viernes, 9 de agosto de 2013

El Legado de Atena. Capitulo 37. Imperio Azul. Parte I



Capitulo 37. Imperio Azul. Parte I.
Cara a cara.

En la nueva era, no existe una comunidad más grande y próspera que la lograda por el emperador Poseidón, gobernante del reino submarino conocido como la Atlántida.

Consciente del fenómeno que alteró el mundo y cambió la Tierra, el dios del mar actuó con gran generosidad y benevolencia, acogiendo a todos aquellos que  necesitaran de guía y protección; humanos dignos que reconocieran su divinidad y trabajaran arduamente para lograr la utopía que, desde tiempos remotos, ha deseado.

Con sus recursos debidamente administrados, le ha dado comida y cobijo a centenas de personas que habitan sus ocho ciudades en la superficie y otras pocas que residen en el glorioso reino bajo el mar.
La Atlántida se convirtió rápidamente en un reino autosuficiente, mas ha procurado tener lazos diplomáticos con otras comunidades u organizaciones. Al mismo tiempo, intentando olvidar las viejas rivalidades con el Santuario y Asgard.

El Emperador se ha mostrado cooperativo durante todos esos quince años, algo que asombraba a sus viejos enemigos. Pero sus intenciones eran auténticas, el mismo Shaman King lo afirmaba.
No había formado un reino con intenciones militares, sino uno lleno de riquezas culturales y comerciales… sin embargo, la existencia de los marines shoguns y otros guerreros marinos continuaba siendo necesaria como guardianes y protectores del reino. Cada marine shogun era responsable de mantener la paz y el orden en su respectiva ciudad, ubicada en una isla correspondiente al océano que protege.

Aristeo de Lyra y Sugita de Capricornio navegaban por el Mar Mediterráneo en un barco cuya tripulación se ofreció a llevarlos. Su destino, la isla llamada Gadiro, una extensión de tierra que emergió de las profundidades por voluntad y poder del emperador Poseidón para que sirviera a sus fieles como un hogar  en el que pudieran cultivar su sociedad.
Los santos decidieron no esconder quienes eran, por lo que sus cloths de plata y oro destellaban por el sol de aquel atardecer.
Tuvieron que viajar de manera tradicional al ser la manera más apropiada, después de todo era la primera vez que un santo del Santuario se atrevería a pisar el reino de Poseidón en esta nueva era.
Fue un viaje silencioso en el que Aristeo respetó la privacidad de los pensamientos de Sugita, por lo que se entretuvo tocando algo de música para deleite de los hoscos marineros, quienes fueron capaces de disfrutar tan bellas melodías.
Tras haber estado tan cerca de la muerte y recuperado de ello, Aristeo sentía que percibía todavía mejor el mundo pese a su ceguera. Eran sensaciones gratas y de gran paz, sobre todo allí en el inmenso mar. Le alegraba haber sido elegido para viajar a la Atlántida, aunque en su cabeza aún resonaban las súplicas de su amada por que permaneciera con ella en Grecia.

El joven santo de Capricornio  nunca se había sentido incómodo en el mar, pero tenía que admitir que ahora tenía algo de miedo.
El viento fuerte y la marea tranquila, el dios del mar debe estar de muy buen humor —escuchó decir de  los marineros que hablaban entre ellos.
— Los pescadores tienen un buen concepto del dios Poseidón —comentó Aristeo, quien permanecía sentado sobre unos barriles, evitando estorbar de cualquier forma a la tripulación—. A diferencia de lo que percibo del Patriarca y del santo de Pegaso, las personas le tienen aprecio, no creo que haya que temer. Sólo basta escuchar lo que dicen los súbditos más humildes de un reino para conocer la verdadera naturaleza del soberano.
Aristeo estaba enterado del toque personal que para Sugita de Capricornio tenía esta misión. Confiaba en que fuera algo que de verdad los beneficiara para cumplir con la investigación encargada.

Sugita miró de reojo al santo de plata antes de regresar la vista al mar— Sí, seguro debe ser una buena persona… —musitó, recordando que en efecto él ya ha sido  oyente de su buena voluntad; en Cabo Sunión fue la prueba.
El cuervo negro que reposaba sobre su hombro permanecía en completo silencio. Por insistencia de Kenai de Cáncer accedieron a llevar con ellos a una de sus misteriosas aves. Kenai les aseguró que no tendrían que preocuparse por ella, era bastante dócil y no les causaría problemas, además de que a través del cuervo podría saber si se meten en algún lío.

Estaba por  anochecer cuando divisaron tierra. La isla se alzaba todavía más metros por encima del nivel del agua. Rodeada por peñascos y acantilados, el único acceso fácil y seguro era el puerto de la bahía.
Allí, pocas embarcaciones se encontraban ancladas, pero las luces de la playa llamaban la atención.
Los santos, el capitán y un par de marineros subieron a un bote  para llegar a la orilla. Desde la distancia, otros marineros saludaban a los recién llegados, delatando camaradería e incluso reclamos sobre deudas de dinero.
Para cuando pisaron el muelle, el capitán y sus hombres se despidieron de los santos, por cortesía los invitaron a acompañarlos a la taberna, mas fue obvia la respuesta del santo de Lyra, quien agradeció su ayuda.

Una vez solos, Aristeo y Sugita esperaron a que algo sucediera. Los lugareños los miraban con curiosidad, pero pasaban de largo para proseguir con su camino.
— Supongo que debemos esperar a que alguien nos dé la bienvenida —dijo Aristeo.
— Creí que el Patriarca había enviado un aviso de nuestra llegada —Sugita comentó.
— Sí, pero no especificamos cuándo sucedería —respondió.
Sugita contempló el puerto con curiosidad, cómo es que en esa media luna que formaba la bahía numerosas construcciones con arquitectura griega se levantaban rodeadas de arbustos y árboles. El muelle de roca sólida estaba decorado con lamparones decorativos y velas. Había algo de bullicio, pero se respiraba una convivencia sana y pacífica entre la población.

Pasó poco tiempo para que alguien se le acercara con confianza y naturalidad, se trataba de una mujer de hermosos ojos azules, de piel blanca y un extenso cabello rubio. Traía puesto un vestido blanco que le cubría hasta por debajo de las rodillas sobre el que resaltaban los aretes, collares y pulseras rojas que portaba.
— Bienvenidos —dijo con amabilidad—. Ustedes deben ser los emisarios del Santuario que buscan una audiencia con el emperador Poseidón.
— En efecto, somos nosotros —dijo el santo de plata, inclinándose de manera caballerosa hacia la dama, un acto que Sugita imitó—. Lamentamos no habernos anunciado con propiedad pero no era posible especificar el día de nuestra llegada. Espero no sea un inconveniente.
— Ninguno. Los estábamos esperando —la mujer respondió—. El Emperador autorizó dejarlos pasar. Por favor, acompáñenme. Mi nombre es Tethys y seré su guía —sonrió.


Aristeo y Sugita siguieron a la mujer, que los condujo por la ciudad. Todo tenía un toque ancestral, una recreación exacta de la Grecia antigua, incluso las personas vestían de esa manera holgada y sencilla.

Aristeo pensaba en que era extraño que sólo hubieran enviado a una mujer a recibirlos, esperaba a un guerrero. Sin embargo, también cabía la posibilidad de que esa mujer fuera más de lo que aparentaba.

El edificio que se encontraba por encima de todas las demás construcciones era un gran templo ceremonial, el cual estaba custodiado por soldados que los miraron sin hostilidad alguna.
En su interior había hermosas esculturas de seres marinos como sirenas y dragones de agua, pero lo más destacable era la estatua del mítico dios del mar vestido con su armadura, sujetando su tridente como un escudo frente a él y un violento oleaje a sus pies. En la base de donde se erigía la obra maestra, se encontraba plasmado el símbolo del Emperador, hacia el cual Tethys parecía llevarlos.

Sugita miró la gigantesca estatua con asombro, pues mientras la de Atena transmitía solemnidad y paz, la del Emperador demostraba fuerza y rectitud.
— La isla Gadiro es sólo un punto de encuentro. El Emperador los espera en su templo bajo el mar —la mujer explicó, tocando con la punta de los dedos el símbolo en el muro, sobre el cual se marcó una línea vertical de manera simétrica, abriéndose una puerta de la que emanaba una gran luz blanca.
— Por aquí —pidió ella, siendo la primera en perderse dentro de ese portal luminoso. Los santos la siguieron momentos después.

Sugita quedó cegado durante unos segundos por la luz tan brillante, pero en cuanto recobró la visión se vio dentro de un templo diferente, en cuya pared interior había otras siete grandes compuertas con el mismo símbolo de Poseidón.  La puerta a su espalda se cerró de manera estruendosa.
Frente a ellos se veía la hilera de columnas blancas que sostenía la bóveda de la construcción, mas entre ellas se vislumbraba la hermosura de una ciudadela de la que se alzaba un gran pilar que llegaba a tocar el cielo.
Alrededor de dicho pilar, la estructura de un palacio estaba presente. Desde la altura y distancia en la que se encontraba, Sugita de Capricornio quedó maravillado por el paisaje frente a sus ojos.
El palacio del Emperador lucía como toda una fortaleza blanca que resaltaba entre las veredas rocosas y el inmenso azul del cielo que no era más que el mismo océano sobre sus cabezas.
— Bienvenidos sean a la Atlántida —dijo la mujer, señalándoles las escaleras que debían descender para llegar al Templo de Poseidón—. Aquí es donde recibimos a los viajeros, tendremos que caminar un poco más para llegar a donde se encuentra el Emperador —explicó, comenzando a bajar los escalones.
Aristeo esperó a que Sugita se pusiera en movimiento, pero el joven santo tardó en reaccionar. El santo de plata envidió no poder ver la maravillosa visión del reino submarino, por lo que se limitó a sondearlo con sus otros sentidos.

Las escalinatas los llevaron por un camino de pronunciadas curvas y arrecifes, rodeado por exótica vegetación marina como corales de radiantes colores, estrellas de mar y caracoles incrustados en las rocas. Momento que Aristeo de la Lyra eligió para indagar un poco sobre la Atlántida.
— ¿Acaso hay civiles que viven en el reino submarino?
La mujer volvió un poco el rostro sin dejar de caminar — Así es, aunque la mayoría de ellos residen en las ciudades del exterior, algunos han preferido permanecer aquí para servir devotamente al Emperador.
— Con la extensión de su reino, es seguro que debe requerir de un gran número de soldados para cuidar de él.
— Cada ciudad está a cargo de uno de sus más leales súbditos, los marines shoguns. Su deber es impartir orden cuando las situaciones lo requieren, así como defender a la población de cualquier amenaza.
— ¿Por qué no vimos a uno en la isla Gadiro? —preguntó Sugita, meditando.
— ¿Qué te hace pensar que no estás viéndolo? —cuestionó ella, mostrando un gesto travieso.
Sugita no supo qué decir, robándole así una risita a Tethys— Sólo bromeo. La ciudad de Gadiro está bajo el cuidado directo del Emperador, yo sólo soy su vocera.

Los tres llegaron al fin al palacio, de muros y columnas tan altas que empequeñecían a todos los caminantes.  Los recibieron algunos soldados vistiendo sus armaduras, quienes se mantuvieron como estatuas rígidas en sus puestos.
Antes de entrar, Sugita se desconcertó cuando el cuervo de Kenai abandonó su hombro para emprender el vuelo.
— Pero… ¿A dónde va? —se preguntó al seguirlo con la mirada.
— Déjalo, ya volverá —Aristeo sugirió.
Siguieron un camino alfombrado por el que miraron mujeres deambular. Ellas saludaron a los invitados con propiedad para después proseguir con sus labores.

