martes, 5 de marzo de 2013

El Legado de Atena Capitulo 31


Asgard, cinco años atrás.

En el palacio del Valhalla, el silencio acallaba la alegría y la ansiedad de los habitantes del castillo. Todos estaban a la expectativa de una célebre noticia sin desatender sus quehaceres, ni los preparativos de la celebración.

Bud de Mizar era uno de ellos, quizá el que más permanecía tenso y nervioso durante la espera.
Cuando se le fue notificado el inicio de las labores, él decidió permanecer en una de las habitaciones del palacio, la cual había transformado en una celda  que apenas podía encerrar su inquietud. Nunca imaginó que llegaría a sentirse así, pero sus padres se lo advirtieron— Cuando llegue el momento será mucha tu impotencia, pero deberás hacerte a un lado y dejar que otros se encarguen.
Mientras el tiempo pasaba lentamente en la caja del reloj, el dios guerrero fue notando por la ventana que algunos campesinos comenzaron a reunirse en la explanada bajo la mirada de la estatua de Odín.
¿Y si resultan gemelos? —era la pregunta con la que Bud se atormentó conforme el vientre de Hilda fue creciendo con el paso de los meses. Aunque ella le aseguró que no, el estigma sufrido en su infancia le hacía temer el oscuro sentido del humor de los dioses.
Pese a que Hilda cambió las leyes sobre el nacimiento de gemelos hace tiempo, sabía que era difícil cambiar la forma de pensar de las personas… ¿Toda esa gente aceptaría que su gobernante trajera al mundo un par de gemelos? ¿Lo culparían a él? ¿Los rechazarían sólo por creencias ridículas? El pensar en todo eso lo sofocó un poco, decidiendo apartarse del ventanal.

Bud volvió junto a la chimenea, dando un último trago a su copa antes de dejarla en la repisa rocosa sobre la que recargó sus manos, permaneciendo allí para contemplar los maderos crujir bajo el yugo del fuego.
Tenía que alejar a sus viejos demonios. El tormento del pasado había quedado atrás, por lo que no debía sentir resentimiento.
Debía agradecer que el destino le sonrió una vez terminada la locura de dioses como Poseidón y Hades: se le permitió reencontrarse con sus padres y labrar una mejor relación con ellos a base del perdón; le fueron cedidos sus derechos de nacimiento; se le confirió el titulo de dios guerrero de Mizar, convirtiéndose en una pieza importante en la reconstrucción y reorganización de Asgard; se ganó el corazón de Hilda de Polaris y ahora ella estaba por darle a su primer hijo. Sí, tenía mucho que agradecerle al destino

Bud vio como la chimenea estuvo a punto de apagarse, pero en una clase de arrepentimiento las llamas volvieron a danzar más altas y llamativas que antes. El dios guerrero lanzó una mirada sobre su hombro, sabiéndose acompañado por algo sobrenatural.
Giró por completo al reconocer a la mujer que apareció junto al ventanal del que se había alejado con anterioridad. Ella observaba hacia el exterior con cierta curiosidad.
El nacimiento de tu primogénito es un suceso que debe celebrarse— la mujer dijo con esa voz suave y celestial que escuchó desde su primer encuentro—. El pueblo de Asgard es cálido y gentil, esperan conocer el nombre de su futuro soberano ¿lo has decidido ya?
Aunque a Bud no le alegraba su presencia, entendía que la diosa debía estar aquí, después de todo esto era sólo parte de su proyecto.
— Extraña pregunta viniendo de ti, la norna Skuld —respondió con seriedad—. De seguro conoces la respuesta desde hace mucho tiempo— Bud caminó, colocándose a su lado.
El tiempo no causa efectos en las hijas de Odín. Skuld era tal cual la vio aquel día, de largo cabello rubio, piel bronceada, labios de color carmín. El casco alado que lleva sobre su cabeza continúa ensombreciendo sus ojos y su armadura resplandecía con una inexplicable aura mística.
— Ha pasado tiempo desde que nos vimos —prosiguió Bud, sin dejar de mirarla— … Por un momento llegué a creer que no volvería a verte… Tal vez deseaba que así fuera.
Lejos de sentirse ofendida, la valquiria sonrió débilmente. Conocía el frágil corazón humano, y entendía sus miedos.
En ese entonces te dije que había grandes planes para ti Bud. Asgard vive en paz y armonía gracias a ti y a tu esposa, sólo por eso es que ahora tu verdadera misión está por comenzar, pues es tu hijo quien será importante para Asgard en el futuro.
— ¿Mi hijo?...—los ojos del asgardiano se abrieron con temor.
Lo que aprenda de ti será determinante para el futuro de Asgard, incluso del mismo Valhalla. Los hijos tienden a ser el reflejo de sus padres, es por eso que te elegí a ti Bud, sé que él aprenderá cosas valiosas a tu lado, tus cualidades, tu honor, tu ética, tu espíritu…
— Espera un momento Skuld— Bud la interrumpió, conteniendo la frustración que sintió ante las palabras de la norna.
No me malentiendas. Yo no planeo interferir en la vida de tu hijo, nada se le será privado, tendrá una vida al lado de sus padres— extendió una mano, siendo de su palma que se creó un delgado hilo color perla que de inmediato se alargó e introdujo dentro de la melena dorada de la hija de Odín, convirtiéndose en uno más de sus cabellos—. Su hilo en mi telar está en tus manos ahora, tú tejerás su destino hasta el día en que tome las riendas de su camino, siendo entonces cuando podremos saber si cumpliste bien o no tu encomienda. Sé dichoso Bud, pues Odín te ha bendecido con su aprobación.
— ¡Skuld, tú no puedes…!
Bud calló, sobresaltado cuando un par de golpes a la puerta de la habitación lo obligó a girarse. Al volverse nuevamente hacia la valquiria, esta había desaparecido.
Escuchó que una voz femenina lo llamaba del otro lado de la puerta con insistencia, reconociendo la voz de Flare.


Hilda de Polaris sonrió con dulzura al ver a su esposo entrar a la recamara. Con el cabello trenzado,  la sacerdotisa se encontraba en cama bajo tibias mantas que atrapaban con facilidad el calor de la chimenea cercana. En sus brazos, un pequeño dormitaba envuelto en un cobertor.
El dios guerrero caminó muy poco dentro de la habitación, deteniéndose sin siquiera acercarse lo suficiente a la cama.
Desde allí Bud contempló a ambos, sintió que su corazón no era capaz de albergar la dicha que lo bombardeó al verlos juntos. Estaba completamente conmovido por la madre y el niño que reposaban después del laborioso parto.
En silencio dio gracias a Odín por encontrarlos sanos y salvos.
Hilda estiró el brazo hacia él, animándolo a acercarse. Bud rodeó la cama, sentándose al lado de su esposa a quien abrazó con delicadeza. Le dio un beso en la frente y ella respondió con una caricia en su mentón.
— ¿Cómo te sientes?— preguntó él, dedicándole toda su atención. Nunca la había visto tan radiante, tan feliz. La maternidad le había dado una nueva luz.
— Un poco cansada— respondió ella, refugiándose en los fuertes brazos de su esposo—Estoy bien, Odín nos bendijo este día Bud— con ternura removió un poco las mantas que cubrían al recién nacido, haciéndolo respingar un poco.
— Es tan pequeño…— se le escapó decir a Bud, entusiasmado.
— Aún no decidimos su nombre— Hilda murmuró, risueña.
Bud no pudo resistirse más y pasó su mano sobre la diminuta cabeza del bebé, la cual estaba cubierta con poco cabello del mismo color que el de su madre.
— Desde el día en que me diste la noticia, te cedí todos los derechos para escogerle uno apropiado —le recordó, bromeando—. Yo de seguro lo arruinaría.
La mujer acunó al recién nacido al saberlo inquieto. Hilda con mucho cuidado lo colocó en los brazos de Bud, para así propiciar el primer encuentro entre padre e hijo.
Las manos de Bud temblaron un poco, inseguras ante la frágil e indefensa criatura. Terminó sonriendo, encantado con ese pequeño individuo que llegó a sus vidas para darles un nuevo sentido.
— Estuve pensando y —la gobernante comenzó a decir—… si no te opones ¿por qué no lo llamamos “Syd”? En honor a tu hermano.
Bud miró sorprendido a Hilda. Con honestidad podía decir que en algún momento lo pensó, mas no deseaba imponer sus deseos personales en tan importante decisión.
— ¿Estás segura?...— preguntó él.
— ¿No te gusta?— ella respondió.
— ¿Hablas en serio? Me encanta la idea— se inclinó hacia la sacerdotisa para sellar la decisión con un beso—. Aquí y ahora Hilda, te juro que protegeré a ambos hasta el final de mis días, no permitiré que nada ni nadie arruine su felicidad —sin importar que tuviera que alzar los puños contra el mismo dios que le ha dado tanto.

—Debemos dar el anuncio, Bud— comentó Hilda al estar enterada del interés de la comunidad por el nacimiento del príncipe—. El ocaso está próximo y el frío aumentará pronto. No hagamos esperar más a nuestra gente.
Hilda se preocupó por el bienestar de su pueblo, por lo que con ayuda logró ponerse de pie. Caminó despacio con el bebé en brazos, abrigada y respaldada por su esposo quien no intentó persuadirla.
Los tres salieron a la terraza y los aldeanos señalaron hacia sus bondadosos dirigentes.
La explanada del palacio estaba repleta de personas; los guardias mantenían sus posiciones para evitar cualquier incidente, pero sentían el mismo júbilo que el resto de la población.
Con el niño en brazos, Hilda miró conmovida a su gente quien vitoreaba con alegría.
— Pueblo de Asgard —dijo ella con júbilo—. Agradecemos su preocupación e interés por el natalicio de nuestro hijo. Jamás olvidaremos su bondad en esta acción, ni tampoco permitiremos que él lo olvide —alzó al niño por encima de su rostro, cómo si deseara entregárselo a su pueblo y consagrarlo al cielo sobre ellos—. Este es Syd, príncipe de Asgard, y futuro soberano de las tierras de nuestro señor Odín. Que nuestro dios le conceda sabiduría, fuerza y espíritu para convertirse en el gobernante que este pueblo merece.
¡Viva el príncipe Syd!— clamó alguien dentro de la multitud, logrando que se alzara un coro en ritmo de alabanza.
Sobre ellos, el cielo mostraba su mejor cara. Ni una nube osaba a interponerse en el resplandor de las primeras estrellas de la noche, mucho menos sobre la osa mayor que brilló de forma inusual, no pasando desapercibido para Hilda y Bud que la contemplaron con cierta preocupación.
De las estrellas descendieron cilindros luminosos que se precipitaron a tierra sobre diferentes puntos del reino nevado. La gente ahogó gritos de sorpresa ante el fenómeno del que eran testigos. Aquellos que han vivido lo suficiente y fueron afortunados, recordaban que tales luces sólo eran el preludio del nacimiento de nuevos dioses guerreros.
Bud miró a Hilda que estaba tan consternada como el resto de los testigos. Ella no era responsable de la invocación, mas no le tomó mucho tiempo para recobrar un semblante tranquilo, como si el viento le hubiera murmurado palabras al oído, revelándole un secreto— Debemos estar agradecidos Bud, es la ofrenda del Valhalla para nuestro hijo—explicó sonriente.
En el dios guerrero de Mizar se despertó un terrible presentimiento. Debía ser obra de Skuld, mas estaba lejos de poder adivinar lo que la valquiria tenía planeado para ellos en el futuro…



Capitulo 31.
El vórtice de la tormenta Parte VII. Pesadillas

Masterebus cayó de rodillas siendo víctima de un profundo dolor, soltando fieros bufidos al luchar contra la agonía por la pérdida de su brazo. Veía furioso el charco de sangre que se estaba congelando bajo sus pies.

