lunes, 8 de abril de 2013

El Legado de Atena. Capitulo 35. El futuro no está decidido. Parte 2


— ¡¿Dónde está?! —resaltó una voz femenina por encima de las demás que murmuraban en la oscuridad — ¡¿Cómo está ella?!
Una joven apartó al resto de las siluetas oscuras, abriéndose paso hasta ser alcanzada por la luz de la cueva.
Alrededor de la fuente cristalina, sólo otras dos personas se dejaban iluminar por la luz: el guardián de mascara gris y una mujer de edad madura. Esa mujer portaba una armadura platinada con bellas incrustaciones de jade, su cabello llegaba hasta su cintura y cada hebra poseía el color del cielo azul.
— ¿Danhiri? —dicha mujer le preguntó a la joven recién llegada— ¿Qué es lo que haces aquí? Deberías estar llevando a cabo tu misión —le recordó con severidad.
— Sé cuál era mi deber, madre. Aceptaré cualquiera que sea tu castigo, pero ahora lo más importante para mí es Tara —respondió la joven con valentía, una guerrera que era idéntica a la chica vidente que habitaba dentro de las aguas de la fuente. Pero Danhiri no poseía gestos gentiles ni pacientes, sus facciones expresaban frialdad y furia de una mujer que seguía el camino de la violencia. Su cuerpo estaba cubierto por una llamativa armadura roja que resaltaba la blancura de su piel y el azul de su largo cabello.
— Tu sanción llegará, no por mi mano— le aseguró su madre—. Después hablaremos tú, yo y el señor Avanish, por ahora hay cuestiones más importantes que debemos tratar.
— La señora Hécate tiene razón —intervino el enmascarado—, Dahack está muerto, y desconocemos el paradero de Caesar y la localización de la Áxalon.
— ¡¿Qué has dicho, Ábadon?! —Danhiri exclamó—. ¡Eso no puede ser!
El llamado Ábadon asintió con pesar.
— Pero si Asgard estaba destinada a caer, ¿cómo es eso posible? ¡¿Cuál fue el fallo?! —la joven Danhiri deseó saber.
No lo llamaría ‘fallo’ —en respuesta, se escuchó la voz de la persona a la que siguen y obedecen—, sino un milagro… Una vez más la voluntad humana sobrepasa la fuerza del destino y transforma el futuro —sus palabras hicieron eco en cada rincón de la caverna.
Danhiri buscó a su señor donde suele sentarse, mas no se encontraba allí. Notó cómo es que Hécate y Ábadon miraban hacia el interior de la fuente, por lo que al acercarse un poco pudo encontrarlo.
Él estaba allí dentro, acunando a una durmiente Tara, quien permanecía en un sueño profundo forzado por su mano. De lo contrario, su joven vidente habría cometido más de un acto insensato sólo por amor. Su responsabilidad hacia ella era grande como para dejarla cometer equivocaciones.
— Es algo que ocurrirá con frecuencia a partir de ahora… Es común en las guerras de los hombres, donde las pasiones y los deseos determinan el rumbo de la historia. Pero no teman, esto no aplica sólo a nuestros adversarios, nuestros propios corazones pueden  lograr esos mismos milagros.
Las palabras de Avanish tranquilizaron a más de un alma dentro de esa cueva. Lo acontecido en Asgard despertó un miedo incomprensible en más de alguno de los presentes, pero terminó desvaneciéndose por el sentimiento de la esperanza.
Es lamentable lo que ha sucedido con Dahack… Pero Caesar vive.
— ¿Es cierto eso? Dígame donde encontrarlo y yo iré a su encuentro —Danhiri pidió con impaciencia.
No hay necesidad, ya lo han traído hasta aquí —fueron las palabras que extrañaron a los Patronos, tomándolos por sorpresa una serie de pasos que resonaron por el recinto.
Los guerreros allí reunidos se sobresaltaron como si un enemigo hubiera entrado a su recinto sagrado, un sitio que pocos son capaces de encontrar e imposible de penetrar para otros, a menos que cuente con la aprobación de alguien de dentro.
Los ensombrecidos Patronos reaccionaron rodeando al extraño, sólo Danhiri y Hécate permanecieron en la luz.

Las sombras parecieron más densas alrededor del individuo, pero a la altura de sus ojos un par de puntos electrificados era visible.
— Pueden dejar de contener el aliento, no vengo aquí a lastimarlos —fueron las palabras que emergieron de una boca que mostró dientes centellantes.
— ¡¿Tú?! ¡¿Cómo pudiste llegar a aquí?! —Danhiri exigió saber.
— Tomé de su amigo la información que necesitaba —respondió el invasor con clara despreocupación. No se sentía amenazado pese a que se encontraba rodeado por toda una élite de guerreros poderosos—. El resto fue fácil.
— No se precipiten, yo lo invité a entrar —intercedió el llamado Avanish, quien permanecía fuera de la vista de todos.
— ¿Qué? ¿Pero por qué? —Danhiri preguntó incrédula.
— Quizá porque tengo dos cosas que seguro extrañan —musitó el invitado en cuanto una serie de relámpagos borbotearon del suelo junto a sus pies, marcando un portal del que salió despedida una masa amorfa que cayó aparatosamente justo sobre la alfombra de flores que rodeaba el manantial.
Los Patronos se sorprendieron, pero se mantuvieron en espera, sólo uno de ellos no se pudo contener y respondió ante lo que consideró una afrenta. Ábadon  alargó el brazo hacia el misterioso hombre, y del brazal de su armadura gris emergió una cadena de oro con la que lo aprisionó.
El sujeto no se resistió, permitió que la cadena lo envolviera un par de veces, dejándole inmóviles los brazos.
Danhiri y Hécate observaron cómo esa masa se movió, comenzando a derretirse en gruesos hilos de sustancia oscura. Aquello batalló para abandonar el suelo, intentó incorporarse, pero sin piernas o brazos visibles parecía todo un reto.
Les resultó una criatura grotesca de la que empezaron a escucharse quejidos reprimidos, llenos de desesperación.
Las mujeres quedaron estupefactas cuando un brazo humano emergió triunfante de ese extraño capullo, y como otra le siguió, uniendo el esfuerzo de ambos brazos para romper la nefasta estructura que lo rodeaba.
Todos reconocieron a Caesar, quien gritó enfurecido y con un gesto desquiciante. El Patrono de Sacred Python inhaló aire con dificultad, cayendo de rodillas y manos al suelo.
Danhiri se apresuró a postrarse junto a él. Hécate vio con desagrado los restos de aquello que aprisionó a Caesar, sólo bastándole un soplido de sus labios para que tan nauseabunda sustancia fuera purificada por el rocío que existía entre el césped y las flores.
Aunque Danhiri lo llamó repetidas veces por su nombre, y hasta lo sacudió un poco, Caesar continuó sólo recuperando el aliento, mostrando una mirada muy perturbada por la experiencia que había sufrido.
— Denle un poco de tiempo, quizá recupere el habla en uno o dos días —comentó el invitado con tono burlón.
— Entonces fuiste tú, aquel que intervino en nuestra batalla contra los dioses guerreros en Asgard —lo acusó Ábadon.
— ¡Tú! ¡¿Qué fue lo que hiciste?! —Danhiri clamó furiosa, dispuesta a iniciar un combate que muchos allí lamentarían.
Todos, guarden la compostura —se escuchó la voz suave de Avanish en cuanto decidió abandonar el interior del manantial. El manto y capucha con el que se cubría brilló por el sol que recaía sobre sus hombros, como si estuviera echa de plata u otro metal precioso.
Los Patronos se sometieron a las palabras de su señor. Avanish caminó hacia Caesar, obligando a la joven Danhiri a apartarse de él.
Avanish puso la mano sobre la cabeza de su allegado y eso bastó para que el Patrono volviera en sí.
Consciente de sí mismo, Caesar levantó el rostro en cuanto su respiración agitada volvió a tonarse calma. Miró a su señor y al reconocerlo sintió que el peligro había pasado, aunque la vergüenza por su fracaso lo hizo devolver la vista a sus pies.
— Señor Avanish, permítame encargarme de este intruso —pidió Ábadon.
No —respondió con voz pasiva, dejando atrás a Caesar y avanzando hasta la línea circular que dividía la luz de la oscuridad en el recinto—. Si lo invité a pasar es porque yo mismo quería tratar con él. Libéralo.
Ábadon tuvo sus deseos por replicar, pero le bastó una mirada de su señor para obedecer.
Una vez que la cadena fue apartada de su cuerpo, el extraño invitado realizó una osada pero apropiada reverencia.
— Como te prometí, ambas posesiones tuyas han regresado sanas y salvas ¿será suficiente para que creas en mis palabras? —cuestionó el de ojos relampagueantes.
Actuar contra mis hombres es interponerse a mis deseos, ¿por qué debería permitirle a una criatura como tú servirme? —Avanish cuestionó, intrigado.
— Si interferí con tus designios fue para llamar tu atención, y ha funcionado ¿no es así?
¿Entiendes que podría destruirte justo ahora? —Avanish musitó sonriente—. También podría anular el contrato por el que estás dentro de ese cuerpo humano… no sé cuál de las dos situaciones sería más apropiada para ti.
— No dudo que pueda hacerlo, por eso es quien es —comentó la criatura—. A través de mi hermano que murió en Asgard, supe de la existencia de seres interesantes en éste mundo que me es desconocido y del que fui expulsado…  Mi única manera de encontrarlo era siguiendo a sus allegados, pero si los dejaba morir a todos, habría tardado más en celebrar esta reunión.
— Tenemos entendido que Caesar estaba destinado a acabar con todos en Asgard —dijo una de las figuras ensombrecidas—. Hasta que llegaste tú y arruinaste todo.
— ¿Será eso cierto? —la criatura reprimió una risa—. No, y lo sabes —se dirigió únicamente a Avanish—. Éste chiquillo cambió el futuro —palpándose el pecho—. El destino que veía terminaba en sangre y muerte, lo que ustedes buscaban… En ese momento yo desconocía todo esto, lo único que me importaba era sobrevivir, por lo que no dudé en tomar mi oportunidad. Una vez que él me dio el control de todo lo que le pertenece, fui capaz de ver el nuevo futuro que nuestras acciones ocasionarían, y puedo decir que incluso aquel hombre —señalando a Caesar—, iba a ser derrotado.
Los Patronos guardaron silencio, algunos deseando que su señor pulverizara al entrometido individuo, otros preguntándose si sus palabras eran ciertas.
— Como ves, intercedí por ti… y no pareces ser un hombre que no recompense dichas acciones.
— Cómo te atreves… —Danhiri susurró furiosa, frenando sus impulsos por una señal de su señor.
— Te doy la razón, criatura del abismo, haz hecho algo por mí de gran importancia. Las personas de buenos modales no esperarían nada a cambio, pero tú —calló de pronto, meditando cuidadosamente su decisión—… olvido con quien estoy tratando. Con un exiliado… un desterrado… Aunque nuestros orígenes difieren, eres como todos los que están aquí reunidos —Avanish alzó los brazos como si deseara alcanzar con ellos a todos los presentes—. Es posible que tengas razón, no existe un mejor lugar en el mundo en el que puedas ser bienvenido más que aquí.
— Señor Avanish, no estará accediendo a… —uno de los Patronos buscó intervenir, pero de nuevo fue silenciado por la presencia de su líder.
Todos ustedes han sido testigos de mi bondad en el pasado. Conocen en gran medida lo que es el abandono, la traición, la desesperanza —de manera fugaz recordó los momentos en que se topó con todos sus seguidores—… la soledad. Por lo que no está en mí negarle a una criatura perdida un refugio…
Avanish le dio la espalda a la oscuridad y miró con gentileza a Hécate, quien le respondió de la misma manera, aunque en sus ojos había un deje de preocupación e inseguridad.
Él me llamó desde la lejanía, me buscó y vino a mí. Está dispuesto a someterse a mi voluntad pese a que no estoy complacido con sus recientes acciones… Me ha pedido asilo, dirección, como todos ustedes alguna vez lo hicieron… Por lo que accedo a cubrirlo bajo mis alas.

