercó la ánfora a Yoh quien la sujetó por una de las asas—. Si alguien en el Olimpo está en desacuerdo con lo que sucedió entre Apolo y yo, que venga a tratarlo directamente conmigo.
Asakura sabía bien que nadie en este mundo (ni de ningún otro) será capaz de retirar el sello de la ánfora sagrada a menos que Poseidón lo consienta, por lo que llevar aquel objeto al Olimpo no era una ofrenda, sino una advertencia que vaya que le iba a incomodar mostrar.
— Tus hermanas seguro apreciarían más que les mandaras joyas o flores —se lamentó Yoh, quien aceptaba sin demasiados ánimos tal encomienda—. Pero yo se los diré, cuenta con ello.
Asakura arrojó el ánfora hacia atrás sin asegurarse si alguien estaría listo para atraparla. Por fortuna el Espíritu encapuchado la cachó sin ningún problema, observándola por unos segundos antes de guardarla enigmáticamente entre su túnica, un portal directo hacia el reino de la muerte y los espíritus.
Entonces el Shaman King extendió la mano hacia Poseidón en un humilde acto. El dios del mar observó la mano de Asakura que se negaba a temblar pese al esfuerzo que hacía para mantenerla en alto.
Es un inesperado acto, Poseidón no dudó en estrecharla con la suya, sellando una alianza inquebrantable que sólo dos reyes como ellos serían capaces de perpetuar. Uno aceptando su humanidad y el otro sacrificándola.
— Ten paciencia —Yoh le sugirió—. Y gracias por confiar en la humanidad otra vez.
— Nos veremos en el otro lado —dijo Poseidón con un tono amistoso, sabiendo que la próxima vez que se vieran Yoh Asakura ya no sería más un mortal.
— Sí, serán cuatrocientos ochenta y cinco años muy divertidos, lo prometo —dijo traviesamente.

Yoh Asakura subió los escalones para sentarse en aquel trono. Cuando sus manos descansaron sobre los reposabrazos, la niña le dedicó una dulce sonrisa, dándole un beso en la mejilla antes de soltar su mano, retirando de esa manera la bendición de la vida.
Yoh recargó la cabeza en el respaldó dejando ver una sonrisa pacífica y sin remordimientos cuando la Muerte posó la mano sobre su hombro.
¿Estás listo? —le preguntó con una voz familiar para Yoh, la de aquel amigo y rival que siempre cuestionó cada una de sus acciones, Ren Tao.
— Sí —respondió con su último aliento, manteniendo la mirada hacia adelante conforme sus ojos se cerraban lentamente—. Pero realmente me pregunto si ustedes están en verdad listos para —se dijo en tono de broma antes de perecer y comenzar un nuevo camino.



ESTA HISTORIA CONCLUIRÁ EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO


miércoles, 12 de julio de 2017

Banners utilizados durante la publicación de EL LEGADO DE ATENA

Estos fueron los banners que utilicé durante la publicación de toda la historia. Los dejo aquí como recordatorio.
 El 15 de Julio publicaré el Penúltimo Capítulo y el 31 de Julio el Gran FINAL. No se lo pierdan.












lunes, 17 de abril de 2017

EL LEGADO DE ATENA - Capítulo 63. Batalla de reyes. Parte I

Días atrás…

Por unos segundos en su mente aturdida, creyó que todo lo acontecido los últimos siglos había sido sólo una funesta pesadilla al despertar en una de las alcobas del Palacio de Poseidón y no en una mazmorra o a la orilla del río Aqueronte.
Sólo hasta que miró las vendas en su cuerpo es que el dolor se inyectó en él para hacerle entender un par de cosas: estaba vivo y todo lo anterior no fue un sueño.
Abrió los ojos de par en par y se irguió de un sobresalto que no tomó por sorpresa al médico que velaba su recuperación.
Paralizado por un agobiante dolor en el pecho, Atlas no logró abandonar la cama en la que se le permitió reposar tras su última batalla. Sudó copiosamente por el ardor de las heridas, mirando a la única persona que quizá podría esclarecer la situación.
— Debes tomarlo con calma, aún no has sanado lo suficiente— le pidió el humano que vestía una túnica azul sobre la que resaltaba una estola blanca en el cuello, tal y como los antiguos sacerdotes de la Atlántida usaban en la antigüedad.
El hombre de cabello oscuro y barba rizada se acercó con cautela, sabiendo lo impulsivos y aguerridos que pueden ser los guerreros de los dioses.
Atlas miró hacia los altos muros blancos de la habitación, buscando algo con desesperación, una respuesta que necesitaba oír.
¿Por qué…? —logró decir, encorvado por las dolencias provenientes del centro de su pecho, donde la espada Áxalon lo hirió de manera mortal.
Atlas removió la sábana azul e intentó levantarse, mas cayó pesadamente de rodillas vistiendo únicamente pantalones y vendajes. Pretendió levantarse apoyando las manos en el suelo, viendo que sólo una de sus palmas llegó a tocar el piso. Desconcertado, el santo de Aries miró su hombro derecho, encontrándose con un muñón vendado.
— Lo siento, no hubo forma de salvar tu brazo— dijo el médico de manera comprensiva, poniendo sobre los hombros del santo una túnica roja para mantenerlo en calor—. Pero es gracias a la benevolencia del Emperador que estás con vida— le dijo, sabiendo que su supervivencia fue más por obra divina que por cualquier tratamiento médico—. Alégrate.
Alégrate resonó en su cabeza con tal fuerza que le causó una gran incomodidad. ¿Realmente debía sentirse agradecido? Perder un brazo no era la razón de su angustia, sino el haber sido salvado por el dios al que traicionó hace tanto tiempo… ¡¿Por qué lo hizo?! ¿Piedad, perdón o sólo una extensión más de su castigo? ¡Tenía que saberlo!
Sacando fuerzas de su flaqueza, Atlas logró levantarse y andar hacia la salida de la habitación. El médico trató de detenerlo con advertencias que se perdieron en los oídos del atlante, quien avanzó descalzo por el interior del Palacio.
No encontró guardias en el camino, y aunque los hubiera los habría manipulado para que lo dejaran avanzar en paz, pues quisiera o no aún tenía cierta influencia sobre la voluntad de los marinos de su padre, lo comprobó cuando envió a los marines shoguns a luchar contra el coloso de Sennefer y los otros Patronos que invadieron la Atlántida.
Débil de cuerpo, mas  no de espíritu, Atlas siguió el camino que lo llevaría a encontrarse con su salvador, quien se movía en la distancia sin intenciones de ocultarse de él o evadir la reunión que estaban destinados a tener para así concluir su historia.
Los pasillos del Palacio no trajeron recuerdos nostálgicos que frenaran los pasos de Atlas, mas cuando puso un pie en el exterior, se quedó inmóvil ante el gran Corredor de los Reyes. Éste era uno de los pasillos exteriores principales del Palacio de Poseidón, donde la historia de su familia estaba plasmada en once bellas fuentes incrustadas en altas paredes de mármol.
Los dos grandes muros paralelos estaban seccionados por columnas para formar diez paredes en las que se encontraban detallados grabados y relieves sobre las que delgadas capas de agua caían de manera constante. En cada una de las fuentes se plasmaba la mayor hazaña de cada uno de los antiguos reyes de la Atlántida, sus hermanos Diáprepes, Azaes, Méstor, Elasipo, Autóctono, Mneseo, Evemo, Anferes y su gemelo, Gadiro.
Atlas avanzó despacio por ese corredor, mirando las representaciones de sus hermanos y sus notables epopeyas… Tras siglos de luchas y destrucción, jamás esperó que ese lugar continuara tal cual recordaba, y por supuesto no le sorprendió que la pared que debía contener su imagen sólo fuera un muro liso sobre la que el agua caía.
Sin embargo, cualquier tristeza de antaño desapareció en el instante en que contempló la onceava fuente al final del Corredor de los Reyes, la más amplia y bella sobre la que se encontraba la imagen de Clito, su madre. En el medio del mural la hermosa dama estaba de pie, con las manos sobre su vientre de donde resaltaba el símbolo del tridente de Poseidón; a su espalda se encontraba una alta colina y las olas del mar a su alrededor protegiéndola; en la falda de su vestido se plasmaban los diez pequeños niños que engendró con el dios del Mar, quienes al crecer se volvieron los soberanos de la Atlántida.
De los once, ese mural era su favorito, fue siempre el favorito de todos, incluso el de su padre, quien aún ahora lo contemplaba con cierta devoción.
Atlas pasó sus ojos del mural hacia la espalda de Poseidón, quien estaba sólo a un par de metros de distancia más adelante. No sentía que el Emperador estuviera ignorándolo, pero sí que esperaba que fuera él quien pronunciara la primera palabra.

