viernes, 1 de junio de 2012

EL LEGADO DE ATENA. Capitulo 27. El vórtice de la tormenta Parte III. El bosque oscuro


Asgard, 15 años atrás

Cada mediodía un poderoso cosmos circula por el aire de Asgard, palpando la piel como una caricia. Esa era la hora en que la princesa de Polaris viajaba hacia la orilla del mar para orar con devoción al padre Odín.
La Princesa dejó de acudir sola a tal rito desde el atentado del emperador del océano. Todo un séquito de creyentes, incluyendo a su hermana Flare, la acompañaban en la oración, maravillándose por el pacifico y encantador cosmos que apaciguaba sus corazones.

Ese día en especial, Hilda abrió poco a poco los ojos, permaneciendo con las manos unidas para permitirse un instante de distracción. Lanzó una sutil mirada por encima del hombro para descubrir una presencia en particular, allá a lo lejos, por encima de las cabezas de todos los fieles que oraban con fuerza a los dioses. La regente de Asgard esbozó una sonrisa al reconocer a Bud, quien en la distancia y apartado de las sombras permanecía como un guardián.
Hilda se mostró feliz de verlo allí. Bud se veía diferente, algo había cambiado en él y sabía que era para bien. Mas debía finalizar primero con sus plegarias para después poder hablar con el guerrero.


El dios guerrero permaneció de pie en la cima de las escalinatas que conducen al nuevo altar de Odín. Deseaba hablar con Hilda, pero entendía que debía ser paciente y esperar el momento más oportuno.
Nunca ha sido un hombre de oración, por lo que no iba a comenzar ahora pese a que estaba esforzándose por ser un hombre diferente. Días atrás dio un gran paso por el sendero que jamás creyó se animaría a andar, pero Hilda tuvo razón desde el principio.
Fueron momentos de mucha tensión, pero al final sus padres le demostraron que sin importar todo lo sucedido aún lo amaban… Pese a que logró expresar su odio hacia ellos, las lágrimas de su madre tuvieron un poderoso efecto, limpiaron su corazón de resentimiento. Tras esa demostración de afecto y arrepentimiento, Bud no pudo seguir negando sus propios sentimientos, por lo que accedió a darse una oportunidad para conocerlos.
Pensaba en ello cuando fue invadido por una extraña sensación que lo puso intranquilo. No se trataba del cosmos de Hilda, ni tampoco de una presencia maligna. Agudizó los sentidos para encontrar su origen, siguiendo el rastro que sentía latente en el ambiente.
Su percepción lo condujo hacia unas viejas ruinas que alguna vez edificaron una mansión. Pasó con cautela por los pasillos, arcos y bóvedas derruidas, llegando a un claro bajo el cual alguna vez se alzó un jardín con una larga fuente rectangular, rodeada por estatuas de guerreros vikingos, ahora sólo quedaban despojos de la bella arquitectura.
Bud se detuvo ante un monumento del que sólo quedaban las piernas de un hombre en armadura. Sentía que toda la zona estaba impregnada por esa extraña presencia, pero no podía ubicar el lugar exacto del que emanaba.
Parece que lo conseguiste. Felicitaciones dios guerrero de Zeta —escuchó un eco reverencial justo en el momento en que se manifestó una luz en medio de la destrozada fuente.
El resplandor dorado no lastimó sus ojos, pero aun así retrocedió unos cuantos pasos. La masa resplandeciente se ondeó hasta formar un portal del que emergió una manifestación divina. Fue difícil de distinguir, pero poco a poco notó una silueta montada sobre un caballo.
Tal visión hizo que Bud se palpara la cabeza al ser invadido por un leve mareo, causándole un poco de dolor… Muchas imágenes se desbordaron en su  mente, recordando algo importante… memorias perdidas de un encuentro con una divinidad.