Ehrimanes inclinó la cabeza, avanzando hacia la luz que fue borrando sus rasgos inhumanos y espectrales hasta iluminar por completo a un jovencito de cabello ocre que vestía ropas del reino de Asgard.
Ante los ojos de los presentes, inclinó una rodilla y la postró en el lecho de flores— Viviré para ver realizados sus deseos. Expulsemos de este mundo a los indignos y a los traidores. Los dioses tuvieron su oportunidad, no les permitamos arruinarlo de nuevo—Ehrimanes dijo, ocultando una tenebrosa sonrisa.


Capitulo 35
El futuro no está decidido. Parte 2

Asgard, Palacio del Valhalla.

Las mazmorras en el Palacio de Odín habían permanecido vacías y sin uso desde que la guerra civil fue mermada y los prisioneros fueron exiliados por decreto de Hilda de Polaris años atrás. Todo el lugar estaba polvoriento, y descuidado, sólo las antorchas empotradas en las paredes iluminaban los muros, las telarañas y algún que otro insecto o animalejo rastrero que terminaban escondiéndose ante los sonidos de pasos que avanzaban por el lugar.
Bud de Mizar caminaba por el solitario corredor de celdas, dirigiéndose a la única resguardada por un guardia de aspecto joven e inexperto. Le causaba pesar, pero la mayoría de los soldados del reino fueron asesinados durante la batalla contra los Patronos.
El pueblo de Asgard ha reaccionado con valentía y resignación, llorando a sus muertos pero también esforzándose por mantener vivos a los heridos, sanar a los enfermos y apoyar a sus gobernantes. Jóvenes como ese tomaron la iniciativa de cambiar sus herramientas de carpintería o caza por escudos y espadas. Bud sólo podía hacerse el propósito de impedir que el peligro volviera a sacudir a Asgard de manera tan trágica.

El dios guerrero ordenó que lo dejara pasar, aguardando a que los seguros fueran removidos. Tomó una antorcha bañada con aceite, encendiéndola con el mismo fuego que estaba a su alcance. Esperó hasta que la puerta fuera sellada una vez más para mirar el interior de la celda.
El lugar estaba hundido en la oscuridad, sólo las flamas en su mano iluminaron un poco el entorno. Avanzó, conociendo la instalación a la perfección como para saber donde arrojar el leño encendido para prender un lamparón de aceite que generó el fuego necesario para su propósito.

En lo profundo de la celda, un hombre fue alcanzado por la luz anaranjada. Gruesos grilletes aprisionaban sus manos y cuello, mientras que las cadenas estaban firmemente sujetas a los muros.
El prisionero no reaccionó ni siquiera un poco ante su visita, permaneció sentado como un mendigo recargado en la pared, con la cabeza colgante entre sus rodillas. Tenía el cabello desmarañado que le cubría el rostro, mientras el resto de su cuerpo se encontraba cubierto de vendajes.
— Me enteré que habías recobrado el conocimiento. Si no has intentado escapar de aquí significa que aceptas que despertaste en el lugar correcto, Clyde —Bud habló, acercándose al prisionero.
Clyde, dios guerrero de Megrez, continuó con su inmovilidad y silencio.
Bud de Mizar no podía negar su amistad con Clyde, después de todo, fueron los únicos dioses guerreros que estuvieron al servicio de Hilda en el pasado, por lo que lo conocía lo suficiente como para tenerle estima.
— Alwar me contó todo —Bud prosiguió en vista de no escuchar respuesta—. Decidiste traicionar a Asgard, atacaste a dos de tus compañeros y ahora Freya está luchando para mantenerse con vida después de su enfrentamiento. Dímelo Clyde, dime ¿por qué? —Bud reclamó, enojado—. ¿Qué te llevó a traicionarnos en el momento en que más te necesitábamos de nuestro lado?
Ni una palabra salió de boca de Clyde.
Bud se sentía lo suficiente molesto como para permitirse golpearlo, pero se abstuvo, decidió intentar algo más—. Clyde, ¿Qué fue lo que le sucedió a Aifor? —cuestionó, con éxito.
El dios guerrero de Megrez meció un poco la cabeza, como si le incomodara el tema.
— Antes de que la batalla terminara, se comportó de una manera extraña, ninguno de nosotros lo comprendió. Sergei asegura que no se trataba de él pero… antes de marcharse dijo que tú tenías respuestas, y sólo por ellas es que no he dejado ir sobre ti la verdadera ira que siento —le dijo con evidente advertencia.
Bud aguardó paciente, mirando a su camarada caído en desgracia. Le resultaba toda una ironía que aquel quien con más fiereza cazó a los traidores de Odín en el pasado, ahora se haya transformado en uno.
Para el dios guerrero de Mizar sería fácil no buscar pretextos para las decisiones que tomó Clyde, pero Hilda le pidió que no se precipitara, que el deber de ellos como dirigentes de Asgard era buscar la verdad. Si existía una conexión entre lo que le ocurrió a Aifor y las acciones de Clyde, él debía averiguarlas.

Cuando Clyde abrió los ojos después de su última pelea, se lamentó de saberse con vida. En algún momento, rodeado por toda esa oscuridad, creyó que estaba muerto y su estancia en el infierno no había hecho más que comenzar. Pero en cuanto un joven soldado entró para darle de comer supo que no era tan afortunado…
Si se mantenía en esa celda era porque así era su deseo. No le temía a Bud, ni siquiera a la ira de los dioses.
Clyde no pudo detener los recuerdos en cuanto le preguntaron sobre Aifor… No importaba si mantenía abiertos o cerrados los ojos, su imagen lo acompañaba, esa mirada que siempre lo caracterizó y la manera en la que, pese a todo lo ocurrido, le agradeció tantos años de cuidado.

¡Quiero hacer un trato contigo! —se escuchó la retumbante voz de Aifor, quien encaró al monstruo relampagueante.
¿Un trato? —Ehrimanes repitió, consternado.
Aifor de Merack asintió— A cambio de que abandones el cuerpo del maestro Clyde, y erradiques a los invasores que han invadido la tierra de Odín, yo te daré el mío.
¿Acaso he escuchado bien? —Ehrimanes cuestionó, sorprendido por tal propuesta—. ¿Me lo entregarás si te ayudo a deshacerte de esos sujetos?
Si la situación no sufre un cambio pronto, el futuro de Asgard será desastroso… ¡Todos van a morir! ¡No puedo permitirlo! Está en mí cambiarlo, pero para lograrlo necesito de tu ayuda —Aifor explicó sin temor o dudas—. Por eso estoy dispuesto a hacer un contrato contigo, en el que ambos saldremos beneficiados, ¿te interesa?
¡N-no… de… de-tente… n-no lo… hagas! —pidió Clyde de Megrez, notándose en sus gestos el esfuerzo supremo que se ejercía para poder mantenerse consciente y hablando, incapaz de levantarse del suelo por las severas heridas sufridas—. ¿Qué no entiendes… q-que… eso es… lo que él quiere?!
¿Un contrato? ¿Tú? ¿Te sientes con la capacidad para hacerlo? —cuestionó la criatura—. Hasta ahora me has sorprendido más de lo esperado, ya entenderé la razón por la que has podido hacer todo esto —meditó sus opciones y el extraño giro de los acontecimientos—… Tienes suerte, mi contrato actual con Clyde es complicado pero no irrompible… En vista que apareció ante mí alguien que con su entera voluntad me ofrece un cuerpo, tengo la libertad de aceptarlo.
Aifor escuchó a Clyde perfectamente, pero decidió ignorarlo para proseguir.
¿Entonces aceptas mis condiciones? ¿Dejarás al maestro y nos ayudarás a resolver esta situación?
Está bien, de cualquier forma Clyde ya no es apropiado para mí —Ehrimanes siseó con malicia—. Te ayudaré como me pides a lidiar con los invasores y sacarlos de Asgard… Pero después de eso, lo que yo haga es asunto mío —aclaró.
— ¡Basta…! ¡Para! —el guerrero de Megrez siguió insistiendo con desesperación, mas su pupilo no planeaba escucharlo. No lo iba a permitir.
Con sus últimas fuerzas, sacó de entre su cinturón una pequeña daga, intentó ser discreto pero fue difícil con los torpes movimientos de su cuerpo magullado. Sólo tenía que cortarse el cuello y entonces esa pesadilla terminaría, como debió haberlo hecho hace tantos años, pero nunca tuvo el coraje necesario para atreverse… hasta hoy.
Aifor y Ehrimanes se dieron cuenta, mas el dios guerrero de Merak se abalanzó sobre Clyde y lo detuvo, pudiendo desarmarlo con facilidad.
¡Eres… un tonto! ¡Mocoso… idiota! ¡No cometas… una estupidez! —Clyde aprovechó el acercamiento y lo cogió por el cuello, mas sus fuerzas no eran suficientes como para ser una amenaza.
Aifor tenía el rostro acongojado, pero no se atrevió a dirigirle palabra a su mentor. Todo estaba decidido y nada lo haría cambiar de parecer.
¡Mírame… mírame bien! ¡No puedes… confiar en él…! ¡Este es… tu futuro… quizá has elegido uno peor…! ¡Recapacita Aifor…! ¡Todo este tiempo… yo…! ¡¿Por qué?! ¡No necesito que… hagas esto, no necesito que me salves…! —se enfurecía a cada segundo que pasaba y su alumno no le respondía.
No había cosa que detestara mas que le dedicara esa mirada de cordero a medio morir.
¡¿Acaso no lo entiendes?! ¡Todo este tiempo… todo fue una farsa! ¡Ese día… en que te encontré… no dudé en utilizarte para mi propia supervivencia! ¡Lo único que tenía que hacer… era mantenerte vivo y prepararte para este día! ¡Y ahora que lo sabes… tú…! —Clyde tosió sangre por el esfuerzo, a lo que su joven alumno le sujetó la mano con la suya para decir algo al fin.
Quizá todo haya comenzado de esa manera… pero escúchese ahora, mire lo que está dispuesto a hacer para evitarlo —Aifor miró la daga y sonrió conmovido—. No puedo odiarlo maestro, por más que lo intentara no podría. El destino cruzó nuestras vidas en aquel entonces, quizá ésta es la razón por la que aparecí en su camino ese día en la nieve… No importa las razones por lo que lo haya hecho, usted me salvó y es el único padre que he conocido —compartió los sentimientos que siempre ha albergado.
Clyde quedó muy asombrado al escucharlo, las palabras ya no podían fluir de sus labios.
Pero por otra parte… esto va más allá de lo que sintamos usted y yo. Confíe en mí, esta decisión cambiará su destino, el del señor Bud, la señora Hilda, el del príncipe Syd, el de todos los habitantes de Asgard. Mi deber como dios guerrero es proteger esta tierra y a su gente, y pienso hacer honor a ello —Aifor volvió a ponerse de pie, dedicándole una última mirada gentil al hombre al que respeta y ama como a un padre.