La frustración que lo había acompañado durante todo el recorrido por el Palacio desapareció conforme caminó por el Corredor de los Reyes, por lo que con una mente más clara y mejor actitud, es que logró hacer la pregunta que lo atormentaba con una voz pasiva, en el idioma de los atlantes—: ¿Por qué me habéis salvado?
Poseidón aguardó unos segundos antes de responder.— La muerte es un sosiego que no merecéis, por lo que continuad viviendo y expiando la condena de vuestros pecados —citó para vergüenza de Atlas, dando una larga pausa para poder proseguir—. Por vuestro reniego a la vida sospecho que esas son las de palabras que queréis escuchar de mí, ¿no es así?
Atlas se sintió aún más confundido en ese momento.
Teníais todo el derecho de dejarme perecer —concluyó Atlas con la mirada baja.
Vos también, y aun así me protegisteis— el Emperador añadió, para sorpresa del atlante—. No podía actuar diferente —confesó—. Mas no significa que os haya perdonado —dijo, girándose finalmente hacia él para sostener su mirada.
Atlas no temió por su vida, por lo que estaba dispuesto a aceptar cualquier nueva condena que fuera a imponérsele. Se arrodilló y aguardó una sentencia.
No obstante, considero que el castigo ya ha sido suficiente —Poseidón explicó con un gesto serio y autoritario—. Vuestra gente ya ha sido puesta en libertad y estarán al cuidado de la Atlántida hasta el final de los días; serán tratados con igualdad y se les dará lo necesario para que puedan tener una vida próspera.
¿Es… eso cierto? —Atlas cuestionó, perplejo.
Poseidón asintió.— No deseo cosechar más sombras que en el futuro puedan ennegrecer mi reino, ya es tiempo de concluir el círculo de odio que las Moiras crearon a nuestro alrededor.
Atlas se agachó con claro agradecimiento; si bien pudo aceptar con dignidad la penitencia de Poseidón en la era mitológica, el que su dinastía fuera también condenada por su decisión era algo que lo atormentaba cada momento de cada día.
En cuanto a vos, Atlas de Aries, asesino de reyes, en compensación de la ayuda que otorgasteis a mi reino en la última batalla, yo os libero de la condena impuesta por el Olimpo —determinó con tono imperioso.
El santo apenas pudo creer que estaba escuchando tales palabras, pensó que sería algo imposible, que ni aun viviendo eternamente Poseidón lo indultaría… y ahora no sabía qué decir. En su incredulidad le costó respirar, sintiendo que estaba a punto de sollozar por el sobrecogimiento en su ser, por lo que mantuvo la cabeza gacha como honesta respuesta de agradecimiento, pues ningún santo tenía permitido reverenciar a otro dios que no fuera la sabia Atena.
Poseidón lo miró allí, postrado y temblando de manera involuntaria, sabiendo bien que esa era la forma en la que Atlas actuaba desde que era un chiquillo orgulloso.— En cuanto vuestras heridas hayan sanado deberéis idos —añadió, avanzando de regreso al interior del Palacio—. Regresad al lado de la diosa a la que decidisteis servir y no volváis —dijo, pasando a un lado del santo arrodillado, pudiendo escuchar un débil Gracias que sintió de corazón.
Poseidón se detuvo al quedar de espaldas del santo de Atena.— Eso es todo lo que tenía que decir como Emperador, pero como padre diré una cosa más —dijo, sin mirar atrás—: Vive, Atlas. Deja la oscuridad de tu vida aquí y abraza la luz de la nueva era— fueron las últimas palabras antes de desparecer dentro de la inmensidad del Palacio.




Capítulo 63.
Batalla de reyes. Parte I

Grecia, Santuario de Atena.
Exterior del Templo del Patriarca.

— ¿Quién es usted? — Shunrei pudo preguntar al fin, con un respeto infundido por lo que acababa de presenciar. Ante la orden de la mujer de gafas oscuras, el inmenso titán se retiró como un niño regañado.
La rubia permaneció de espaldas, girando sólo un poco la cabeza para responder, mas sus palabras fueron interrumpidas por el shaman Kenta, quien descendió a toda velocidad en la explanada del Templo.
— ¡Señora Asakura, está aquí!
La misteriosa mujer súbitamente giró el rostro hacia el imprudente shaman, quien, pese a no ver sus ojos por las gafas negras, se atragantó al imaginar claramente una mirada furiosa.
Hiragizawa —corrigió ella—. Señora Anna Hiragizawa* —puntualizó—. Recuerda que el imbécil de tu jefe me abandonó —recalcó.
— ¡Ci-cierto, disculpe mi imprudencia señora… Anna! —Kenta se disculpó con claro nerviosismo—. Es una alegría verla después de tantos años. Es bueno contar con su ayuda —agradeció inclinando la cabeza, siendo entonces consciente de algo—. ¡Pe-pero señora Anna…! ¡¿Por qué trae consigo a un bebé?!
Anna palpó la espalda de la bebé durmiente pese a los sobresaltos y alborotos del entorno; lucía tan tranquila pegada al pecho de su madre, y sólo el chupete rosado en su boca se movía al compás de sus respiraciones.
— ¡Es peligroso! —Kenta reiteró.
— El lugar más seguro para un bebé es al lado de su madre —la mujer respondió con indiferencia—. Además, el mundo está derrumbándose, ¿con quién iba a dejarla con la certeza de que estaría a salvo? ¿Con patanes como ustedes? —resopló—. Son tan incompetentes como el inútil de su jefe.
Señora Anna, por favor, no tiene que hablar así del señor Asakura —pidió el otro Oficial que la acompañaba, quien apenas llegaba al lugar. Sólo hasta entonces es que mostró que llevaba a alguien en brazos.
— ¡Syd! —Hilda de inmediato corrió hacia el hombre, arrebatándole el pequeño cuerpo de su hijo—. ¡Syd, por favor abre los ojos! ¡¿Qué pasa?! ¡¿Por qué no reacciona?! —preguntó con desesperación, trayendo un momento de silencio por el que todos pudieron centrarse en el peligro que los rodeaba.
Hilda comenzó a sollozar al ver el pálido aspecto de Syd y sentir el frío de su cuerpo. ¡No podía ser que su hijo estuviera muerto! ¡No lo aceptaba!
— Aún no es tarde para él —Anna habló, manteniendo la distancia—. Si regresamos lo que esa criatura le arrebató, es muy posible que pueda salvarse.
— ¿De-de verdad? —Hilda preguntó con un brillo de renovada esperanza, lo que le permitió hasta entonces sentir un débil palpitar en el pecho del niño que apenas respiraba.
— Mantenlo con vida hasta entonces, del resto ya nos encargaremos cuando llegue el momento —Anna aseguró con una confianza absoluta.
Si ella lo dice es que es verdad —Kenta intervino, sabiendo que debían hacerse las presentaciones adecuadas—. Ella es Anna A-Hiragizawa —casi cometió el mismo error, lo que habría costado dos costillas rotas en el mejor de los casos—, el señor Yoh debió haberla llamado para que nos ayudara con la situación aquí, ¿o me equivoco? —preguntó, ya que él no estaba enterado del por qué la sacerdotisa había sido convocada, sólo se alegraba de que hubiera llegado en el momento en que más la necesitaban.
— En efecto —Anna se quitó las gafas de sol, mostrando unos alargados y fríos ojos negros enmarcados en un bello rostro—, el Rey de los Tarados me suplicó que viniera a este caluroso sitio ya que estaba seguro de que algo grave iba a pasar, y vaya sorpresa, esta vez no se equivocó.
Anna se apartó un poco, mirando el horizonte hacia donde proyectó sus sentidos, siguiendo con interés la batalla que se suscitaba muy a lo lejos.
— ¿Entonces puede ella explicarnos lo que está ocurriendo? ¿Por qué Seiya ha cambiado de esa manera? No lo entiendo —Shunrei inquirió, aferrada a Arun, quien veía con preocupación al moribundo Syd en los brazos de su madre.
Kenta tardó unos segundos antes de responder—: Todo indica que el santo de Pegaso ha sido poseído por una entidad maligna a la que ya escucharon llamarse a sí mismo Hades, dios del Inframundo.
— ¡¿Es eso posible?! —La esposa del Patriarca se sobresaltó, pues sabía que el dios nombrado había sido eliminado por Atena en los Campos Elíseos.
Yo… no estoy seguro —Kenta confesó, avergonzado.
— ¿En verdad esa entidad que se encuentra dentro de Seiya es Hades? —Shunrei le preguntó a Anna, intuyendo que ella era la que tenía las respuestas correctas—. ¿El mismo Hades que invocó el Eclipse hace más de quince años?
— ¿Eso les dijo? —Anna preguntó casi sonriendo—. Por lo que puedo percibir es apenas una sombra de lo que el Olímpico fue… Una parte de él que de algún modo logró sobrevivir a la destrucción de su verdadero ser y estuvo oculta en el interior de ese hombre llamado Seiya… Lo increíble es que pudo pasar desapercibido para los sentidos de Yoh y de otros shamanes —comentó, meditando si realmente Yoh lo desconocía o sólo fingió no darse cuenta, pero rápidamente apartó tales pensamientos al no creer que el susodicho fuera tan inconsciente al tratar con un asunto tan delicado—. Pero eso no quiere decir que no sea un peligro —admitió con seriedad—. Es obvio que ha decidido alimentarse de esencias divinas en un intento de fortalecerse, si se lo permitimos podría convertirse en algo peor que el Hades que alguna vez sus guerreros enfrentaron.
¿Podría volverse más fuerte? —preguntó Kenta, aterrado por tan sólo pensarlo.
—  Por ahora la fuerza de su cuerpo huésped y el alma que robó de este niño parecen haberse amalgamado bien a su propia esencia... Así que sí, puede convertirse en una calamidad, por ello deben eliminarlo antes de que eso ocurra.
— ¡¿Matar a Seiya?! No, Shiryu jamás lo permitiría —aclaró Shunrei, negándose al plan.
— No hay otra manera —dictaminó Anna con frialdad—. Un exorcismo no servirá… ni siquiera Yoh creo que sea capaz de hacerlo, no es algo que haya enfrentado antes. Por lo que puedo ver, la esencia de Hades se implantó en el corazón del santo de Pegaso de tal forma que se ha vuelto una parte indispensable de él… removerlo lo mataría y en el mejor de los casos quedaría siendo sólo un despojo incapaz de valerse por sí mismo. No es que sea pesimista, es sólo que no hay opción.
— ¿Es verdad todo lo que has dicho? —escucharon de una voz que se adelantó a la aparición del Patriarca en la plataforma que todos ellos compartían.
— ¡Shiryu! —Shunrei se alegró un instante, pero pasó a la angustia al percatarse del cuerpo sin vida que él traía en brazos.
La sacerdotisa Anna reconoció el poderío del santo del Dragón, no sólo por su armadura sino por el aura que lo rodeaba, sin duda estaba ante el líder de los santos de Atena. — Si hubiera otra manera se los diría —juró.
Shiryu dejó el cuerpo de Albert en el suelo, permitiendo que Shunrei se acercara y confirmara el deceso del santo de Géminis. Intentó contener el llanto delante de su esposo, pero sus sollozos no pudieron esconderse. Aun sin saber que Albert actuó por influencia de una técnica mental, Shunrei no podía odiar a uno de los santos que vio crecer en el Santuario, siendo Albert el más cercano a Shiryu desde que era un niño. En verdad lamentaba su muerte.
Apesadumbrado por el dolor que compartía con Shunrei, el santo de Dragón se alejó de ellos con la clara intención de ir en ayuda de Asis de Sagitario, pesando en su ser el que este día no sólo había asesinado a un discípulo, sino que también tendría que acabar con la vida de un querido hermano.