Tethys los condujo hacia una gran puerta, custodiada por otros dos hombres. Los centinelas agacharon respetuosamente la cabeza ante la mujer cuando ésta se detuvo. Ella se giró hacia los santos para decir —Hemos llegado. Mas debo informarles que sólo uno de ustedes podrá pasar.
— ¿Sólo uno? —repitió Aristeo con cierta desconfianza.
Tethys asintió — Es parte del protocolo.
— De acuerdo —el santo de plata supo que no tenía muchas opciones—. Seré yo quien pase a la audiencia.
Sugita no objetó, por un lado le alivió tal situación.

Tethys dio la orden para que abrieran la puerta que mostró más escaleras. El santo de Lyra entró no sin antes aconsejar a su acompañante —Sé prudente— ocultando el mensaje real —Ten cuidado.

Cuando la puerta se cerró, Sugita de Capricornio creyó que permanecería allí, en espera de noticias de Aristeo, sin embargo, Tethys se ofreció a darle un recorrido. No percibía malas intenciones en tal propuesta, además pensó en que quizá podría encontrarse con esa persona que le habló en Cabo Sunión. Sólo por ello es que aceptó.

Tethys lo acompañó hacia una estancia exterior, donde de los muros resbalaba el agua como fuentes decorativas. Era una explanada amplia en la que había  bancas donde  hombres y mujeres descansaban mientras los niños jugueteaban, como si fuera un parque. Se respiraba tanta tranquilidad y armonía que Sugita pensó que aquello era lo más cercano que haya visto a una utopía.
Miraba con discreción a las personas, buscando, aunque cuando lo razonaba se reprendía a si mismo ¿cómo encontraría a alguien a quien ni siquiera le vio el rostro?
De un momento a otro, encontró a alguien que retuvo su atención. Se trataba de un hombre que en solitario estaba sentado en una de las bancas. Vestía una túnica blanca con adornos dorados en el cuello y  hombros. Él estaba leyendo un libro con interés, pasando los dedos constantemente sobre la pulcra y corta barba que cubría su mentón.
A simple vista no era nadie extraordinario, sin embargo Sugita no pudo quitarle la vista de encima, incluso se detuvo para contemplarlo. Tethys lo notó, por lo que de igual forma aguardó. Ella miró hacia la dirección en la que lo hacía el santo de Capricornio, sonriendo ante la visión de sus ojos.
Aun en la distancia, el hombre de largo cabello azul pareció percatarse de la situación. Al alzar la vista, dirigió su mirada color esmeralda al joven santo.
Sugita quedó impresionado por la fuerza que percibió dentro de esos ojos. Con el simple hecho de verlo sentía la necesidad de acudir a su lado y pedirle permiso para siquiera respirar.
Con ese único gesto, el hombre de ojos verdes pareció escudriñar cada parte de su alma y pensamientos. Tal estupefacción sólo la ha sentido una vez… y fue en el Santuario, ¿acaso ese hombre podría ser…?
Sugita se sintió totalmente indefenso y vulnerable al ser blanco de esos ojos verdes; lo que desconocía su mente lo sabía otra parte de su ser.

Pero toda esa tensión desapareció en cuanto un sonido lo sacara de su estupefacción. Sugita reconoció tal tonada, por lo que pudo desviar los ojos a otra dirección. Buscó el origen de la melodía, pudiendo ver en esa misma explanada, junto a una fuente circular a lo lejos, la espalda de un hombre rodeado por un grupo de niños que festejaban la música.
Los adultos se contagiaban de las sonrisas de los pequeños, por lo que con alegría contemplaban la manera en la que bailaban y canturreaban junto al flautista de cabello lila.
Sugita se giró nuevamente hacia el hombre de ojos verdes, pero él había vuelto a su lectura de manera despreocupada. El santo titubeó sobre lo que debía de hacer, mas Tethys le facilitó las cosas.
— Creo recordar que dijiste que querías conocer a uno de nuestros marines shoguns —dijo, tocándole el hombro—. Ven, te presentaré —guiándolo hacía allá.
— Sí… pero yo…
— ¿Ocurre algo? —inquirió ella.
— Es sólo que —miró una última vez al hombre de pelo azul—… No, no es nada —acobardándose al final.
Tethys lo acercó a donde la mayoría de las personas que estaban esparcidas por la explanada ya se encontraban aglomeradas. Ese pequeño concierto se alargó algunos minutos en los que el flautista no perdió concentración ni ritmo. Permaneció con los ojos cerrados hasta el último soplido. Cuando sus ojos se abrieron, los aplausos de los oyentes se hicieron escuchar.
Sugita observó detenidamente a ese hombre de llamativo cabello, no portaba una armadura sagrada que lo distinguiera, en vez de eso llevaba puesto un elegante traje blanco de camisa y pantalón.

Poco a poco cada una de las personas regresó a sus actividades, por lo que finalmente el flautista pudo acercarse a las únicas dos personas que lo estaban esperando. Había decidió no actuar como si no supiera a quién tenía de frente, por lo que le sonrió con naturalidad.
— Te presento a Sorrento de Siren, protector del Pilar del Océano Atlántico Sur y la isla Autóctono —Tethys presentó—. Sorrento, él es Sugita de Capricornio, santo de oro al que el Emperador ha permitido visitar nuestro reino.
— Sabes que no hacen falta las presentaciones Tethys. Sugita y yo ya nos conocíamos, sólo que es hasta hoy que nos vemos de frente —Sorrento aclaró.
— Quería que fuera más fácil para el chico, pero si quieres manejarlo entonces lo dejo en tus manos —dijo Tethys, sonriendo con complicidad.
— Acaso ¿usted ya lo sabía? —Sugita cuestionó a la mujer rubia, quien se limitó a mostrar un gesto risueño en vez de responder—. Entonces es cierto, tú eres la persona que esa noche estuvo allí… Sorrento de Siren —Sugita repitió.
Una sonrisa se dibujó en los labios del marino— Me alegra que me recuerdes. Sabía que nos volveríamos a ver. Es  un alivio que no sea en el campo de batalla.
Los ojos del marino se mostraron nostálgicos, mientras los del santo temblaban por las ansiosas dudas que latían en su pecho.
— Te prometí que nos volveríamos a encontrar, ¿no es así? —Sorrento lo observó con detenimiento, era la primera vez que lo veía cara a cara, por lo que estudió cada línea de su rostro, sus ojos y labios, encontrando el parecido con la imagen de la mujer que estaba en su memoria—. Veo que tu prueba fue exitosa y Atena te ha dado su bendición… Un santo de oro, no esperaba menos del hijo de la señorita Mizuki —comentó con alegría—. Ya que has venido hasta aquí, supongo que tendrás muchas preguntas, y como prometí aquel día las pienso responder. Acompáñame, tu amigo demorará un poco, por lo que tenemos tiempo para charlar.
Sugita no dudó en seguirlo, despidiéndose de Tethys, quien tomó un camino diferente.
— Te encuentras tan confundido como antes, ¿en verdad no tienes idea de tu vínculo con nuestro reino?
Sugita negó con la cabeza— No del todo, pero dijiste haber conocido a mi madre…
— Sí, ella fue una gran dama… Te agradezco por haber venido, el Emperador está complacido y me ha permitido hablarte sobre algo que tienes derecho a saber. Pero este no es el lugar apropiado, sígueme— dijo con tono gentil.

Tethys volvió junto al hombre de cabello azul quien continuaba con su pasatiempo.
— Y ¿qué es lo que  piensa del muchacho? —ella preguntó.
— Hay mucho de su madre en él —respondió con tranquilidad.
— ¿No le hablará?
— No hay necesidad, he saciado mi curiosidad. Le queda mucho qué aprender, pero su potencial es claro… Aunque continúa decepcionándome su elección, mantendré mi promesa.
Tethys sonrió al escucharlo.
El hombre de ojos verdes se levantó tras cerrar el libro, que conservó bajo su brazo— Me retiraré a mis aposentos. Cuando Enoc termine, que me informe sobre la situación, quiero escuchar qué es lo que el Santuario espera con este repentino interés en mi reino.
— Así se hará, Emperador.

*-*-*

Aristeo de Lyra caminó por el suelo de baldosas negras que reflejaban su imagen con claridad.
El sonido de sus pasos hacía eco por el lugar, permitiéndole guiarse por las ondas sonoras para imaginar el amplio y encerrado espacio del salón.
Se adentró lo suficiente para darse cuenta de que se encontraba solo. Sus ojos ciegos no pudieron contemplar la gloriosa vista que se mostraba por el muro que enmarcaba el gran soporte principal. El trono del emperador de los mares se encontraba vacío, por lo que Aristeo intentó averiguar la razón. Se preocupó un poco al imaginar que esta fue la forma más sutil de separarlo del santo de Capricornio… mas en cuanto se giró con la intención de regresar por donde vino, una presencia se hizo presente, cuya voz lo obligó a volverse.
— ¿Partes tan pronto, santo de Atena?
Aristeo permaneció a la expectativa al reconocer el poderío de ese cosmos. No era tan magnánimo como para creer que le pertenecía al emperador Poseidón, pero sí competía fácilmente con el de un santo dorado.
— No todos los días se les concede a antiguos enemigos del reino de Poseidón una audiencia con su excelencia. Sería imprudente de tu parte abandonar la sala de esa manera.
— ¿Quién eres tú? —preguntó Aristeo, sintiendo cómo ese hombre  se detuvo a pocos pasos frente a él.
— Me llamo Enoc, custodio del pilar del Océano Atlántico Norte —respondió el hombre de voz profunda—. Devoto sirviente del Emperador, quien me ha pedido recibirte.
Ante él se encontraba el marine shogun que vestía la scale del dragón del mar. Era un hombre alto, de cabello rojo y ojos color violeta. Lo que más destacaba eran las tres cicatrices que marcaban su cara, las cuales no lo deformaban pero sí le daban un aspecto inquietante.
— ¿El Emperador no asistirá a esta reunión? —Aristeo cuestionó.
— Todo lo que desees consultar con él podrás decírmelo a mí, después seré yo quien le transmita tus palabras si las encuentro dignas de ser escuchadas por su excelencia —Enoc explicó, conservando un tono frío e indiferente.
Aristeo desconfió, mas tenía que conservar la calma al encontrarse en un reino desconocido.
— Si así es el protocolo, entonces lo aceptaré. Mis disculpas —el santo accedió—. Puedes llamarme Aristeo, santo de plata al servicio del Santuario… Agradezco el que me permitas intercambiar algunas palabras, las cuales creo serán de interés para el Emperador.
— Puedes hablar.
— Desconozco si están enterados sobre recientes ataques en la superficie, más propiamente dicho en Meskhenet y en Asgard.
— Hemos escuchado rumores sobre la situación en Egipto —Enoc dijo, recordando lo dicho por los marineros que navegaban por tal ruta marítima, y de la misma marine shogun que protege el océano Índico—. Tenemos entendido que un conflicto interno devastó el reino del desierto, y aunque intentamos acercarnos, Meskhenet ha decidido mantener la situación bajo puertas cerradas, diciendo que todo fue resultado de una insurrección que logró ser frenada, aunque con terribles resultados… Por supuesto que creemos que es un intento por ocultar una verdad más compleja —el marine shogun explicó con perspicacia—. Desistimos al respetar los deseos de dicha nación… pero Asgard es un tema diferente… desconozco lo ocurrido —Enoc musitó, pensando en que si de verdad se suscitó algo, era obligación del guardián del océano Ártico informarles.
Aristeo se prestó a relatar con detalles conocidos sobre el ataque a Meskhenet en Egipto y la forma en que el Santuario fue involucrado. De la existencia de la orden de guerreros responsables de tal ola de destrucción y muerte que alcanzó en días recientes al reino de Odín. El cómo es que ahora se encuentran buscando a esos hombres y la posibilidad de que la Atlántida pudiera ser uno de sus próximos objetivos.