Ehrimanes observó todo en silencio, entendía la delicada línea que lo separaba del éxito y desaparecer. Celebró la derrota de Clyde, quien no pudo cambiar la decisión del joven Merak.
No demoremos. Acepto tu propuesta, pero debes prometer algo más —dijo Aifor con desafío—. Serás libre de hacer lo que se te plazca excepto volver a pisar esta tierra, nunca volverás a entrar al reino de Odín.
Eso es aceptable —la criatura respondió con tranquilidad, no tenia interés en ese reino devastado.
Y jamás podrás hacerle daño a mis camaradas, nunca —agregó.
Oh, y ¿qué esperas que haga si se atreven a levantar su puño contra mí? —Ehrimanes cuestionó sarcástico.
Cuando te unas a mí, estoy seguro que tendrás las herramientas para evitar dichos encuentros —Aifor respondió de inmediato—. No es mucho lo que te pido si consideras que voy a dártelo todo. Al final tú sales ganando.
En eso te doy la razón. De acuerdo pequeño Aifor, yo Ehrimanes acepto hacer un pacto contigo —la sombra se ensanchó dentro de la jaula de luz dorada que lo aprisionaba—. Debes abandonar todo lo que te ata a tu vida pasada y sellar nuestro acuerdo.
Aifor asintió, con un pensamiento la armadura de Merak se separó de su cuerpo. Cada trozo volvió a ensamblarse hasta formar la figura del caballo de ocho patas.
Eso también —Ehrimanes señaló con una mano brumosa.
El joven tomó el brillante medallón de su cuello. En contra de lo pensado, Aifor dio media vuelta y se aproximó a la agonizante Freya quien ya había perdido el sentido,  pero algo de vida todavía alzaba su pecho de manera errática.
Con cuidado, Aifor colgó su reliquia en el cuello de la pelirroja quien, de algún modo, dejó de sentir dolores, pudiendo descansar.

El joven volvió a pararse frente a la jaula dorada, dentro de la que se arremolinaba un tornado negro.
Yo, Aifor de Merak Eta, accedo al pacto establecido contigo Ehrimanes. Cualquier falta a las condiciones establecidas terminará con dicho contrato— el joven se hirió la mano que aún podía mover con libertad utilizando la daga que tomó de su maestro— Que mi sangre selle este tratado…
Los barrotes luminosos  se desvanecieron al término de tales palabras. La sangre que Aifor ofrecía fue manipulada por el viento hasta formar un delgado hilo que unió a ambos seres.
¡¡¡Aifor!!! —clamó Clyde en cuanto vio desvanecerse su conexión con Ehrimanes.
El joven Merak cerró los ojos, siendo golpeado por la feroz corriente que lo envolvió en sus tormentosas cortinas.
El torbellino oscuro perdió rápidamente intensidad, conforme los relámpagos circulaban alrededor del joven guerrero. Las centellas parecieron curar el herido y fatigado cuerpo de Aifor, pues su brazo roto dejó de estarlo y todas las otras lesiones desaparecieron.
Cuando la ventisca se desvaneció, el joven permaneció con los ojos cerrados unos segundos en los que Clyde continuó llamándolo con persistencia. Pero cuando el dios guerrero de Megrez vio una siniestra sonrisa marcada en esa cara, supo que Aifor fue llevado a un lugar lejos de su alcance.
¡¡No!!... ¡Maldito… mil veces maldito! —Clyde buscó arrastrase hacia él, motivado por la furia en su corazón, pero todo era inútil, no pudo avanzar.
Ehrimanes subió los brazos, los cuales observó detenidamente, cerrando las palmas de las manos un par de veces—  Ah, la sensación es totalmente diferente. Un cuerpo que no pelea, que no se resiste —rió un poco—. ¡Esto es maravilloso!
Ehrimanes caminó hacia su viejo recipiente, dichoso de verlo en ese estado de completa desesperación— Tengo que agradecértelo Clyde, después de todo cumpliste con tu parte del trato —rió con la voz del joven Merak—. ¡Ahora eres libre! ¡¿No estás contento?! —se mofó entre carcajadas—. Las cosas resultaron mejor de lo que creí. Lo di todo por perdido cuando este chiquillo demostró su verdadero poder, pero el destino tenía algo mucho más grande planeado para nosotros.
— ¡Voy… a matarte! ¡No vas a…!
Ha sido un trato justo —Ehrimanes se anticipó—. Obtuviste tu libertad, yo obtuve un cuerpo perfecto, y el chiquillo logró salvarte. ¡Todos ganamos!
Clyde logró sujetar el tobillo del joven, apretándolo con las fuerzas que le quedaban.
Qué lástima me das Clyde —dijo con cinismo—. Ojalá pudiera acabar con tu vida para que dejaras de sufrir, pero me han atado las manos. Si quieres morir tendrás que hacerlo tú mismo —con el pie situó la daga a una corta distancia del dios guerrero—, ya no habrá nadie que te detenga.

Ehrimanes dio media vuelta, zafándose con extrema facilidad del agarre de Clyde —Ahora vayamos a cumplir el último deseo de Aifor… Porque después hay una persona a la que deseo conocer. Hasta nunca, Clyde. Fue divertido….


— Clyde —lo volvió a llamar Bud.
— No tengo nada que decirte a ti… —el dios guerrero de Megrez dijo finalmente—. Si debo hablar con alguien… será con la señora Hilda —aclaró, levantando un poco el rostro, mirando a Bud de manera desafiante.
— No estás en posición de exigir tal cosa. Tendrás que decírmelo a mí y yo juzgaré si mereces tal consideración o no.
— Aunque te lo dijera, no me creerías… siempre has sido un hombre muy escéptico— le recordó.
— Pruébame. Sergei dijo que “Aifor dejó de ser Aifor”… Suena confuso pero estoy dispuesto a creer que algo extraño pasó. Después de enfrentar a esos individuos con habilidades tan especiales, podré abrir mi mente — Bud aclaró—. Por lo que comienza de una vez.
Clyde recargó la cabeza  en la pared, permaneciendo sentado en el suelo— Creo que tienes mejores cosas que atender que perder tu tiempo aquí.
— Eso lo sé bien—dijo resentido—. Nuestras tropas han sido diezmadas, hay muchos enfermos y moribundos, y no tenemos suficiente gente para darnos abasto. Para colmo, Sergei se ha marchado sin dar razones. De vernos amenazados nuevamente, sólo puedo contar con Alwar para defender el Valhalla.
— Nadie dijo que compartir la cama de la sacerdotisa de Odín sería fácil —Clyde se mofó.
Bud paró a Clyde, jalándolo por la cadena que le sujetaba el cuello.
— ¡Escúchame bien, pese a todo te sigo considerando mi amigo Clyde, pero no tientes tu suerte! —le advirtió con dureza—. ¡Si Aifor está en problemas, deberías ser el primero en querer ir en su búsqueda!
Clyde no opuso resistencia, pero tampoco se dejó amedrentar— No es algo que se pueda reparar… Ni tú, ni yo podemos hacer nada —respondió irritado.
Ante la tensa situación, el sonido de la puerta de la celda abriéndose contuvo la discusión. A Bud le extrañó ver allí al hombre llamado Vladimir, quien arribó a Asgard con sus discípulos e hija con la intención de ayudarles.
— Señor Bud, los emisarios del Santurio han llegado, creo prioritario que acuda a verlos —fueron las palabras de Vladimir.
La pasiva mirada del invitado lo llevó a calmar su mente, por lo que Bud terminó soltando a Clyde.
— Tienes razón, hay otras prioridades —masculló el dios guerrero de Mizar, saliendo del lugar.
— ¿Le importa si me quedo con el prisionero? —Vladimir preguntó sin intención de acompañarlo.
— Como prefieras, y si de paso puedes obtener alguna información útil de él, lo agradeceré —respondió Bud, abandonando la celda.

Clyde nunca había visto a ese sujeto, por lo que le contrarió que se tomara tantas libertades con el tigre de Zeta. Había algo en su mirada que no le agradaba y  lo hacía sentirse incómodo.
— Estás manchado —dijo repentinamente Vladimir para confusión de Clyde—. Aunque la corrupción ha abandonado tu cuerpo, ha dejado una mancha imborrable en tu alma.
— ¿D-de qué estás hablando? —Clyde se sorprendió.
— Lo que pasó con tu discípulo es lamentable, pero cuando te topas con una criatura del abismo, la desgracia está garantizada —Vladimir prosiguió.
— ¡¿Cómo es que tú…?!
— Hubo muchos ojos y oídos que estuvieron como espectadores de las trágicas batallas. Sólo tuve que preguntarles y ellos me relataron lo que alcanzaron a comprender, el resto… bueno espero tú me lo cuentes —Vladimir se acuclilló para estar a la altura del guerrero de Megrez.
— Tú… ¿acaso eres…?
— No eres el único capaz de hablar con los espíritus, Clyde de Megrez.  Aunque a diferencia de ti, yo soy un experto. Por ello estoy seguro de poder ayudarte.
— ¿En qué podrías ayudarme?— inquirió con desconfianza.
— Lo que tú y tu discípulo han hecho es algo que no puedo deshacer, sin embargo hay alguien que sí puede…
Clyde dudó pero tras unos segundos de silencio hizo la pregunta — ¿De quién hablas?
— Del hombre al que tengo el gusto de llamar “Señor”.