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La Atlántida, reino de Poseidón.

Dentro del Sustento Principal, Poseidón buscó aislarse de todo para centrarse sólo en la protección de la Tierra, que era amenazada por la prominencia solar que Apolo dirigía contra ella.
Al no tratarse de un evento natural, el poder del dios del Sol incrementó de manera notable las llamas y la radiación que sólo otra fuerza igual o superior sería capaz de contrarrestar, siendo el cosmos de Poseidón la única razón por la que la Tierra no había sido arrasada por ese castigo divino.
No obstante, en el tiempo en que ha sostenido ese duelo distante, comprobó algo humillante, sobre todo cuando tosió al sentir una punzada ardiente en el pecho. Julián Solo saboreó la sangre que le manchó los labios, prueba de que había llegado al límite que tanto temía.
Desde que encarnó al primero de sus avatares en la antigüedad, Poseidón se había percatado de que un cuerpo  humano no era un recipiente ideal que pudiera soportar la carga del auténtico poder de un dios como él… Pero ese había sido el castigo de Atena, sellar no sólo su alma de manera permanente sino también el verdadero alcance y magnificencia de su cosmos.
En las pasadas guerras santas en que se batió contra la diosa de la Sabiduría, ambos se encontraban en igualdad de condiciones, atados a cuerpos mortales; pero todo era distinto ahora que intentaba combatir a un dios como Apolo, quien podía soportar la pesada carga del universo sin consecuencias.

¡Emperador! —alcanzó a escuchar dentro del inmenso pilar, era la voz de Tetis, quien había permanecido como custodia de las puertas que selló en cuanto ingresó.
Julián sacudió la cabeza e ignoró el llamado de su súbdita, agradeciendo que ella ni ninguno de sus guerreros pudiera ver las marcadas gotas de sudor en su rostro.

En el exterior, Tetis palpó la puerta sellada con preocupación, como si algo dentro de ella supiera el peligro que corría su señor.
— ¡Señor Poseidón, por favor responda! —suplicó, queriendo escucharlo decir que todo estaba bien, mas su prolongado silencio no hacía más que acrecentar sus temores.
— Él está bien, pero no por mucho tiempo —la sirena oyó, girándose a la defensiva, dispuesta a enfrentar a quien quiera que se hubiera atrevido a llegar hasta allí.
— ¡¿Tú?! — Tetis lo reconoció, siendo un hombre que durante años acudió a reuniones con el Emperador—. Yoh Asakura, ¿qué es lo que estás haciendo aquí? —preguntó con cierta desconfianza.
— Intentando ayudar, arreglar ciertas cosas —explicó, conservando las manos dentro de los bolsillos de su holgado pantalón—. Y también intento disuadir a tu señor de que el suicidio no es la mejor estrategia…
— ¡¿Qué?! —La sirena se sobresaltó.
— Él está intentando romper la barrera que mantiene cautivo su verdadero ser, piensa que es la única manera que tiene para vencer al enemigo y detener la hecatombe solar —el Shaman King explicó sonriente, como un niño que había revelado un secreto que no debía.
No te entrometas en esto. —Yoh recibió la inmediata reprimenda del dios del Mar, quien habló a través del cosmos—. Aléjate, ambos deben hacerlo —ordenó.
— ¡Emperador, no lo haga! —Tetis clamó, angustiada.
Justo en ese instante arribaron al sitio Enoc de Dragón Marino, Sorrento de Siren, Caribdis de Scylla y Nihil de Lymnades, seguidos por Atlas de Aries. Como si todos ellos pudieran ver a través de los muros del Sustento Principal, entendieron inmediatamente la situación por la que Tetis se encontraba tan afligida.
Escúchenme bien, mis marines shoguns —dijo, sabiéndolos allí reunidos y triunfantes tras la batalla con los ángeles—. El peligro que se cierne sobre el mundo ha superado mis expectativas, y por ello deberé hacer uso de mi poder real, uno que no me permitirá permanecer más tiempo aquí, con ustedes, en esta forma —explicó, sin dudar de la decisión que había tomado.
Los marinos se sobresaltaron, mientras que el Shaman King y el santo de Aries permanecieron expectantes.— ¡Aunque este cuerpo vuelva a la tierra, yo triunfaré! ¡Dejaré el resto en sus manos! —anunció, determinado a liberar el poder que durante siglos ha permanecido dormido dentro de su ser.
El Sustento Principal vibró con gran fuerza antes de encenderse completamente por el cosmos aguamarina del dios del Mar, desmoronando construcciones aledañas del Palacio y agitando el océano del planeta entero. Tethis sintió su scale vibrar al punto de la ruptura y un intenso calor lastimándole el cuerpo, mas en vez de alejarse se empecinó en permanecer allí.
El resto de los presentes se admiraron del poder creciente del emperador Poseidón, el cual parecía no tener límites; sin embargo, conforme se volvía más poderoso, mas abandonaba la humanidad que le daba forma.
Los marines shoguns dudaron sobre qué hacer, sabiendo que cualquier intento por contradecir al dios sería desacato, pero aun así ¿estaría bien sólo obedecer sin más?
Antes de que Sorrento obligara a Tetis a retroceder, la sirena aferró sus manos a las compuertas del Pilar en un desesperado intento de abrirlas, cerrando los ojos con dolor al sentir sus manos quemarse con tal solo tocar la superficie.
— ¡Tetis, ¿qué estás haciendo?! ¡Morirás, apártate de allí en este instante! —clamó Sorrento al ver que la sirena manifestó su colorido cosmos, el cual junto al radiante Sustento Principal era un insignificante punto luminoso.
— ¡No lo haré! —gritó ella, desistiendo de abrir las puertas del Gran Pilar pero manteniendo las manos sobre éstas, dejando que su cosmos fluyera y se fundiera con el del Olímpico—. Lamento no poder obedecer su mandato Emperador… pero no puedo traicionar mi corazón, es mi más ferviente deseo el ayudarlo. Aunque mi fuerza sea un simple grano de arena dentro de la infinidad de su cosmos, deseo pelear a su lado, ya que… —se atragantó por las lágrimas se le acumulaban en los ojos— ¡Este reino no sería lo que es sin usted aquí! —exclamó con valentía—. ¡No pienso vivir en un mundo donde mi Emperador no pueda disfrutar la vida que se permitió aceptar! ¡No dejaré que termine de esta manera! —sentenció.
No hubo respuesta por parte del Emperador, quien se sentía sobrecogido por la lealtad y amor expresado por Tetis.
— ¡Ella tiene razón!— Enoc avanzó hacia Tetis, posando su mano sobre el hombro de la sirena al momento en que encendía su cosmos, buscando la armonía con el del Emperador del Mar—. ¿Acaso ha olvidado lo que nos dijo aquel día en el Templo Principal, mi señor? —cuestionó respetuoso—. Somos sus armas, nuestros cosmos arden con un sólo fin y ese es el brindarle la victoria en sus metas. ¡Permita que nuestras vidas completen la fuerza que necesita sin llegar al sacrificio! ¡No es un pensamiento digno de usted el consentir que Apolo se imponga de esta manera, la batalla apenas ha comenzado!
Sorrento cerró los ojos y sonrió un poco al escuchar las palabras de Enoc, quien tenía las agallas suficientes para hablarle de esa forma al dios del Océano y no temer las represalias… sin duda ese coraje era la razón por la que fue nombrado comandante del ejército marino. El marine shogun de Siren avanzó y posó su mano sobre el hombro libre de Tetis, imitando a sus camaradas.
— Dijo que confiaría en nosotros ciegamente, Emperador, ¿acaso cambió de opinión? —preguntó, como lo haría a un amigo.
Nihil tomó por el brazo a la estoica Caribdis, guiándola hacia donde el resto de los marines shoguns estaban para unir sus cosmos al de ellos.