Bud de Mizar se alejó del enemigo, llevando consigo a su esposa a quien dejó descansar bajo el techo de la construcción más cercana, debiendo confiarle su seguridad a los pilares y arcos sólidos del palacio.
Desearía que alguno de los otros dioses guerreros estuviera presente para encomendarle el cuidado de Hilda, pero por ahora lo único que podía hacer era mantenerla en un sitio cercano, donde no la perdiera de vista.
Antes de volver al campo de batalla, Hilda lo tomó de las manos, reteniéndolo a su lado — Bud… ten mucho cuidado. Sergei, Elke, Clyde y Alwar han sido derrotados —habló temerosa.
— Lamento no haber podido hacer nada para ayudarlos, pero comprobé que esta tormenta no es normal, es como si todo el reino estuviera cubierto por una poderosa maldición —Bud explicó para contrariedad de Hilda—. Intenté llegar a aquí cuanto antes, pero me fue imposible, pareciera que la misma tempestad tiene vida y pensamientos propios, bloqueó mi paso hacia aquí en cada uno de mis intentos.
— Entonces… es como me lo suponía, esta tormenta fue provocada. Alguien está detrás de ella, es quien me impide ponerme en contacto con nuestros aliados en el exterior.
Bud asintió— Es lo más probable. Algo debió pasar para que al fin el camino se me revelara hasta aquí, de lo contrario… quizá yo no hubiera podido… —el dios guerrero calló, la sola idea de haber perdido a Hilda le estrujaba el corazón.
La sacerdotisa lo notó, compartiendo su mismo pesar ante el pensamiento de una trágica separación.

Los dirigentes de Asgard se exaltaron al escuchar un funesto alarido por parte de Masterebus, quien sin moverse de su posición había invocado el poder de las llamas negras en su mano restante.

La criatura utilizó el calor de las llamas para tratar su herida, cerrando el excesivo flujo de sangre. No le resultó nada placentero fundir su propia carne, pero al lograr su propósito pudo reincorporarse a la lucha.

Bud sostuvo la mirada de su oponente, no sintiendo temor pese a que los ojos de Masterebus se habían inyectado por una capa de oscuridad en la que resaltaba el color amarillo de su iris.
Entendiendo lo feroz que sería su rival, no dudó más en dejar a Hilda atrás. Avanzó por la explanada donde libraría una batalla a muerte.

El rostro de Masterebus estaba contraído con un rictus de furia, mientras que el asgardiano mantenía una expresión imperturbable.
Masterebus alargó el único brazo que le quedaba, mostrando lar garras de su brazal, con las que le arrancaría la vida a su enemigo.
Bud no tardó en mostrarle que también contaba con afiladas zarpas para combatir, dejando a la vista las afiladas garras con las que cortó su brazo.
— Nunca les perdonaré haber irrumpido en nuestra tierra sólo para traer muerte y destrucción. Pero tú —lo señaló con desprecio— terminarás hecho pedazos por tocar a mi esposa.
Tanta fanfarronería logró que Masterebus se lanzara primero al combate. Bud respondió garra con garra, el impacto entre ambas y la tensión entre ellas generaron vistosas chispas.
Masterebus perdió la calma que lo había caracterizado desde el principio, demostrando que sin importar que se viera como un ser humano por el exterior, continuaba siendo un monstruo en su interior. El daño y dolor sufrido expusieron su verdadera naturaleza, un agente del mal que no pararía hasta ver a sus enemigos eliminados.
Bud se desplazaba atinadamente, evadiendo los ataques directos de su oponente. Era fácil leer los movimientos de su adversario si se comportaba como un ser irracional.
El dios guerrero de Mizar no tuvo problemas en alcanzarlo con sus golpes, era mucho más diestro y disciplinado, tal vez hasta más veloz. Bud lo pateó repetidas veces en la cabeza, estrellándolo contra un pilar decorativo después de una potente patada en el pecho.

Masterebus se levantó presuroso, alzando el vuelo donde el enemigo no pudiera alcanzarlo. Asechó como un halcón a su presa, pero el dios guerrero no lucía para nada impresionado, ni mucho menos preocupado por la batalla. La criatura detestó su mirada tan confiada y prepotente, desearía poder arrancarle los ojos y aplastarlos entre sus dedos.
Había enfrentado a contrincantes como él antes, pero era la primera vez que se sentía tan humillado y presionado como ahora ¿Acaso todas esas extrañas sensaciones se debían a su nuevo cuerpo?— ¡Qué tontería!— Masterebus pensó con mortificación.
Invadido por la ira, expulsó su cosmoenergía negra, envolviéndose completamente por fuego oscuro para llevar a cabo la técnica con la que le dio fin al guerrero de Épsilon.
Bud admiró el poder de su oponente, pero no creía ser menos poderoso que él. Elevó su cosmos resplandeciente, dispuesto a contraatacar en cuanto estuviera dentro de su rango de alcance.
¡Aleteo abismal! —Masterebus rugió durante el veloz descenso.
— Eres mío—Bud aseguró su victoria antes de saltar para interceptarlo— ¡Garras del tigre vikingo!
La luz y la oscuridad se estrellaron como en todo canto épico. El tronido desgarró a la tormenta misma y paralizó el corazón de Hilda de Polaris por un instante.
Ambos bólidos pasaron a través del otro pareciendo un empate, sin embargo, cuando una gran cantidad de fluido negro salió del cuerpo de Masterebus, fue claro quién fue el vencedor.
Bud maniobró en el aire, cayendo de pie. Su capa estaba incinerándose por las llamas del enemigo por lo que apartó los restos de tela con prontitud.
Masterebus cayó de costado, volviendo a encharcarse en sangre negra. Su armadura presentaba severos y profundos cortes que alcanzaron a llegar hasta su cuerpo humano, por lo que una mezcla de ambas sangres escurrió por la coraza maltrecha.
El guerrero luchó por reincorporarse, mas cuando Bud plantó su pie sobre su espalda se lo impidió.
— Eso fue por Sergei —musitó con resentimiento, sujetándolo del casco para encorvar su espina. Clavó todo el largo de sus garras repetidas veces en su espalda, sacándole largos alaridos así como hilos de sangre—, por Clyde, por Elke, por Alwar, por Hilda.
Bud lo jaló hacia arriba, obligándolo a levantarse, dándole un empujón para que tomara distancia. Abatido por todas sus heridas, Masterebus logró mantenerse de pie. De manera tambaleante se giró hacia el asgardiano quien ya preparaba su técnica mortal.

Masterebus sentía un intenso dolor lacerante por todo su cuerpo, el sufrimiento de su hermano era suyo y viceversa. Escuchaba sus jadeos y los suyos al unísono. Los dos corazones palpitaban con fuerza ante la posible destrucción, mas era el cuerpo humano el que estaba por desfallecer.
Mientras vivió como un demonio completo, jamás experimentó estas emociones antes de caer contra un oponente más fuerte. Nunca se había sentido tan diminuto, tan inútil, tan desesperado… Y lo más extraño de todo,  aun cuando ahora servía a un amo que podría invocarlo y regresarlo a la vida las veces que fueran necesarias, él no quería morirno quería perderno quería fallar… Sin duda todos esos pensamientos irracionales provienen del nefasto corazón humano que bombea en su nuevo ser.

— ¡Y esto es por todos aquellos que han muerto por su causa! —clamó Bud al correr hacia el enemigo con las zarpas luminosas por un costado, posicionadas de tal forma en que convirtieron el brazo del dios guerrero en una lanza de luz— ¡Colmillo del tigre vikingo!

Hilda cerró los ojos en cuanto vio el brazo de Bud emerger por la espalda del guerrero tras perforarle el corazón por su lado izquierdo.
El cuerpo Masterebus se tensó, quedando totalmente rígido como para mantenerse en pie. Bud lo escuchó exhalar un último respiro antes de que cerrara sus ojos amarillos y le colgaran los brazos.
Bud no sintió pena por el guerrero caído, sabía que aún debía atender a otros invasores que intentaban esconderse de él.

Pero cuando el guerrero de Mizar Zeta intentó sacar su brazo de entre las entrañas del cadáver, descubrió con horror que no le sería tan fácil.
— ¡¿Pero qué..?! —bramó, viendo que su brazo estaba siendo cubierto por la misma coraza de su enemigo que estaba expandiéndose. Aunque jaló con fuerza, estaba atrapado desde su codo hasta la muñeca  por el impactante grillete.
— ¡Esto no puede ser posible… pero si le perforé el corazón! —pensó consternado conforme la mancha negra se extendía centímetro a centímetro por su brazo.
Durante el forcejeo, Bud de Mizar quedó estupefacto al sentir un nuevo palpitar en el pecho de su oponente— ¡Tiene dos corazones! —descubrió muy tarde.
El dios guerrero alzó el mentón sólo para quedar cara a cara con Masterebus, cuyo rostro se cubrió rápidamente con repulsivas membranas que completaron su casco, dejando sólo dos huecos de los que se encendieron un par de llamas amarillas.
Las alas de la criatura se abrieron a todo su ancho, dividiéndose de manera instantánea en ocho extensiones afiladas que arremetieron contra Bud.

El grito de Bud estrujó el corazón de Hilda, única testigo de la sangrienta confrontación.  Vio horrorizada cómo esas lanzas atravesaron el cuerpo de su esposo.

Bud se sacudió por las ondas de dolor que azotaron su cuerpo, cuando sus brazos y piernas fueron atravesados por cuatro navajas. Una quinta cuchilla flexible se le enredó en el cuello como una cobra despiadada que en cualquier momento podría decapitarlo.
Imposibilitado de moverse por las dolorosas cadenas, Bud lanzó una mirada furiosa hacia su oponente, sólo para ver que su armadura se estaba reparando por sí sola, sellando las grietas, reconstruyendo las partes perdidas. Aunque el brazo de su cascaron humano se había perdido, eso no evitó que una  nueva hombrera y brazal se formaran, y más impactante aún, que se moviera de manera natural.
Debería arrancarte un brazo… —escuchó de una voz espectral, proveniente de debajo de la máscara que ahora cubría por completo el rostro del pelinaranja.
Sus extensiones libres se encargaron de sacar el brazo del dios guerrero que se alojaba en sus entrañas. Bud creyó que se vengaría cortándolo, pero le asombró que no fuera el caso.
Debería reventarte el corazón… —volvió a decir, acercando las cuchillas filosas a la pechera de Bud y después llevándolas hacia su cabeza —… debería sacarte los ojos… — musitó la tortura que anhelaba su ser.
— ¿De dónde ha salido algo como tú?... ¿Qué eres? —Bud se atrevió a preguntar por primera vez.
Masterebus pareció estudiar la pregunta, moviendo la cabeza como si desconociera el idioma —Arrojarlos a todos al vacío… ese es mi deseo… —divagó—. Allí te sumergiré pronto… usándola a ella….. —siseó para terror de Bud.
— ¡Hilda, cuidado! —exclamó, anticipando la acción.