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El Santuario de Atena. Décima casa del Zodiaco.

Cuando el Patriarca le confesó el motivo por el cual lo había llamado, Sugita de Capricornio calló, pensando en todo lo que dijo su padre minutos antes. En verdad que viajó hasta Grecia anticipando este justo momento.
Al no detectar ninguna clase de sorpresa o sobresalto por parte del joven, Shiryu intuyó que su origen no le era desconocido.
— ¿Lo sabías? —preguntó con voz apacible.
Los ojos de Sugita temblaron por la necesidad que sentía por mentir, pero al final terminó agachando la cabeza para decir — Sí… lo sabía…. Pero fue algo reciente, yo… no era mi intención ocultarlo —dijo con rapidez, temiendo que el Patriarca lo desterrara.
— ¿Desde cuándo? —Shiryu quiso saber.
En el salón de batalla del templo de Capricornio, sólo ellos dos se encontraban. La estatua de Excalibur era la única oyente de la conversación.
— La última noche que pasé en Cabo Sunión —confesó—. En ese momento no lo comprendí, pero mi padre me lo acaba de confirmar el día de hoy.
— ¿Tu padre? Entonces es cierto, de verdad tienes un vínculo con el reino de Poseidón.
— ¡Pero mi lealtad es con ustedes y con nadie más! —Sugita se apresuró a decir—. La verdad no entiendo qué es lo que me ata a ese lugar pero, no significa nada para mí.
— Y no pongo en duda tu lealtad —le dijo con gesto pasivo al percibir su miedo e incertidumbre—. Sugita, si estás aquí es porque has pasado todas las pruebas necesarias para ser reconocido como un santo de Athena. Ella misma te confió preservar su legado, por eso yo confío plenamente en ti.
El santo de Capricornio guardó silencio, aliviado por escucharlo decir eso.
— Al confirmarme tu origen, ¿entiendes lo importante y a la vez delicada situación de esta encomienda? —cuestionó Shiryu, quien ya le había explicado sobre el paradero de una de las cloths.
— Sí —respondió—. No tema Patriarca, yo lo comprendo bien. Estoy dispuesto a llevar a cabo esa tarea, sin importar lo que llegue a pasar —dijo, pensando que quizá esta era su oportunidad para poder descubrir la verdad que su madre no pudo decirle, y que su padre dijo no ser la persona apropiada para hacerlo.
— Tienes mi gratitud. Le he pedido a Aristeo de Lyra que te acompañe. Puedes confiar en él, ya está enterado de todo, por lo que sabrá actuar con propiedad.
— No fallaremos.
— Sé que no lo harás —dijo Shiryu, ocultando su preocupación por el incierto futuro del muchacho.
Shiryu pensaba en preguntarle algo más pero, el graznido de un cuervo llamó la atención de ambos. Sonó tan lastimero e insistente que el Patriarca entendió que algo estaba ocurriendo.
Extendió sus sentidos mas allá de la casa de Capricornio, encontrándose con un escenario que requería su atención inmediata.

*-*-*-*-*

Esa tarde, poco antes del cambio de guardia, los dos custodios de la puerta principal divisaron a alguien venir por el camino. Lo reportaron con rapidez como precaución.
Hasta que se acercó lo suficiente, pudieron reconocer que se trataba de un hombre, y no uno cualquiera pues vestía una llamativa armadura de oro. Su caminar era pausado y torpe, incluso lo vieron tambalear en la lejanía.
Sin la autorización necesaria no podía hacerse nada. Los custodios debían aguardar a que alguno de los santos se presentara, pues el señor Albert abandonó temprano su puesto sin dar muchas explicaciones.

La primera en acudir fue la amazona de Tauro, Calíope.
Se permitió salir al encuentro de ese hombre, al que a simple vista se le veía herido y al borde del colapso. Su armadura tenía severos daños marcados, incluso había perdido grandes trozos del peto, hombreras y un brazal. Una de las cosas que más llamó su atención fue el par de alas metálicas que colgaban de su espalda.
A su paso dejaba un débil camino de sangre que goteaba de sus múltiples heridas. Pero lo más intrigante era lo que llevaba en brazos, el cuerpo de un niño que no se movía para nada.

El hombre se detuvo en cuanto percibió a la mujer en su camino. Calíope no sintió un cosmos maligno, pero su sexto sentido le alertó que debía tomar precauciones y no acercarse.
Se sintió respaldada cuando una docena de cuervos comenzaron a aparecer por el lugar, todos negros excepto uno de plumaje gris que parecía liderar la parvada, sabía que Kenai estaba al tanto.
En cuanto Calíope se preguntó si de verdad se trataba de un santo de oro, vio como su armadura se encendió con un débil resplandor, al mismo tiempo en que lo hizo el dañado ropaje de aquel hombre. Fue un suceso de corta duración, pero le permitió a ella y a otros que lo percibieron en la distancia, saber que, en efecto, se trataba de un santo dorado.

El hombre de piel morena y cabello blanco levantó un poco el rostro ensangrentado por un par de líneas escarlatas, mostrando sus ojos negros.
Calíope sólo tuvo que mirarlo a los ojos para comprender su estado.
— ¿…..Es este… el Santuario… de Atena? —logró pronunciar el hombre herido, con un tono carente de emoción.
— Así es. ¿Quién eres tú? —preguntó la amazona.
El hombre cayó de rodillas al suelo, permaneciendo sentado sobre sus piernas continuó aferrado al pequeño de cabello rubio.
— El Patriarca… tengo que… verlo —fueron sus palabras antes de bajar la mirada, repitiendo muchas veces el mismo enunciado.
Calíope intentó acercársele, pero al percibir cómo el hombre incrementó su cosmos y tensó el cuerpo con la intención de defenderse, se detuvo. En cuanto ella decidió retroceder, el individuo volvió a la calma.

Los murmullos detrás de la puerta de la fortaleza alertaron a la amazona del arribo esperado. El Patriarca se abrió camino por entre sus súbditos, mientras Sugita de Capricornio permaneció como protector de la entrada.
Calíope de Tauro se apresuró a detener los pasos del Pontífice —No recomiendo que se acerque mucho más.
— ¿Cuál es la situación? —Shiryu preguntó, no pudiendo conocer los detalles del escenario por su invidencia.
— Aparentemente es uno de los nuestros, este hombre porta la que creo yo la armadura de Sagitario. Está herido y trae consigo a un niño al que no puedo decirle si vive o no —explicó la amazona—. No me he atrevido a acercarme…
— ¿Cuál es la razón? —Shiryu escuchó con atención.
— Este hombre está en un estado de inconsciencia —ella dedujo—. Había escuchado sobre guerreros que continúan peleando aunque los noqueen en una pelea. Cualesquiera que hayan sido los problemas por los que pasó para llegar hasta aquí, lo que sigue moviendo a este hombre es su espíritu de lucha. Cuando quise acercarme, sentí que podría atacarme, por lo que desistí.
— Aun en ese estado… —musitó Shiryu con clara admiración.
— Es peligroso, sobre todo sin saber la condición del niño al que parece proteger. No para de repetir que debe ver al Patriarca —Calíope dijo, pese a que la voz del peliblanco fue haciéndose cada vez más débil y difícil de entender.

Shiryu avanzó, comprobando que los sonidos de sus pasos lograron una tensa reacción en aquel hombre, tal y como dijo Calíope.
— Me han dicho que has viajado hasta aquí buscándome. Yo soy el Patriarca —Shiryu volvió a detenerse, sintiendo la penetrante mirada del guerrero dorado, cuyos ojos tan inexpresivos delataban su trance—. Santo dorado de Sagitario, puedes descansar. Aquí estás a salvo.
Shiryu dejó fluir su cosmos tranquilo, envolviendo al santo de oro. De alguna manera, tal conexión le permitió al herido santo reconocer la autenticidad de Shiryu como el Patriarca. Tras saber logrado su objetivo, el hombre terminó por relajarse y con cuidado depositó al niño en el suelo.
— Hay que protegerlo… de ellos… Ellos querían… matarlo… —fue su último susurro antes de caer inconsciente al suelo.
Shiryu se acuclilló, tocando la cabeza del pequeño al que escuchaba respirar a sus pies. Calíope corrió a verificar la condición de ambos. El niño parecía estar bien, sólo un poco deshidratado, pero el santo de Sagitario estaba en una grave condición, por lo que fue su prioridad. Ordenó a los soldados que lo llevaran de inmediato al templo de curación con una estricta vigilancia, cuando menos hasta que se aclarara la situación.
Shiryu levantó del suelo al pequeño, llevándolo consigo al interior del Santuario. No podía verlo en su rostro, pero si sentir un corazón afligido palpitar en ese pequeño cuerpo.

FIN DEL CAPITULO 35

EL LEGADO DE ATENA. CAPITULO 34 El futuro no está decidido Parte I


Asgard, Palacio Valhalla

Para cuando Sergei de Alioth llegó al lado de Freya, le impresionó su palidez y la gran mancha de sangre que brotaba de la herida en su pecho.

El patio frontal del palacio se encontraba en ruinas gracias a la batalla allí suscitada. Sólo encontró dos cuerpos, el de la pelirroja y el de Clyde de Megrez, quien aún respiraba. Ambos estaban en un estado crítico, pero Sergei sentía mucha más obligación en ayudar a la joven Freya, mientras Aullido merodeaba olfateando el lugar.
Sergei contempló el ropaje de Merak que se erigía como un guardián silencioso de la  guerrera desvalida. El dios guerrero se atragantó al no entender todavía lo que le había sucedido a Aifor… Se sentía culpable por no haberlo podido detener, pero si lo que dijo antes de marcharse era cierto, de Clyde obtendría respuestas importantes.