— No es como si fuera a morir en el sentido propio de la palabra—el Shaman King explicó al santo de Aries, quien aguardaba convenientemente a su lado—. Los dioses no mueren con tal facilidad, sólo demoraría su regreso a la Tierra, pero parece que malinterpretaron mis palabras.
Atlas miró de reojo al Rey de los shamanes, notando la sonrisa traviesa en su rostro.— ¿Es esta la reacción que esperabas? —le preguntó ante la declarada maquinación.
— No, pero esto resultó mejor —confesó, mirándolo fijamente a la cara un instante para después retornar su atención al radiante Sustento Principal—. La humanidad y los dioses caminando de la mano, olvidando el pasado y perdonando los rencores… un panorama que Avanish cree imposible se muestra ahora en nuestro mundo pese a tantas paradojas… Ganamos —musitó, para extrañeza que Atlas—. Ahora sólo nos queda solucionar tres grandes problemas que ensombrecen nuestro futuro, y este pequeño contratiempo no puede demorarnos —Asakura aclaró con semblante despreocupado y entusiasta—. ¿Me escuchó emperador Poseidón? —lo llamó, avanzando un par de pasos, sabiendo que sería escuchado por el dios—. Dejemos en manos de los habitantes de este mundo su protección mientras nosotros lidiamos con problemas de nuestra liga, ¿qué opina?

Poseidón siempre intentó ser paciente al interactuar con el Shaman King, mas antes de que objetara su burda insinuación, él percibió el gran poder que vibraba junto al suyo, uno que segundo a segundo crecía y provenía de los corazones de sus marines shoguns.

—Yo creo que en verdad podemos confiar en ellos  —aseguró Yoh Asakura, esperando la respuesta del dios del Mar.

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Grecia.

Asis de Sagitario retuvo y alejó lo más que pudo a Hades del Santuario, de Arun y del titán. Mas su poderoso rival no toleró ser tratado de tal manera, por lo que al encender su cosmos rojizo éste comenzó a quemar al santo de oro.
Asis resistió lo suficiente, y aunque la cloth divina le evitó grandes daños, no lo salvó de que las palmas de sus manos y su mejilla izquierda se carbonizaran por las llamas cósmicas.
Cuando vio que el gigante de oro desapareció del cielo, lo tomó como la señal que necesitaba para reiniciar el combate. Al soltarlo, se aseguró de patearlo en la espalda para crear una distancia prudente y así ejecutar la volátil técnica—: ¡Furia de Quirón!
Creando un segundo sol en el firmamento dentro del que Hades desapareció. Tras la detonación cósmica, el resplandor blanqueó el entorno un par de segundos en los que la fantasmal silueta de Hades se colocó frente a Asis, quien no logró reaccionar cuando fue vapuleado por numerosos meteoros rojos.
Antes de terminar estampado en el suelo rocoso, Asis desplegó sus alas, generando una ola expansiva que disminuyó la velocidad del resto de los cometas que se aproximaban, permitiéndole esquivarlos e impulsarse hacia su oponente.
Del puño de Asis se liberaron miles de truenos dorados, a lo que el dios respondió lanzando más meteoros rojos, imitando por reflejo la técnica del santo de Pegaso.
Relámpagos y meteoros chocaron entre sí, siendo Asis quien se desplazó de manera temeraria entre los estallidos para alcanzar a Hades, golpeándolo brutalmente en la cara. Aprovechando la conmoción momentánea del enemigo, el santo de oro logró impactar una decena más de puñetazos en los puntos vitales de aquel hombre poseído, fallando el último de ellos cuando sintió una presión abismal en todo su cuerpo.
Los ojos de Hades mantuvieron un destello rojo con el que parecía someter los movimientos de Sagitario.
Asis luchó, pero apenas y lograba mover un centímetro de su cuerpo por cada segundo que pasaba, y en una batalla de tal magnitud hasta en un parpadeo la muerte podría alcanzarte.
Hades permaneció en silencio, sin importunarle el labio partido del cuerpo que poseía, después de todo él no sentía ninguna lesión como propia.
El peliblanco sintió que el cosmos de Hades lo oprimía cada vez más, como si esperara pulverizar cada uno de los doscientos seis huesos de su esqueleto. Cuando escuchó la armadura de Sagitario crujir y vio las primeras grietas en ella, creyó que todo estaba perdido. Apretó los dientes mientras intentaba liberarse de tal presión.
Los humanos siempre se empeñan en retrasar lo inevitable —musitó el dios, preparado para asestar un golpe fulminante contra el indefenso santo de Sagitario, mas un rugiente cosmos desplazándose por el cielo detuvo la ejecución.
Hades desapareció antes de que un serpentino cosmos esmeralda lo alcanzara, desplazándose hacia un punto lejano a aquel en el que el santo de Dragón apareció en el aire.
Libre del cosmos del dios, Asis voló junto al Patriarca, agradeciendo en silencio su intervención. Imaginando que le exigiría una explicación intentó hablar, mas con una simple señal el Patriarca contuvo sus palabras.
— Conozco la situación, mucho mejor de lo que tú crees… Por eso es que sé bien que no podré hacerle frente a esta entidad yo solo. Necesitaré que me respaldes, ¿te sientes capaz? —lo cuestionó.
— Como si hubiera nacido para este momento —fue la respuesta del santo dorado.
— Entonces, permíteme un último descuido… Es algo que debo hacer —le pidió, avanzando un poco hacia el enemigo, quien lo contemplaba con indiferencia.
Para sus sentidos tan agudos y la forma que tenía para percibir al mundo en la oscuridad, Shiryu sentía una gran confusión al estar ante aquel poder que reconocía como el que Hades manifestó en los Campos Elíseos, pero también distinguía el que le daba fuerza a la constelación de Pegaso, mezclado con una tercera presencia que sólo había sentido una vez en Asgard hace muchos años. Esas tres esencias se fundían en una caótica entidad que estaba empecinada en concluir las ambiciones del dios del Inframundo.
Por ello y más es que Shiryu sintió la necesidad de hacer una absurda petición.— Seiya, si puedes escucharme necesito que lo demuestres, hermano. Si continúas allí dentro dame una señal, la que sea —pidió, sin avergonzarse de tal suplica.
El dios no reaccionó de ninguna forma, escuchó atentamente para limitarse a decir—: En los Campos Elíseos juré que acabaría con el alma de Pegaso… Él ya no existe, y pronto ninguno de ustedes lo hará.