La sacerdotisa se sobresaltó al ver cómo las extensiones restantes se abalanzaron sobre ella. Empleó su cosmos para generar un escudo que la protegió, las cuchillas oscuras no fueron capaces de alcanzarla, pero el golpeteo constante debilitó el campo de energía. Una vez de pie, Hilda corrió entre los pilares, junto a los muros, pudiendo rechazar el intento de su enemigo.
Estuvo a punto de ser alcanzada, cuando alguien la apartó del camino, salvándola. Mas pronto, la sacerdotisa se preguntaría qué habría sido mejor, terminar en manos del guerrero infernal, o del Patrono de Arges que poseía una mirada lasciva.
— ¿Querías quedarte con la mejor parte, criatura molesta? —cuestionó Dahack a su aliado, reteniendo a Hilda junto a él—. Si no te importa quiero ser partícipe de esta batalla.

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La revelación de Ehrimanes golpeó brutalmente la confianza y psique de Aifor de Merak. Aunque en el primer instante rechazó la idea, su mente terminó por dudar, creyendo en la posibilidad…
— …¡No! ¡Es mentira! —intentó protegerse.
¿Por qué mentiría? —Ehrimanes recriminó sonriente—. ¿Acaso no da sentido a todas las preguntas de tu infancia? ¿De verdad creíste que te quería como un heredero? No pequeño incauto, no es tan bondadoso como lo fue el viejo Harek… de haberlo sido te habría entregado a manos más capaces, a una familia donde crecerías como cualquier niño; quizá hasta te habría dicho que él era tu padre, o algún pariente…. Pero no, siempre supiste cual era tu condición, un huérfano infortunado que debía comer de la mano de su salvador, un perro recogido al que entrenaría para ser un guerrero, y admito que estaba haciendo un trabajo aceptable. Nunca había visto a un dios guerrero tan joven como tú, habrías sido una excelente vasija para mí pero es evidente que ya no te necesito… —rió, soltándole el cabello.
Aifor permaneció silencioso, sumido en la controversia. De Ehrimanes había escuchado una verdad, de Clyde de Megrez otra… había algunas contradicciones entre ellas, y aunque quisiera no creer en la lengua de un demonio tampoco su maestro le fue sincero en todos los años en que convivieron.
Atrapado en el hielo, Aifor ya había dejado de sentir dolor y frío, ya no sentía nada más que pesar y un profundo aletargamiento que poco a poco estaba nublándole la vista. Luchó contra el sueño que se esforzaba por cerrar sus párpados.

Clyde le pidió antes de desaparecer que lo matara, para eso lo había entrenado todos estos años; Ehrimanes dice que fue sólo para el beneficio de ambos, un viejo trato… No sabía qué pensar, ni mucho menos qué debía hacer… Y aunque luchara, ese demonio era muy fuerte. En sus pensamientos le reclamó a su maestro una vez más, si le hubiera contado todo nada de esto estaría pasando… si tan sólo él le hubiera advertido… Aun ahora imploraba para que le dijera qué es lo que debía hacer…
Estaba a punto de llorar por la frustración que como una daga se le había incrustado en el pecho, cuando Ehrimanes, sin razón, le dio un fuerte puñetazo en la cara.
Ese golpe no sólo sacudió los pensamientos de Aifor, sino también su memoria. Quedó con el rostro hacia un lado, con la sangre brotando de su labio partido, mirando de reojo a Ehrimanes quien recogió su puño con un gesto preocupado.
 — ¿Qué fue eso? —la criatura se preguntó, sujetándose el brazo que por un instante actuó por cuenta propia.
Al borde de la inconsciencia, Aifor contempló la figura de su maestro, creyendo escucharlo decir algo como — ¡No llores, eso no resolverá nada!

Derribado en la nieve, Aifor intentaba contener las gruesas lágrimas mientras se tocaba la mejilla inflamada.
¡Y-ya no quiero… me duele… ya no quiero pelear más! —sollozó el infante de siete años.
¿Tan pronto te rindes? —se burló su estricto maestro al encontrarse en el interior del bosque oscuro— ¿Acaso no dijiste que querías ser un guerrero? Lo que sientes ahora es lo mínimo que sufrirás si sigues por ese camino.
¡Pero usted es muy malo! —recriminó el niño, poniéndose de pie con los ojos llorosos. En sus visitas al palacio había visto cómo entrenaban a los soldados, quienes recibían un mejor trato e instrucción.
¿Eso crees? Qué decepción Aifor, y yo que admiré tu determinación ese día en que me pediste que te entrenara —le recordó Clyde en tono burlón.
Aifor bajó la cabeza con vergüenza.
¿Quieres que te trate como un mozalbete? Ese no es mi estilo, no pienso mentirte, la vida de guerrero no es sencilla, es un camino de sacrificios constantes y pocas recompensas —aclaró con severidad—… Es bueno que te des cuenta de que eso no es para ti, nos ahorras tiempo y energía. Regresa a casa —dijo con desprecio. Estuvo a punto de dar media vuelta cuando el chiquillo le gritó.
Quiero ser un guerrero… ¡quiero serlo… ser como el señor Bud, como usted!
Eliges malos ejemplos a seguir —Clyde se mofó—. No te gustaría ser como yo, eso te lo aseguro.
— ¡Pero si usted es un hombre muy fuerte y valiente! ¿Qué tiene de malo? —cuestionó, sin darle a tiempo a Clyde de contestar—. Sé que todos le temen pero…
¿Te doy miedo Aifor? —lo interrumpió, mirándolo fijamente.
El chiquillo dudó en responder, sonrojándose— No.
¿Por qué no?
Porque… usted me ha cuidado siempre… y yo quiero responder a eso… ¡también quiero protegerlo! —admitió, nervioso.
Clyde prefirió voltear hacia otro lado, soltando un suspiro.
Qué disparates dices, mocoso ingenuo. Para “protegerme” tendrías que ser mucho más fuerte que yo ¿crees que podrías llegar a serlo?
¡¿Más fuerte que usted?! —se alarmó de sólo pensarlo.
Si alguna vez llegara a estar en “peligro”, que lo dudo, sería porque estoy enfrentando a alguien más hábil que yo, eso significa que tu fuerza debe no sólo sobrepasar la mía, sino también la del enemigo ¿te crees capaz de alcanzar tal nivel?
Yo…
De lo contrario sólo serías un estorbo para los demás.
Yo…
— Si quieres ser alguien útil, confiable y poderoso debes ser estricto contigo mismo. Resistir todas las pruebas que lleguen a ti, jamás vacilar de lo que crees ya que cualquier instante de duda te traerá una dolorosa derrota y un fatídico final… No quisiera eso para ti —confesó con dificultad—. Pero sobretodo quiero que entiendas que siempre hay una solución para toda situación que enfrentes, excepto claro la de llorar como una niña.
Maestro… —el niño se apresuró a limpiarse la cara, asustándose cuando Clyde posó su mano sobre su hombro, creyó que le daría una golpiza para darle una auténtica razón por la cual llorar.
En cambio, Clyde logró suavizar un poco su expresión para hablar con franqueza y con tono paternal.
No hay prisa, tampoco debes precipitarte. Si es tu destino serás un guerrero, si no estaré igual de orgulloso sin importar qué decidas ser en el futuro.
Aifor sonrió ante esas palabras, además lo llenó de alegría ver una sonrisa sincera en los labios de su mentor.

— Protegerlo… debo ser más fuerte… más fuerte… si soy más fuerte podré… salvarlo… —Aifor susurró delirante, atrapado en el hielo— … siempre hay…. una solución…
¿Hmm? ¿Qué tanto estás murmurando? —Ehrimanes sonrió con morbosidad, interesándose por escuchar sus divagaciones.
— ¡Aléjate de él, Clyde! —dijo alguien a su espalda.
Ehrimanes miró sobre su hombro antes de recibir una fuerte patada que lo alejó del guerrero de Merak.
Entre el demonio y el joven apareció la guerrera Freya, vistiendo la armadura Dubhe de Alfa.
— ¡No sé qué es lo que pretendes con tu traición Clyde —Freya clamó, tomando una posición ofensiva—, pero no dejaré que continúes!

Ehrimanes esculcó en la memoria de su cuerpo huésped para identificar a la guerrera de Odín,  pudiendo responderle como si la conociera de toda la vida.
Así que… la joven comandante de los dioses guerreros al fin aparece —siseó de manera siniestra—. Será un placer hacerte un lugar en mi jardín de esculturas de hielo —rió.
— Vi lo que le hiciste a Alwar, pero a mí no me atraparás en tu amatista con tanta facilidad… Voy a matarte maldito brujo.
— Fuertes palabras para provenir de una muchacha cobarde.
Freya arrugó el entrecejo. No tenía que dejarse llevar por las palabras de quien pensaba que era Clyde, sólo la estaba provocando.

Le angustiaba haber llegado al palacio tras correr lo más rápido que ha corrido en toda su vida, y aun así no encontrar rastros del joven príncipe. Temía que algo le hubiera ocurrido en el camino pero, tenía un fuerte presentimiento de que debía estar en algún lugar del castillo.
A su llegada, le conmocionó encontrar al arpista de Eta atrapado dentro del ataúd amatista, sabiendo que tal abominación sólo podía ser obra del dios guerrero de Megrez. La traición de Clyde le fue evidente, y más al ver cómo hostigaba al indefenso Aifor de Merak.
Freya sentía la sangre hervirle por las venas, no estaba en ella perdonar a los que traicionan a Odín y a sus camaradas.