Sergei no sabía nada de medicina excepto lavar su herida y envolverla con una venda, sin embargo era visible que el daño que recibió Freya era grave, su corazón podía estar implicado, ¿cómo seguía con vida? Se preguntaba, admirado por la fortaleza de su compañera.
Sergei se extrañó al notar el collar que Aifor siempre llevaba consigo ahora colgado en el cuello de Freya. Por reflejo, estuvo a punto de cogerlo cuando una voz lo tomó por sorpresa, haciéndolo girar como un feroz animal que había sido sorprendido.
— No tocaría eso si fuera tú —dijo la voz de un hombre encapuchado—, aunque no lo creas es lo que le permite seguir en este mundo.
Sergei de Épsilon desconfió en extremo. A la entrada del palacio se encontraba un hombre envuelto por una capa y capucha de viajero que le ocultaba el rostro. Pronto aparecieron otros dos individuos vistiendo de la misma forma.
Amo y lobo se pusieron en guardia — ¡¿Quiénes son ustedes?! —cuestionó en alerta.
El más alto de los individuos fue el único que habló —Amigos, vinimos desde lejos al saber que necesitaban ayuda.
Sergei y Aullido no sintieron malas intenciones del grupo de encapuchados. El dios guerrero se permitió dudar, pero finalmente creyó en la sinceridad de sus palabras, sobre todo cuando un cuarto sujeto apareció trayendo consigo a Alwar de Benetnasch, inconsciente pero vivo.
El líder del grupo se apartó el manto de la cabeza para decir— Mi nombre es Vladimir*, y ellos son mis discípulos. Nos gustaría hablar con sus gobernantes, queremos ofrecerles nuestra ayuda.



Capitulo 34.
El futuro no está decidido. Parte I


— Brrr, este clima no es de mis favoritos. Prefiero mil veces una playa soleada que esto. ¿Por qué tenían que enviarme a mí sabiendo que soy intolerante al frío?— Souva de Escorpión se quejó durante el corto trayecto que les tomó subir las escalinatas hacia el palacio del Valhalla. Se había envuelto completamente con la capa carmesí que colgaba de su cloth dorada, a diferencia de Terario de Acuario cuya resistencia al ambiente glaciar la tenía bien grabada en la piel.

Cuando el Patriarca les informó de lo acontecido en las tierras de Odín durante la Reunión Dorada, le encomendó a Terario la tarea de viajar al hogar de los dioses guerreros para apoyarlos en tal momento de vulnerabilidad.
Asignaron al santo de Escorpión a que lo acompañara, así como a un par de amazonas, ambas aprendices del templo de Curación.

En cuanto arribaron a la entrada del palacio, los escombros y los daños revelaron grandes enfrentamientos, incluso aún había rastros de sangre seca en algunas zonas del suelo.
Nadie los recibió, por lo que se animaron a entrar al lugar, divisando a una que otra persona corriendo por los pasillos llevando agua, fomentos y demás utensilios.
Los que llegaban a ver a los forasteros se sobresaltaban y cambiaban de dirección, posiblemente temerosos de que fueran más enemigos.

No encontraron a ningún guardia, sólo mujeres y hasta niños que les dedicaban miradas recelosas. El santo de Escorpión confió en sus habilidades sociales, pero ni su mejor sonrisa pudo lograr algún cambio.
— Lo mejor es que aguardemos aquí. En cuanto se corra la voz, alguien vendrá —dijo el santo de Acuario con tono paciente.
— Esto es lamentable —comentó Souva al estudiar el entorno, encontrándolo deprimente—… primero Egipto y ahora Asgard… Aunque el Patriarca tenga la intención de impedir que esto continúe, no tengo idea de dónde podríamos comenzar a buscar —comentó, cruzándose de brazos—. Son enemigos muy escurridizos.
Acuario meditó por unos segundos para decir— Quizá la mejor opción será anticipar su siguiente movimiento. Tienen un objetivo claro, y el Santuario es un blanco que está dentro de sus planes.
— Quien dijo que esta sería una era pacifica no sabía de lo que hablaba ¿verdad? —Souva comentó, sarcástico.

Terario fue el primero en percibir que alguien venía hacia ellos. El santo de Acuario habría esperado encontrarse con cualquier desconocido, pero en cambio un rostro familiar es quien estaba allí para darles la bienvenida.
— ¿Terario?... ¿Eres tú? —un joven preguntó azorado, en cuyo rostro resaltaba un parche negro sobre su ojo derecho.
Aunque no había sido mucho el tiempo desde que abandonó Siberia, el santo de Acuario se sorprendió de ver allí a — Velder —su antiguo compañero de entrenamiento—… ¿qué es lo que haces aquí?
El joven avanzó y con gran camaradería saludó de mano a su hermano. Terario respondió el apretón y una leve sonrisa se vislumbró en su cara.
—Lo mismo podría preguntarte, creo que estas  muy lejos de Grecia ¿no? Pero… mírate nada más —Velder dio un paso hacia atrás, admirado por el ropaje dorado que cubría a su amigo—, de verdad eres todo un santo dorado, espera a que Natasha te vea.
— ¿Natasha? ¿Ella está aquí también? —el santo de Acuario preguntó preocupado.
Velder asintió —También Singa y el maestro Vladimir. No me preguntes por qué pero, el maestro sólo nos dijo que teníamos que acompañarlo, y nos trajo hasta aquí. Desde que llegamos hemos estado ayudando a los heridos y enfermos.
— El Patriarca fue notificado de los eventos que aquí ocurrieron, por eso nos envió. Traemos con nosotros algo que quizá sea de gran ayuda para el pueblo de Asgard —Terario explicó, señalando a una de las amazonas que cargaba en sus hombros una caja cubierta con un manto blanco.
— El señor Bud me comentó algo al respecto, espero lo disculpen pero él está atendiendo algo importante justo ahora. Puedo llevarlos a donde nos encontramos atendiendo a los heridos, estoy seguro que Natasha estará muy feliz de verte.
— No tengo dudas de que Natasha está haciendo un excelente trabajo cuidando de los enfermos, lo último que quisiera es que se distrajera por mi presencia, ya habrá tiempo de saludarnos después.
Souva miró con intriga a su compañero dorado.
Aunque a Velder le molestó la actitud de Terario, entendía sus palabras. Natasha usualmente es una joven muy centrada, pero en cuanto el pelirrojo estaba cerca o era el centro de sus pensamientos, tendía a volverse muy descuidada.
— Como quieras. Sólo espero que no quiera golpearme porque le oculté tu llegada —fue lo último que dijo antes de emprender el camino seguido por las dos amazonas.

— Vaya… de pronto el ambiente cambió. ¿Quién es Natasha? —Souva preguntó con picardía—. Te pusiste un poco nervioso en cuanto escuchaste su nombre.
Terario le lanzó una mirada gélida al Escorpión, pero éste lejos de intimidarse se sintió más intrigado y comenzó a deducir una historia de amor.
— Lo imaginaste.
— Como digas… — sonrió el Escorpión en cuanto Terario diera vuelta y marchara hacia la dirección opuesta a la de Velder—. Y ya que ambos somos malos para atender heridos, ¿qué haremos mientras tanto? —preguntó, siguiéndolo.
— Esperar hasta que podamos hablar con alguno de los gobernantes. Tengo entendido que la señora Hilda de Polaris quedó en un estado de salud delicado, pero entre los cuidados de Natasha y la armadura de la Copa, ella y todos los demás se recuperarán pronto.
— Me sorprendió que el Patriarca permitiera sacar un tesoro como ese del Santuario, sobre todo en tiempos de guerra, pero eso refleja la buena relación que se tiene con estas tierras. Vaya que fue difícil para Calíope dejar que nos la lleváramos —Souva rió, recordando a la amazona de Tauro y todas las amenazas que les lanzó antes de entregarles la caja. Una de las condiciones fue que dos de sus más confiables aprendices los acompañaran, pues ellas sabrían cómo utilizar las bendiciones del ropaje a favor de los enfermos.
La armadura de la Copa es el tesoro que se resguarda celosamente en el templo de Curación. Las amazonas allí conocen sus secretos, y están asignadas a su cuidado y preservación.
— ¿Sabes? Se dice que si te ves en el reflejo del agua que emana la armadura, puedes ver tu futuro —comentó Souva—. Nunca lo he podido comprobar, Calíope no me lo ha permitido, quizá sea una buena oportunidad —se detuvo, sosteniéndose la barbilla con gesto pensativo—. Con ella tan lejos… y ¿por qué no? Conocer a tus amigos, Terario, tengo curiosidad —lo dijo con una doble intención que Terario percibió.
— Haz lo que quieras Souva, te buscaré en cuanto te necesite. Pero pese a todo, no bajes la guardia, no podemos asegurar si los ataques aquí cesarán o sólo se tomaron un descanso.

*-*-*-*

El Santuario de Atena, Grecia. Cuarta casa del Zodiaco.

Por el templo de Cáncer deambulaban extraños olores provenientes de una fogata encendida en el Cuarto de Batalla. Allí el santo de Cáncer había colocado las herramientas necesarias para llevar a cabo su extensa labor.

Muchas agujas, cuencos con pasta de color, cubetas con agua, vendas y paños limpios era todo lo que necesitaba para trabajar. Una vez que tuvo la autorización del Patriarca Shiryu se prestó a ser el primero en sentarse, siguiéndolo algunos santos de oro después.

— ¿Y esta tontería en qué exactamente va a ayudarnos?— Nauj de Libra cuestionó malhumorado mientras Kenai de Cáncer le tatuaba un símbolo al lado izquierdo del pecho.
— Me lo agradecerás el día en que llegues a enfrentarte a algún ejército de espectros. No es algo que le desee a nadie, pero hay que ser precavidos —contestó sin distraerse, limpiando la sangre que brotaba—. Esto mi querido amigo protegerá tu alma de espíritus que quieran someterte o devorarte.
Nauj se reservó cualquier comentario. En otros tiempos no se dejaría arrastrar hacia las supersticiones ni a la brujería, pero era claro que las fuerzas enemigas dominaban artes sobrenaturales contra las que no podía combatir por su cuenta. Sólo por eso es que se prestaba a ser partícipe en el ritual.
— ¿Y de verdad funcionará? —preguntó todavía escéptico el joven Leo, quien aguardaba su turno.
— Tenía la opción de confeccionar un amuleto, pero esos son fáciles de detectar y destruir. Confíen, será cien por ciento eficaz. Cualquiera en mi tribu podría hacer esto en pocos minutos, pero al tratarse de un sello de protección de alto nivel requiere más dedicación y energía. Yo mismo hice los míos hace años, y hasta el momento han funcionado bien —respondió, señalándolos con orgullo.
Jack de Leo tenía sus dudas pese a que ha visto todo el proceso. Nauj lo ocultaba bien, pero de seguro era muy doloroso recibir tantos pinchazos en la piel… o tal vez  para él no. Cuando el  santo de Libra se quitó la camisa para comenzar con el tatuado, pudo ver  las horribles cicatrices que le marcaban la espalda y el cuello. Le embargó una clase de lástima tratando de imaginar el origen de ellas, quizá un evento remoto por el cual formó una actitud agresiva  hacia el mundo y para los que estaban en él.
— ¿El dibujo es el mismo para todos? —el santo de Libra preguntó, manteniendo los ojos cerrados.
— Las prisas no me permiten trabajos personalizados, lo siento —bromeó—. Tuve que diseñar una estructura correcta con los conjuros adecuados. Mi primera idea fue  un cangrejo —dijo sonriente—, pero obviamente Albert casi me manda a otra dimensión cuando lo supo, así que opté por algo más adecuado, supuse que sería lo mejor.