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Más allá del infinito, en un espacio diferente y fuera de la comprensión de cualquier mortal se encuentra el hogar de los dioses, seres inmortales que nacieron del cosmos y fueron bendecidos con la sabiduría del universo y el poder del dunamis.
Dentro de uno de estos espacios gobernaba Apolo, renombrado dios del Sol e hijo del omnipotente Zeus.
Su morada era un inmenso templo sin techo y sobre el que un radiante sol siempre se encontraba en su cenit, bañando con su luz las blancas paredes. El suelo parecía estar hecho de mercurio, sirviendo como un espejo metálico que reflejaba la maravilla del ambiente, la pureza de los muros, el precioso rojo del cielo y las algodonosas nubes anaranjadas de aquel eterno atardecer. En el centro de tan magnifico templo de base rectangular se encontraba Apolo, de pie y en total solitud.
La figura del dios resaltaba aun entre los vibrantes colores del cielo, su cabello rojo y rizado coronaba su cabeza, mientras una tiara de oro le cubría la frente. Su esbelto y largo cuerpo se encontraba envuelto por una larguísima capa blanca que se mecía con el paso del aire sobre ella.
Ante su total quietud era increíble imaginar que se encontraba en pleno duelo de poder contra el mismísimo dios de los Mares, Poseidón, quien lo combatía desde el planeta Tierra.
Lo cierto es que Poseidón era alguien a quien debería temer o con quien tendría que evitar cualquier tipo de confrontación, mas confiado en que él se había fortalecido mientras el hermano de su padre se había vuelto débil, el dios del Sol tenía la certeza de que su voluntad se cumpliría.
En el momento en que sus heraldos comenzaron a perecer, no hubo tristeza, ni pena en sus derrotas, sólo un desprecio aberrante al saberlos vencidos por míseros humanos, avivando  más las llamas de la prominencia solar que dirigía contra la Tierra.
Seguía sin comprender por qué era el único dios dispuesto a no tolerar más las infamias que estaban cometiéndose en ese desdichado mundo. No sólo los humanos habían osado atentar contra los dioses crédulos que confiaron en sus artimañas; los impíos esbirros de Nyx estaban intentando volver a este plano a través de la corrompida Tierra; una abominación sin precedentes crecía en el interior del santo de Pegaso; y Poseidón había perdido lo último que le quedaba de cordura al decidir proteger un mundo tan corrupto y enfermizo del que jamás dejarán de brotar calamidades.
¿Era por miedo a Zeus? Desde que el rey de los dioses proclamó ese infame pacto con los humanos todos los Olímpicos parecieron haber perdido la dignidad… Nadie objetó pese a que en el fondo algunos lo desaprobaban, incluso el padre de los dioses se atrevió a darle a Atena el control del Olimpo… a ella, quien fue la iniciadora de tanto desorden al permitirles a los humanos descubrir las bondades del cosmos.
Quizá los demás dioses podían soportarlo, pero él no… No más.
— Es extraordinario ver que alguien que dice despreciar el pacto de Zeus para con el hombre, haya decidido beneficiarse tanto de él.— Apolo escuchó una voz que no lo tomó desprevenido, nadie entraba a sus dominios sin él saberlo, por mucho que este individuo intentara ocultarlo. Pero el intruso no deseaba esconderse, mucho menos atacar a traición, por lo que apareció frente al dios del Sol momentos antes de que éste abriera sus grandes e inclementes ojos azules.
— Apolo, ha pasado mucho tiempo —dijo el hombre joven envuelto por una austera capucha blanca que resplandecía como si estuviera hecha con hilos de luz.
El Olímpico no respondió pronto, sabiendo que sería indigno de su parte pronunciar el nombre de la despreciable entidad invasora.
¿Cómo osas dirigirme la palabra o siquiera mirarme a los ojos, falso dios de la Tierra? —cuestionó el imperturbable dios del sol—. ¿Planeas acaso volver a interponerte a mis deseos tal cual lo hiciste en la Antigüedad? No estuviste a la altura antes, no lo estás ahora. Arrodíllate y quizá te permita morir sin dolor.
Avanish sonrió, apartándose el capuchón de la cabeza con la mano vendada, dejando al descubierto su rostro y largo cabello gris.
Atrapados en un breve déjà vu, ambos dioses recordaron esa vez en que sus vidas colisionaron y cambiaron el mundo de los mortales para siempre. Para Apolo, Avanish era una ofensa que su padre Zeus le impidió remendar.
— Sigues mirándome de esa forma tan narcisista —Avanish indicó, para nada intimidado ante el alto Olímpico, cuyo cosmos ardía más que mil soles—. Pero te equivocas, no estoy aquí para ser el héroe de la raza humana, no esta vez —respondió con tranquilidad—. La humanidad ya no está sola y ha aprendido a defenderse por sí misma… puedo sentirme en paz con eso —murmuró, descubriéndose el hombro izquierdo, dejando ver que de entre las vendas negras y calcinadas que cubrían su extremidad, comenzaban a salir delgadas flamas rojas.
Venganza —Apolo afirmó, ese era el sentimiento que dominaba al falso dios de la Tierra—. ¿Acaso piensas admitir que todo lo que has hecho en la Tierra hasta ahora fue para llegar a este preciso momento? —el dios inquirió con cierto desagrado.
Avanish sonrió aún más, reprimiendo la risa.— Es cierto que a ti te debo todo lo que soy —dijo, arrancando los vendajes que reprimían el fulgor de las llamas perpetuas de su brazo izquierdo, mostrando una piel marchita y flamígera desde la punta de los dedos hasta la cicatriz punzante que se plasmaba a la altura de su corazón, eterno recuerdo de su batalla con el dios Apolo en la era mitológica—. Pero no eres el centro de mi todo… Aunque debo admitir que esperaba que el destino me diera esta oportunidad… Contaba con que me darías la oportunidad.
— Me acusan de asesinar a los dioses que decidieron habitar en la Tierra de acuerdo a las normas del tratado, mas también te has aprovechado de la situación todo este tiempo, enviando a tus ángeles cada que profetizabas el advenimiento de alguno de ellos y así consumir sus cosmos para fortalecer el tuyo —acusó, apuntándole con el dedo flameante—. Confiabas en que nadie se percataría de ello, pero fue demasiado ingenuo de tu parte ya que compartías el territorio de caza con mis propios depredadores —explicó, divertido—. Tuvimos que librar nuestra batalla con mucha discreción, pero ya que has decidido dejar de ocultar tus verdaderas intenciones nada me impide destruirte. ¿Recuerdas?  —enfatizó—. Todo dios que se atreva a incumplir el pacto queda sometido a la voluntad de los mortales y de las deidades que vivan en ese mundo llamado Tierra, por lo que tu muerte no será un agravio contra el Olimpo, sino justicia respaldada por los mismos dioses.
— Temo que esa es una justicia que no te corresponde impartir, mi honorable predecesor —interrumpió una nueva voz que se dejó escuchar por el lugar, siendo Avanish quien se sorprendiera al reconocerlo y volverse, pues había quedado en medio de Apolo y los recién llegados.
— Además, tú y yo debemos finalizar el juego que tenemos pendiente, ¿recuerdas? —inquirió el actual Shaman King, Yoh Asakura.
Apolo no centró su atención en el insignificante shaman, sino en la otra entidad que venía detrás de él.
Has venido, Poseidón.

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Grecia.