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Herido y sumamente débil después de enfrentar a los esbirros que Hilda envió para matarlo, Bud se sorprendió por el potente relinchido de un caballo. Cuál fue su intriga al volver el rostro, descubriendo que provino de un majestuoso corcel blanco con herraduras, riendas y silla de oro. La jinete que montaba el robusto animal llevaba en brazos el cuerpo del caído dios guerrero Syd de Mizard. Se trataba de una mujer quien lo acunaba como a un niño durmiente.
La mujer poseía una impecable belleza, de pálida piel que desprendía un aura celestial. Estaba dotada de un cuerpo fornido pero escultural; cabello largo, lacio y dorado como hilos de oro blanco; nariz respingada; labios finos, coloreados con pintura rosada; sus ojos estaban ensombrecidos por un casco alado que adornaba su cabeza. Su vestimenta consistía en una armadura ligera de platino con incrustaciones de piedras preciosas, de su espalda crecían dos alas plegadas de aspecto metálico que formaban parte de la coraza, una túnica blanca se acentuaba a sus caderas, y un escudo en el que dos cuervos y dos lobos habían sido plasmados para la eternidad.
Por las leyendas populares en Asgard es por lo que Bud sabía qué era ella…
— Una valkiria… —murmuró incrédulo ante su magnificencia.
El maravilloso corcel golpeó la nieve con uno de sus cascos, pidiendo dar marcha. La imponente valkiria decidió permanecer ahí un poco más, estudiando con cuidado al mortal que había quedado sin habla mientras la miraba muy sorprendido.
Tenía deseos de conocerte Bud de Alcor Zeta —escuchó que ella le habló, mas la valkiria no tuvo que mover los labios para darse a entender.
— ¿Me conoces? —Bud preguntó contrariado.
Ridícula pregunta —sentenció la hija de Odín—. Por supuesto que sé quién eres, así como conozco a todos los hombres y mujeres que nacieron en las tierras de nuestro gran padre, Odín. Después de todo, soy una de las responsables de tejer los tapices del destino bajo el fresno Yggdrasil, mi nombre es Skuld*.
Skuld, una de las tres nornas encargadas de los hilos del destino, y que al mismo tiempo sirve como una valkiria más a las órdenes de Freya.

Por un inexplicable sentimiento de respeto Bud se mantuvo arrodillado ante la divinidad nórdica, empequeñecido por la intrigante presencia que inundó el lugar.
— ¿Has venido a llevarte a mi hermano? —se atrevió a preguntar.
Odín lo ha llamado a su lado, su valor será recompensado y junto al resto de los dioses guerreros gozara de los placeres del Vingólf… Aunque originalmente, también venía por ti. Curioso, sigues con vida pese a que el hilo estaba por llegar a su fin —comentó para oídos del asustadizo Bud— ¿Te gustaría verlo?— inquirió al extender la mano hacia el guerrero. Los cabellos casi blancos de la valkiria se agitaron un poco, siendo uno de ellos el que se alargó hasta llegar al pecho de Bud, tocando justo donde se encontraba su corazón.
El dios guerrero quedó boquiabierto, ¿Acaso ese era el hilo de su vida?, ¿Un simple cabello de la norna Skuld?
En ese largo hilo de oro, Bud notó franjas oscuras, casi invisibles, que marcaban unas divisiones en el tramo del cabello.
No cabe duda que los mortales son interesantes, algunos como tú logran desafiar lo tejido en el Yggdrasil y extienden el hijo de sus vidas, ya sea por su gran voluntad, la intervención de algún dios o el ferviente deseo de un ser querido. Observa bien guerrero de dios, en dos ocasiones has debido morir pero tu hilo continúa extendiéndose— sus palabras eran ciertas, había dos anillos oscuros en ese cordón dorado.
— … ¿Y eso qué significa?...— el tigre blanco preguntó preocupado.
—  Que hay un destino más grande del que yo pude vislumbrar para ti — anunció—. Y con los eventos que han azotado a Asgard gracias al poder de Poseidón, finalmente lo comprendo. El señor Odín tiene planes para su pueblo y para él mismo… Él te ha elegido Bud, pero sólo eres una opción… Necesitas más que haber sobrevivido hasta ahora para ser realmente digno.
— ¿Qué estás tratando de decirme, norna Skuld? —un deje de desconfianza hizo brillar los ojos del joven guerrero.
No tienes ningún poder sobre mí como para que tenga que revelártelo, pero mi misión es ‘tejer lo que deberá ser o lo que es necesario que ocurra’. Si yo quisiera, podría terminar con tu existencia aquí y ahora, o convertirte en un trovador por el resto de tu vida… Lo que yo considere necesario— explicó.
— Parece que los dioses gustan de jugar con los humanos— dijo resentido, después de todo ha tenido una vida llena de infortunio.
Skuld sonrió divertida— Despreocúpate, cuando se trata de hombres con un espíritu como el tuyo es difícil trenzar algo como eso. Además, puede que seas la hebra que necesito para hilar los deseos de mi dios padre. Aunque todavía no estás listo, necesito que me demuestres algo más… Eres fuerte y poderoso, es cierto, pero se necesita de otra clase de fortaleza si es que en verdad serás de quien Odín vaya a aprender.
— ¿Aprender?... ¡No entiendo nada!— renegó, levantándose.
No necesito que lo entiendas, sólo que lo hagas. Sé digno Bud, demuestra que puedes enfrentar tus miedos más profundos y vencer tus oscuros instintos. Haz eso y tejeré para ti algo grande.
— ¡Espera, me rehúso, yo no…!
No recordarás nada de esto hasta el momento en que nos volvamos a ver… Y si eso llega a pasar, significará que has sido elegido como la mejor opción.