El santo de Cáncer pasó un paño húmedo sobre el tatuaje terminado, dejando a la vista el símbolo de Nike con el que Atena por siglos ha liderado a los santos siempre a la victoria. Kenai aplicó una delgada capa de ungüento sobre el dibujo, manteniendo la mano sobre éste. Cerró los ojos al recitar un canto en voz baja, ni Nauj ni Jack entendieron el lenguaje.
El santo de Libra se tensó al resentir un extraño dolor recorriéndole el cuerpo, estuvo a punto de apartar a Kenai de un golpe, pero intuyó que era parte de la hechicería de la que tanto pregona.
El cosmos del santo de Cáncer se encendió, inyectándolo sobre la imagen.
— Debo advertirles un par de cosas antes. El tener este sello no significa que serán completamente inmunes o invencibles para un shaman; impedirá que espíritus carentes de un cuerpo puedan hacerles daño, incluso evitará que puedan ser poseídos. Será de utilidad al enfrentarnos a alguien con el poder del Cetro de Anubis que es capaz de invocar batallones de espectros. Sin embargo, no aplica para aquellos espíritus que conservan su cuerpo físico ni mucho menos contra un guerrero shaman. Tengan en mente eso.
— Con eso será suficiente —Nauj comentó, confiado—, con que me eviten molestias invisibles basta.

Kenai de Cáncer bajó la mano y suspiró con claro cansancio. Le dio un par de vendas al santo de Libra con las que esperaba él mismo se pudiera vendar.
— He terminado, para mañana ya no te causará molestia alguna.
Nauj se levantó del banquillo, mirando el resultado final— ¿Será permanente? —cuestionó.
— Lo tendrás toda la vida… a menos que un día decidas arrancarte el trozo de piel o algo por el estilo —explicó con desenfado, alistando todo para continuar con Jack.
— Quizá debas tomar un descanso —aconsejó Leo en cuanto se sentara frente a él.
— Aún tengo mucho que hacer, ya habrá tiempo para descansar. Afortunadamente mis discípulos se están encargando de otras tareas mientras me centro en esta… ¿Me pregunto si realmente te preocupas por mí o sólo quieres retrasar que te pinche con una de éstas? —preguntó divertido, alzando una de las agujas negras.
— No digas tonterías —respondió molesto, quitándose la playera—. Sólo me preocupa que no hagas bien tu labor, es todo.
— Tranquilo, puedo hacer esto hasta con los ojos cerrados —Kenai hizo malabares con la filosa herramienta—. Sólo duele los primeros minutos, pero ya te acostumbrarás.

Nauj no se quedó, en cuanto pudo abandonó el recinto del Cangrejo para volver a su propio templo. Jack de Leo intentó no hacer muecas, pero sintió mucho dolor, aunque para su suerte el shaman no mintió al decir que era muy diestro en tal asignatura.
— ¿Qué crees que suceda ahora, Kenai? —el santo de Leo preguntó, optando por hablar al saber que sería una buena distracción para su mente.
— El Patriarca ya nos avisará. Se ha tomado estos últimos días para decidir los siguientes movimientos —Kenai de Cáncer respondió sin detener su labor—, con Terario y Souva en Asgard, es posible que envíe a los santos de Plata a buscar a los santos de oro que continúan ausentes.
— ¿Y ya saben dónde se encuentran?
— Sí, pude averiguarlo. El Patriarca ya está enterado por lo que no tardará en asignar a alguien. Me habría gustado seguir con esa misión, era mía después de todo, pero aquí vaya que tengo muchas cosas que hacer —suspiró, pero conservó una cara alegre—. Supongo que es ahora cuando se alegran de haberle permitido a un shaman formar parte del Santuario, recuerdo que había muchos quisquillosos por aquí cuando recién ingresé —comentó, recordando lo mucho que el señor Seiya y Albert de Géminis le  insistieron al Patriarca de ser cuidadoso con las admisiones al Santuario.
— Entiendo. Por mi parte puedo decirte que no creo en juzgar a todos por igual. Quizá seas un shaman pero no significa que seas un enemigo… Creo que era tu destino estar aquí con nosotros —el santo de Leo dijo con tono amistoso.
— Es bueno escuchar eso  —el santo de Cancer ocultó bien su preocupación. Le acongojaba la idea de que estuvieran al borde de una guerra en la que los shamanes quisieran tomar el control de este mundo… pero se negaba a acusarlos de esa manera, siendo ellos los hijos más cercanos a la madre tierra, no era posible que decidieran profanar esta era de paz con más sangre.


El Santuario de Atena, Grecia. Templo de Atena.
En el templo de la diosa ausente, el Patriarca había tomado sus decisiones después de meditar la información dada por sus allegados. Una vez que compartió sus ideas con el santo de Pegaso, sólo faltaba asignar las tareas a las personas correctas.
Pero con tanto peligro y devastación rondándolos últimamente, cierta congoja comenzó a crecer en el pecho del Patriarca, por ello llegó a decir — Seiya, si algo llegara a pasarme, espero que seas tú quien tome mi lugar. El Santuario necesitaría de tu fuerza para no sucumbir a estas adversidades.
Seiya de Pegaso se extrañó ante las repentinas palabras del Patriarca, pero sabía exactamente cómo responder a ellas.
— Lo siento Shiryu, eso jamás pasará —aclaró seriamente ante la sorpresiva expresión del Pontífice—. Porque para que llegaras a morir, primero tendrían que pasar sobre mi cadáver— dijo tranquilo y sonriente—. Y un muerto no puede liderar a nadie, tendrás que pensar en alguien más.
— Seiya, esto no es ninguna broma —recalcó el Patriarca con seriedad, caminando hacia donde la estatua de la diosa sujeta a Nike y el escudo de Atena. Un recinto que suele visitar cada que necesita un tiempo de serenidad.
— Yo tampoco estoy bromeando —Seiya aclaró—. No pongas esa cara Shiryu, ambos sabemos que así será. Dime, ¿realmente nunca has pensado en quién podría ser un buen sucesor llegado el momento?
— Por supuesto, y jamás saldrá de mi cabeza que debes ser tú… Pero si ambos tenemos la dicha de envejecer en el Santuario sirviendo a Atena, no tendría ningún sentido que un viejo le diera el cargo a otro viejo.
— Tú lo has dicho.
— Aunque el nuevo Santuario y nosotros mismos aún somos jóvenes, lo pienso en ocasiones… tal vez más de lo acostumbrado desde que comenzó todo esto— el Patriarca confesó—... Quizá me precipite, o todavía no conozco a los demás lo suficientemente bien como para cambiar de parecer, pero basado en lo que he vivido y compartido con cada uno de los miembros del Santuario, si algo llegara a pasar, escogería a Souva de Escorpión como mi sucesor.
— ¡¿Souva?! —el santo de Pegaso se contrarió—. Oh, no esperaba esa respuesta.
— ¿Crees que lo juzgo mal? —Shiryu se interesó en la opinión de su amigo.
— No… bueno, tengo mis reservas pero —Seiya dudó—… me extraña, eso es todo, por un momento creí que escogerías a alguien como Albert, tal vez.
— Ah, Albert es un hombre muy dedicado, con muchos conocimientos, podría decirse que es como mi hijo pues fui yo quien lo encontró aquel día y lo traje aquí al percibir su talento —Shiryu explicó, recordando a ese grosero niño que encontró en las calles hace tantos años—. Su disciplina y dedicación me impresionan y lo harían acreedor a tomar mi lugar… Sin embargo, temo que esa disciplina es excesiva, lo ciega de vez en cuando, tal vez ocupa trabajar un poco su empatía hacia los demás. En cambio Souva, él es sabio a su manera, fuerte, tranquilo y percibe al mundo y a las personas desde otro ángulo; es reconocido por todos por su amabilidad y corazón justo —sonrió al ser las cualidades que más admiraba en los santos—. Es cierto que a veces causa conmociones por aquí, pero cuando el momento lo requiere ha sido un santo ejemplar. Además, ser Patriarca no significa sólo acatar reglas o imponer castigos, es saber cómo cautivar y dar aliento a todos los que viven en el Santuario.
— El corazón del Santuario —secundó Seiya, aprobando las palabras dichas por Shiryu.
— Exacto.
— Debo decir que no objetaría demasiado llegado el momento, pese a todas las veces en las que se le ha insinuado a mi mujer— Seiya bromeó—. Lo considero un buen prospecto por ahora. Aunque si aparece alguien más también estará bien —era claro que no estaba muy convencido con la elección, pero tenía que confiar en Shiryu.

Los nudillos de Albert se pusieron casi blancos por la fuerza con la que cerró sus puños al escuchar tal conversación.
No había sido su intención, el Patriarca solicitó su presencia en el sagrado templo de la diosa, cuyo acceso estaba restringido para la mayoría de los habitantes del Santuario. Siempre se había sentido honrado por ser de los pocos privilegiados que contaban con el permiso del Patriarca para ello.
Al entrar solo escuchó las voces, y conforme avanzó por el amplio pasillo de grandes ventanas, comenzó a entender el tema de la charla entre el Patriarca y el santo de Pegaso. Por educación debió haberse hecho notar o anticipar su llegada, pero no lo hizo, estaba curioso por la respuesta del Patriarca, la cual lo sacudió más allá de lo que hubiera podido pensar.
¿Souva de Escorpión un mejor candidato para suceder al Patriarca…? ¿Cómo podría ser eso posible? Escuchó cada palabra, sintiendo que cada una de ellas se le clavaba en el pecho como cuchillos. Ardía en deseos por emerger de la oscuridad y cuestionar abiertamente tal decisión, pero prefirió contenerse. No podía mostrar tal descontrol ante el Patriarca por esa situación.