Enoc escuchó atentamente, limitándose a algunos comentarios cortos que no interrumpieron el relato, hasta que...
— Patronos… zohars… La devastación de Meskhenet y Asgard son sucesos difíciles de creer. Aunque la condición actual de Egipto no me permite poner en duda tu palabra, pero Asgard… nuestro hombre en Bluegrad no ha reportado nada de lo que has mencionado —comentó, con un deje de desconcierto.
Aunque Bluegrad se convirtió en una de las ocho ciudades del reino de Poseidón, tuvo permitido el amistarse con Asgard sin ninguna clase de represalia… podría decirse que son aliados, por lo tanto si algo de tal gravedad ocurrió con los dioses guerreros, Alexer debió haber informado de esto, incluso apoyado.
Sólo encontraba dos alternativas, o el santo de Lyra mentía, o Alexer prefirió callar. No tenía razones para desconfiar del regente de Bluegrad, pese a todo el Emperador lo acogió bajo su protección y lo nombró marine shogun entregándole la scale de Kraken. Pero tampoco creía tan inconsciente al santo de plata como para venir hasta la Atlántida sólo para decir mentiras que lo condenarían.
— Quizá tenga sus motivos, pero no es algo que he inventado. Podrías comprobarlo en el momento que desees. El Patriarca nos pidió venir y advertir al Emperador de esta amenaza, por lo que hemos visto no creo que estén exentos de un ataque, después de todo una de sus motivaciones es destruir las antiguas órdenes de guerreros que quedan en el mundo.
Enoc no parecía muy afectado por tal amenaza, por lo que prosiguió —¿Y qué esperan ustedes a cambio de tal información?
Aristeo calló ante la repentina pregunta.
— Hay demasiada sangre en la historia que vincula al Santuario con la Atlántida como para esperar que no buscan un beneficio propio… En los últimos años el Emperador y su Patriarca han mantenido una relación neutral, ¿por qué ahora el interés? —cuestionó, imaginando que para el Santuario lo más conveniente sería la destrucción de la Atlántida.
— Eres injusto, en todos estos años  ha habido paz entre nosotros —Aristeo no toleró tales insinuaciones—. Debes recordar que ustedes tampoco se han mostrado deseosos por lograr una mayor cooperación. Es cierto que los santos y los marinos hemos sido enemigos desde la época del mito, pero no significa que eso no pueda cambiar. El primer paso lo han dado nuestros líderes al respetar la coexistencia de ambos reinos en esta era; el resto dependerá de cada individuo que los forman para labrar una mentalidad menos fanatizada con el pasado.
— ¿Y crees que utilizando a ese chico que trajiste contigo podrás lograrlo? —Enoc cuestionó con seriedad—. Sí santo de Lyra, estoy al tanto de la historia que rodea a ese joven, y aunque el Emperador es un ser misericordioso, mi deber es ver a través de las intenciones de todos aquellos que buscan su bondad con mezquinos propósitos.
— Haces bien en proteger a tu señor, pero nuestras intenciones son sinceras. Sería desastroso que un reino tan próspero como este cayera bajo el yugo de los Patronos. Son muchos los inocentes que se verían afectados, y lo que ha ocurrido en Meskhenet y Asgard no debe volver a ocurrir.
— No creo que se atrevan, el poder del Emperador es reconocido en este mundo. De decidir invadirnos sería un acto suicida.
— No cometas el error de subestimarlos —se apresuró a decir Aristeo—. Tienen sus recursos y aún desconocemos el alcance real de su  poder y sus propósitos…
— Tomaré en cuenta tus advertencias y transmitiré las preocupaciones del Santuario a mi señor —Enoc dijo, dándose la media vuelta—. ¿Eso es todo lo que tienes que decir?
— No, aún hay algo más.
Enoc se volvió un poco— Te escucho.
— Lo ocurrido en el exterior ha obligado al Patriarca a reunir al mayor número de santos en el Santuario… sin embargo, la búsqueda de ellos y las cloths ausentes nos ha llevado a descubrir que una de ellas se encuentra aquí, en algún lugar de la Atlántida.
— ¿Qué patraña estás diciendo? —musitó el dragón marino.
— Sé que puede sonar absurdo…
— ¿Cómo pueden estar seguros de eso? ¿Confirmas que tienen espías en nuestro reino? —Enoc sospechó.
Aristeo negó con la cabeza —Por mi honor juro que no es así. Sin embargo, en el Santuario contamos con un aliado de habilidades especiales, un shaman que pudo alertarnos de tal descubrimiento. Desconocemos la razón por la que puede estar aquí… pero no es tan descabellado considerando que un marino se enlistó en las filas de los guerreros de Atena… quizá aquí pudo suceder algo similar.
— No confío en lo que dices.
— Es evidente que desconoces de lo que hablo, significa que incluso para ti permanece oculta pero… me dieron algunas señales sobre su ubicación: se encuentra dentro un lugar oscuro, una gran caverna de paredes ensombrecidas, pero en el punto más alto hay un gran resplandor, un remolino que arrastra ferozmente el agua clara como si fuera un portal hacia otro mundo… en ese lugar hay un templo derruido por el tiempo, donde un sinnúmero de estatuas han sido deformadas por los golpes de una vieja batalla… pero la más representativa  es una gigantesca imagen de mármol cuya cabeza y brazos fueron pulverizados, dejando el torso y piernas de una figura masculina que se encuentra sobre un pedestal y en él se haya marcado el deteriorado símbolo de Poseidón.
Enoc buscó en su mente algún lugar dentro de la Atlántida que se le pareciera— En todos mis años de servicio al Emperador, jamás he visto un escenario como el que describes…
— El mismo Emperador podría saberlo… por favor, es importante para nosotros dar con esa cloth y su posible dueño.
— Así que después de todo sí buscas algo a cambio…
Aristeo suspiró, implorando paciencia— No tienes que deformar mis palabras de tal manera. No queremos molestarlos con tal petición, pero estaríamos en deuda si nos brindaran su ayuda. Para ustedes esa cloth carece de valor, pero para nosotros es importante… No sé por qué está en este lugar pero con gusto nos la llevaremos.
— Tendré que consultarlo… el Emperador decidirá cuál será nuestra postura al respecto. Supondré que has terminado.
— Sí, eso es todo lo que el Santuario tiene que decir.
— Aguarda aquí, enviaré a uno de los sirvientes a que te escolten y te llamaré en cuanto haya una resolución al respecto. Mientras tanto no cometan imprudencias —el dragón marino advirtió, abandonando el salón del trono.

Enoc, dragón del mar, salió por un acceso secundario que lo llevó por un largo pasillo hacia el exterior. Durante su andar, una silueta apareció de entre las columnas, acompañándolo en su caminata.
— La conversación con ese santo ha perturbado tu espíritu Enoc —dijo la mujer a su lado—. ¿O es que acaso te sientes decepcionado porque no te diera algún motivo para comenzar una contienda?
Enoc respondió sin detenerse —Tú lo escuchaste también, Behula.
La mujer de piel oscura y largo cabello negro asintió— ¿Dudas de Alexer? —preguntó, siendo su mismo pensamiento tras haber estado de manera inadvertida en el salón del trono.
— Me desconcierta que no haya reportado nada sobre eso…
— ¿Se lo dirás al Emperador?
Enoc se detuvo, mirando los ojos color almendra de la marine shogun de Chrysaor.
— No puedo desacreditar al Santuario sin pruebas… pero jamás podría ocultárselo al Emperador. Necesito que envíes por Alexer, deseo hablar con él sobre estos sucesos cuanto antes.
La mujer asintió— Enoc, entiendo que te moleste tener que lidiar con antiguos enemigos del Imperio pero… no debes cargar con esos sentimientos de épocas remotas en las que ni siquiera fuiste partícipe.
Enoc la miró con frialdad, sin poder confesar el resentimiento personal que tenía hacia el Santuario. Después de todo fue uno de sus miembros quien le arrebató su lugar y destino en la última guerra santa entre Atena y Poseidón.
— Supongo que concuerdas con lo que dijo el santo de  Lyra —Enoc comentó.
— Tuvo buenos argumentos —respondió al ser creyente de la coexistencia pacífica entre los reinos—… Pero también entiendo que consideres tu trabajo desconfiar de todos los que son del exterior para proteger a tu gente.
— No me malentiendas, sé cuándo dar mi confianza y cuándo no… quizá te alegre saber que no creo que el santo de Lyra mienta… pero eso significa que es Alexer quien oculta algo y quiero saber por qué… Jamás toleraría una traición de su parte.
— No nos precipitemos —pidió la mujer tras apoyar su lanza en el suelo—. Démosle la oportunidad de explicarse, además esos juicios no te competen, Enoc —le recordó.
Enoc contempló a Behula en silencio. De entre todos en la Atlántida ella es quien más lo ha apoyado y tolerado. Se ganó su aprecio no porque concordara siempre con él, al contrario, es quien siempre lo enfrentaba y lo obligaba a  considerar el otro lado de la moneda en cada situación. Aunque muchos los creían rivales acérrimos, la verdad era totalmente diferente, juntos se complementaban y eso los volvía los marinos más importantes dentro del reino submarino.
— Eso lo sé… Bien Behula, te dejaré el resto a ti, iré a ver al Emperador y ya veremos cómo procederemos.
— Como ordenes— dijo ella, reconociendo su liderato.

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En algún lugar de Irlanda.

Sentado en una vieja silla de cedro, de finos acabados como para haber pertenecido a un noble, un hombre aguardaba en paz y quietud.
Parecía dormir al mantener su cuerpo inclinado hacia la derecha,  donde su brazo se mantenía rígido al servirle de almohadilla a su mejilla. El hombre de ropaje blanco permanecía con los ojos cerrados con un gesto que revelaba un sueño placentero.

— ¿Estará fingiendo?— pensó Albert de Géminis conforme avanzaba sigilosamente por el suelo de madera carcomida.

Se arriesgó a seguir las indicaciones de la entidad que lo ha acompañado durante tantos años. Decidió abandonar el Santuario sin dar mayores explicaciones. Ocultó la verdad al saber lo absurdo que sonaría confesar tal historia… No estaba dispuesto a ser el hazmerreír si resultaban ser sólo alucinaciones de su mente, pero también cabía la posibilidad de que fuera cierto y el viajar hasta allí le permitiría encontrar al hombre que estaba detrás de los ataques a Meskhenet, al Santuario y a Asgard.
Comprobar si de verdad sufría de un desorden mental o no, era algo que debía averiguar por sus propios medios, sin importar el peligro.
Pese a todo, no fue tan insensato como para viajar solo, trajo consigo a dos santos de plata a los que les pidió aguardar en un lugar seguro, pero lo suficientemente cerca para que se percataran de los sucesos si una batalla se daba inicio.
Confiando en que si llegaba a fallar en su cometido alguien alertaría al Santuario, es por lo que Albert entró sin demora a ese lugar.

Para su alivio, la guía de su invisible benefactor lo llevó realmente allí, a una vieja mansión que estaba haciéndose pedazos, envuelta por la hiedra y musgo que paulatinamente se han apoderado del lugar, incluso había un riachuelo que pasaba por debajo de los tablones podridos del suelo.
La naturaleza se abrió camino por la construcción y se amalgamó con ella, dándole un aspecto mítico por la luz que entraba por las ventanas aún adornadas con vitrales coloridos.