— Sólo quiero que me digas ¿por qué Clyde? ¿Por qué te vuelves contra Asgard en un momento como este? —la guerrera pidió, preocupándose por el estado de Aifor quien terminó por cerrar los ojos mientras murmuraba cosas inentendibles.
Eso no te concierne… además interrumpes un momento muy personal entre mi pupilo y yo. No dejaré que te entrometas, aún tengo muchos juegos para él —dijo con sarcasmo.
Freya jamás había visto un semblante tan maquiavélico en el rostro de Clyde. Sabía que el hechicero era un hombre muy excéntrico y un poco lunático, siempre le contrarió que pudiera haber criado a Aifor, quien posee un espíritu noble.
— Parece que al final te has vuelto completamente loco, Clyde. Era cuestión de tiempo, todos lo sabíamos. Pedirle a Aifor que se encargue de ti es demasiado para él, por lo que yo seré quien lo haga —aseguró, poniéndose en movimiento.
Qué presuntuosa eres… Está bien, juguemos un poco para comprobar de qué está hecha la diosa guerrera Dubhe de Alfa.
Freya alistó sus puños, Clyde se armó con la espada de fuego.
Clyde se precipitó a dar el primer golpe por lo que Freya logró empujarlo levemente hacia la derecha para propinar un puñetazo en el mentón de su rival.
El impacto resonó en los oídos de los presentes. Clyde cerró la mandíbula al sentir el fulminante golpe que lo privó de su casco.
La diosa guerrera no se detuvo allí, una vez tan cerca de su oponente, arremetió numerosas veces contra él con la misma potencia que el primer golpe.
Freya sentía en sus nudillos cómo dañaba la armadura de Megrez, el crujir de la coraza y algunos huesos la motivó cada vez más, terminando con un despliegue de su cosmos que formó un destello en su mano.
Clyde intentó imponerse con mandobles de su espada llameante, pero Freya era mucho más hábil en el combate cuerpo a cuerpo, por lo que tras el golpe energético que estalló en su peto, terminó golpeando una muralla sobre la que debió apoyarse para no caer.
Freya suspiró, sintiéndose satisfecha con lo que sentía en su ser. Desde su regreso a Asgard no había puesto a prueba el entrenamiento que recibió en Grecia, por lo que ahora era una gran oportunidad para hacerlo. No volvería a subestimar a ningún enemigo, la última vez quedó humillada por un niño, eso fue suficiente para negarse a  caer en una situación similar de nuevo.

Clyde se sobrepuso casi de inmediato. Freya admiró su resistencia pues creyó haber herido severamente sus músculos, pero en el rostro del dios guerrero de Megrez no había ni una mueca de sufrimiento.
Ehrimanes sonrió divertido, después de todo él no sufría el dolor que fluía por ese cuerpo humano.
¡Eres rápida y fuerte, haces honor a la leyenda que envuelve a los miembros de tu familia! ¡Probemos la distancia existente entre la verdad y el mito! —Ehrimanes apuntó hacia la diosa guerrera, generando cientos de chispas eléctricas que comenzaron a estallar una tras otra alrededor de la mujer — ¡ ¡Tordenbrak!!
Freya se vio atrapada en medio de una nube eléctrica con saetas estallando e impactando por doquier.
Con su destreza fue capaz de eludir los rayos que  destruían lo que tocaban. Con mucho valor, Freya logró abrirse camino entre ellos, descubriendo que la zona electrificada la seguía, siendo ella el centro del fenómeno.
Intentó llevar toda esa tormenta hacia Clyde pero éste la frenó una vez que tomara la postura con la que suele terminar un combate.
¡Escudo amatista!
Freya no tuvo más remedio que saltar para evadir el ataque, sabiendo que su enemigo no esperaba atraparla en el hielo, pero sí obligarla a buscar refugio en el aire donde le fue imposible maniobrar con libertad para seguir evitando las descargas eléctricas.
Freya gritó con fuerza al ser envuelta por la tormenta eléctrica. Sentía cada uno de sus nervios entumecidos y desgarrados por el paso de la feroz corriente.
El poder de Clyde la mantuvo en el aire como una telaraña eléctrica en la que recibía daños constantes.
Ehrimanes permaneció en el suelo, viendo con una sádica sonrisa cómo la guerrera se retorcía. No existía prisa, podría quedarse allí observando hasta que quedara como un cadáver carbonizado y marchito.
Pero cuando Freya abrió los ojos invadidos por la furia, supo que tal cosa no pasaría. La diosa guerrera despertó su cosmos blanco, el cual creó un conflicto con el de Clyde. Las dos corrientes de poder lucharon una contra otra hasta que tras un sonoro grito, la guerrera logró romper la técnica que la aprisionaba.
Durante el descenso, Freya se percató del intento de Clyde  por atraparla con su escudo amatista, pero esta vez reaccionó con antelación, liberando un rayo de luz con el que dibujó un círculo alrededor de los pies del guerrero de Megrez.
Esto es… —Ehrimanes musitó.
— ¡Espada de Odín! —clamó la guerrera en cuanto el círculo en el suelo se iluminara, y de cuyo interior emergiera un geiser de energía que liberó cientos de fragmentos cortantes.
Ehrimanes fue alzado en el aire por esa lluvia invertida de cristal. Su cuerpo fue severamente cortado por el paso de las cuchillas que terminaron por destruir el manto sagrado de Megrez.
Freya llegó de rodillas al suelo, adolorida por el anterior ataque eléctrico, mas se puso de pie completamente repuesta en cuanto Clyde cayera a metros de distancia.

La guerrera de Odín se mantuvo alejada, esperando alguna clase de ataque sorpresa, o que de verdad su enemigo ya no pudiera levantarse. Tantas heridas y sangre podrían asegurarle la victoria, pero el guerrero de Megrez tenía otros planes.

El cuerpo de Clyde se cubrió con un aura oscura y espesa que lo alzó en el aire. El hombre permaneció levitando a pocos centímetros del suelo, contemplando a su rival con un gesto prepotente.
No lo haces nada mal, niña —fueron las palabras que salieron de esa dentadura electrificada—. Si éste fuera mi cuerpo, de seguro estaría gimiendo de dolor.
— ¡¿Qué dices?! —cuestionó Freya con espanto, dudando si había escuchado bien.
No es que quiera cambiar el concepto que tienes de Clyde pero, deseo que entiendas que hay fuerzas demasiado complejas en este asunto, y tú estás interponiéndote —el cosmos negro alrededor de Ehrimanes comenzó a extenderse por el suelo como un humo negro. Freya permaneció en alerta, siendo mucho más precavida al resentir una sensación extremadamente fría en sus pies en cuanto la bruma le cubriera los tobillos.
Es una lástima que este plano haya sido limpiado y todos los portales hayan sido sellados —el hombre comentó, conforme los relámpagos en sus ojos se volvían más brillantes—, de lo contrario tendría un mayor número de piezas a mi disposición para lidiar contigo, pero qué más da… estos peones deberán ser suficientes para vencer a la reina enemiga¡ Skyggen av kaos*!

De entre el humo negro en el suelo, comenzaron a escucharse quejidos y lamentos espeluznantes. Freya se sobresaltó al ver cómo los cuerpos sin vida de los soldados asgardianos que cayeron durante la batalla empezaron a emerger de la bruma, levantándose con cierta dificultad.
Era una treintena de espectros ensangrentados o mutilados en cuyos cuerpos permanecían abiertas las heridas que les dieron muerte, incluso algunos conservaban dentro de sus entrañas las armas que les quitaron la vida.
Estaban esparcidos por toda la zona, por lo que la diosa guerrera se vio rodeada por esa brigada infernal que se armó con espadas, arcos, picas y escudos que usaron en vida.
Clyde era un excelente nigromante, pero no tenía idea de su verdadero alcance —Ehrimanes rió victorioso—. ¡Vayan ahora mis esbirros, muéstrenme el camino para vencer a tan entrometida enemiga! —señalando a Freya, quien de inmediato se convirtió en el objetivo de todos ellos.

//------//

Hilda de Polaris forcejeó lo más posible para zafarse de las manos de Dahack, Patrono de la Stella de Arges.
El Patrono sólo sonreía divertido al ver sus intentos, por lo que más la apretó contra sí. Sin dificultad, abrazó a Hilda por la espalda, reteniéndola con claro placer y morbosidad. Enredó su brazo derecho sobre el cuello de la sacerdotisa, mientras el izquierdo le cruzó por encima del pecho para sujetarle la cintura.

Fue claro el sobresalto y enojo de Bud. Masterebus sintió cómo cada nervio del dios guerrero se tensó ante el escenario frente a ellos, por lo que decidió no reclamar por la vida de la mujer.
— Parece que eres vengativo, monstruo —Dahack le habló a Masterebus —, vas por buen camino pero, no siempre destazar a alguien es la mejor manera de castigar a los insolentes —para probar su punto, una de sus manos dio un tirón sobre el vestido de la sacerdotisa, arrancándole lo suficiente para que una de sus esbeltas piernas quedara expuesta.
— ¡Hilda! — se agitó Bud, invadido por la cólera. Luchó por liberarse aunque más sangre brotó de sus ataduras, pero aun así las extensiones de Masterebus continuaron manteniéndolo bajo control.

Pese a la situación e inutilidad de su fuerza física, Hilda no desistió en sus intentos
— ¡Basta, basta de tanta insensatez!  — gritó frustrada—. ¡¿Por qué?! ¡¿Qué es lo que hemos hecho para atraer a seres como ustedes a las puertas del Valhalla?! —preguntó, logrando mirar por encima de su hombro al Patrono.
El Patrono de Arges sólo sonrió con malicia —Sin error a equivocarme tú debes ser Hilda de Polaris, la gobernante de este inmundo lugar —le retuvo el mentón muy cerca de sus labios, con un claro deseo por besarla—. Y aquel dios guerrero debe ser tu consorte —dedicó una rápida mirada a Bud—… De ser así debe ser claro para ti… Tengo la orden de matar a los reyes de esta nación, así como Sennefer lo hizo en Egipto, pero… podría ser piadoso y prolongar un poco más tu vida si haces algo por mí.
Hilda se limitaba a escuchar, conservando un semblante firme y valiente pese a las circunstancias.
— Llama a tu hijo —le pidió.
— ¡¿Qué?! —los ojos de Hilda temblaron temerosos.
— Ya me escuchaste. ¿Dónde está tu bastardo? Llámalo, llámalo ahora —el Patrono insistió—. No tiene caso que lo ocultes de nosotros, lo encontraremos tarde o temprano, pero sería mejor para ti si me apoyaras. Quizá pueda convencer a mis aliados de que te dejen con vida.
— ¡Nunca! —fue la rotunda respuesta de la sacerdotisa de Odín quien volvió a luchar entre los brazos de su captor.
— Admito que esperaba que te resistieras, así puedo disponer de ti como crea conveniente —Dahack le alzó el cuello al jalarle una parte del cabello plateado. El Patrono volvió a mirar a Bud, satisfaciéndole el gesto iracundo del dios guerrero de Mizar.

Dahack mostró sus afilados colmillos, con los cuales mordió el cuello de Hilda. La sacerdotisa ahogó un grito ante el inesperado movimiento, resintiendo el paso  de la mordedura y la sangre que escurrió por las heridas.

Hilda intentó resistir el dolor pero, de inmediato comenzó a ser invadida por extraños síntomas que la aletargaron. Su vista se fue nublando poco a poco, hasta su voz fue perdiendo fuerza. Su cuerpo se volvió pesado, difícil de mover a voluntad.

Dahack no succionó la sangre de la mujer como seguramente los testigos creyeron. Desde joven, trató su dentadura para simular los colmillos de una serpiente venenosa. Sus habilidades en los venenos y sueros fueron por las que se ganó el aprecio del hombre al que sirve.