Usando todo su autocontrol, Albert de Géminis logró serenar su rostro, retrocediendo varios pasos y fingiendo su reciente llegada al templo.
El Patriarca y el santo de Pegaso le dieron la bienvenida, sin sospechar que hubiera sido oyente de su conversación.

— Dime Albert ¿cómo van las cosas dentro del Santuario? —el Patriarca preguntó con interés.
— El trabajo de Kenai de Cáncer y sus pupilos marcha bien, tal y como usted lo dispuso Patriarca. Sabemos que la condición de Asgard se ha equilibrado, pero no hemos recibido detalles de la situación.
— Confío en que Terario y Souva puedan manejarlo. Si las cosas están marchando bien deberé pedirle a uno de ellos que regrese lo más pronto posible, no podemos dejar nuestras defensas tan abiertas, considerando que planeo enviar a otros santos de oro a diferentes misiones —Shiryu dijo para sus dos allegados—. Me he convencido que para afrentar esta amenaza los doce caballeros dorados deben reunirse en el Santuario. Gracias a Kenai tenemos dos localizaciones precisas del lugar donde las armaduras se encuentran.
— ¿Es eso cierto, Patriarca? —Albert cuestionó.
— La armadura de Piscis parece reposar en un lugar en Albania, pienso enviar a las amazonas Calíope de Tauro y Elphaba de Perseo. Confío en que ellas lograrán establecer contacto con la persona que la armadura de oro ha elegido y la traerán hasta aquí. Pero esa tarea no es la que me mortifica —Shiryu mostró un gesto preocupado.
— ¿Qué es lo que ocurre? —Géminis se atrevió a preguntar.
— Para nuestra mala suerte —Seiya decidió responder—, todo indica que hay una armadura de oro en las profundidades del océano.
— Eso quiere decir que… —Albert musitó perturbado.
— Se encuentra en el Reino Submarino de Poseidón —Shiryu continuó—. Desconocemos la razón… y Kenai parece muy seguro de su descubrimiento. No tengo porque dudar de su investigación. ¿Acaso un marino habrá sido elegido por la armadura?, ¿la persona elegida vivirá allí? o ¿el ropaje se encuentra allá en contra de su voluntad? —eran las posibles respuestas que encontraba, después de todo no sería la primera vez…
— Entiendo que es una situación delicada. Pese a que tengamos una relación neutral con el Reino Submarino, solicitar entrar para una búsqueda como esa podría resultar un insulto para ellos… —meditó Albert en voz alta.
— Lo más correcto es que yo mismo acudiera, pero temo que en mi ausencia algo pudiera pasar, y aunque Seiya se ha ofrecido, tampoco lo creo apropiado. Pienso enviar un comunicado, anunciado de la visita de dos de nuestros santos y solicitando una audiencia con el Emperador.
— Envíe a Sugita —se adelantó a decir Albert.
Seiya ya se encontraba al tanto del vínculo existente entre el actual santo de Capricornio con el Reino Submarino, por lo que tal sugerencia le parecía poco recomendable.
— ¿Qué clase de sandeces estás diciendo? —Seiya cuestionó con severidad.
Pero el santo de Géminis no se dejó intimidar — Dígame si no lo ha pensado Patriarca. No creo que el Emperador desconozca que uno de los suyos se encuentra dentro de nuestras filas, y si no ha habido ninguna clase de represalia por ahora quizá podamos ver esto como una oportunidad. Qué mejor emisario que él.
— Entiendo tu punto Albert —Shiryu dijo, no muy cómodo al saber que el santo de Géminis veía a Sugita de Capricornio como un anzuelo para sus propósitos—, pero me preocupa que ocurra todo lo contrario… Qué tal si es recibido y tratado como un traidor. Una vez dentro, habría pocas cosas que pudiéramos hacer por él.
— Creí que yo era el pesimista, Patriarca —dijo Albert.
— No es una decisión fácil… pero veo las grandes posibilidades de éxito si le encomendamos a Sugita de Capricornio tal tarea —Shiryu meditó—. Por supuesto que no le permitiría ir solo, Sugita es inexperto… quizá Aristeo de Lyra deba acompañarlo, es mucho mejor orador y sabría cómo llevar la situación de una manera diplomática.
— Sería prudente que Aristeo estuviera enterado de nuestros temores… quizá hasta Sugita deba ser advertido—aconsejó el santo de Pegaso.
— Eso si es que continúa sin saberlo —comentó Albert, creyendo que el paso del tiempo podría haberle dado al santo de Capricornio conocimiento sobre sus orígenes.
El Patriarca avanzó un poco por el recinto con gesto pensativo— No es correcto enviar a dos de nuestros santos sin la información apropiada. Dejaré que Sugita decida, después de todo es su vida la que entraría en juego. Yo hablaré con él— decidió al fin.
Albert de Géminis sonrió para sus adentros, ¿cómo podría el Patriarca considerar a Souva como un mejor sucesor después de que él siempre le ha dado atinados consejos y sugerencias?
— Yo iré en su búsqueda, Patriarca —Albert se acomidió.
Shiryu se lo agradeció, y tras una leve reverencia el santo de Géminis partió.

Albert dejó atrás el Templo de Atena, sintiendo esa incómoda y desagradable presencia conforme descendía hacia los aposentos del Patriarca.
Esto comienza a serme más y más familiar, ¿no lo crees Albert? —escuchó de esa voz burlona que reconocería como la suya propia.
El santo prefirió callar, continuando su camino.
Oh Albert, no me esfumaré sólo porque me ignores… Debes admitir que la Historia es un ciclo que tiende a repetirse, eres la prueba viviente ¿Qué no lo ves? —cuestionó sarcástico—. De nuevo aquí está, un santo de Géminis devoto, fiel, sabio, poderoso, con un corazón ansioso y lleno de esperanza para un día ascender a Patriarca… Cree ciegamente que el puesto será suyo, pues todo el tiempo, esfuerzo y sangre que ha dedicado a ello lo harían acreedor a tal sucesión… pero entonces descubre la traición de los que más respeta, pues es otro quien está siendo considerado para tomar ese lugar. De nuevo el escenario trágico se muestra, me pregunto si Souva de Escorpión terminará siendo expulsado del Santuario como un traidor, ¿enviarías al santo de Capricornio también como lo hizo Saga? —rió.
Albert se detuvo, tomando una gran bocanada de aire para mantenerse sereno.
— ¿Por qué me atormentas siempre con lo mismo? ¿Acaso no has entendido que jamás me convertiré en lo que pregonas? —cuestionó, animándose a mirar el casco que lleva en sus manos, para contemplar su reflejo en el rostro sonriente de la armadura.
No soy yo quien mueve los hilos, pero las coincidencias no existen tampoco —dijo su reflejo con gesto prepotente y malévolo—. Quizá es el destino el que conspira para que triunfes donde otros tantos han fracasado y muerto con el estigma de traidores… Una última oportunidad para reivindicar el signo de los Gemelos, como sueles decir…
Albert desconfió —Y lo haré, a mi manera, no a base de mentiras y asesinatos.
Si fueras de pensamientos tan puros, ¿por qué nunca le has hablado a nadie sobre mí? —cuestionó, sin recibir respuesta del santo de Géminis—. Temes las consecuencias… el rechazo o incluso que crean que te has vuelto loco… y quizá hayas perdido la cordura Albert, tu obsesión por el poder y el conocimiento pudieron haberme creado… Lo que tú creas depende de ti, pese a que te he revelado mi identidad te niegas a aceptar la verdad… si es más fácil para ti creer que has perdido la cordura, está bien, te ayudaré —volvió a reír con aire desquiciado.
Albert se palpó la frente, sintiéndose confundido y cansado por ese juego funesto por el que siempre termina envuelto.
— A estas alturas… creo que es momento de que descubramos la verdad. No puedo continuar así… si en serio eres quien dices ser, entonces pruébalo —pidió el santo.
¿Le pides pruebas a un dios?
— Negarte sólo prueba tu mentira…
Entiendo, olvido que los humanos sufren de una carencia de fe… Ya antes te ofrecí revelarte algo de sumo poder escondido en el Santuario, pero te negaste, ¿qué podría decirte que fuera de mayor interés para ti? —el ser espectral meditó unos instantes en los que Albert guardó silencio—. Si poder no es lo que buscas, quizá la oportunidad de una gran hazaña te resulte más tentadora…
— ¿Una hazaña? —Albert repitió confundido.
—respondió la voz maliciosa—, ¿qué harías si te diera la ubicación exacta en donde encontrarás a la persona responsable de todas estas batallas?
— ¿Qué estás diciendo? —Albert se sobresaltó.
Así es Albert, yo puedo decirte donde se encuentra. ¿Te interesa? —cuestionó.

*-*-*-*-*-*

Grecia. Villa Rodorio.

Sugita no deseaba verse demasiado ansioso, pero eso no evitó que sus pies trotaran todo el camino desde que salió del Santuario hacia villa Rodorio.
Sonreía entusiasmado de encontrarse con la persona que le escribió la nota que llevaba en el bolsillo.
Cuando la recibió a manos de uno de los guardias, le causó gran extrañeza, llegó a pensar que había sido una equivocación, pero en cuanto leyó su contenido quedó sorprendido y a la vez asustado.

Una vez que arribó a la villa, preguntó por el establecimiento donde debería encontrarse con dicha persona; un pequeño restaurante que es famoso por su té y panecillos según decían. Fue fácil de encontrar por la fachada pintada de color rosado, las plantas, las sillas y mesas fuera del establecimiento donde algunas personas se encontraban merendando. Avanzó hacia allá pero se detuvo aún a lo lejos al distinguir entre las demás personas a una en particular.
Allí estaba él, sentado junto a una mesa circular, fumando esa larga pipa que le gustaba tanto. En verdad se trataba de su padre, los años no lo han desfavorecido; continuaba con ese porte y apariencia distinguida que sus anteojos acentuaban. Su largo cabello blanco estaba sujeto por un delgado listón, vestía un traje negro que resaltaba la blancura de su piel y el azul intenso de sus ojos… parecía todo un noble.
Sólo entonces Sugita se sintió nervioso, se miró a sí mismo y pensó en que quizá hubiera sido mejor traer unas mejores prendas que las que llevaba. Pero tras despejar su garganta y limpiar el sudor de su cuello, decidió ir hacia él.
¿Él lo reconocería? Se preguntaba a cada paso. ¿Le gustará en lo que se ha convertido? ¿Aprobará la clase de persona que es ahora?