El santo de géminis no daba crédito a la clase de enemigo que allí encontró. Imaginaba que detrás de esos monstruosos guerreros se escondería un dirigente mucho más temible e incluso intimidante, pero en vez de eso se topó con un hombre de frágil aspecto. Sólo podía ver su mentón descubierto, su rostro permaneció ensombrecido por la capucha que le cubría la cabeza.
No sintió ninguna presencia custodiándolo… Tampoco percibía algún cosmos en él… ¿acaso podría ser un espejismo? No… Tenía que ser cierto, por lo que consideró esa la oportunidad perfecta para deshacerse de ese monstruo que ha causado tantos estragos en la nueva era.
Si fingía o no, no le interesaba. No había una ostentosa armadura protegiendo su delgado cuerpo, ni tampoco era un dios ¿qué podría ser ese hombre como para subyugar a los Patronos? Estaba por averiguarlo…

Albert preparó su mejor técnica, concentrando el poder de las galaxias en su mano. Liberó la violenta onda cósmica que en un santiamén redujo todo a su paso a simple grava.
La parte posterior de la mansión se evaporó tras la retumbante explosión, dejando solo una cortina de humo que poco a poco volvía al suelo. Albert aguardó unos segundos, esperando que se disipara la bruma.
Cuando sucedió, el santo dorado se sorprendió. Su técnica acabó con la parte trasera de la construcción y barrió con gran parte del terreno, mas una pequeña zona alrededor de la silla se mantuvo intacta, incluyendo a la persona que estaba en ella.
Inmediatamente, ese hombre abrió los ojos, enderezando su posición  en el viejo mueble.
— Eres muy osado santo de Atena. Creí que los de tu clase siempre buscaban un combate justo, pero en vez de eso decidiste atacarme cuando más indefenso me encontraba… —el encapuchado comentó sumamente tranquilo. Albert alcanzó a distinguir un color rojizo en sus ojos, los cuales mostraban una expresión cansada y aburrida—. Es claro que no eres como los demás.
Albert lo miró desafiante, sin retroceder.
— No tolero que intenten jugar conmigo —el santo aclaró con soberbia— Lo último que tenía ante mí era a un hombre indefenso. ¡Basta de juegos! ¿Eres Yoh Asakura? —cuestionó.
— ¿Yoh… Asakura? —repitió—… que graciosa comparación. Aunque no está muy lejos de la verdad —comentó, siéndole gracioso—. Bueno, estamos en una encrucijada… ya me has encontrado, ¿qué planeas ahora que estás frente a mí?
— ¿Y todavía lo preguntas? Por supuesto que he venido a detenerte— Albert volvió a encender su cosmos, concentrándolo en los puños.
— Así que esa es tu respuesta, violencia para la violencia… Atena no estaría complacida —el hombre comentó sin abandonar la relajada posición en su asiento.
— Ella entendería, al final son sujetos como tú los que hacen imposible la paz duradera. Ahora vas a decirme todo lo que quiero saber —Albert respondió con altivez.
— ¿Y cómo planeas hacer e…? —el hombre nombrado Avanish calló de repente, cerrando los ojos cuando un delgado rayo de luz atravesara su frente.
— Ahora —Albert permaneció con el dedo extendido hacia Avanish— estás bajo la influencia de mi técnica. El Satán Imperial te obligará a hacer lo que yo te ordene. Así que tendremos una larga charla tú y yo, y no podrás mentirme.
Avanish entreabrió un poco la boca, como si hubiera entrado en un estado de shock, sin embargo rápidamente sus labios volvieron a curvearse.
— Si querías la verdad, no había necesidad de tanta rudeza —dijo con serenidad — Bastaba un sutil “por favor” —sonrió ante la incredulidad del santo dorado—. Tenía entendido que sólo el Patriarca del Santuario tiene derecho a usar esta técnica… ¿Acaso él te permitió aprenderla?... ¿O no sabe que has quebrantado la ley? —preguntó, masajeándose un poco la frente.
— No tiene caso que te resistas, el efecto es irreversible…
— ¿Irreversible dices? Por supuesto que no me dirás la forma de poder librarme de esta técnica maldita, únicamente tendría que morir… o matar a alguien ¿no es cierto? —cuestionó sonriente, llevando su dedo índice a tocar el punto medio de su frente. Presionó unos segundos hasta que lentamente comenzó a apartarlo, en la punta de su dedo se acumuló una chispa electrizante de color dorado.
— Observa bien santo de Atena, a esto se reduce el esfuerzo en el que depositaste toda tu confianza y con lo que intentaste someterme.
Albert se sobresaltó. Jamás creyó que llegaría el día en que conocería a un humano con tales capacidades. El Satán Imperial en la punta de sus dedos ¿es eso posible?
— Este poder me es desagradable —dijo Avanish mientras observaba la pizca de sol que tenía bajo su control—… con esto apartas el libre albedrio de las personas —musitó con leve resentimiento— Deberías avergonzarte…
El santo de géminis se sintió frustrado por su fallo, por lo que se lanzó ferozmente al ataque contra esa enigmática entidad.
Albert avivó todavía más su cosmos para atacar, pero al primer paso que dio para iniciar la ofensiva, una silueta se interpuso en su camino, la cual liberó una ráfaga destructiva que lo frenó. Ante la  inesperada interrupción, el santo dorado quedó parcialmente ciego por unos segundos en los que recibió una brutal patada en la quijada.
El santo de Géminis giró sobre sí mismo, resintiendo el golpe que lo obligó a caer de rodillas  unos segundos antes de volver a incorporarse. Alzó inmediatamente el rostro, limpiando los hilillos de sangre que salieron de su boca.
— Parece que en persona eres mucho más desagradable de lo que llegué a pensar —dijo el guerrero frente a él.
Albert tensó el entrecejo con frustración, pues enfrentaba a un hombre con su mismo rostro y voz. Sacudió la cabeza creyendo que estaba desvariando, mas la imagen no desapareció.
— Debo admirar tu determinación Albert, haber llegado hasta aquí buscando a tu enemigo pese a los riesgos, pero aquí estás, con tu entera voluntad seguiste mis indicaciones… Sabía que lo harías, sólo tenía que esperar el momento adecuado.
— Tú eres… —Albert reconoció esa altanería con la que el ser espectral se manifestaba y comunicaba con él. Pero ahora estaba allí, no era un fantasma ni una alucinación, era de carne y hueso — ¿Qué significa esto?
— ¿No te alegra Albert? Después de todo no soy un producto de tu imaginación —rió divertido el guerrero de mirada maligna—. Ahora puedes descartar la locura, ya que ha sido sólo tu ambición la única causa de tu enfermedad —dijo la copia de armadura gris, permaneciendo en medio de Albert y Avanish, quien contemplaba impasible el evento.
— Ni tampoco eres un dios… al fin lo sé —el santo de oro masculló con resentimiento.
— ¿De verdad creíste que un dios mostraría interés en ti? —su doble rió todavía más escandalosamente—. Ah, sí que eres bastante gracioso. Fuiste lo suficientemente ególatra para creer en la minúscula posibilidad de poder ser tentado por un dios o una entidad poderosa… Has sido un buen títere, Albert — su voz comenzó a deformarse, cambiando de tono al mismo tiempo en que su rostro se desvanecía para mostrar otro—. Aunque hubo momentos en los que me dificultaste las cosas. Me tomó años el que llegaras hasta aquí.
— ¡¿De qué demonios hablas?! —exigió saber.
Aquel que había tomado su imagen regresó a su aspecto original, un hombre pálido y delgado portando una armadura azul. Tenía una feroz mirada de color verde  y una melena corta café. Una barba enmarcaba su sádica sonrisa — Mi nombre es Iblis, Patrono de la Stella de Nereo, apréndetelo bien pues soy el hombre que piensa abrirle las puertas del Santuario al señor Avanish, siendo tú la llave.
— ¿Acaso estás demente? ¡Jamás traicionaría al Santuario!
— Oh, eso es lo que dices, pero sabes bien que conozco tu verdadero secreto… Amas ese pedazo de tierra con todo tú ser y matarías por la oportunidad de estar al mando de él.
— No sé quién o qué seas, pero jamás me prestaré a tus maquinaciones —Albert espetó, volviendo a elevar su cosmos para reiniciar la batalla.
— Pero ingenuo muchacho, ya lo hiciste —el Patrono sonrió victorioso—. Mientras mis compañeros se preparaban para sus respectivos movimientos, yo aspiré a lograr el éxito sobre el Santuario que mi señor Avanish deseaba. Necesité esperar hasta que el indicado arribara,  tenía que encontrar al eslabón más débil ¿y adivina qué Albert? Fuiste tú.
— ¡Silencio, imbécil! ¡Sabes bien que mi fuerza supera a la del resto de los santos dorados!
— Te sobreestimas Albert, y es ese exceso de confianza lo que te vuelve inferior. Yo encontré las dudas que habitan en tu corazón y pude manipularte a través de tus miedos —rió una vez más— ¿Y adivina qué? Yo ya he decidido tu destino, y es el mismo que más temes.
— ¡Cállate! —Albert exclamó al liberar la explosión de galaxias.
Iblis no logró moverse para evitar el ataque que lo alzó con violencia hacia el cielo. Albert esperó a que ese cuerpo regresara por efecto de la gravedad y cayera a sus pies, más en ese lapso, instantes antes de escuchar el impacto en el suelo, Albert advirtió un inesperado resplandor que estaba por golpearle el rostro.

FIN DEL CAPITULO 37


martes, 21 de mayo de 2013

El Legado de Atena. Capitulo 36. La verdad

La creencia popular dice que los cuervos son aves que traen infortunios y su existencia está muy asociada a las desgracias, por lo que seguir el vuelo de un cuervo sólo podía llevarte por un camino hacia la tragedia o a la tierra de la muerte. En ello pensaba Elphaba de Perseo durante su caminar, intentando no perder de vista al ave negra que les ha servido de guía.

La amazona de plata se detuvo al pie de la colina, en cuya cima se distinguía una clase de poblado. Bajo el sol del mediodía, aguardó a que su compañero la alcanzara, mas el santo de Leo parecía tomar todo aquello como una excursión. Elphaba admitía que el paraje era bello, con mucha vegetación y árboles a diferencia de los paisajes montañosos y secos que rodeaban el Santuario, pero no por ello iba a distraer su atención de la misión.

Por los últimos acontecimientos en el Santuario, Jack de Leo fue el elegido para suplir a Calíope de Tauro en la encomienda de viajar en búsqueda de una de las cloth perdidas. Ésta era su primera tarea como santo, por lo que sentía algo de inseguridad.

— ¿Por qué demoras tanto? ¿Percibes algo malo? —cuestionó la amazona, cuyo rostro se mantenía oculto por una máscara ordinaria mientras la máscara de Medusa dormía en el interior de la caja de pandora.
— No, es sólo que este lugar me recuerda mucho a la villa donde nací, me trajo algunos recuerdos —explicó, sujetando las correas que sostenían la caja dorada a su espalda.
— Entiendo —Elphaba señaló hacia la cima de la colina —. Parece que es por allá, pero no percibo movimiento alguno.
— Avancemos despacio, usualmente las personas que viven en aldeas como ésta suelen desconfiar de los forasteros — Jack aconsejó antes de proseguir su camino.

Subir la empinada colina no fue un gran esfuerzo. Al llegar, quedaron confundidos al encontrarse con una aldea pero ningún ser humano habitándola. Había numerosas casas, las más grandes de dos niveles de alto, las calles bien trazadas con pavimento de piedras coloridas, pero lo más enigmático y a la vez hermoso, era ver cómo es que los muros de cada construcción estaban cubiertos por altos y frondosos rosales, cuyas hojas y flores parecían incluso crecer desde del interior de las viviendas al emerger por ventanas,  chimeneas y puertas.
— Pero… ¿qué es todo esto? — preguntó Elphaba, completamente desconcertada al sentirse en un laberinto.
Jack buscó algún indicio de vida humana, pero ni siquiera encontró la presencia de algún animal, sólo el cuervo que les acompañaba descendió sobre el pozo que estaba en medio de la calle.