— La maldición de Hades… —musitó Shiryu, recordando el crudo momento en que Seiya recibió la estocada mortal del dios del inframundo para proteger a Saori Kido. En ese momento lo creyeron muerto y su regreso a la vida fue considerado como el último milagro labrado por la diosa antes de abandonar la Tierra… Pero ahora esa bendición se transformó en un maleficio para todos aquellos que mancillaron el orgullo del hijo de Cronos.
El santo de Dragón cerró los puños con fuerza, entendiendo que no existía alternativa… Como Patriarca, era su deber guiar a los santos a enfrentar cualquier amenaza que pusiera en riesgo la vida y prosperidad del mundo, por lo que no había momento para dudar, enfrentaría al enemigo sin importar bajo qué rostro se escondiera.
— No dejaremos que se propague en el reino de Atena —dijo, a lo que Asis entendió la instrucción oculta.
Shiryu desató la fuerza de los Cien Dragones de Rozan que desaparecieron ante el despliegue de cosmos de Hades. Asis vislumbró el momento justo en que pudo desplazarse para acortar la distancia entre él y el dios, mas Hades no se dejó sorprender y volvió a inmovilizar al santo con una sola mirada, al mismo tiempo en que extendió el brazo izquierdo para bloquear el Dragón Ascendente que el Patriarca intentó clavarle en la quijada. Sagitario aprovechó la colisión para liberarse y arremeter contra el dios.
Hades reaccionó como el santo de Pegaso lo habría hecho, bloqueando con sus manos los golpes del enemigo, reflejos que ese cuerpo dominado ya traía consigo y al que poco a poco se sentía más afín. Los dos santos lo cubrieron de siderales golpes que él contenía con una velocidad superior.
En las manos de Hades nacieron dos destellos rojos que impactaron contra sus adversarios. Asis lo recibió en la frente y Shiryu en el pecho, sufriendo la misma cantidad de dolor cuando el cosmos escarlata estalló dentro de sus cuerpos, incendiando sus armaduras en llamas rojas. Ambos cayeron estrepitosamente al suelo, siendo el Patriarca quien pudiera ponerse de pie primero, mientras Sagitario convalecía.
Es muy fuerte… pero a la vez es como dijo esa mujer, no es el mismo Hades al que enfrentamos, sólo una parte de él… De lo contrario ya estaríamos muertos —el Patriarca pensaba mientras trataba de elegir su siguiente movimiento.
Hades se adelantó y dejó caer sobre ellos una violenta marejada de cosmos.
Shiryu lo vislumbró claramente, ese estruendo y cauce torrencial sobre él lo transportó al Monte Lu y la cascada en la que por años se entrenó, sabiendo que era capaz de invertir la poderosa corriente.
¡Asis, apunta! —lo alertó con un mensaje telepático, a lo que el santo de Sagitario se incorporó de inmediato, maldiciendo la vista nublada que tenía tras el último ataque recibido.
Invocando su poderoso cosmos, Shiryu ejecutó el—: Rozan Sho Ryu Ha! (¡Dragón Naciente!)— siendo su puño el que invirtiera el cauce de poder y lanzara de vuelta la furia de Hades al cielo.
El hasta entonces imperturbable rostro de Hades alzó las cejas con asombro, interponiendo la mano para protegerse del torrente cósmico y consumirlo. Pero en ese mísero lapso de concentración absoluta, algo le impactó en la frente. Apenas logró ver el resplandor que le golpeó el casco y lo arrancó de su cabeza.
Hades echó la cabeza hacia atrás, pudiendo ver la flecha dorada clavada en el centro del yelmo, siendo solo tres milímetros de la punta lo que sobresalía en el interior de la protección. Un delgado e insignificante hilo de sangre cayó por su entrecejo, dividiéndose el cauce en dos por el tabique de su nariz. No sintió dolor, jamás lo haría estando dentro de ese cuerpo ajeno, mas el acto provocó que la ira recorriera su ser.
Ante la indicación del Patriarca, Sagitario sólo tuvo una oportunidad, siendo el rostro del dios el único blanco posible, mas por un inoportuno temblor en su mano derecha es que erró por varios centímetros. Anticipando el fallo, Shiryu ya se había impulsado hacia Hades, quien tenía la vista en el casco que volaba lejos de él. Preparó su brazo derecho y apuntó el expuesto cuello del dios con Excalibur.
Un chorro de sangre saltó violentamente en el aire cuando la espada cortó carne, arterias y hueso.
Shiryu contuvo el grito de dolor que tensó su mandíbula, apretando con la mano izquierda el muñón sangrante por debajo del codo que la magnífica espada de Hades dejó a su paso cuando ésta se manifestó.
El dios buscó herirlo de manera consecutiva, mas el santo de Sagitario se abalanzó y logró empujar al Patriarca antes de que fuera herido por segunda vez. Aunque ambos salieron del rango de alcance, Asis fue tocado en el costado por la veloz espada del dios, cayendo pedazos de su armadura para dejar a la vista un profundo corte del que la sangre salió a gran presión por unos segundos.
No habrá una segunda oportunidad como esa —el dios decretó con el ceño fruncido. Dejó que su cosmos carmesí fluyera por la hoja de su espada, lanzando un golpe a distancia que liberó una fulminante ráfaga cortante hacia los santos.
Preocupado por la seguridad del Pontífice, Sagitario sólo tenía en claro que debía alejarlo del enemigo, mas Shiryu chasqueó los dientes y se zafó del agarre para encarar el ataque carmesí, interponiendo el escudo del Dragón. Asis quedó boquiabierto cuando la coraza de jade no se partió en dos.
Shiryu voló a toda velocidad contra el dios nuevamente, anteponiendo el escudo para cubrirse de cualquier ataque a distancia, mas Hades aguardó, preparándose para cortar la cabeza del Patriarca del Santuario, lo calculó todo en ese nanosegundo, pero un destello inesperado cambió toda su visión cuando del muñón sangrante del santo apareció la reluciente hoja de Excalibur echa de cosmos dorado.
El dios antepuso atinadamente la espada divina contra su pecho, deteniendo el paso de Excalibur, quedando ambas unidas en un duelo de poder.
— Sin importar que hagas mi cuerpo pedazos, nunca me detendré —el Patriarca aseguró con valentía y fervor—. No soy el mismo muchacho ingenuo de hace quince años, ¡ninguno de nosotros lo es! —Un veloz golpe con el escudo logró que ambos separaran sus cuerpos sólo para iniciar un sideral duelo de espadas.

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Más allá del infinito. Reino de Apolo.

— ¿Ustedes? ¿Aquí? —cuestionó Avanish a los reyes.
— Lamento mucho la interrupción a su morada, señor Apolo —Yoh Asakura ignoró a su predecesor, hablando con fingida propiedad al dios—. Pero le gustará saber que estoy aquí para llevarme a este indeseable sujeto de su reino, ya que de seguro deberá atender con formalidad a este distinguido visitante. —Señaló con la palma de la mano al silencioso Poseidón, quien portaba su majestuosa scale dorada y miraba fijamente al hijo de Zeus.
Ambos dioses quizás ni escucharon al parlanchín shaman, mucho menos les importó que Yoh Asakura y Avanish desaparecieran del lugar cuando dos gigantes manos de fuego rojo emergieron del suelo para cerrarse sobre ellos y trasportarlos a otro destino.