Al extraer sus dientes, la sacerdotisa no perdió el conocimiento, mantenía los ojos entre abiertos, pero no podía hablar más que en susurros, y su cuerpo no le respondía de ninguna forma, sólo quedó colgante en los brazos del Patrono. Apenas podía escuchar los gritos de Bud que la llamaban.
— Oye monstruo —el Patrono volvió a dirigirse a su silencioso compañero—, según tengo entendido, tú y Sennefer se divirtieron mucho en Egipto aquel día, y por torturar a sus gobernantes obtuvo lo que tanto ansiaba: su venganza y el Zohar de Estéropes. Supongo que podremos intentar lo mismo para lograr nuestra meta en vista de que el inútil de Caesar se ha retrasado, quizá hasta esté muerto —Dahack llevó su mano a levantar el muslo desnudo de Hilda, simulando una caricia muy insinuante—. Pero a mí no me gusta la sangre y las vísceras a diferencia de tu amo, hay otros métodos.
— ¡Suéltala maldito! ¡No la toques! —rabió el dios guerrero.
— Al final, cualquiera de los dos tendrá que ceder —Dahack miró con sorna a Bud, —. Ya seas tú para evitarle esta humillación a tu esposa —enfatizó al dejar que su mano avance por debajo de la falda de la sacerdotisa, llegando a un punto en que hubo una clara conmoción en las facciones de la mujer— O ya sea ella para evitarte tanto sufrimiento y un destino sangriento.
Masterebus entendió, por lo que decidió cooperar con el Patrono de Arges. Presionó con más fuerza las cadenas hirientes de Bud quien tembló en enojo y frustración. Se negó a gritar, pero sus ojos sostuvieron los de Hilda quien lo miraba suplicante —Resiste, pase lo que pase resiste —es lo que parecían decirle en voz alta.

El dios guerrero de Mizar hervía en coraje, sentía que el corazón le iba a reventar del odio que sentía hacia sus rivales. No temía el ser desmembrado por el enemigo con tal de liberarse, pero no podía adivinar lo que le pasaría a Hilda al estar en manos de un asesino desalmado.
Pensó en Syd. Al igual que su esposa sus labios jamás traicionarían a su sangre. Parece ser que después de todo, las nornas le permitieron ponerlo en un lugar seguro antes de que esta tempestad diera inicio. Agradecía que estuviera a salvo…
Pero, en el momento en que estaba encontrando consuelo en dichos pensamientos, sintió que el corazón se le detuvo al escuchar — ¡Papá! ¡Mamá! —deseando que fuera una alucinación.
Dahack y Masterebus miraron en dirección hacia el templo, distinguiendo la pequeña silueta que apareció.
Los ojos de Bud se desorbitaron al verlo ahí— ¡No! —clamó desolado— ¡Syd, aléjate, no te acerques!
Pero el príncipe estaba lejos de poder cumplir la orden de su padre. Era clara su conmoción ante el escenario en el que dos monstruos tenían sometidos a sus padres. Sólo en sus pesadillas habría podido ver algo así.

FIN DEL CAPITULO 31

*Skyggen av kaos: en noruego significa “Sombras del caos”

domingo, 23 de septiembre de 2012

El Legado de Atena Capitulo 30.


Para Hilda de Polaris fue desgarrador ver a sus vasallos sufriendo de manera  tan terrible. En su camino por los pasillos de servicio, se toparon con los cuerpos de hombres y mujeres, algunos inconscientes e invadidos por una fiebre muy alta, otros totalmente inmóviles y exánimes; incluso se toparon con casos en los que hallaban soldados escondidos y petrificados por el horror de las alucinaciones, sus gritos y suplicas terminaban por hacerlos retroceder para continuar con la travesía.
En una ocasión, la noble gobernante no resistió e intentó a ayudar a un anciano, pero sus buenas intenciones la pusieron en peligro. Afortunadamente sus guardias intercedieron, sometiendo al agresor.
Estaba muy angustiada por cómo podría encontrar a Flare y a sus sobrinas. El único consuelo que tenía era que su hijo estaba a salvo, lejos de toda esta locura. De su mente intentaba apartar la idea de no volver a verlo, pero con tantos asesinos rondándolos era algo difícil de lograr.

Subieron unas últimas escaleras, llegando a la gran explanada donde la estatua de Odín se alzaba de manera inmaculada entre las montañas y rodeada por profundos vacíos. Sólo tenían que bajar por el nuevo acceso hacia el área oeste para acercarse más a su objetivo, no parecía complicado.
Pero mientras cruzaban la zona, la sacerdotisa de Odín se detuvo, percibiendo un cosmos maligno que de forma inminente estaba por alcanzarlos.
— ¡Cuidado! — alcanzó a alertar cuando una silueta oscura fue visible entre el cielo tormentoso. Alguien que parecía un gigantesco murciélago salido desde el mismo fondo del Niflheim*.
Hilda se supo blanco de la criatura sombría, por lo que valerosa manifestó su cosmos para enfrentarle. Sin embargo, quedó perpleja cuando uno de los soldados saltara frente a ella, convirtiéndose de manera voluntaria en la presa del depredador oscuro. Una zarpa negra se cerró alrededor del cuello del guerrero, ocasionando heridas letales que le arrancaron un fuerte alarido así como la vida.
La bestia voladora se lo llevó, permitiéndole ser su acompañante por algunos instantes antes de dejarlo caer hacia el mortal abismo.
En cuanto la criatura alada pisó tierra, el segundo guardián se apresuró a colocarse como escudo frente a la dirigente de Asgard. Aunque estaba herido de la espalda, imitaría la valentía de su compañero de ser necesario.
— ¡Detente! —Hilda le ordenó a su subordinado—. No intentes pelear con él, es un enemigo que va más allá de tus capacidades. ¡Por favor!
— Perdóneme señora Hilda —fueron las palabras del heroico soldado, quien no se atrevió a mirarla—, pero juré proteger a Asgard y a su familia sin importar que deba dar mi vida. Le daré aunque sea unos segundos, aproveche por favor para escapar de aquí. ¡Vaya, ahora!
Sin importar las palabras de la sacerdotisa, el soldado avanzó velozmente hacia el mortífero enemigo.

En silencio, Masterebus aplaudió tal arrojo de un siervo por su amo. Él mejor que nadie entendía tal determinación, durante la mayor parte de su existencia ha vivido para salvaguardar la vida de alguien más. Quizá sólo por eso se permitió esquivar los lentos ataques del asgardiano, cuya pica le era igual de peligrosa que un mondadientes.
Masterebus le concedió los segundos que proclamó, y aun así la sacerdotisa permaneció inmóvil, observando con semblante acongojado. Al final, el guerrero de Sennefer golpeó con su ala derecha al soldado, su arma y escudo cayeron en el suelo mientras su cuerpo fue arrojado con tremenda fuerza hacia un pilar.
Ambos impactos bastaron para dejarlo inconsciente y agonizante, Masterebus avanzó con pasos lentos hacia él, sorprendido de escucharlo aún respirar.
— ¡Alto ahí! ¡Seré yo tu oponente! —escuchó decir.
Masterebus se detuvo, tardando en darse la vuelta al dudar de lo que había escuchado. Al hacerlo, observó con incredulidad a la gobernante que a lo lejos le apuntaba con la lanza de su guardián caído. Era una bella visión sin duda, ver a tan elegante mujer dispuesta a pelear cautivaría a muchos enemigos e inspiraría a todos sus aliados.
Al verla de pie en medio de la tempestad, respaldada por la intimidante imagen de Odín despertó en la criatura una inexplicable admiración.
La firmeza y naturalidad con la que sujetaba la lanza tenía intrigado a Masterebus, algo que evitó que se arrojara de inmediato sobre ella para matarla.
— Mujer, deberías seguir tu propio consejo y aceptar tus limitaciones —dijo el pelinaranja de armadura negra.
— No permitiré que nadie más muera frente a mí —respondió Hilda con calma, pero sus ojos destellaban con una fuerte determinación.
— Otra promesa absurda… —musitó Masterebus, no dándole importancia a la sacerdotisa quien volvió a gritarle, aunque cuando estaba por darle la espalda, un sonido lo obligó a girarse de nuevo.
De la punta de esa lanza emergió una esfera  blanca que con gran velocidad lo alcanzó. Al golpear su cuerpo el cúmulo de energía aumentó de tamaño, encerrándolo en una esfera dentro de la que fue vapuleado por violentas descargas.
De sus labios humanos escapó un potente grito, al mismo tiempo que su armadura lanzó un rugido espantoso. El casco de Masterebus pareció volverse de plástico por un instante en que se alargó y contorsionó como el ser monstruoso que era.
En cuanto la prisión de luz se disipara, Masterebus se mantuvo de pie, tambaleante por el inesperado ataque que lo debilitó. Sintiéndose herido de gravedad por primera vez en Asgard, abrió los ojos iracundo, desapareciendo todo rastro de piedad que pudo albergar hacia la mujer.
Hilda no se amedrentó, desplegó de nuevo su poder el cual el guerrero esquivó al lanzarse hacia un lado como una bestia de cuatro patas. La sacerdotisa no dejó de intentarlo sin importar sus fallos.
Masterebus volvió a elevarse junto al humo de un impacto fallido, intentando sorprender a la gobernante, pero Hilda estaba esperándolo.
El guerrero de Sennefer se dejó caer en picada, con el brazo cubierto por llamas negras. Sus garras afiladas tenían la clara intención de alcanzar el delgado cuello de la sacerdotisa.
Hilda impregnó la lanza con su cosmos, interponiéndola como un escudo contra el que la zarpa del guerrero se impactó.
Desplegando un campo de fuerza a través de su arma, Hilda impidió el paso del pelinaranja, mas Masterebus persistió. No retrocedió pese a la inestable  energía que se estaba generando ante tal choque de poderes.
Las llamas negras sobre la cúpula blanquecina que rodeaba a la sacerdotisa comenzaron a generar relámpagos oscuros.
Hilda dio un paso hacia atrás al no poder contener la fuerza del siniestro guerrero, que parecía crecer cada vez  más conforme se alargaba el duelo.
La sacerdotisa se percató de que no podrá aguantar por más tiempo, además si el cosmos de su enemigo terminaba por rodearla sería su fin. En un arriesgado intento, hizo girar la lanza entre sus dedos, generando un crecimiento en el campo protector.
El conflicto entre ambas cosmosenergías llegó a su máximo, produciendo un sonoro estallido que afectó a los combatientes.
Hilda rodó en el suelo, adolorida. Su escudo de fuerza absorbió gran parte del impacto pero aun así presentaba lesiones en las piernas y brazos. Permaneció poco tiempo tendida en el suelo, en vano buscó ponerse de pie al mismo tiempo en que buscaba indicios del invasor.
Vislumbró su silueta, alzándose con cierta dificultad a lo lejos. Hilda observó con ojos asustados cómo su enemigo se aproximaba. Todo su torso derecho, junto con el hombro y brazo conectados a él, se encontraban ensangrentados y quemados, privados de cualquier trozo de armadura pues se evaporó en el momento de la explosión.
El resto de la coraza estaba intacta, pero de ella parecía provenir un tétrico lamento espectral.
— ¡Tú… eres peligrosa… demasiado dañina para nosotros…! —el pelinaranja clamó furioso, poseído por el odio que guardaba desde aquella ocasión en Egipto. Su mente revivió la sensación de dolor y ardor al beber la sangre de aquel santo dorado, y ahora esta mujer de cabellos plateados le originó un sufrimiento similar…
En Masterebus creció una necesidad muy grande por eliminarla, ante él tenía a una hija de la luz, mientras él que nació en la oscuridad la encontraba repugnante.
Alargó su brazo sangrante hacia ella, mientras Hilda intentó alejarse de él, arrastrándose en el piso.
Cuando esa pútrida mano estaba por alcanzar su rostro, un haz de luz se abrió paso por entre la tormenta para darles alcance.