Elphaba se acercó a las rosas con curiosidad, todas de un radiante color rojo. Habría querido entrar a alguna de las viviendas, pero todos los accesos estaban obstruidos por los rosales espinosos.
Ella alzó un brazo para tocar una de las rosas pero, detuvo su intención cuando un extraño escalofrío le advirtió que desistiera. Al mirar cómo es que Jack estuvo a punto de hacer lo mismo, lo frenó con una advertencia —¡Espera, no las toques!
El santo de Leo  bajó la mano de manera inmediata.
— Puedo sentir… que algo muy malo sucedió en este lugar, hace mucho tiempo… —Elphaba dijo, guiada por su sexto sentido.
El cuervo pareció concordar con ella, ya que después de unos segundos voló hacia uno de los rosales, usando sus picos y patas contra las ramas.
La inesperada acción obligó a los santos a acercarse, aguardando a que el ave se detuviera o les mostrara la razón de su tarea.
Finalmente, algo comenzó a mostrarse. Jack y Elphaba quedaron sorprendidos al ver un cráneo humano oculto dentro de los muros de rosas, pero no sólo se trataba de la cabeza, el esqueleto entero estaba allí, envuelto por espinas y lianas de las que florecían las despampanantes flores color escarlata.
El ave graznó antes de volar a otro rosal para repetir el mismo proceso, descubriendo un segundo esqueleto que terminó por revelar que en todo ese jardín seguramente se hallaban muchos más cadáveres.
— No puede ser… ¿acaso todos en este pueblo fueron…? —Elphaba musitó, consternada.

— ¿Se puede saber quiénes son ustedes? —preguntó una voz desconocida, que tomó por sorpresa a los santos.
Jack de Leo y Elphaba de Perseo voltearon para descubrir una figura junto al pozo. Se trataba de una mujer, cuya ropa ajustada dejaba ver un cuerpo escultural pocas veces visto incluso en el Santuario. Lo que delató su identidad fue la máscara de oro que resguardaba su rostro.
La mujer de largo cabello esmeralda no dijo nada más al esperar una respuesta, pero los recién llegados parecían tan absortos en sus propios miedos que prefirió continuar —Usas una máscara similar a la mía, y las cajas que traen consigo —señaló con curiosidad—… ustedes son como yo.
— No puedo garantizarte eso aún — se adelantó Jack—. Pero mi nombre es Jack y ella es Elphaba, hemos venido desde Grecia. ¿Podrías decirnos tu nombre?
La mujer de máscara dorada se mantuvo tranquila —Me llamo Adonisia, es un placer conocerlos—respondió. Vestía un traje desmangado de color violeta, totalmente ajustado a su cuerpo, en su cintura llevaba atada una estola larga de color blanco. Cualquier hombre la admiraría y muchos se sonrojarían al sólo contemplar sus perfectos atributos, incluyendo a Jack, quien sentía que era la primera vez en que una mujer lo intimidaba con su sola presencia.
Elphaba era inmune a tales impresiones, por lo que fue fácil para ella decir —¿Qué es lo que sucedió aquí? ¿Quiénes atacaron este pueblo? ¿Tuviste algo que ver?
Adonisia no respondió, avanzó hacia los forasteros diciendo — Sabía que algún día me visitarían personas como ustedes.
La voz de Adonisia sonaba tan suave y mística, como si se tratara de una sirena.
— Entonces tú debes ser la poseedora de lo que estamos buscando, la armadura de Piscis — el santo dijo.
Adonisia asintió una vez que llegara junto a Jack, un movimiento que Elphaba desaprobó, pero el santo de Leo no lo consideró peligroso.
La armadura de Piscis —Adonisia repitió, como si fueran palabras desconocidas para ella—… sí, ella vino a mí hace un par de años, me auxilió cuando más la necesitaba —dijo con gratitud, andando hacia el rosal más próximo del que tomó una de las flores con dulzura, por el recuerdo—. Y desde entonces he aprendido muchas cosas… Sabiendo que algún día otros como yo vendrían en mi búsqueda. Ese día al fin ha llegado.
Elphaba y Jack se miraron sintiéndose confundidos. La mujer delante de ellos hablaba de una manera extraña.
— Parece que no estás al tanto de tu verdadera posición ahora —prosiguió Jack, sintiendo que debía acoger a tan ignorante mujer—. Si la armadura te ha tomado como su dueña, entonces tú eres la amazona dorada de Piscis, y el deber de ambas es regresar con nosotros al Santuario, hogar de los santos de Atena, la orden a la que sirven.
Atena —Adonisia repitió con extrañeza, al momento en que el aire arrastró un poco del rocío de las flores por todo el lugar—. Bien, si ese es mi destino, los acompañaré con gusto.
— Espera Jack —Elphaba le pidió en voz baja, jalándolo para que retrocediera—, no podemos arriesgarnos… hay algo que no está bien con ella. No creo que sea correcto exponer al Santuario a su presencia, sobre todo si consideramos este laberinto de muerte.
Jack lo meditó, y en parte compartió esa misma preocupación.
— Temo que antes deberás explicarnos qué es lo que sucedió en este poblado —el santo de Leo volvió a preguntar—. Quizá no quieras explicarnos a nosotros, pero es probable que tendrás que hacerlo ante el mismo Patriarca, el líder de….— la lengua de Jack pareció haberse paralizado pues le fue imposible continuar cuando Adonisia habló.
— Por favor, no insistas —dijo la enmascarada, sin siquiera mirarlos fijamente—. Ya hablaré yo con el Patriarca si así gustas….
— … Está bien… —respondió Jack para contrariedad de Elphaba.
— ¿Jack? —la amazona de Perseo iba a recriminarle cuando notó algo extraño en la mirada de su compañero, de algún modo había sido puesto en un estado de trance del que no era consciente —¡¿Qué es lo que le has hecho?! —exigió saber.
Adonisia se volteó hacia ellos, colocando la rosa entre su llamativo cabello esmeralda— No tienes de qué preocuparte, no pienso hacerles daño —aclaró con una calma en su voz que estaba lejos de sonar como una amenaza—. Además, noté que esperabas que ese hombre fuera tu vocero, ¿por qué no me hablas directamente? ¿Acaso me temes? —cuestionó.
— Lo que estás haciendo puede considerarse como una agresión, basta ya —Elphaba exigió, decidida a proteger al santo de Leo.
Adonisia rió de manera melodiosa— Nadie los invitó a entrar a mi jardín. De haberse anunciado les habría alertado de las precauciones que debían tomar. Tienes suerte, tu máscara te da algo de protección, pero aun así, exponerse al rocío de mis rosas es algo que no aconsejo— Adonisia avanzó hacia ella, sin señales de agresión—. Lo más recomendable es que salgamos de aquí, el efecto aún es reversible… Vamos Jack, muéstrame el camino.
Acatando esa orden, el santo de Leo se giró hacia la salida del pueblo. Elphaba quedó estupefacta al ver la gran influencia que Adonisia logró en su compañero. ¿Qué clase de embrujo domaría con tal facilidad a un santo dorado? Miró a la enigmática mujer y sintió algo de miedo ¿qué es lo que debía hacer? ¿Enfrentarla?
Es cierto que no los ha herido pero, ¿era correcto abrir las puertas del Santuario para ella?
La amazona de Perseo buscó al cuervo que los acompañó en el viaje, éste voló hacia ella y se posó sobre su hombro, como si fuera la mano de Kenai de Cáncer quien detuviera su intención de comenzar una batalla.
De tal manera, Elphaba se tranquilizó, le alegraba que alguien en el Santuario estuviera al tanto de la situación, así podría informar a los otros para tomar las precauciones necesarias.
— ¿Vienes? —Adonisia le preguntó.
Elphaba asintió, ligeramente nerviosa, algo que no pasó desapercibido para la amazona de oro.
— Sé que no comenzamos con el pie derecho… pero lo que los alarma… lo que les interesa saber sobre este sitio es una cuestión muy personal —Adonisia dijo con tono comprensivo—… Pero puedo garantizarte algo,  lo que sucedió aquí, ellos se lo merecían…




Capitulo 36. La verdad

En algún lugar de Rusia.

Sergei de Épsilon lo meditó poco, pues sus instintos lo impulsaron a abandonar el Valhalla aun cuando el momento era el menos indicado. Decidió no decírselo a nadie, ni mucho menos pedir permiso ya que sabía que se le sería negado, y quizá hasta intentarían aprovecharse de ello para alguna táctica.
Sólo Aullido lo acompañó en ese viaje, por lo que su carrera entre la nieve fue silenciosa, permitiéndole vacilar sobre lo que estaba haciendo.
Frenó varias veces, pensando en desistir y regresar al lado de la señora Hilda, pero ¿qué tal si lo que presentía era cierto? Tenía que salir de dudas, no podía sólo ignorar la posibilidad de reencontrarse con un viejo amigo que creyó que nunca volvería a ver.
Su mente luchó demasiado con la idea pero, ¿quién más podría conocer esa seña secreta? ¿Si no fuera él, quién más pudo salvarlo de morir ahogado en el lago aquel día? ¿Quién sino el verdadero?

Se enfurecía cuando sus dilemas entraban en conflicto, pero al final sus pies no dejaron de avanzar a extraordinaria velocidad, convencido de tomar la oportunidad pese a que fueran pocas las posibilidades, sólo así encontraría paz en sus pensamientos y quizá descubriría información importante sobre los enemigos que atacaron el reino.

Le resultó desagradable darse cuenta de que aún recordaba el camino a ese lugar perdido entre la nieve, donde durante años se alzó una base militar secreta, dentro de la que vivió la mayor parte de su infancia y adolescencia.
Al volver después de más de quince años, imaginó con claridad cómo lucían los edificios que la naturaleza ha borrado y cubierto con la nieve, sólo algunos vestigios de lo que hubo ahí persistían como monumentos.
Sergei avanzó con lentitud por ese lugar donde algunos muros de metal se alzaban del suelo como estalagmitas de acero. Sus sentidos se sobrecargaron por los recuerdos, tanto que llegó a recordar los sonidos, los soldados, los científicos, las pruebas a las que fue sometido, la sangre que perdió y las heridas que infligió a otros. Escuchó un grito que lo obligó a taparse los oídos al ser atormentado por los intensos recuerdos. Cayó de rodillas bastante perturbado, mas los ladridos lastimeros de su lobo lo regresaron a la realidad.
Aullido lamió la mano de su amo y éste le regresó una breve caricia en la cabeza antes de ponerse de pie.
— Lo sé Aullido, lo sé —Sergei musitó—… Habría dado lo que fuera para no volver nunca a este lugar pero… tengo que estar seguro…
El dios guerrero avanzó con mayor seguridad, intentando ubicar el lugar donde anteriormente se situaba el edificio C. Se le dificultó un poco pues casi todo había sido cubierto por la nieve, sólo distinguió lo que quedaba de la antena que coronaba el techo de dicho edificio.
Se sujetó a esa asta de metal con fuerza, donde aguardó en silencio conforme veía a su alrededor.
Sergei sonrió con amargura al sentirse un completo idiota. ¿Cómo podría haber pensado siquiera que ese hombre en Asgard era él? Se aferró a una esperanza ilusa, y eso lo enfureció.
— Maldición… —musitó con coraje, dando un golpe a la antena que se sacudió con violencia.

La nariz de Aullido lo percibió primero, Sergei tardó un poco pero terminó detectándolo de la misma manera. El dios guerrero se giró de manera violenta, extendiendo las manos en reacción de ataque. Aunque no contaba con su ropaje sagrado, estaba listo para pelear si era necesario.

Ambos, hombre y lobo se mantuvieron tensos ante la macabra silueta que se desplazaba por entre las sombras de los muros derruidos. Sus pisadas se detuvieron a un paso fuera de la sombra más cercana, permitiendo que la luz del día iluminara una armadura violeta y oscura.
Sergei reconoció de inmediato a uno de los guerreros que atacó la tierra sagrada de Asgard, el mismo que estuvo a punto de aniquilar a sus compañeros. Intentó verle el rostro, pero el casco que le cubría la cabeza se encargaba de ensombrecer gran parte de éste.
Ambos permanecieron en silencio, mirándose fijamente, en espera de quién de ellos se atrevería a ponerle fin al misterio.