Avanish no logró preverlo, pero una vez que esa mano flameante se cerró, le concedió a Asakura el llevarlo a donde planeaba sin oponer resistencia.
Las llamas no lo hirieron de ninguna forma, por lo que cuando se desvanecieron entrecerró un poco los ojos por el resplandor blanco que giraba no muy lejos de su actual posición. Reconoció el torbellino invertido sobre el cielo eternamente amarillento, los altos tótems de piedra incrustados en el árido suelo y el espeso bosque alrededor del torrente al que ellos llamaban Los Grandes Espíritus.
¿Qué es lo que vuelve dios a un dios?... Fue lo que me preguntaste justo aquí, antes de que iniciaras tanta locura y caos —habló Yoh, algunos metros frente a él, con el torbellino de luz respaldándolo.
— ¿Por qué me trajiste aquí? ¿Por qué interfieres? —Avanish cuestionó, manteniendo una débil sonrisa—. Si Apolo no es exterminado este mundo será arrasado por la fuerza del universo.
— Como ya dije, no es tu deber enfrentar tal amenaza, ni ninguna otra, deberías saberlo —el Shaman King respondió con afabilidad—. Además ya tengo mi respuesta, lo que me pediste meditar durante el largo desafío.
— ¿En verdad? —Avanish cuestionó con curiosidad—. Si estás tan ansioso por decírmelo, entonces hazlo sin demora, dame la respuesta que has obtenido.
— Es bochornoso —sonrió como un niño mientras se rascaba un poco la cabeza, más súbitamente cambió la expresión atolondrada a una más seria  y determinada—. Los lazos que crea con los seres humanos, esa es mi resolución.
Avanish no objetó, mantuvo una expresión serena pese a la mirada retadora del actual Shaman King.
— Un dios que no cuenta con vidas que proteger, —prosiguió Yoh, recordando el despertar de Horus en Egipto—,  ni seres que lo amen de manera incondicional —y la unión de los marines shoguns ante el Sustento Principal—, no puede llamarse a sí mismo dios.
Avanish soltó una repentina y mordaz carcajada.— ¡Cuidado Asakura, esas palabras te condenarían a un castigo eterno si te escucharan las entidades equivocadas! Pero yo lo respeto —celebró, apaciguando la risa—… La verdad, no es la clase de respuesta que esperaba de ti, pero no por nada continúas siendo un ingenuo ser humano.
— Un humano que te ha vencido en tu propio juego —Yoh le recordó—. Intentaste que este mundo colapsara desatando la ira de los dioses, pero ellos accedieron a escucharme y decidieron confiar en que la humanidad resolvería la situación —explicó con seriedad—. No fue fácil, te concedo eso, y en algún momento creí que fracasaría, sin embargo, hubo dioses benévolos que me apoyaron y lograron mantener la paz entre sus hermanos… y a ellos les estaré agradecido eternamente. Por lo que yo gané.
— ¿Y qué ganaste exactamente, Asakura? —cuestionó Avanish con hilaridad—. ¿Cuántos seres humanos quedan en este mundo ahora? ¿A cuántos defensores de esta Tierra has perdido? ¿Crees que el descontento con los reinos celestiales cesará sólo con palabras hermosas y promesas superficiales?
— En eso tienes razón, tuve que prometerles algo a cambio de que se apegaran al pacto pese a tus enfermas maquinaciones.— Apenas y movió la mano cuando una espada brillante se manifestó justo ahí para empuñarla. El mango era de un metal rojo, mientras que la hoja estaba hecha con una densa energía espiritual blanca —. Y eso es entregarles tu alma para que hagan lo que les plazca con ella.
— ¿En verdad valgo tanto como para que mi insignificante alma apacigüe tantos agravios? —preguntó irónico—. O eres muy buen orador o simplemente un cruel manipulador… —dijo, sonriendo de manera siniestra.
— No fui yo quien inició estas absurdas batallas. Por más que adornes tus acciones y te digas que buscas la salvación de este mundo, sólo los has llevado más cerca del exterminio.
— Tú también cometiste actos deplorables en tus vidas pasadas creyendo que hacías lo correcto para ti y los tuyos. ¿Quién eres tú para juzgarme, Hao Asakura? —dijo el señor de los Patronos.
— Admito que tú y yo no somos tan diferentes… —dijo el Shaman King con humildad—. Pero en las múltiples vidas que he tenido que surcar, he aprendido más cosas que las que tú pareces comprender —le apuntó con la punta de su espada—. La más importante, que las almas de los mortales no están hechas para cargar con el peso de la inmortalidad, no importa qué tan fuertes o voluntariosos sean, qué tan nobles o virtuosos actúen, al final, éstas sucumbirán por las debilidades más básicas de nuestra esencia: ira, miedo y soledad.
— Es por ello que se nombra a un nuevo Shaman King cada quinientos años, los Grandes Espíritus son sabios y entienden las limitaciones de los hombres. Pero tú te negaste a abandonar el puesto como el primero de nosotros, impulsado por la rabia de tu herido corazón, y vaya que entiendo eso— Asakura pausó, pero sin que su mano armada perdiera firmeza.
— Nuestras vidas son cortas y por eso vivimos con una intensidad que nos lleva a cometer muchos errores, pero a la vez a apreciar cada momento de nuestra existencia y experimentar cada emoción con plenitud. Ante los dioses somos seres diminutos e imperfectos, nos acusan de primitivos y salvajes, pero existen otros que entienden el espíritu humano y su deseo de vivir con tal pasión, siendo así que pueden perdonar nuestra ingenuidad e intentan guiarnos a un futuro mejor. Es lo que dioses como Odín, Horus y otros más están viviendo ahora, tras estas breves y temporales vidas  que se han permitido vivir entre nosotros, estoy seguro de que comprenderán de mejor forma a los seres humanos y aprenderán a ser mejores guías del hombre si ese es su deseo, terminarán por darnos un auténtico valor que va más allá de los prejuicios del pasado.
— De verdad tienes mucha esperanza en ellos ¿verdad? En los dioses. Si es así, dime ¿por qué es continúas siendo un simple mortal? Si los aprecias tanto como dices, ¿por qué es que te resistes a convertirte en uno? —Avanish preguntó—. Responde Asakura, es algo que en verdad deseo saber antes de que todo esto llegue a su fin.
— Sólo si tú me cuentas el auténtico motivo por el que hiciste todo esto —respondió el Shaman King con un gesto más amistoso.
— Destruir los ciclos enfermizos de este mundo —le recordó—. ¿Crees que miento?
— No, sólo que no me has dicho todo… Y por lo que pude ver en el Templo de Apolo, vaya que aún le guardas un gran resentimiento.
— Supongo que todo monstruo termina odiando a su creador —bromeó Avanish—. Pero no, jamás pondría en peligro a este mundo por algo tan insignificante como la venganza, disculpa por ver la oportunidad y no resistirme… Creí que apreciarías el favor.
— ¿Cómo puedes decir que te preocupas por este mundo si lo has llevado al borde un precipicio? Permitiste que seres del Abismo estuvieran a punto de apropiarse de la Tierra —recriminó.
— Aunque te cueste creerlo, todos y cada uno de los que decidieron seguirme tenían el potencial necesario para cambiar al mundo que conoces, ya sea por sus ideales o su poder. Sennefer jugó de manera astuta, sus métodos fueron agresivos y brutales, lo admito, mas yo pude ver a través de las apariencias y todos esos seres condenados a la oscuridad habrían vivido prósperamente si se les hubiera dado la oportunidad —comentó con cinismo—. Después de tantos milenios encerrados, volver a un mundo de luz los haría apreciar la vida como tú tanto profesas.
— Todo se acabó, Avanish, acéptalo —cortó Yoh—. Todos tus guerreros han sido derrotados, ¿qué esperas conseguir ahora? Estás solo.
— ¿Solo? —inquirió, sonriendo con sadismo—. ¿Me estás retando finalmente? Cuando aparecí ante ti, justo aquí donde pudiste intentar detenerme, no lo hiciste por miedo a que los espíritus de la Tierra pudieran salir lastimados, ¿qué hay de diferente ahora?
— El que ahora estoy seguro de que el mundo resistirá cualquier calamidad que le presentes.—Yoh se rodeó con su poder espiritual, brillante como el alba—. ¡Cuando los hombres, espíritus y dioses pelean por el mismo fin nada podrá vencerlos!
En menos de un parpadeo, Yoh Asakura se lanzó contra el primer Shaman King, dirigiendo la hoja de luz hacia la frente del peligris, quien sólo estiró la mano e interpuso la punta de su dedo llameante para detener el paso de la espada. El impacto embraveció el viento de alrededor, remolineando el cabello y ropa de ambos, así como doblando las troncos de los árboles que forraban el terreno sagrado.
— Tienes razón en una cosa, el pequeño juego entre ambos terminó… Creí que tendría más tiempo, pero superaste mis expectativas, bien hecho —Avanish dijo, sujetando entre sus dedos la espada de Asakura—. Pero si quieres vencerme tendrás que mostrarme algo mejor que esta mediocre posesión. La frágil alma de un samurái no será suficiente —musitó al quebrar la cuchilla de luz con un ligero apretón de su pulgar.
Yoh abrió los ojos sorprendido, escuchando el aullido de dolor de Amidamaru.
Con sólo pensarlo, Avanish manipuló los fragmentos en los que quebró esa alma y los lanzó como navajas hacia Asakura, quien atinó a transformar la empuñadura rota en un gran escudo para protegerse y volver a unir el alma de su más fiel espíritu acompañante.
— Sé que alguien de tu nivel puede invocar algo mejor —Avanish aguardó—. Vamos, ¿qué no planeabas confiar en los espíritus de la Tierra? ¿Por qué no aparecen e intentan proteger a su Rey como la última vez? —alzó la voz, incitando a que esas seis entidades se manifestaran.
— Solo uno será suficiente — dijo Yoh al desvanecer el escudo para inclinarse y tomar un puño de tierra sobre la que dejó su poder fluir, creando una katana japonesa con una empuñadura de jade y hoja dorada echa de intensa luz—, el que nació de mi alma y el que más ansía combatir desde que todo esto comenzó, ¡el espíritu de la tierra!
En el instante en que la empuñó, el suelo tembló ante el rugido de su poder liberado.