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— Skuld… Tú… ¿Cómo pudiste jugar con mi mente así?— poco a poco apartó la mano de su frente, sobreponiéndose al dolor.
Era necesario— dijo la valkiria sin abandonar la montura de su dócil corcel— Creí en ti, y no me defraudaste. Y antes de que digas algo erróneo, te diré que yo no tuve nada que ver con las decisiones que tomaste los últimos días. Debes saber que las nornas no controlamos todos sus movimientos en la vida, sólo aquellos que sabemos son necesarios para lograr el futuro.
— ¿Cómo creerte?
No espero que me creas, pero es la verdad. Eres otro hombre ahora, ya no eres ese niño huérfano y resentido, has escapado de la mediocre existencia en la que bien podrías haberte perdido. Estoy sorprendida y muy satisfecha.
— ¡No quiero ser un juguete de los dioses Skuld, ya no más!
No muestres ingratitud ¿acaso no aprendiste nada durante tu prueba? —la valkiria cuestionó con tranquilidad—. Tu padre rogó a Odín para que te salvara esa fría noche, y él respondió. Tal vez no viviste como un príncipe, pero conociste la generosidad a manos de un hombre honesto. Todo lo que has superado era necesario para que llegaras hasta aquí… Tendrás tu recompensa.
— No necesito nada de ustedes, no planeo ser su herramienta en lo que sea que traman —Bud respondió con el ceño fruncido.
— ¿Acaso me veré en la necesidad de borrar tu memoria de nuevo, Bud? Creí que esto te alegraría— añadió seriamente la valkiria—. Deberías sentirte honrado.
— Inténtalo— ante el inexpresivo rostro de la valkiria, Bud alargó sus garras mortales y encendió su cosmos en advertencia—. Esta vez no será tan fácil.
— ¿Levantas tus puños contra una mensajera de Odín? —Skuld preguntó contrariada.
— ¿Por qué no? Tal vez así se entere que no soy una buena alternativa después de todo.
— Y sin embargo, no podría pensar en nadie más para ayudarnos, Bud.
En ese instante, otra voz femenina intervino, conteniendo el violento cosmos del tigre blanco.
La princesa Hilda había arribado de manera imprevista, con serenidad caminó por entre las ruinas y la nieve.
— Hilda… ¿acaso tú eres parte de esto?—el dios guerrero masculló con recelo.
— Como soberana de Asgard estoy al tanto de los planes del padre Odín. Te lo dije antes ¿no es cierto? Que necesitaré a personas como tú de mi lado para forjar un mejor futuro para Asgard. Y si estás aquí es porque has decidido que así sea.
— Pero no así —apuntó a la valkiria quien permaneció en silencio—. No por alguien que puede manipular todo lo que hagamos a voluntad.
— ¿Así lo sientes Bud? ¿De verdad crees que todo lo que has hecho no es por mérito propio? —la princesa se paró junto a él, dedicándole una reverencia a la norna antes de proseguir—... Tal vez los dioses únicamente te hayan inspirado para que lo hagas, pero al final, si no hubieras sido lo suficientemente capaz, habrías fracasado en todas y cada una de tus acciones. Los dioses no son nuestros enemigos, por lo menos no los de estas tierras. — con suavidad palpó el brazo de Bud para que bajara sus mortíferas zarpas—. Ellos desean compensar todos los siglos de sacrificio que hemos tenido que soportar, y dichosos debemos estar. Trata de entenderlo Bud, ya has llegado hasta aquí, no creo que debas retroceder.
Bud dejó la pose de batalla al sentir que debía confiar en Hilda, no podía sentirse enfurecido con ella, ya no más.
— El mundo está por cambiar, y Odín necesitará guerreros tanto en el Valhala como en la Tierra ¿Me ayudarías aquí, Bud?
Hilda preguntó instantes antes de que el cielo comenzara a oscurecerse. La sacerdotisa, el dios guerrero de Zeta y hasta la misma valkiria de Odín alzaron la vista, contemplando cómo es que una mancha oscura apareció en el sol para ennegrecerlo poco a poco.
— ¿Qué es eso? — Bud cuestionó desconcertado sin apartar la mirada del astro rey.
— La señal del cambio —Hilda  contestó sin temor—… Es cuestión de tiempo para que el mundo sufra una metamorfosis…
La prueba tanto para dioses como para mortales dará inicio cuando el sol vuelva a brillar con todo su esplendor —la norna Skuld profetizó a la pareja cuyos hilos no había decidido unir todavía, y sin embargo lo hicieron por sí mismos. Sonrió al ver como las delgadas hebras de sus vidas se entrelazaban justo como lo hicieron las manos de ese hombre y esa mujer al estar uno junto al otro.
— Tal parece que es como dijiste Hilda —Bud habló. Ninguno de los dos parecía consciente de estar tomados de la mano—. Tenemos que pasar nuestras vidas encarando el futuro… en una lucha eterna.
— Pero no siempre habrá que luchar —corrigió Hilda—. No todo se resuelve con batallas, sino también con palabras y perdón ¿acaso no aprendiste eso?
Bud sonrió avergonzado. Ya más relajado pudo mirar a Hilda a los ojos ¿acaso todo esto lo había planeado ella y no la norna? Tal vez jamás lo sabría— Sí… en eso, te doy la razón.
— No nos corresponde participar en ese desafío que libran ahora Atena y sus santos— reveló la princesa asgariana—. Pero ya habrá otros y tenemos que estar listos ¿estarás conmigo Bud?— preguntó esperanzada.
Bud soltó la mano de la princesa, hincándose en reverencia ante su señora. Dando inicio a su vida como guerrero de la luz— El dios guerrero de Mizard Zeta está listo para iniciar sus funciones. Le serviré fielmente a partir de hoy y para siempre, princesa Hilda.