Los gruñidos lastimeros del lobo llamaron la atención de Caesar, Patrono de Sacred Python. El Patrono decidió romper su silencio, extendiendo despacio la mano derecha hacia adelante— Llegué a pensar que no recordarías nuestra vieja señal —dijo, para asombro del dios guerrero.
Sergei no articuló palabra, pues esa voz al fin le resultó conocida, quizá por efecto de haber regresado a un sitio de su pasado. Parte de él quería negarse a la verdad, pero al ver como el Patrono volvía a trazar con sus dedos una cruz sobre su mejilla lo estremeció todavía más.
El lobo se aventuró a acercársele aun en contra de lo deseado de su amo, pero el Patrono se mantuvo inmóvil y no temió a los resplandecientes colmillos de Aullido. Sabía que el lobo sería capaz de arrancarle los dedos de un solo tajo si se lo propusiera, sin embargo, cuando el hocico del animal estuvo a escasos centímetros de su mano no le mostró rechazo o temor.
Sergei sintió el gozo en el que Aullido se encontraba sumido.
El lobo lamió un par de veces la mano del Patrono y éste sonrió con amabilidad, animándose a acariciarle las orejas.
— Siempre tan buen chico, Aullido —dijo el Patrono.
Aullido permaneció junto al que se presentó como un enemigo en Asgard, transformándose por un instante en el cachorro que alguna vez fue, uno que buscaba la atención y jugueteos que sólo una persona en todo ese maldito lugar le daba.
— …¿Caesar…? — Sergei se atrevió a pronunciar ese nombre del pasado. Sus brazos y piernas se engarrotaron por la impresión de su descubrimiento, todavía más cuando el sujeto frente a él se privó de su casco, permitiendo que su rostro y cabellera se liberaran de la oscuridad.
Su cabello corto era tan blanco como la nieve del suelo; tenía la piel pálida y ligeramente rosada; poseía ojos grandes de un  color verde traslúcido que le cedían una mirada extraña, casi sobrenatural.
— Mi amigo —pronunció Caesar con nostalgia—… Tal pareciera que fue sólo ayer la última vez que nos vimos en esta azotea — esbozó una sonrisa, pues la dicha de reencontrarse con tan querido amigo le alegró el corazón.
— Esto no puede ser —Sergei susurró, pasmado—… Creí que habías muerto… ¡Me dijeron que habías muerto! — todavía negándose a creer que tal reencuentro fuera posible, obligándose a retroceder algunos pasos sin abandonar su posición ofensiva— ¡Esto no es más que una treta…!
— ¿Y quiénes te dijeron que había muerto? —Caesar cuestionó, sin moverse de su lugar, acompañado por el lobo que decidió permanecer a su lado—.  ¿No fueron acaso los mismos hombres que nos encerraron durante años en este complejo, los mismos que experimentaron con nosotros, el mismo padre que te engañó para llevar a cabo sus fines? —le recordó con rudeza—. ¿Creerás las palabras de unos desdichados como ellos o creerás lo que ves con tus propios ojos?
Sergei miró a Aullido, le pidió regresar a su lado, mas el lobo se impuso y aguardó junto al Patrono.
— ¡No sería la primera vez que alguien intenta jugar con mi mente! —el dios guerrero alegó con desconfianza.
— Sé que estás confundido, ya pasé por lo mismo —Caesar sonó comprensivo—… Pero no estoy aquí para pelear, en este momento no soy  tu enemigo —aseguró con sinceridad ante el rechazo que sentía del guerrero de Asgard—. No confíes en mí entonces, confía en Aullido quien jamás te ha defraudado. Y si eso no basta, entonces arriesgaré mi vida para que creas en mis palabras —un pensamiento fugaz, y la impenetrable coraza que se dice irrompible se desvaneció del cuerpo de Caesar. Bajo la temible armadura se escondía un joven albino, un traje ajustado de color negro cubría su  delgado cuerpo y fornida musculatura, sobre la que resaltaba un pendiente dorado con tres gemas color jade que colgaba de su cuello.
Caesar se encontraba realmente indefenso, si Sergei lo atacara, bastaría un ataque para herirlo de gravedad — Ahora ambos nos encontramos en las mismas condiciones.
Sergei debía sentirse dichoso por hallar la verdad que esperaba encontrar, mas su instinto se encargaba de alertarle de todos los posibles escenarios peligrosos, quizá todo esto no era más que una trampa… Pero pese a todas esas posibilidades, Sergei no podía sentir odio por el enemigo que se ocultaba detrás del rostro de un querido amigo.
Aullido se acercó cuidadoso a su amo, y con un leve gemido suplicó su atención.
Sergei miró a su fiel amigo a los ojos, y tras unos instantes es que el noble animal disipó las dudas de su amo. Finalmente, el guerrero de Odín bajó los brazos y aceptó con sumo pesar la realidad.
— Nunca creí, ni en mis sueños más profundos, que te encontrabas con vida —Sergei confesó, oprimiendo los puños—. No en este lugar en donde la gente moría continuamente… Recuerdo perfectamente ese día, pues fue cuando decidí que esa misma noche intentaría escapar de esta maldita prisión. Es de lo que siempre hablabas ¿lo recuerdas? — Sergei lo miró a los ojos, afligido por la frustración del pasado que no se puede cambiar.
— Sí, te decía que debíamos volvernos más fuertes, cooperar de buena forma con esos hombres y aprovechar todo lo que ellos nos enseñaban para algún día utilizarlo en su contra y salir de aquí... Pero nunca te sentiste listo —Caesar le recordó, sonriendo de manera fraternal y sin resentimientos.
— ¡No sabes lo mucho que me arrepentí por eso…! — el dios guerrero se apresuró a decir — …Si lo hubiéramos hecho, los dos… no hubieran podido detenernos. Fue muy tarde Caesar, y siempre quise decirte cuanto lo siento… Mi cobardía evitó que cumplieras tu sueño, es por eso… que intenté hacerlo por ti, pero fracasé… No pude hacer eso siquiera por ti.
— Ese día —el albino entrecerró los ojos con tristeza—… Lo que realmente pasó ese funesto día me perseguirá por siempre —su mente se pobló con imágenes de guardias entrando a su celda de manera estrepitosa, llevándolo a rastras por túneles subterráneos del complejo de los que no tenía conocimiento que existían, cómo lo sujetaron a un asiento con amarras, los científicos con cubre bocas, las luces blancas y brillantes que ocultaron los rostros de todos los implicados, el tirón de cabello que lo obligó a alzar el cuello, la inyección que se adentró en su yugular y le privó de toda su fuerza — No fui más que una rata de laboratorio Sergei… No tuve conciencia de lo que estaban haciendo conmigo, sólo sé que al despertar yo había crecido. Me encontraba suspendido como un maldito animal de pruebas en un contenedor del cual pude salir, encontrando a mi despertar todo esto en ruinas —recordó, susurrando—… No había forma en la que pudiera saber lo que ocurrió, fui como un recién nacido sin padres que recibieran mi nacimiento.
Sergei sintió una pesadez en el corazón que no lo dejaba respirar. Se alarmó cuando el albino comenzó a dar pasos cortos hacia él. Sus sentidos de supervivencia lo obligaron a que alzara los brazos, tensando la dentadura como la de una bestia esperando ser atacada.
Caesar se detuvo y lentamente posó su mano sobre el puño del guerrero de Alioth, quien lo amenazaba para que no diera ni un paso más— Tú también fuiste victima de esos lunáticos, puedo saberlo a simple vista— los colmillos ligeramente alargados de Sergei, las respuestas corporales que mostraba ante las situaciones, los ojos alargados y salvajes le recordaban a los del mismo Aullido.
— He aprendido a controlarlo… — el dios guerrero permitió que Caesar apartara su mano, quedando al fin frente a frente.
— Me alegra verte de nuevo, a ti y a Aullido. Estoy sorprendido… El haberte encontrado en Asgard fue toda una sorpresa, mírate ahora, eres un guerrero de esas tierras congeladas…— se animó a ponerle las manos sobre sus hombros como muestra de camaradería.
Sergei pudo haberse dejado llevar por la nostalgia del pasado, incluso pensó en abrazar a ese hombre que fue como un hermano mayor para él durante su infancia, sin embargo, su deber como dios guerrero apartó de forma abrupta esos pensamientos para decir— Debo preguntarte… Caesar ¿qué haces vistiendo esa extraña armadura? ¿Por qué atacaste a los míos? —siseó con algo de resentimiento—. Una de las cosas que me hizo dudar de que fueras realmente tú es que el Caesar que yo conozco jamás se prestaría a dañar inocentes. ¿Qué significado tiene para ti declararle la guerra a mi pueblo? —gruñó al reprochar.
El semblante del albino se torno serio, frunció el entrecejo por tales cuestionamientos—  No soy yo quien decide el orden en que deben llevarse a cabo las cruzadas —dando algunos pasos hacia atrás—. Sirvo a alguien más grande, al sabio hombre que vino en mi ayuda. Él, quien me salvó y liberó, permitiéndome ver de nuevo la luz del sol y el turquesa de los cielos —habló con admiración y agradecimiento.
— ¿De quién estás hablando? —Sergei se interesó, afligido al imaginar por todo lo que su amigo debió pasar.
Un sentimiento de culpa comenzó a abrumarlo, después de todo él estuvo aquí cuando la organización fue destruida por el ahora Patriarca del Santuario… Si hubiera sabido… si hubiera decidido buscar un poco más habría podido salvar también a Caesar— ¿Se trata acaso de algún dios? Dime Caesar ¿a quién sirves?
El albino rió inesperadamente— ¿Un dios? No seas estúpido, ¿sabes cuál fue el origen de este laboratorio? —cuestionó—. Lo debes de saber bien pues tu padre fue el encargado de este lugar —Sergei se avergonzó—. Crear guerreros que pudieran lidiar con la fuerza de los santos, dioses guerreros, marinos y demás órdenes fascistas que sirven a esas entidades milenarias y que se dicen inmortales. ¿Crees que yo serviría a un dios? Temo que iría en contra de todo lo que hicieron conmigo. Fastidiaron todo lo que éramos sólo para cumplir con ese objetivo…
— ¡¿Acaso eres tan débil?! —Sergei espetó furioso al escucharlo, pues fue como haber revivido el instante en que su padre le confesó la horrible verdad— ¡¿Acaso me ves a mi continuar con el infame legado de esos sujetos y su vacía ambición?!  ¡¿Me estás diciendo entonces que planeas llevar a cabo esa absurda idea?! ¡Ellos ya no existen! ¡No estás obligado a proseguir con esas tonterías!