Masterebus quedó estupefacto al ver su brazo herido desprendiéndose de su cuerpo después de que unas afiladas cuchillas cortaran su extremidad por encima del codo. La sangre brotó de manera incontrolable, seguido de un alarido por parte del guerrero quien retrocedió afligido, no podía creer lo que había pasado.
Alzó la vista en busca del culpable, encontrándose con una nueva figura que cargaba a la sacerdotisa de Odín en brazos.

Cuando Hilda sintió próximo su fin cerró los ojos por reflejo, mas una brisa huracanada la levantó del suelo y la alejó del peligro.
Al abrir los párpados se encontró con el perfil de su salvador, el de su adorado esposo quien estaba allí para protegerla al fin —Bud— la sacerdotisa sonrió con un gesto cansado.
El dios guerrero de Mizar Zeta se atrevió a dedicarle una mirada con la que expresó lo mucho que se sentía culpable por sus heridas.
— Todo estará bien Hilda. Ya estoy aquí.



Capitulo 30.
El vórtice de la tormenta Parte VI. Misterios y verdades.

Desesperación, dolor, frío y después vacío infinito... tales son las últimas sensaciones que quedaron impresas en su mente antes de que la oscuridad lo devorara.
Ya antes había sido presa de esa secuencia de sentimientos, años atrás lo experimentó muchas veces y, tal cual ocurría en dichas ocasiones, su conciencia luchó por reanimarlo.
Sentía cobijo y confort por un entorno tibio. Escuchaba algunos murmullos de diferentes voces que se desplazaban a su alrededor. Olfateaba cedro, leños de una hoguera y comida.
— ¡Creo que va a despertar! —escuchó de una vocecilla sobresaltada.
— Cuidado, no te acerques mucho… ¡Hazme caso! —renegó otra.
Una sensación húmeda y constante entre sus dedos lo llevó a despertar. Sus ojos amarillentos enfocaron un techo de madera y sus vigas. Giró un poco el rostro para ver a su fiel compañero lamiéndole la mano con gusto. Sergei tardó en reaccionar, le palpó un poco la cabeza, sintiéndose confundido ya que lo último que recordaba era...
De golpe, Sergei apartó las pieles que lo cubrían, levantándose de la tibia cama sobre la que encontró reposo. Alterado por las memorias de su antigua batalla, miró el lugar como si en cada esquina esperara encontrar a un enemigo.
El lobo Aullido se movilizó alrededor de él en un intento por tranquilizarlo y proteger a las dos mujeres que gritaron asustadas por la reacción del invitado.
Con expresión salvaje, el dios guerrero miró hacia donde una joven y una niña se abrazaban detrás de una mesa. Las dos lo miraban con semblante temeroso, pero en la joven se notó un gran sonrojo y bochorno después de cubrir los ojos de la pequeña.
— ¡Espera, espera! ¡No nos hagas daño, por favor! —dijo la sonrojada chica de ojos azules y cabello castaño.
— ¡¿Dónde estoy?! ¡¿Qué fue lo que pasó?! ¡¿Cómo llegué aquí?! ¡Contesta! —Sergei no cambió mucho su expresión agresiva pese a las protestas de Aullido que lanzaba algunos bufidos y ladridos.
— ¡Responderé todo lo que quieras pero por Odín, deja que te entregue tu ropa! —respondió con fuerza la joven, incómoda  por la desnudez del guerrero.
Sergei no sintió pudor aun tras la observación. Que un par de mujeres lo vieran sin ropa era algo que no le mortificaba, pero la presencia de la pequeña le permitió ser un poco más consciente de sí mismo.
Sergei terminó por sentarse en la cama, tapándose la cintura y los muslos con un cobertor. Su mirada se humanizó un poco, pero aún mostraba impaciencia.
La joven de largo cabello castaño respiró con valor para continuar con la penosa situación.
— Bera, ¿podrías traer la ropa del señor? —la hermana mayor le pidió a la niña a quien finalmente podía soltar y dejar ver.
Sergei sostuvo la mirada curiosa de la niñita de ojos y cabello castaño. Ambas sin duda eran asgardianas, pero seguía sin entender cómo es que había terminado allí con ellas.
La niña asintió y fue a buscar lo pedido a otra habitación.
— Bien —dijo la chica con una renovada actitud fuerte, teniendo el valor de caminar por la cabaña hasta pararse frente a Sergei—, no importa que seas un dios guerrero de Odín, estás en mi casa por lo que espero algo de respeto y consideración después de todos los sustos que nos has provocado —dijo, cruzándose de brazos con aparente malhumor.
— ¿Qué pasó exactamente? —insistió, sin disculparse, observando de reojo el lugar. Era una vivienda amplia, con tres puertas que llevaban a habitaciones anexas y una más que conducía hacia la salida. No había lujos pero sí mucha comida a la vista en la cocina. Todo se encontraba perfectamente ordenado, limpio y con un toque muy hogareño.
— Esperaba que despertaras y me lo dijeras —respondió ella, a quien Aullido por alguna razón respaldaba para contrariedad de Sergei—. Escucha, no sé qué está pasando en el reino pero, fue toda una sorpresa que en medio de esta horrible tormenta un hombre apareciera tocando mi puerta.
— ¿Un hombre?
— Sí. Pensé que era alguien buscando refugio, pero en cuanto le abrí entró como si fuera el dueño de mi propiedad, venía seguido por este perro…
— Lobo —corrigió.
— Lo que sea —la joven refunfuñó—. Ese hombre te traía en brazos, pensé que estabas muerto. Él nos dijo que eras uno de los dioses guerreros que protegen Asgard y a la familia real. Pero él no se identificó ni explicó lo ocurrido… era un guerrero claro, se podía ver por su impresionante armadura negra, pero jamás lo había visto, creo que era un forastero.
— ¡¿Estás diciendo que el enemigo… me trajo hasta aquí?! ¡¿Qué disparates son esos?! —cuestionó indignado, viendo a Aullido como si esperara sacar una explicación de su parte. Pero calló al notar que el lobo no se encontraba herido pese a recordar que resultó severamente lastimado por su oponente.
— ¡No me grites! ¡No lo sé! ¡Si era tu enemigo entonces fue uno muy piadoso! —respondió la mujer.
Sergei le pidió al lobo que se acercara, éste acudió a su lado sin demora. Lo examinó con cuidado, sus ojos parecían sanos, parte de su pelaje se encontraba chamuscado pero estaba en perfectas condiciones físicas.
— Sólo me pidió que te cuidara. Yo no te daba muchas esperanzas y le dije que no soy médico ni nada parecido, pero entonces él me dio un frasco —la mujer buscó sobre una repisa el pequeño frasco de cristal vacío, entregándoselo a Sergei quien lo miró con cuidado—, estaba lleno hasta la mitad, me dijo que te lo diera a beber mucho después de que él se fuera, y así lo hice pues me amenazó con que volvería si no seguía sus instrucciones —le apenó decir.
El dios guerrero olfateó el interior del frasco, sin encontrar algún aroma en particular.
— Cuando te lo di, creí que era veneno pues te quejaste, pero terminaste por calmarte y hasta recuperaste color. Te quedaste profundamente dormido después de eso.

Los pasitos de la niña los hizo callar. Bera traía consigo un conjunto de ropa diferente al que él recordaba traer puesto, lo único que reconoció fue el cinturón de su armadura del que aún se aferraba el zafiro de Odín.
Bera se lo entregó con una amplia sonrisa— Aquí tiene señor dios guerrero. Mi hermana tuvo que quitarle su ropa mojada, pero puede usar esta, es de nuestro hermano Axel. No es más bonita pero huele mucho mejor que la que usted traía puesta —dijo la inocente.
Sergei tomó la ropa sin que alguna clase de agradecimiento saliera de su boca. La pequeña Bera volvió al lado de su hermana con un gesto risueño. La joven encaminó a la niña hacia otra habitación donde se tomó unos minutos antes de volver a la estancia.
Sergei ya había terminado de vestirse para entonces con un pantalón negro y abrigo blanco. Le quedaban un poco ajustados, pero no le tomó importancia.
— Volveré a pagarte por esto —le dijo al terminar de ponerse las botas oscuras.
— No quiero tu dinero —la joven respondió—, pero creo que merezco un favor.
— ¿Qué clase de favor? —el joven preguntó con desconfianza.
— Nuestro hermano Axel trabaja en el palacio. No tiene caso que quieras ocultármelo, a estas alturas sé que hay peligro rondándonos. Por favor, si está en ti asegúrate que ese tonto pueda volver a casa.
Sergei se giró hacia la salida para decir —Haré lo que pueda por él, tienes mi promesa.
— Vaya, es bueno ver que puedes ser un poco civilizado —la chica bromeó, mostrando una sonrisa al fin.
— Estoy en deuda contigo, es lo menos que puedo hacer —musitó, avanzando hacia la puerta de salida.
— ¿Te irás tan pronto? Necesitas recuperar tus fuerzas, ¿quizá algo de comer? —la mujer se preocupó.
— No necesito nada más, ya han hecho suficiente.
— Me llamo Asdis, por cierto —dijo ella, sabiendo que jamás se presentaron como debían.
— Tú y tu hermana tienen mi gratitud, Asdis. Y Sergei de Épsilon siempre cumple sus promesas, velaré por tu hermano.
El dios guerrero abrió la puerta, recibiendo la ventisca helada que lo regresó a la realidad. El interior de esa cabaña era un mundo aparte, donde no había batallas ni muerte, sabía que tenía que abandonarlo para perseguir a los hombres que podrían acabar con tal perfección.
Aullido sobó su cabeza contra la pierna de Asdis. La mujer quedó asombrada con los ojos tan expresivos del animal, al que casi pudo imaginar decir “Gracias”.

Hombre y lobo volvían a correr dentro de la tormenta que se negaba a morir. Sergei continuaba buscándole sentido a lo ocurrido. Él debería estar muerto, sumergido dentro del lago congelado… Seguía sin poder creer que haya sido salvado por uno de los enemigos de Asgard ¿Cómo podía ser eso? ¿Por qué? No lo entendía, y eso lo llenaba de frustración.
Tenía que obtener respuestas. Aunque carecía de la protección de su manto divino, Sergei no estaba dispuesto a abandonar la lucha. Sentía cómo es que todos estaban marchando hacia el palacio del Valhalla, por lo que su siguiente destino era claro.