Capitulo 27.
El vórtice de la tormenta, Parte III.
El bosque oscuro

El lejano aullido que escuchó claramente dentro de la tormenta trajo a Bud ese viejo e importante recuerdo. Algo que percibió como un mal presagio…
Bud, Freya y Elke abandonaron sus actividades y charlas dentro de la mansión al escuchar el llamado de Aullido a través de sus cosmos. Algo grave estaba ocurriendo en Asgard, era su responsabilidad acudir al llamado.

Freya y Elke se aproximaron a Bud de Mizard quien miraba desafiante por una ventana, siendo clara la preocupación que recorría su ser.
Los tres dioses guerreros extendieron sus sentidos hacia donde sentían el cosmos de Sergei de Alioth, intuyendo que estaba siendo partícipe de una confrontación. Siendo él su guía, lograron distinguir las numerosas presencias que ya no podían esconderse entre la feroz tempestad.
— Son entre veinte y treinta individuos —dijo Freya, como si pudiera visualizarlos en la distancia—. ¿Qué está pensando Sergei al ir él solo a enfrentarles? —preguntó preocupada.
— No, son cuarenta, ni más, ni menos —corrigió Elke, quien era mucho más a fin a tales percepciones—. Parece que se han dividido por alguna razón, aunque eso no ha detenido su marcha… pero Sergei ha iniciado una cruenta lucha con uno de ellos —describió como si estuviera allá.
— ¡Debemos ir! —indicó Freya, esperando la autorización del señor Bud.
— Seré yo quien regrese al Valhalla, ustedes dos deben permanecer aquí y cuidar de Syd —Bud indicó tras meditarlo unos segundos.
— ¡Pero señor Bud, el príncipe estará más a salvo si lo llevamos al palacio…! —Freya intentó oponerse.
—Es peligroso viajar con este clima y más si en el camino debemos lidiar con guerreros desconocidos —respondió, caminando hacia la salida tras tomar su abrigo. Si son los mismos de los que hemos tenido noticias de oriente nos esperan pruebas muy difíciles. No pienso exponer a Syd de esa manera, estará más a salvo aquí, con ustedes.
— Dejar a dos guerreras sagradas fuera del combate sólo para servir de niñeras es una estúpida idea —dijo Elke sin contemplaciones.
— ¡Elke! —Freya desaprobó la forma de hablarle a su superior.
— Quizá tengas razón —dijo Bud—, pero quiero poder enfrentar esta situación con la seguridad que las dos mejores guerreras de Asgard estarán al lado de Syd. Si algo llegara a pasar y las cosas resultan como en Egipto, podré confiar en que ustedes lo mantendrán a salvo y lo llevarán a un lugar seguro —explicó sin cambiar de parecer, mirándolas con gesto autoritario—. Aunque lo duden este no es un deseo egoísta de un padre que intenta proteger a su hijo. Asgard necesitará a su príncipe en el futuro, los dioses así lo han decretado.
Elke sólo cruzó los brazos bastante molesta, desaprobando las indicaciones que le fueron dadas.
Freya sentía lo mismo, pero a diferencia de Elke podía sentirse honrada de que el señor Bud le confiara la vida de su único hijo. A ese grado llegaba la estima que sentía por ella y no pensaba defraudarlo.