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Grecia.

Asis de Sagitario observaba el duelo mortal de espadas que el Patriarca y Hades mantenían por el cielo. Siguiéndolos de cerca buscaba la mejor oportunidad para intervenir, mas a la velocidad con la que se movían era imposible encontrar un instante ideal dentro de ese huracán de ráfagas cortantes. Con su vista de francotirador enfocada en ambos, mantenía el arco siempre listo para actuar en favor del Pontífice, quien de manera magistral había logrado resistir los embistes del dios del inframundo.
Sin embargo, cuando Hades tensó el entrecejo, la batalla cambió; sujetó con ambas manos la empuñadura de la espada, desatando un poderoso mandoble que obligó al santo a defenderse con el escudo del Dragón.
La fuerza empleada por el dios fue terrible, Shiryu sintió que su brazo izquierdo se rompió por el impacto por el que el escudo finalmente se agrietó, siendo empujado hacia la montaña más cercana, de la que demoró en salir por la profundidad en la que se vio atrapado.
Desde la distancia, Hades apuntó al santo con su espada y de ésta salió un fino resplandor de cosmos, el cual impactó en la flecha dorada que Asis lanzó como blanco sustituto. El proyectil se despedazó en diminutas partículas al ser tocado por el cosmos del dios, generando una explosión que enterró momentáneamente al Patriarca entre la montaña.
Para cuando Hades se giró hacia un lado, Sagitario ya estaba sobre él ejecutando una técnica relampagueante que logró contener al interponer la palma de la mano.
La mano del dios reflejó el cosmos de Asis contra él, mas el santo se entercó en avanzar pese al soplo cósmico que hacia su piel arder, así que en un batir de sus alas logró dar el impulso que le permitió sujetar al enemigo por la muñeca y desplazarse hasta su espalda para sujetarlo con fuerza e impedir que pudiera mover los brazos con libertad.
Al retener las extremidades del enemigo, Asis le concedió al Patriarca la fugaz oportunidad de un golpe letal. Shiryu lo escuchó en su mente, y lo vio tan claro como si sus ojos hubieran recuperado la vista. El descubierto peto de la cloth negra y detrás de ella el corazón corrompido por la maldición de Hades, ¿si lo perforaba todo terminaría? Seiya moriría sin duda, pero ¿y Hades?
Ese segundo de vacilación y el siguiente que le tomó el impulsar los pies, es lo que determinó el fracaso de los santos.
El resplandor en los ojos de Hades liberó un arrollador relámpago de su cuerpo, el cual unió el cielo con la tierra como un terrible presagio. El abrasador cosmos hirió a Sagitario, quien salió expulsado por centellas que castigaron y paralizaron su cuerpo.
Shiryu continuó su veloz ascenso, percatándose del cambio en el cosmos del dios, el cual dejó de sentirse como un torbellino devastador para transformarse en un siniestro agujero negro que lo consumiría todo.
El Patriarca pasó a través de Hades sin que Excalibur hubiera golpeando algún punto de su ser, en cambio, él escuchó su peto crujir y sintió su piel empaparse por la larga herida diagonal que se le abrió en el tórax. El dios buscó atravesarle el corazón por la espalda, mas el santo de Dragón giró sólo para recibir la estocada en el lado opuesto del pecho y así eludir la muerte unos segundos más.
Con una sola mirada, el silencioso dios lo condenó a morir al mover la espada a través de la carne del santo hacia su cabeza. Sólo alcanzó  a subir dos centímetros cuando una cadena se le enredó en el puño armado y de un certero movimiento manipuló la extremidad de Hades para que éste retrocediera y sacara el arma del cuerpo del Patriarca limpiamente.
Aquella abrupta separación casi dejó en la inconsciencia a Shiryu, mas rápido se sintió atrapado por alguien que se apresuró a llevarlo a tierra, donde ya el convaleciente Asis de Sagitario estaba levantándose.
El santo dorado no tenía idea de quiénes eran los individuos que aparecieron para auxiliar al Patriarca, pero en el resplandor de sus armaduras divisó las mismas propiedades divinas que existían en la cloth de Dragón.
— Ya estamos aquí Shiryu— escuchó de aquel que lo llevaba en brazos, en su debilidad tardó en reconocerlo, pero cuando lo hizo fue clara su exaltación.
— ¡¿Hyoga?! —Shiryu permaneció incrédulo, atragantándose por la sangre de sus heridas e impidiéndole hablar. Hyoga había desaparecido desde el inicio de todo esto. ¿Por qué ahora…?
— Seiya, cuida de Shiryu —pidió Hyoga a Asis de Sagitario una vez que pisó tierra. Por reflejo el santo dorado se acercó para sujetar al Patriarca del brazo y servirle de apoyo momentáneo.
— Nosotros nos encargaremos de Hades de una vez por todas, y salvaremos a Atena— el santo de Cisne añadió, elevándose a toda prisa para asistir en el combate a Shun de Andrómeda.
— ¿Ese hombre acaba de llamarme Seiya?— Sagitario preguntó un poco extrañado.
El Patriarca también se percató de ello, así como el que Hyoga mencionara a Atena en ese momento…
Por un lado debería estar contento por volver a saber de sus hermanos, vivos y con bien, pero la intranquilidad en su corazón le hacía desconfiar de la conveniente aparición.
— Es… como si no vieran lo mismo que nosotros —dedujo en voz alta, siendo así que en la oscuridad de sus ojos, una mujer se presentó ante él.
De hermosa apariencia y cosmos distinguido, la mujer de cabello azul y tiara en la cabeza le habló a través de su mente.
Está en lo correcto, Patriarca del Santuario. ¿Pero acaso eso importa? Ellos están aquí para ayudarlo ante un enemigo tan temible.
¿Quién eres tú? —el Patriarca preguntó, manteniendo esa conversación en secreto.
Mi nombre es Tara, Patrono de la Stella de Euribia.
¿Una Patrono? ¿Aún quedan más de ellos? —Shiryu pensó, siendo un pensamiento que no quedó oculto para la doncella.
La última— mintió, por el bien de su hermana y Ábadon—. Mas no es mi intención continuar con absurdas confrontaciones. La lucha del señor Avanish ya no es la mía, está solo —anunció con frialdad. Así como el primer Shaman King había abandonado a su madre Hécate a su fatal destino, ella decidió hacer lo mismo.
Sabiendo que sus pensamientos no estaban a salvo, Shiryu dejó de intentar ocultarlos.— ¿Qué les has hecho? —preguntó.
Fueron resguardados como una prevención por si los dioses decidían soltar su castigo divino sobre nosotros… Y ahora que está sucediendo pueden cumplir con su función. Sin embargo, no dejan de ser mis prisioneros —explicó—. Muñecos sin voluntad no sirven en una pelea de esta índole, pero tampoco puedo permitir que sus juicios se nublen sólo por la cercanía que tienen con Seiya de Pegaso… Y veo que no me equivoqué, ellos harán lo que usted no tiene el valor de hacer.
¡Sólo estás controlándolos! —Shiryu se mostró molesto.
Esa no es mi habilidad —confesó sin remordimiento—. Sólo elegí un momento apropiado de sus vidas y recreé para sus mentes y sentidos el escenario de su pasada lucha en los Campos Elíseos. Así, mientras usted ve el rostro de un querido amigo, ellos ven lo que realmente es, a Hades, dios del Inframundo.
¡¿Por qué haces esto?!
¿Reniega de mi ayuda? —Tara cuestionó—. ¿No le basta con saber que ya no seré más su enemiga y que al final de la batalla dejaré libre a sus amigos? Supongo entonces que quiere una respuesta más honesta… La única razón por la que estoy aquí es para ver a ese monstruo destruido —explicó con gran resentimiento—, quiero matarlo así como él asesinó a mi madre, y esta es la única manera que tengo para hacerlo


FIN DEL CAPÍTULO 63


* Mejor conocida como Anna Kyoyama, es un personaje oficial de la serie de Shaman King. Para este fic ella estuvo casada con Yoh Asakura cuál era su sueño desde pequeña, mas Yoh terminó la relación de manera abrupta al poco tiempo de que se volvió Shaman King. En consecuencia, Anna terminó volviéndose a casar con el viudo Eriol Hiragizawa, antiguo líder de los hechiceros y padre de Sugita de Capricornio.