/---/

Aifor de Merak logró subir por el acantilado tras muchos esfuerzos y decisiones peligrosas, pero su temeridad le permitió llegar lo suficientemente alto para sujetarse del camino del que cayó. Rodó sobre la superficie con evidente cansancio, resintiendo aún el dolor por su brazo roto.

Se forzó a sí mismo a ponerse de pie, avanzando hacia el castillo al ser el sitio donde todos los cosmos de amigos y enemigos estaban reuniéndose. Apenado por la demora, Aifor corrió lo más rápido que pudo, temiendo que la situación se haya salido de control.

En el trayecto, percibió cómo el cosmos de Elke de Phecda Gamma y Alwar de Benetnasch entraron en batalla contra oponentes de gran poder. Eso le dio esperanzas que se derrumbaron al final.
La presencia de Elke se desvaneció por completo, y la de Alwar estaba apagándose con rapidez. Se sintió culpable de no haber estado allí para ayudarlos, tal sentimiento le permitió abrirse camino por las llanuras a mayor velocidad, pudiendo vislumbrar en poco tiempo el palacio y finalmente la entrada.
Paró en seco al ver un objeto extraño que resaltaba entre la tormenta. Había muchos cuerpos sepultados por la nieve, pero Aifor sintió mucha más inquietud por la columna de cristal, así que caminó hacia ella con mucha precaución.
Había alguien encerrado dentro de la amatista, pero sólo hasta que rodeó la columna reconoció al prisionero.
— ¡¿Señor Alwar?! —Aifor exclamó sorprendido. Su primera reacción fue tocar el ataúd amatista, resintiendo una sensación hiriente y congelante que lo hizo retroceder. Fueron sólo unos segundos, pero sintió cómo si le hubiera querido arrebatar la energía.
— E-esto… esto no puede ser… —susurró conmocionado, inseguro de lo que debía hacer o cómo ayudarlo.
Si fuera tú, lo olvidaría —escuchó a alguien decir.
Sobresaltado, Aifor se giró para distinguir a una figura encapotada descansando a la mitad de las escalinatas ascendentes.
— ¿Maestro? —dudó por un instante, pero el manto divino de Megrez lo confirmaba, se trataba de él —. Yo… qué bueno que está bien… —suspiró aliviado y contento de verlo con vida— ¿Pero qué sucedió? ¿Hay alguna manera de ayudar al señor Alwar? Si este es un maleficio, usted mejor que nadie sabría cómo hacerlo— confió en que le daría respuestas… pero algo no estaba bien, al joven Merak le extrañaba ver una mirada tan pasiva en la cara de su maestro cuando usualmente era arrogante, indiferente y a veces burlesca, por ello no estaba seguro de querer acercarse.
— ¿Quieres salvar a Alwar? —Clyde preguntó, sonriendo un poco—. El método es sencillo, conocimiento básico, recuerda —tocándose la cabeza con el dedo índice—, la mayoría de los encantamientos terminan cuando eliminas a quien lo invocó. Mata al responsable y todo habrá terminado.
— ¿Está seguro?
— Por supuesto. Te lo garantizo, porque fui yo quien lo encerró allí —confesó, sin moverse del sitio en el que reposaba.
— ¡¿Qué dice?! —Aifor se alarmó.
— Lo que escuchaste.
— ¡¿Pero por qué?! —gritó sin poder sentir ira ante tal revelación.
— Aifor, siempre has sido un chiquillo que hace muchas preguntas. Algunas demasiado estúpidas, otras muy atinadas… Conforme crecías me era más difícil esconderte la verdad.
— ¿De qué verdad me está hablando? ¡¿Qué tiene que ver eso con… con convertirse en un traidor?! —espetó al ser la única respuesta en la que pudo pensar.
— ¿Vas a escucharme o seguirás con tus preguntas infantiles? —inquirió el dios guerrero de Megrez con voz tranquila y paciente—. No tengo mucho tiempo, este maldito me ha dejado emerger quizá por última vez, cree que con eso me hará sufrir, pero está muy equivocado. Así que prefiero emplear este tiempo para contarte una historia…
Aifor calló, no lo entendía, ¿de quién estaba hablando? ¿Última vez? ¡¿Qué diablos pasaba?! Escucharlo hablar así le despertaba un mal presentimiento, pues en vez de regañarlo todo sonaba a que se estaba despidiendo.
— ¡Pero maestro…!
El asgardiano levantó la mano, ordenándole guardar silencio— Yo era un niño, —Clyde inició con solemnidad—, mucho más joven que tú cuando mis padres murieron a causa de una plaga que azotó nuestro pueblo. Huérfano y sin nadie que se ocupara de mí, fui enviado con el único pariente vivo que me quedaba, un tío de mi padre, Harek era su nombre.
Aifor pestañeó perplejo, nunca antes su maestro le había hablado sobre su niñez.
— Cuando te veía por la mansión, me recordabas tanto a mí… yo también le temí a las gárgolas, a los sirvientes y a la atmósfera sombría del lugar. Harek era un hombre viejo, sabio y poderoso, un hechicero nigromante sin herederos, por lo que mi única paga hacia él sería convertirme en su sucesor. Me introdujo a las artes oscuras, me enseñó magia y encantamientos, me instruyó como si fuera su hijo para algún día traspasar sus conocimientos a otros, tal cual le sucedió a su padre, y al padre de su padre por muchas generaciones…
Clyde hizo una ligera pausa, sintiéndose igual de viejo que aquel hombre del que aprendió tanto.
— La magia me apasionó, fui devoto a mis estudios pero demasiado impaciente y soberbio para aceptar los resultados de mi aprendizaje. Quería devorar el mundo en un solo día ¿pero qué muchacho no actúa así? —rió un poco—. En ti muchas veces me vi reflejado, pero que sea una lección para ti Aifor, pues mi impaciencia me costó caro… Esa actitud fue lo que lo atrajo a mí… Ahora sé que todo fue planeado por él, para que aquella noche de invierno bajara a la biblioteca y descubriera la cámara secreta, él me guió hasta allí. No pude resistirme y terminé haciendo lo que él esperaba… encontré un libro —levantó el voluminoso ejemplar negro, un grillete cuyo peso lo ha sofocado desde entonces—, que me prometió poder y conocimiento más allá de mi comprensión —Clyde avanzó un poco, pisando el centro de las escaleras para mirar a su pupilo desde lo alto—. Y lo hizo, no mintió, pero el precio sigue siendo debatible… pues con ese poder vino mi maldición.
— ¿Una maldición? —el dios guerrero de Merak repitió desconcertado.
— Con este libro le abrí las puertas de mi alma a un ser oscuro que se introdujo en lo más profundo de mi ser —admitió después de tantos años—… Harek se percató de lo sucedido muy tarde. Al ser un espíritu existían artes para dominarlo, intentó que aprendiera a controlarlo, pero fue inútil, siempre ha sido demasiado fuerte.
Aifor pensó en esos episodios en que su maestro era invadido por una rabia inexplicable, causando destrozos por toda la mansión. Tales eventos se habían repetido con más frecuencia los últimos años, siempre creyó que tal desenfreno era parte de la atormentada alma de su mentor… ¡pero nunca que fuera causa de una posesión!
— Cuando Harek se dio cuenta de lo peligroso que era, no se atrevió a matarme, debió haberlo hecho… no sé si su decisión fue por amor o porque no estaba dispuesto a desperdiciar años de entrenamiento en mí —Clyde prosiguió, nostálgico—… Intentó separarnos, fue un ritual doloroso y brutal pero se dio cuenta de que eso era imposible… la criatura no me abandonaría con esos métodos, así que Harek buscó llegar a un acuerdo… sin embargo a él no le interesaba un cuerpo viejo y decrépito como el suyo, así que se negó y terminó matándolo… El ritual lo había dejado exhausto, por lo que fue fácil para esa abominación hacerlo, usando mis propias manos —Clyde dejó sus brazos colgando a sus costados, soltando el libro que ya no le serviría para nada—… Harek fue la primera de muchas víctimas que estas manos han arrebatado….
— Maestro… ¿por qué… por qué nunca me lo dijo? —Aifor cuestionó con malestar, sus ojos humedecidos por una culpa ajena que no debía sentir—. Tal vez hubiéramos podido…
— Aifor, ya he intentado muchas cosas para liberarme de este mal… pero ni siquiera puedo quitarme la vida con mis manos, eso liberaría a la bestia y sólo necesitaría hacerse de otro cuerpo para continuar con su existencia errante —explicó, conservando la serenidad pese a todo—. A base de algunos conjuros pude volver mi situación un poco más estable, logré atarlo completamente a mí… un contrato de sangre que le impide abandonarme a voluntad, por lo que si muere conmigo, ya sea por el tiempo o a manos de alguien más, los dos nos desvaneceremos en el limbo… Es lo máximo que pude lograr.
— ¡Debe haber alguna forma de…!
— Tu sueño¿sabes por qué es que serás testigo de mi muerte, Aifor? —Clyde volvió a interrumpirlo— Ahora podemos confirmarlo, tú vas a ser quien me mate…
— ¡No! ¡Me niego a hacer algo como eso! —gritó al serle una idea impensable.
— Debes hacerlo, de lo contrario habrá muchas sepulturas como esa por toda Asgard —apuntó hacia la prisión de cristal donde se encontraba el arpista—. La primera ha sido para Alwar, la próxima podría ser la tuya, la de la señora Hilda y la de todos aquellos a cuantos conozcas… Ti-tienes… que hacer…lo… —a Clyde se le dificultó el decir, alarmándose al ser la señal de que Ehrimanes estaba buscando retomar el control.
— ¡¿Por qué… por qué ahora tiene que pasar esto?! —Aifor reclamó, cerrando los puños con desesperación.
— ¡Es el destino, ya lo viste! —Clyde se sujetó con fuerza la frente, luchando por prolongar su estancia— ¡No seas estúpido, no puedes cambiar el futuro, nunca has podido, no lo harás ahora! ¡Él no tendrá contemplaciones en matarte! ¡Tienes que hacerlo, aún puedes salvar a Alwar, es la única salida! —Clyde estiró el brazo hacia su pupilo de manera suplicante—. ¡Aifor! ¡Te entrené y acogí por este único motivo… para que el día en que ya no pudiera más tú me eliminaras…!  —confesó furioso—.  ¡Hice todo lo que pude… esto es el final...! ¡Vive o muere Aifor, decide tu futuro ahora… porque yo… yo ya no puedo hacer más por ti!
— ¡Maestro! —Aifor quiso correr a su lado, mas sus sentidos le advirtieron que el cosmos del guerrero de Megrez desapareció para dar paso a una presencia oscura y maligna.
Su maestro permaneció de pie, respirando un poco agitado, pero al final apartó la mano que le cubría la frente para permitir que un semblante sombrío e invadido de centellas se mostrara.
Aifor quedó enmudecido al ver los ojos relampagueantes y las grietas luminosas que adornaban ahora la cara de su mentor.
Vaya despedida… creí que sería mucho más emotiva, pero en vez de eso prefirió contarte el inicio de nuestra íntima y personal relación —sonrió la criatura con el rostro de Clyde de Megrez, de cuyos labios salía una doble voz espeluznante.
— ¡Tú…! ¡Maldito! —clamó iracundo.
El pequeño Aifor ha llegado —Ehrimanes sonrió con sorna—. Te estábamos esperando con ansiedad.
— ¿Qué quieres de mí?
¿Yo? ¿De ti? —rió—. Bueno, ya que lo preguntas, me tomaré la molestia de responderte: sólo quiero desquitarme de años de tortura y frustración —movió los brazos de manera teatral hacia el firmamento—. En ocasiones pienso mucho en lo que sucedió en el río aquel día, has sido el único ser humano que ha escapado de mis colmillos… quizá sólo quiera devorarte para llenar ese vacío que dejaste en mí.
— ¿De qué estás hablando? —Aifor fue invadido por cierto temor—. ¿Ya nos habíamos visto antes?
Oh, yo te he visto toda tu vida, vi tus primeros pasos, escuché tus primeras palabras, soy como tu padre —rió desvergonzado—, por supuesto que no había podido salir hasta hoy para poder decirte “Hola, hijo” —Ehrimanes apartó la capa que lo cubría, dejando a la vista la espada de hielo que completaba el manto sagrado de Megrez Delta. La criatura se impulsó hacia Aifor, quien logró evadir el espadazo vertical. Aifor se abrumó al ver cómo el arma se prendió en llamas antes de tocarlo, pero alcanzó eludir el primer golpe, y los que le siguieron.
El joven Merak se agachó y esquivó con gran destreza, siendo perseguido por la espada flameante. Su mayor preocupación era alejar al enemigo de donde se encontraba Alwar, por lo que procuró ascender hacia el interior del palacio.
Ensordecido por el paso de las llamas a su alrededor, Aifor tropezó, cayendo sobre las escaleras. Se volvió a tiempo para envolver su mano con fuego y detener la hoja de la espada de Megrez que buscó atravesarle el pecho. Su mano sangró por el filo pero no fue lastimada por las llamas.
Ehrimanes empleó todo su peso sobre la empuñadura para vencer al aterrorizado joven. Percibir el olor de su sangre le despertó la hambruna insaciable por la que han sucumbido cientos de seres humanos, siendo una motivación poderosa para lograr su cometido.
¿Y Clyde confiaba en ti para detenerme? —rió prepotente—. Conozco todo de ti y sé que no tienes ninguna oportunidad. ¡Eres un fracaso, no tardó en darse cuenta! Por eso prefirió marchitar su cuerpo hasta donde era posible.
— ¡¿Qué… estás diciendo?! —el guerrero de Merak apenas podía contener la espada, si cuando menos no tuviera roto el brazo habría más oportunidades.
Como lo oyes, sabiendo que algún día yo tendría el control buscó la manera de atrofiar su cuerpo para las peleas. Él era un joven sano y con mucho potencial, pero tú, tú fuiste su motivación para destruirse a sí mismo. Sus brebajes y formulas estaban destinadas a volverlo un saco decrepito de carne y huesos, ese era uno de sus planes, pero no contaba con que mi liberación ocurriría antes de lograrlo. Es cierto… no está en su mejor forma, pero aún me sirve para ver vistos mis propósitos —siseó la serpiente venenosa.
Aifor se atragantó al escucharlo, por fin entendía la razón de por qué la salud de su maestro fue deteriorándose. Cuando le preguntaba, Clyde le daba muchas evasivas… ya que lo pensaba con cuidado, siempre fue un hombre que le ocultó demasiadas cosas.
Clyde guardó muchos secretos para ti —dijo, como si hubiera podido leerle la mente—. Era un tonto sentimental, creyó que durante mis aventuras fui el que mató a tus padres, pero él no sabe que  fui yo quien te encontró aquel día… un inofensivo bebé en medio de la nada, de dónde saliste o cómo llegaste allí sigo sin entenderlo… pero tenía tanta hambre que no me importó… pero ahora comprendo que fuiste puesto ahí con un motivo: ¡fastidiarme!
Ehrimanes clavó su pie en el estomago de Aifor. El chico perdió fuerza, mas logró girar el cuerpo para eludir la estocada mortal. Realizó un movimiento de pies que terminaron por empujar a su enemigo por las escaleras.
El guerrero de Merak se incorporó rápidamente, enfadado por escuchar todas esas confesiones. Intentaba asimilarlas pese a que la pena y el coraje querían desbordarse por sus ojos.
— No puedo creerlo…. ¡Nunca había conocido a una criatura tan vil como tú! —el joven bramó furioso—. ¡Ahora entiendo por qué él maestro llevaba una vida tan solitaria y reservada! ¡No quería que se involucraran contigo!
Ehrimanes se levantó, sonriendo con una dentadura relampagueante— Es cierto, nuestro amigo se volvió todo un ermitaño, eso lo hizo todo muy aburrido pero… entonces dime ¿qué papel jugabas tú en todo eso? —cuestionó con malicia.
— Yo tampoco lo entendía, creí que era soledad, una extraña piedad —respondió acongojado—, ¡pero si le hiciste creer todo este tiempo que mataste a mi familia, es porque se sentía culpable!
La furia hizo arder su cosmos flameante, creando una extensa zona en la que la tormenta dejó de existir. El cuerpo de Aifor brilló como lava hirviente antes de atacar — ¡Caos de Muspelheim*! —desatando una feroz marejada de fuego que derritió la nieve y los cadáveres a la redonda.
Ehrimanes fue alcanzado por ese vendaval infernal, siendo consumido por las brasas y el calor sofocante.
El dios guerrero abrió por un instante las puertas del reino de fuego, liberando un río de llamas incontrolable, fundiendo todo a su paso.