— Dejo a Syd y el futuro de Asgard en sus manos —Bud dijo con solemnidad, decidiendo emprender el viaje hacia la batalla sin despedirse del príncipe Syd.

Palacio Valhalla.

En la sala del trono, Hilda proyectó su cosmos hacia cada rincón de Asgard para estar al tanto de la situación. Al percibir el cosmos de Sergei de Alioth estallando en la lejanía, supuso que algo grave estaba por suceder, un presentimiento que pudo confirmar gracias a Alwar de Benetnasch, dios guerrero de Eta.
El arpista permaneció junto a la fuente circular que marcaba no sólo el centro de la habitación del trono, sino del palacio mismo. Alguna vez escuchó decir que los antiguos sacerdotes de Odín utilizaban ese espacio como una gran fogata de llamas embravecidas, pero las aguas cristalinas con brillos platinados reflejaban de mejor forma la benevolencia de la actual gobernante de Asgard. La luz que emitía el agua bañaba las paredes de un color azul tan claro que daba la ilusión de encontrarse dentro de un auténtico palacio de hielo.
— El peligro avanza de manera incontrolable por las tierras de Odín —la sacerdotisa previno después de abrir los ojos—. Debemos estar preparados.
A falta de la presencia del señor Bud, Freya y el resto de los dioses guerreros, Alwar de Benetnasch sabía que toda la responsabilidad recaía sobre sus hombros. La seguridad de la familia real de Asgard era su máxima prioridad.
— Los hombres están preparados, la mayoría ha tomado posiciones para salvaguardar el perímetro del castillo —Alwar explicó con una reverencia.
— Alwar, tú y yo sabemos que las sombras que avanzan hacia nosotros no pueden ser contenidas por hombres ordinarios. Sé que es pedirte demasiado, pero si es posible desearía que hubiera el menor número de bajas —pidió, preocupada.
El guerrero de Eta asintió con sumisión —Haré todo lo que esté a mi alcance, señora Hilda. Pero no tema, confiemos en que el señor Bud regresará pronto, además no olvide que aún contamos con Clyde de Megrez y Aifor de Merak. Seguramente ellos vendrán.
Hilda sonrió con optimismo, volviendo a cerrar los ojos.
— ¿Pedirá ayuda al Santuario, mi señora? —intuyó el asgariano ante el semblante de la gran sacerdotisa.
— Aunque ese fuera mi deseo, no puedo —respondió en total calma.
— ¿Por qué no? —se animó a preguntar, intrigado.
— Aún no lo entiendo del todo, pero siento como si algo, o alguien, impidiera que mi cosmos alcance al Patriarca del Santuario… temo que nuestros enemigos no cometerán el mismo error dos veces, tendremos que enfrentar esto solos.
— ¡No necesitamos la ayuda de los forasteros! —clamó Alwar con valentía, obligando a Hilda a mirarlo a la cara—. Le pido que no se angustie señora Hilda, los guerreros de Odín no le fallaremos.
La sacerdotisa sonrió agradecida. Debía creer en la fortaleza de su nación, sería toda una deshonra volverle a fallar al gran dios Odín.