— No, te veo como un lobezno huérfano que tuvo la buena suerte de encontrar afecto y cariño de otros, el calor de un hogar… Tú puedes negar tu programación fundamental por la pacífica vida que te tocó vivir —le apuntó acusadoramente con el dedo—… Pero no aplica lo mismo para mí. Mi señor, el gran Avanish, me encontró cuando toda esa ambición se encontraba implantada ya en mi mente, tan profundo, tan irreversible que… en ocasiones me cuesta pensar en otra cosa que no sea cumplir con el objetivo que esos malditos dejaron aquí —se tocó la cabeza sonriendo de forma sarcástica.
— ¡Lucha! ¡Debes luchar entonces contra esos pensamientos que no son tuyos! ¡Tu voluntad siempre ha sido fuerte! —le pidió, sabiendo de los drásticos experimentos mentales que solían realizar en ellos.
— Temo que es algo imposible—el Patrono susurró con amargura y resignación—… Porque ya lo he aceptado, el señor Avanish ha transformado mi tragedia en una misión, me ha dado un propósito por el que deseo permanecer un poco más en este mundo… Pues alguien como yo sólo encuentra el descanso y la paz en la tumba…
– ¡No Caesar, estás equivocado! ¡Pasaste todo ese tiempo siguiendo órdenes, y encontraste la libertad sólo para volver a someterte! ¡¿Es eso correcto?!
— No es justo… lo sé —concordó—. Pero el señor Avanish me ha dado una razón para que todo ese sufrimiento y dolor signifiquen algo. A diferencia de ti, yo jamás podría fingir que eso jamás pasó, hombres como yo no deberíamos existir en esta época de paz, pero… todavía quedan cabos sueltos que deben ser erradicados, y eso es lo que intentamos reparar. La era de los dioses terminó, y los muy canallas han decidido mezclarse entre los mismos hombres a los que han buscado exterminar y someter desde épocas remotas —explicó con rencor.
— ¡¿De qué diablos estás hablando?!
— Ja, parece que no te has dado cuenta… Incluso tu suprema princesa asgardiana no les ha revelado el pequeño secreto —se mofó—. Pero estoy aquí hoy, Sergei, para contarte la verdad, para advertirte que esta paz es sólo superficial,  que los dioses estratégicamente están volviendo a este mundo —alzó los brazos de forma diagonal sobre los hombros, contemplando el cielo que comenzaba a verse habitado por nubes de tormenta—. Fingen acatar el orden que se ha logrado imponer gracias al actual Shaman King, pero los dioses son obstinados y jamás permitirán que los humanos seamos libres, es por eso que los exterminaremos, nos aseguraremos de que jamás vuelvan a poner un pie en nuestro mundo para ocasionar guerra y atrocidades sólo por egoísmo.
— Espera… ¿Me estás diciendo que…? —murmuró Sergei, quien comenzaba a entender.
— Sigues sin comprender me parece —Caesar dijo al verlo tan desconcertado—, al señor Avanish le importan muy poco esas tierras heladas de Asgard, nuestro objetivo era eliminar al dios Odín quien apenas es un niño y es el príncipe heredero de lo que llamas tu pueblo.
— ¡No te creo, Syd no puede…! —Sergei exclamó, apenas podría creerlo, el príncipe Syd nunca demostró ser diferente a los demás, ¿cómo podría ser que posible? ¿Qué razón tendría la señora Hilda de ocultarlo, a ellos, los dioses guerreros de Odín?
— No tienes que mortificarte, algún día regresaré a reclamar su vida…
— ¡No…! ¡No! ¡Nunca te lo permitiría! ¡Sea un dios o no, no tienes derecho! ¡¿Qué mal  te ha hecho a ti Caesar?! —Sergei se opuso,  tenso y totalmente iracundo. El animal dentro de él estaba tomando control de su ser.
— Es precisamente eso lo que pienso evitar, que ni él, ni ningún otro de su especie vuelva a causar daño… En este momento parecen frágiles e indefensos ¿pero qué sucederá cuando vuelva a ser consciente de sí mismo? ¿Crees que no ha sucedido antes? ¡Es un círculo interminable que debe ser destruido!
Sergei se impulsó contra Caesar en un intento de golpearlo, el Patrono se hizo a un lado y bloqueó el puñetazo que estuvo por atinarle en el pecho. Caesar le propinó una fuerte patada en la mejilla, mas el guerrero de Asgard alcanzó a jalarlo del tobillo para hacerlo perder el equilibrio y caer en la nieve.
Sergei cayó sobre él, en un intento por clavarle los dedos en los ojos o estrangularlo, mas Caesar le sujetó las manos e igualó su fuerza para evitarlo.
— ¡Caesar, ya no te reconozco! —espetó el dios guerrero sin abandonar su intento—. ¡A pesar de todo yo… no puedo dejarte con vida si eso significa más muertes!
— Lo dice aquel que se ha vuelto más animal que hombre… ¿Crees que eres diferente a mí? —cuestionó, manteniéndose sereno pese a encontrarse en una situación peligrosa—. Sólo porque has encontrado la forma de apaciguar tu programación no significa que no seas un arma homicida…
Sergei gruñó de frustración al escucharlo— ¡Sólo quiero saber una cosa…! ¡¿Por qué… por qué me salvaste si sabías que seríamos enemigos?! ¡¿Acaso creíste que me uniría a tu causa?! ¡Qué equivocado estabas!
Caesar tuvo más destreza y con un rápido movimiento de sus pies lanzó al dios guerrero hacia atrás, dándole el tiempo suficiente para acuclillarse. Sergei rodó en el suelo, pero rápidamente se volvió hacía su oponente, optando por una postura semejante a la de un verdadero lobo.
Ambos se miraron de manera desafiante. Hubieran colisionado nuevamente de no ser por Aullido, que saltó como mediador entre ambos, ladrando y gruñendo para impedir que un derramamiento de sangre diera inicio.
Tal situación fue una recreación de su juventud, cuando discutían o entrenaban excediendo los limites, era Aullido quien les recordaba quienes eran y su amistad.
Caesar fue el primero en abandonar todo intento de agresión, levantándose sobre sus dos piernas a diferencia de Sergei, quien permaneció a la defensiva.
— Al verte luchar tan ferozmente como un guerrero de Asgard, entendí que nunca abandonarías a los asgardianos, por lo que jamás pasó por mi cabeza el pedirte que te unieras a mi causa —respondió Caesar—… No sé la razón por la que el destino nos llevó a encontrarnos en estas circunstancias, Sergei, pero… en ese momento en que estuvieron a punto de morir, pensé que de mi pasado, sólo tú y Aullido eran lo único que merecía preservarse… —respondió, para sorpresa del dios guerrero, cuya mirada se suavizó sólo un poco.
— Por la amistad que existió entre nosotros, es por lo que me he arriesgado a este punto… desearía que tomaras la oportunidad que te di para que cambiaras tu vida y te alejaras de los dioses guerreros, ya que tarde o temprano volveremos con la misma intención… No repetiré el mismo acto de misericordia, por lo que deberías reconsiderar tu posición…
— No tengo por qué considerar nada… yo… ya he elegido cual es mi lugar… el que pudo haber sido también el tuyo si tan sólo yo… si yo hubiera podido… —Sergei se lamentó el no haber podido hacer nada por él— ¡Maldición! ¡¿Por qué tuviste que elegir este camino?! ¡Es una locura! ¡¿Atentar contra la vida de un dios?! ¡¿Acaso no ves las repercusiones que hay en eso?! ¿Crees que ellos se quedaran  de brazos cruzados mientras los suyos son asesinados por los mortales? ¡Ustedes son los que darán inicio al desastre, a la destrucción de este mundo, no ellos!
— Cada uno de nosotros es sólo un engranaje que mueve el futuro, hasta tú Sergei… Mi tarea es llevar la muerte a los inmortales, sólo eso… lidiar con las consecuencias será de alguien más —explicó con total indiferencia.
— Caesar… en verdad que te has vuelto un ser inhumano… Yo… no puedo permitirte seguir viviendo de ese modo —Sergei se decidió a hacerle frente, elevando su cosmos aun ante los reclamos de su lobo—. Tarde o temprano tendremos que enfrentarnos ¿no? ¿Por qué retrasarlo?
Caesa calló, permaneciendo inmóvil.
— Sigues siendo tan testarudo como siempre —el Patrono musitó, envolviéndose con energía violácea—. Sabes cómo terminará esto… jamás has podido vencerme, mucho menos ahora —advirtió.
— ¡Eso nunca me ha detenido! ¡Garra Nocturna! —Sergei clamó, liberando una serie de medias lunas cortantes que fueron directo hacia Caesar.
El Patrono de Sacred Python extendió el dedo índice de su mano, dejando que un fino rayo de luz emergiera, tan rápido, casi invisible, que el dios guerrero quedó perplejo cuando le atravesó el lado izquierdo del pecho.
Con los ojos desorbitados, Sergei cayó al suelo, donde un charco de sangre comenzó a formarse entre la nieve.
Caesar fue alcanzado por la energía cortante, múltiples y profundas heridas se marcaron en su cuerpo, mas permaneció de pie sin verse afectado físicamente por ellas.
El Patrono vio cómo Aullido buscaba reanimar a Sergei, pero éste no parecía reaccionar. Dio media vuelta en un intento por retirarse cuando escuchó — E-espera… aún sigo aquí.
Caesar no se sorprendió, continuó dándole la espalda al dios guerrero, quien se había levantado sobre sus rodillas.
— Fallaste… —musitó sonriente, presionando la herida sangrante en su pecho, un poco más y el golpe le habría perforado el corazón. Pero aunque no hirió ningún órgano vital, esa herida lo debilitó lo suficiente como para saberse incapaz de vencer a su oponente.
— ¿De qué hablas? Con ese golpe acabo de matar a mi amigo —añadió Caesar, sin mirarle —, y él acabó con el suyo… sus cuerpos finalmente quedarán sepultados con el resto de sus compañeros en este sitio, dejemos que sus almas y recuerdos descansen aquí, en paz —musitó de manera respetuosa—… Sólo quedamos un Patrono y un dios guerrero como testigos de tal batalla, y en honor a los caídos es por lo que yo, el Patrono de Sacred Python, me marcharé sin tomar la vida de mi enemigo… pero si nos llegamos a encontrar de nuevo, no habrá tregua —aclaró de manera amenazadora.
Su cosmos lo rodeó, y al instante el zohar oscuro cubrió su cuerpo nuevamente. Sergei no fue capaz de decir nada más, bajó la cabeza, afectado por el malestar en su cuerpo y en su alma. Cerró su mano sobre la nieve, entendiendo el significado de la acción… Caesar no lo mató porque hubiera errado el disparo… y no esquivó no porque no hubiera podido sino que se dejó alcanzar por sus garras… con tales acciones, Caesar cortó ese hilo que los unía, ya eran libres de toda promesa o consideración.
El Patrono extendió las alas de su zohar, alzando el vuelo, frente a él se abrió un oscuro portal al cual se dirigió sin mirar atrás, desapareciendo del lugar.