Sobre el suelo carbonizado, Aifor respiraba con dificultad, resintiendo debilidad física y emocional. Aunque empleó gran parte de sus energías, no iba a dejarse llevar por la ilusión, el enemigo aún estaba con vida. Distinguió su silueta en medio del cenizo cráter que dejaron sus flamas. Las estelas de humo desaparecieron rápido por el viento glaciar, pero el guerrero no se movía en lo absoluto.
Una clase de arrepentimiento invadió al dios guerrero de Merak. Se había dejado llevar por sus sentimientos pero no podía lastimar el cuerpo de su maestro por eso… ¡tenía que encontrar alguna forma de salvarlo!
Se acercó a él, imaginándolo inconsciente e incapacitado. Se mordió el labio al saberse incapaz de cumplir la voluntad de su maestro… Siempre fue débil ante los ojos de Clyde, ahora lo sabía… Ni siquiera ahora sentía la convicción necesaria para llevar a cabo su deseo.
Lo único que pudo pensar es en pedir ayuda a la señora Hilda, quizá ella fuera capaz de lograr alguna clase de milagro. Optó por emplear su cosmos gélido para aprisionar a su enemigo de manera temporal, cuando menos hasta que terminara la ola de terror que azotaba la tierra de Odín.
Alargó el brazo hacia el durmiente Ehrimanes, sólo para recibir un sablazo de la espada de fuego.
Aifor  gritó de dolor por el golpe. Su brazal y guante quedaron desechos, su extremidad continuó pegada al resto de su cuerpo pero no podía moverla tras terminar horriblemente quemada y cortada.
Eres igual de arrogante que Clyde. Si él no caía ante tu insignificante poder, ¿por qué he de hacerlo yo?
Aifor retrocedió con un par de saltos, mirando su brazo seriamente lesionado.
Bajaste la guardia, eso te ha costado la pelea, estas indefenso ante mí… —aclaró Ehrimanes, poniéndose de pie. La armadura de Megrez presentaba cierto daño, y el guerrero estaba un poco maltrecho, pero no lo suficiente para sentirse derrotado.
— ¡A-aún puedo pelear! —Aifor bramó con valentía.
Confías mucho en tu habilidad sobre los elementos… pero eres un gusano si te comparas con un fiel hijo del abismo como yo…
En cuanto Ehrimanes tronó los dedos, la atmósfera invernal se tornó un poco pesada, la misma nieve alentó su movimiento hasta que la corriente adoptara un ciclo distinto. En un instante, Aifor se vio rodeado por un enjambre de copos blancos que se pegaron a su cuerpo, transformándose en un cristal tan resistente como para no poder liberarse, sólo su cabeza quedó descubierta.
Sería tan fácil… —musitó Ehrimanes, apuntando la espada de fuego hacia el corazón de su rival—. Tu existencia hizo que mi huésped tomara decisiones estúpidas, una tras otra, las cuales nos han conducido hasta este día. Maldícelo, ódialo, porque él fue el causante de todo. Pienso hacer que se arrepienta, dejándolo ver cómo te destrozo, miembro por miembro, ¡y después nos haremos un festín con tus restos!
Aifor sudaba nervioso mientras castañeaba los dientes. Estaba sobrecogido por el dolor, atrapado dentro de ese témpano de hielo sentía que no podía pensar, ni respirar, le dolía cada centímetro de su ser al sentir como si numerosas estacas de hielo se encontraran clavadas en sus huesos y le helaran la sangre. Nunca había sentido un frío como ese, iba más allá del que hubiera experimentado jamás.
— Sin embargo… en el largo tiempo que he convivido con los humanos, he descubierto que hay dolores más profundos que los que una espada puede lograr… Las palabras hieren de formas más permanentes y eficaces, pero sobre todo la verdad… La verdad es el arma más letal de todas…
Ehrimanes estiró la mano y le sujetó fuertemente la cabeza, presionándolo con un claro deseo de romperle en cráneo.
— Y ya que tenemos algo de tiempo, quiero comprobar qué tanto puedo lastimarte usando esa arma en tu contra, por lo que te revelaré el oscuro secreto que Clyde guardó para ti. Voy a decirte la clase de ser mezquino y manipulador que fue… para que entiendas que él fue perfecto para mí. Si somos tan entrañables y compatibles es porque somos iguales —le dijo con un gesto malvado, jalándole los cabellos para que levantara el mentón que casi mordió—. Tu papel pequeño zángano era sencillo… Clyde y yo llegamos a un acuerdo ese día en que apareciste en nuestras vidas, y a cambio de que yo me mantuviera tranquilo él me prometió que te moldearía para que fueras un huésped perfecto para mí en cuanto llegaras a una edad adecuada —los ojos de Aifor se abrieron desmesuradamente, sacándole a Ehrimanes una carcajada—. ¡Así es pequeño ingenuo, nunca fue piedad, mucho  menos bondad, ni culpabilidad¡ ¡Clyde sólo buscaba salvarse a sí mismo! —exclamó hilarante, produciendo una atronadora carcajada que ensordeció los oídos del dios guerrero de Merak.

FIN DEL CAPITULO 30

Niflheim*: en la mitología nórdica es el reino de la oscuridad y de las tinieblas, envuelto por una niebla perpetua.
Muspelheim*: es el reino del fuego en la mitología nórdica.