En algún lugar de Asgard.

Sin dejarse amedrentar por el agresivo golpeteo del viento, el dios guerrero de Megrez observa por encima de un desfiladero. Envuelto por una capa y el manto divino de Delta, mira hacia el horizonte de manera analítica.
Junto a él, el joven guerrero de Merak estudia acongojado el panorama. Estuvo al tanto del cosmos de Sergei de Alioth, y tras un repentino estallido contra su rival desapareció todo rastro de él. ¿Eso es lo que les esperaba a todos? ¿Era el significado de su sueño? Se cuestionaba mortificado.
— Se acercan… una horda de ellos subirá por la vereda del sur muy pronto—el guerrero de Megrez señaló con el dedo—. Pero tenemos la ventaja en este terreno —explicó, sonriendo malicioso al ver como una roca cayó por la orilla hasta perderse en el fondo del acantilado.
— ¿Cómo puede estar tan seguro? Yo no percibo nada —aclaró, esforzándose por ver más allá de la tormenta.
— Muchacho tonto —Clyde se mofó con descaro—. No me sorprende de tu cabeza hueca, nunca has sido bueno para escuchar a las personas, mucho menos entender lo que tu alrededor te grita a los oídos —sonrió sarcástico.
Aifor ignoró el comentario con naturalidad, por su convivencia con el guerrero de Megrez había ganado cierta invulnerabilidad a cualquier insulto.
— Pongámonos en marcha, debemos aprovechar que estaremos en terreno elevado —sugirió Aifor de Merak, avanzando por un costado de desfiladero, mas se detuvo al notar que Clyde de Megrez caminó hacia el sentido contrario, rumbo al bosque.
— ¿A dónde va? —inquirió, a un paso de seguirlo.
— También vienen por esta dirección, yo me encargaré. Tú ocúpate de los otros.
— P-pero… —quiso disuadirlo.
Al saber su preocupación, Clyde se detuvo un momento para decir— Tu sueño… dijiste que serías  testigo de mi muerte ¿o no? —cuestionó irónico—. Mantener la distancia sería lo mejor, ¿no lo crees? No hay que apresurar las cosas, el día aún no termina —prosiguiendo su marcha—. Quiero divertirme un poco antes de que las nornas corten mi hilo, además no podemos permitir que esos hombres vuelvan a reunirse.
Aifor de Merak se atragantó por la pesadez que sentía en el pecho, no concebía que su maestro tomara  tan a la ligera la idea de morir, como si tal sentencia la hubiera estado esperando desde hace mucho tiempo. Pero en algo tenía razón y lo mejor era alejarse de él por ahora. No podía preocuparse nada más por Clyde de Megrez, tenía que velar también por la seguridad de todos sus compañeros y los habitantes de Asgard.
Con determinación, Aifor bajó las lentillas de su casco sagrado para reiniciar el andar hacia la batalla.


Clyde de Megrez caminó casi un kilometro para adentrarse al bosque oscuro que conoce como la palma de su mano. Los altos y frondosos árboles crean una resistente bóveda que ni la misma tormenta es capaz de traspasar. Todo el lugar estaba sumido en una penumbra espectral, rodeado por los fieros gritos del viento que sacudían las hojas y las ramas.

En ese lugar entrenó y perfeccionó durante largos años las artes que los Alberich han guardado con recelo durante generaciones. No le pesaba en lo absoluto ser el último de tal linaje, ni siquiera se preocupó por engendrar cuando menos uno o dos vástagos que pudieran continuar con el apellido, ni se permitió tener algún bastardo entre las mujeres de la región. No se arrepentía de ello, ni siquiera ahora que tiene la certeza que su vida está llegando al final.
Tales decisiones hacían difícil de comprender la razón por la que  decidió mantener bajo su protección a Aifor de Merak. Algunos se aventuraban a preguntar y otros a hacer conjeturas, Clyde sólo guardaba silencio pues el chico era su boleto de salida, de una forma u otra.