El padre de Sugita ladeó la cabeza un poco, descubriendo al joven pelirrojo que se tensó en cuanto sus miradas se encontraron. El hombre de cabello blanco lo miró, reconociéndolo de inmediato aun después de diez años, y su primer pensamiento fue— Se parece tanto a su madre…
Inseguro de cómo actuar, Sugita permaneció tan firme como si estuviera ante un general de altísimo rango, con la misma rigidez terminó por llegar a su lado para decir con claro nerviosismo— ¡Me alegra que esté bien, padre! —casi gritando, lo que causó gracia a un par de viejecitos que estaban cerca. Sugita realizó una reverencia oriental, en espera del permiso de su padre para poder tomar asiento.
El hombre de cabello blanco lo miró con ojos cálidos, y tras exhalar un poco de humo dijo —Veo que has crecido bien, Sugita. Tienes buen aspecto, parece que Deneb hizo un buen trabajo educándote. Por favor, siéntate.
— Gracias— Sugita se enderezó y terminó por tomar asiento en esa misma mesa, notando el juego de té puesto sobre el mantel, una canasta con panecillos y un cenicero.
El santo de Capricornio contempló a su padre y éste únicamente guardó silencio, observándolo fijamente. Sugita recordaba poco de él, pero la sensación de que siempre fue atento y amoroso estaba en su mente… Sin embargo ya no era un niño de cinco años que pudiera lanzársele a sus brazos y esperar que éste le respondiera, así que optó por comportarse como si estuviera ante su maestro, el hombre que lo crió e instruyó durante todos esos años.
— No tienes por qué estar tan nervioso —dijo el peliblanco con un gesto sonriente—, pero entiendo que mi visita te resulte repentina.
— Lo siento… —se disculpó el chico, viendo como su padre le sirvió un poco de té en una taza.
— Dos cucharadas de azúcar según recuerdo, y unas gotas de limón —comentó el hombre de anteojos al preparar la bebida.
El joven santo se sorprendió, aunque por muchos años vivió lejos de poder tomar un buen té, así es como solía gustarle si se presentaba la oportunidad. ¿Por qué recordaría eso el hombre que lo entregó a un desconocido para que entrenara lejos de un hogar y una familia, el mismo que jamás respondió alguna de sus cartas?
Sugita le dio un sorbo, pero sus manos seguían tensas sosteniendo la taza.
— Padre… la verdad es que estoy sin palabras, no creí que… ¿por qué esta aquí? —preguntó finalmente.
El hombre buscó entre el bolsillo de su traje y sacó un sobre con el sello roto que Sugita reconoció como suyo.
— Me escribiste hace tiempo, ¿acaso lo has olvidado? —respondió—. En ella decías que finalmente te habías convertido en un santo del Santuario y bueno, quise venir a visitarte y felicitarte por ello. Estoy orgulloso, tu madre también lo estaría.
— Es bueno escuchar eso —Sugita dijo, pudiendo sonreír—. Y me alegra que estés aquí porque, hay algo que no he podido decirle a nadie y… creo que tú eres el indicado.
— Dime.
— Padre, yo… conocí a alguien que me habló sobre mamá— el peliblanco se mostró interesado—. No fue muy claro y no me encontraba en una posición que me permitiera insistir pero —Sugita comenzó a mostrarse inquieto por una creciente desesperación que al fin se sentía en confianza de liberar—… dijo palabras que me preocupan, como que hay cosas que no conozco sobre ella, cosas que me atan al Reino Submarino. He pasado muchas noches en desvelo, y por más que lo pienso sigo sin entender lo que quiso decir —su respiración comenzó a sonar irregular—… ¿acaso yo debería ser…? —un repentino dolor lo sobresaltó y sacó de su angustia existencial cuando su padre lo quemara con la cazoleta de su pipa, permitiendo que lo caliente del hornillo le hiriera la piel en un punto de su cuello.
El grito de sorpresa no se hizo esperar, por lo que con ojos asustados miró a su padre quien permaneció impasible.
— ¡P-pero…! ¡¿Por qué hizo eso?! —Sugita exclamó malhumorado, cubriendo con su mano la quemadura que dejaría cicatriz.
— Si no te calmaba seguramente te ibas a hiperventilar como cuando eras un niño, ¿acaso has olvidado esas crisis tuyas? —cuestionó el hombre de manera despreocupada—. Antes tenía que cargarte  y cantarte una canción, ahora creo que yo estoy demasiado viejo para intentarlo y tú demasiado grande como para que me lo permitas, así que probé ese método, parece que funcionó.
Sugita hizo una mueca de desagrado y a la vez vergüenza— Eso ya no me sucede.
— Veo que sigues preocupándote demasiado —el peliblanco suspiró—… Entiendo tu posible angustia al respecto, pero no tiene sentido que te sientas así, pronto la verdad te alcanzará.
— ¿La verdad? ¿Significa que sí hay algo que me has ocultado sobre ella? —Sugita preguntó, esperanzado.
— Yo no diría “ocultar”, sólo que eras muy pequeño como para que lo entendieras o que fuera necesario que conocieras. No era el tiempo Sugita, pero en vista que has llegado hasta aquí, es tu derecho saberlo.
— ¿Vas a decírmelo entonces?
El peliblanco fumó un poco más y después dijo —No, no soy yo quien lo hará.
— ¡¿Pero por qué no?! ¡Eres mi padre! ¡Es tu obligación!
— Lo sabrás pronto, ¿por qué eres tan impaciente? —dijo el hombre con gesto risueño—. Lo he visto, no tienes que mortificarte.
Sugita calló en cuanto escuchó esas palabras, sabiendo que su padre tenía un poder excepcional y que podía conocer el futuro de las personas, un poder mucho más desarrollado que el de su propia madre —Vas a estar bien… y si tu temor es que no seas mi hijo natural, puedo decirte que no tienes tanta suerte, yo soy tu padre te guste o no.
— No quise decir eso… pero me alegra escucharlo… —Sugita se apresuró a decir, sintiendo un gran alivio.

— Sé que no he sido el padre que mereces, pero sí el que necesitabas para llegar a este punto de tu vida —el hombre dijo tras un prolongado silencio en que el joven santo comió un trozo de pan. Sugita lo miró con los ojos bien abiertos. ¿Por qué estaba aquí realmente? Todo de él sonaba a una clase de despedida.
— Lamento haberte alejado de mí, pero necesitabas un guía diferente en esta cruzada. En todo momento pudiste haber renunciado pero, decidiste proseguir el camino que se te mostró, no desafiaste tu destino pese a que diversas oportunidades se presentaron. Naciste con el corazón de un santo ateniense y eso lo has probado, jamás pongas en duda que tu sitio está allá —dijo al lanzar una mirada hacia las montañas donde se  encuentra oculto el majestuoso Santuario de los guerreros de Atena.
— Eso ahora lo sé padre— el santo de Capricornio lo imitó, mirando con orgullo hacia ese lugar, pero entonces se le ocurrió preguntar—. Cosas muy graves están sucediendo en el mundo… ¿sabes algo al respecto? Después de todo tú eres… —pero calló en cuanto descubrió lo osado de su intento.
El peliblanco llevó la taza de té a su boca, bebió dos pequeños tragos  para decir— Hace tiempo que me limité a sólo observar el presente, Sugita. No es divertido, y en ocasiones no es nada grato ver lo que ocurrirá con antelación… Contigo hice una excepción ya que… bueno, se lo prometí a tu madre, que cuidaría de ti.
— Entonces… ¿has visto mi futuro? —sintió curiosidad por preguntar.
— El futuro es como un río que siempre está en movimiento, uno puede ver imágenes en sus aguas pero por ligeros cambios y obstáculos en la corriente, las imágenes se distorsionan y muestran algo totalmente diferente… No puedo garantizar que lo que he visto se cumplirá tal cual mi visión. No puedo decirte qué ocurrirá, eso es hacer trampa, pero sí puedo asegurarte que pase lo que pase llegarás a la edad como para darme uno o dos nietos, eso me hace feliz —comentó, sonriendo.

Qué misterioso era su padre, en eso pensaba Sugita al escucharlo hablar. Sabía de boca de otros sobre su alta posición en el circulo de hechiceros en Europa… él recordaba pocas cosas en realidad, pero nunca fue testigo de su verdadero poder…
Aunque su padre continuó hablando de pasajes nostálgicos y otros más personales, como el que volvió a casarse con una mujer japonesa con la que tenía una hija de pocos meses de nacida, el santo de Capricornio lo interrumpió diciendo:
— ¿Serías nuestro aliado?
A lo que el peliblanco calló, mostrando un gesto serio— En eso no te pareces en nada a mí. Aquí estamos después de diez largos años de no vernos y prefieres hablar sobre situaciones adversas— suspiró con desilusión.
— Esto es algo que también les concierne. Dos reinos han sido atacados y sumidos en la aniquilación ¿acaso tú y los demás esperarán a que suceda en sus propios hogares para decidirse a actuar? —Sugita recriminó.
— Nuestra sociedad está dispuesta a actuar para defender este mundo si la situación así lo requiere, Sugita. Pero no es tan sencillo como crees… Si los Santos del Santuario, los Apóstoles en Egipto y los Dioses Guerreros en Asgard no han sido capaces de mermar a ese grupo bélico, que otros se inmiscuyan podría terminar con miles de personas muertas en vano.
— ¿Entonces están dispuestos a esperar a que nos aniquilen a todos primero? —el santo cuestionó molesto.
— Las cosas son como deben ser. ¿No te preguntas por qué tu Patriarca no ha buscado aliados? Él sabe que si sus fuerzas no son capaces de detener esta amenaza, hay pocas esperanzas de que los otros triunfen.
— Pero la unión hace el poder —el joven insistió.
— Esas decisiones no te competen, Sugita. No te fijes en lo que los demás hacen o no hacen, concéntrate en lo que tú puedes lograr para llegar al final de esta situación. Algún día comprenderás que el destino se labra con las acciones de todos los individuos de este mundo, sin importar lo insignificantes que estas acciones puedan parecer. Estar sentado aquí, frente a mí bien puede haber cambiado tu destino y el de otros… Debes confiar en que todo se da por una razón, no existen las coincidencias, sólo lo inevitable —el peliblanco susurró, recordando con afecto a la persona que solía decírselo tanto—. Esas siempre fueron las palabras de tu madre, recuérdalas a partir de hoy.

FIN DEL CAPITULO 34


Vladimir*: Es el nombre del Maestro de Terario de Acuario. Apareció en el Capitulo 2.