El aullido que su lobo soltó sonó como un profundo lamento, Sergei maldijo repetidas veces golpeando el suelo con furia. Resintió tanto odio e impotencia en su cuerpo que bien podría perderse en ese mar de instintos salvajes para ir en busca de un desquite, pero un fugaz pensamiento mitigó tal furia, sabía que su deber era regresar a Asgard, alertar a todos de lo que realmente buscaban sus enemigos… La pesadilla para su pueblo estaba lejos de terminar, el futuro cada vez se tornaba más sombrío.

*-*-*-

Asgard, Palacio del Valhalla. Salón del trono.

El trono de Asgard permaneció vacío pese a que un grupo de personas debatían y se informaban sobre lo ocurrido en el país. La princesa Hilda aún se encontraba delicada de salud, por lo que Bud de Mizar les dio la bienvenida a los emisarios del Santuario: los santos de Acuario y Escorpión.
Terario de Acuario expresó los deseos del Patriarca de apoyar a Asgard, por lo que estaban allí para prestar su ayuda.
A Bud no le gustaba la idea de tener que depender del Santuario, más la situación por la que pasaban no le dejaba otra alternativa.
— Agradezco sus intenciones, santos de Atena. Es mi deseo y el de Hilda que nos centremos en proteger a nuestra gente —Bud dijo—. Como han notado, nuestras defensas han sido destruidas, y pocos son los guerreros que podrían asistirnos si algo más se llegara a suscitar.
— Pondremos nuestras habilidades en ello —accedió Terario.
— Son muchas las preocupaciones que tengo en este momento, pero me atreveré a compartir una de ellas con ustedes. Se trata de Bluegrad.
— ¿Bluegrad? —repitió Souva de Escorpión, al serle desconocido.
— Es la ciudad azul, hogar de los llamados Blue Warriors, en Siberia —respondió el santo de Acuario—. Mi maestro me habló sobre ellos, allí habitan guerreros que originalmente fueron devotos a Atena, pero por diversas circunstancias se desligaron del Santuario. Entiendo que ahora están bajo la protección y servicio del emperador Poseidón, el dios del mar.
Bud asintió —Gracias al trabajo del santo del Cisne, Hyoga, contamos con una alianza con ellos. Sin embargo, antes de que todo esto diera inicio, el dirigente de Bluegrad, Alexer, solicitó su presencia allá. En otras circunstancias no sería algo de lo que habría que preocuparse, era algo frecuente, pero… no hemos tenido noticias de él desde que partió, justamente el día en que fuimos atacados por los Patronos.
Los santos de oro comprendieron la sospecha existente.
— Estoy seguro que con la ayuda del santo del Cisne, las batallas anteriores habrían sido menos desafortunadas —a Bud no le molestó admitirlo. Hyoga era un guerrero poderoso al que aprendió a respetar.
— Hyoga no es la clase de hombre que se ausentaría de esta manera, y menos si su familia corría peligro —añadió, ocultando la pena que lo embargaba al pensar en Flare, quien se encontraba desconsolada por la pérdida de su hija más pequeña… necesitaba de Hyoga para confrontar su muerte.
— Entonces cree que Bluegrad se ha aliado con las fuerzas enemigas —Terario indagó.
— O quizá los hayan aniquilado a todos antes de venir a Asgard —el santo de Escorpión meditó.
— No me he atrevido a enviar a algún mensajero para confirmarlo, y los dioses guerreros se encuentran heridos e imposibilitados… Creo que en Bluegrad se encuentra  una pista sobre nuestros enemigos que no podemos ignorar.
— Es una manera sutil de decir que quiere que vayamos a la boca del lobo, ¿no lo crees Terario? —dijo el Escorpión.
— Si pudiera ir, yo mismo lo haría —el dios guerrero aclaró—. Pero si es demasiado para ustedes…
— Iremos —Terario aclaró—. Investigaremos si algo extraño ha ocurrido en Bluegrad.
Bud asintió, agradecido —Si ven necesario que alguien más los acompañe, tienen la libertad de pedirlo.
— No será necesario, iré yo solamente —intervino el santo de Escorpión.
— ¿Qué estás diciendo? ¿Qué sucederá si en verdad te encuentras con enemigos allá? —cuestionó el santo de Acuario.
— ¿Y qué pasará si uno de ellos llega hasta aquí y ninguno de los dos estamos para ayudarlos? —preguntó Souva, desafiante.
Terario no objetó.
— Si tanto te mortifica, podría llevar a alguno de tus amigos conmigo, así, si algo malo de verdad está pasando allá, podrá venir a advertirles.
A Terario no le agradaba la idea de tener que arriesgar de tal manera a uno de sus camaradas, sin embargo, debía apartar lo personal de su deber.
— Es arriesgado, y no lo apruebo… pero entiendo que quizá no haya remedio —Terario accedió.
— Permíteme ir, además este lugar es muy aburrido, la caminata entre la nieve es preferible a estar aquí sin hacer nada —el Escorpión se cruzó de brazos, pensativo—. No hay nada que hacer, todas las chicas parecen tan atareadas que apenas me prestan atención de todos modos.
Terario se avergonzó de escucharle decir eso, miró discretamente a Bud, quien permaneció inexpresivo.

— Si no tomas esto con seriedad no creo que deba dejarte ir —Acuario comentó, acompañándolo fuera de la sala del trono una vez que Bud les autorizara la partida.
— No te preocupes tanto, además, si me quedo aquí seguro que la linda enfermera de cabello dorado terminaría enamorada de mí, no puedo interferir entre ustedes dos —Souva bromeó con total descaro.
— ¿Cómo es que alguien como tú terminó como un santo de oro? —Terario se preguntó en voz baja—. Escucha, quizá sea difícil para ti pero sé precavido, no te expongas inútilmente, ni tampoco arriesgues la vida de la persona que te acompañará. Si confirmas la presencia de los Patronos en ese lugar actúa con prudencia, retírate si ves que no tienes oportunidad. En todo caso sería una misión de reconocimiento, nada más.
— Sí, sí —el Escorpión puso gesto de fastidio, como el de un joven que reniega con su padre—. Ya suenas como el Patriarca… de acuerdo, espero que seas tú quien elija a mi compañero. Lo esperaré en la salida principal —Souva se alejó, alzando la mano en señal de despedida —Ah, y por cierto, eso que te conté de la armadura de la copa parece que no eran más que mentiras, no vi nada, ni siquiera mi propio reflejo, eso sí fue extraño —comentó con desilusión, pero de inmediato abandonó sus lamentaciones y prosiguió su camino.

*-*-*-*

Grecia. Santuario de Atena. Templo de Curación.

— ¿No ha despertado? —preguntó el Patriarca una vez que Calíope lo condujera a la habitación donde el santo de Sagitario estaba recibiendo tratamiento.
— Temo que no —fue su respuesta, mirando a lo lejos la cama donde el herido yacía inconsciente—. Llegó con heridas graves pero ahora se encuentra estable, se recuperará. El proceso sería más rápido si contáramos con el ropaje sagrado, pero usted dispuso que fuera enviado a Asgard —le recordó con un leve reproche en su voz.
Shiryu sonrió, pasándolo por alto. Entendía que Calíope era muy devota a sus deberes como sanadora.
— ¿Y el pequeño? —preguntó Shunrei al ver la cama donde lo había visto dormir y que ahora se encontraba vacía.
— Mejor, pero continúa sin hablar —respondió la amazona de Tauro—. Seguro aún se encuentra muy afectado por las experiencias que tuvo que pasar para llegar hasta aquí.
Shunrei lo recordó, creyó que cuando despertara el niño estaría tan asustado que lo mejor era que un rostro amable estuviera a su lado en ese momento, por ello permaneció junto a él. Pero cuando abrió los ojos, ese niño no expresó ningún temor, de hecho, no reaccionó para nada, ni siquiera quiso probar bocado. Era todo un muñeco que sólo se limitaba a parpadear y a veces mover la cabeza.
Intentaron comunicarse utilizando varios idiomas, pero él no respondió de ninguna forma, por lo que Calíope intentó algo diferente…
— La presencia de ese niño que Terario de Acuario cuida, Víctor, ha sido positiva —la amazona explicó—. Lo ha cuidado bien, incluso lo convenció de salir del templo a jugar. Se los permití sabiendo que es lo mejor para su recuperación.
— Es un alivio que haya respondido a la amistad de Víctor —comentó Shunrei.
Calíope asintió— No podemos presionarlo, la psique de un niño es delicada y a la vez complicada… confío en que tarde o temprano se abrirá. Mi preocupación sigue con este hombre… Patriarca ¿cree que haya tenido un enfrentamiento con nuestros enemigos? ¿O serán eventos que no se encuentran ligados?
— Es probable que sea algo relacionado —Shiryu respondió—. Debemos estar alerta, si este hombre los enfrentó y llegó hasta aquí con ese pequeño, nuestro deber es protegerlos hasta que puedan contarnos su historia… Continúen vigilándolo. Calíope, agradezco tu trabajo, lo dejo todo en tus manos.
La amazona asintió, permaneciendo en el cuarto mientras el Patriarca y su señora abandonaron el lugar.

Shiryu tenía interés de conocer al niño ahora que estaba despierto. Shunrei se lo había descrito, tenía alrededor de ocho años, máximo diez por la destacada altura y lo delgado de su cuerpo. Tenía el cabello rubio ligeramente rizado y los ojos azules más tristes que jamás ha visto.
Los buscaron en las cercanías del templo de curación, mas nadie logró darles señales de ellos, por un momento se preocuparon pero un soldado les confirmó el camino que tomaron.
Les resultó extraño, pero encontraron a los niños en el área del cementerio, donde numerosas placas con nombres y signos de difuntos santos se alzaban como un ejército alrededor de una estatua conmemorativa de la diosa Atena.
Shunrei vio cómo Víctor iba y venía cargando piedras  pequeñas y las más grandes que pudiera encontrar y cargar. Dejaba las piedras a un lado del otro niño sin nombre, el cual las estaba apilando.
Cuando Víctor los divisó, los saludó animosamente en la distancia, apresurándose a correr a su encuentro. Estaba todo cubierto de tierra, pero con propiedad se inclinó ante ellos.
— Víctor, los estábamos buscando ¿qué es lo que hacen aquí? —Shunrei preguntó.
El pequeño hizo muecas que delataban sus esfuerzos por entender y buscar las palabras correctas para responder, después de todo su japonés y griego aún no eran muy buenos.
Arun quiso venir aquí… dijo que… tumbas para sus muertos —le costó decir.
— ¿Se llama Arun? —preguntó Shunrei, a lo que Víctor asintió con la cabeza— Te ha hablado entonces —a lo que volvió a asentir.
No habla  mucho, pero lo ayudo con piedras — se giró sonriente hacia donde su amigo continuaba trabajando—, iré a buscar flores —dijo animadamente, corriendo lejos de allí.

Shiryu se aproximó al niño rubio, quien estaba trabajando en un sencillo montículo con las rocas. Arun no detuvo su actividad pese a saberse acompañado por alguien más, ni siquiera le dedicó una mirada cuando ya había comenzado la quinta de esas torrecitas de piedras.
El Patriarca se acuclilló, y tras un corto silencio tomó una de las piedras para colocarla sobre lo que el niño construía. Arun  se detuvo unos instantes, pero accedió a permitirle su ayuda.
— ¿Son para tu familia?— Shiryu se aventuró a preguntar, recibiendo una tardía respuesta cuando el niño asintió con la cabeza.
— ¿Tus padres? ¿Tus hermanos?... — el Patriarca deseó saber.
— Mamá… Papá… Giovanni…. Josquin y… Thomas —dijo, palpando el último de los cinco montículos que había terminado. Permaneciendo de rodillas sin quitarles la vista de encima.
— Descansarán bien aquí —Shiryu dijo con amabilidad, permaneciendo a su lado en un intento por lograr alguna conexión.

Pasaron algunos minutos, cuando Víctor regresó, pero esta vez acompañado de la pequeña lemuriana, Ayaka, la aprendiz de Kiki.
Arun se mantuvo impávido pese a que Víctor le presentara a esa otra niña que traía unas cuantas flores en las manos. Dividió las flores en cinco pequeños racimos, los cuales colocó respetuosamente en las tumbas.
Ayaka y Víctor se trataban como buenos amigos de juegos, después de todo eran quizá los únicos niños que vivían actualmente en el Santuario. Víctor era el más entusiasmado por la idea de contar con un tercer miembro dentro de su grupo.
Shunrei llamó a ese par en un intento de permitirle a Shiryu tratar a Arun en privado.

Arun los siguió con la mirada, viendo cómo se fueron, y la manera en la que la señora les extendió las manos como una madre a sus hijos. Ver tal escena lo llevó a girar el rostro hacia otro lado con gran pesar.
Fijó la mirada en la escultura que se erigía en medio del cementerio, encontrando algo de paz en el serio rostro de esa mujer.
— ¿Quién es ella? —preguntó apenas en un susurro.
— Ella es Atena, la diosa a la que servimos aquí en el Santuario —Shiryu explicó.
— Una diosadiosa —repitió en voz baja conforme su rostro poco a poco comenzó a mostrar un gesto perturbado—… un dios… yo no… soy uno… yo no soy un dios… —masculló para extrañeza de Shiryu.
Los ojos de Arun se abrieron con horror como si ante él escenas atroces se recrearan. Sus memorias, una tras otra lo hicieron temblar conforme continuaba hablando— Soy… sólo soy el hijo de dos humildes músicos... Nada más —sonrió, con lágrimas en los ojos—… Nada de lo que ellos dijeron tiene sentido— rió de manera nerviosa—. Debe haber alguna clase de error… Thomas, Giovanni y Josquin trabajaban para mi padre… yo los ayudaba a cuidar las ovejas… ¿cómo un pastor puede ser un dios? —preguntó con ironía— ¡No puede ser cierto! —gritó, llevando sus brazos al suelo sobre los que precipitó su rostro para llorar con fuerza.
Shiryu tardó un poco en confortarlo, pues sus palabras le causaron conmoción ¿podría ser cierto? ¿Arun era el avatar de un dios?


FIN DEL CAPITULO 36