El dios guerrero de Delta se detuvo al visualizar a la primera sombra que venía a su encuentro, así como a las otras que se posicionaron en las ramas de los arboles. En un instante se vio rodeado por una docena de guerreros con armaduras de colores variados. Clyde de Megrez giró sobre sus talones con lentitud, mirando a cada uno de ellos sin temor. Él no era la clase de adversario que se interesaba en buscar razones para no pelear, por lo que le desagradó escuchar a uno de ellos hablarle.
— Clyde, esbirro de la Casa Alberich, tiempo sin vernos.
El guerrero de Odín se giró lentamente hacia el hombre que se atrevió a avanzar a su encuentro. Ni su presencia, ni su armadura gris despertaron alguna clase de interés en el dios guerrero.
El hombre de cabello castaño y piel bronceada sonreía con arrogancia, guardando silencio como si esperara ser reconocido.
— ¿Y se supone que nos conocemos? —Clyde de Megrez preguntó con indiferencia.
Al guerrero le cambió la expresión a una de completa indignación, pero mantuvo los estribos —Parece que en Asgard continúan con su mala costumbre de enterrar los actos deplorables que cambian el rumbo de la historia. ¡Está bien que finjas no reconocerme, pues yo Kolbeinn de la casa de Yttredal he regresado para tomar lo que por derecho nos pertenece! —clamó, respaldado por el vitoreo de los hombres que lo acompañaban.
Clyde permaneció pensante sin expresión alguna, algo que irritó al llamado Kolbeinn. Él fue de los principales promotores del intento del derrocamiento de Hilda de Polaris años atrás, el exilio fue su castigo, ¡¿pero cómo se atrevían a olvidarse de él?!
En aquel tiempo, sólo hubo dos grandes impedimentos para ver logrado su fin: el feroz tigre de Zeta y el hechicero oscuro de Delta. Sin ellos, Hilda hubiera sido despojada del trono y alguno de sus aliados habría tomado el control.
Ahora que el destino les brindó la oportunidad de vengarse de tal humillación, aceptaron tomar el camino de la venganza, un sentimiento que permaneció latente pese al haber sido acogidos por el reino vecino donde vivieron en paz.
— Jum, la basura sigue siendo basura, no me disculparé por no recordar el nombre de un traidor —Clyde sonrió tras encontrar un viejo recuerdo sin importancia de aquellos días de guerra—. Esto comienza a tomar sentido… ¡Ja! Le dije a la Señora que debíamos de cortarles la cabeza a todos. Será una lección para ella que vea que la piedad no trae ninguna recompensa —rió sonoramente—. Concuerdo con lo que dijiste antes, es una pésima costumbre enterrar la porquería ya que no desaparece y tiende a volver a la superficie. Todos ustedes son la prueba de ello.
— ¡Maldito! —rugió el guerrero mientras el resto de los hombres tembló por la furia.
— Cierto es que tienen uno que otro motivo para levantar sus puños contra Odín, pero no recuerdo que fueran tan inteligentes como para ser el origen de los ataques a Grecia y a Egipto ¿o me equivoco?
— Esas son cosas que no nos conciernen.
— Quiere decir que en efecto se han vendido para lograr sus ridículas intenciones —Clyde dedujo sin quitar su sonrisa altanera.
— ¡A callar! ¡Tú que estás cegado por el fanatismo ha dioses ausentes jamás lo entenderías! ¡Asgard será una nueva tierra donde los hombres gobernarán su propio destino!
— ¿Aún después de tantos años continúan con lo mismo? Son patéticos —Clyde se echó la capa hacia atrás, dejando sus brazos al descubierto—. En ese entonces fracasaron, hoy no será diferente, es claro que sólo son peones sacrificables de un rey que se esconde en algún lugar —llevaba consigo un grueso libro de pasta negra y grabados plateados—. Así que, ya que los han enviado al matadero con mucho gusto seré el verdugo que finalmente los ejecutará como tenían merecido.
— ¡En esta ocasión todo será diferente! ¡Ataquémoslo todos juntos! — Kolbeinn ordenó iracundo.
Los gritos de batalla superaron los silbidos del viento, mas Clyde se mantuvo inmóvil y sonriente pese a que los doce hombres se lanzaron sobre él por todas direcciones.
En respuesta, el guerrero de Megrez Delta encendió su cosmos blanco al abrir el libro que sostuvo con una mano. Las hojas se movieron por sí mismas a gran velocidad hasta detenerse en una página específica.
— Invoco al espíritu del trueno —Clyde musitó con un tono místico— ¡Tordenbrak! —su voz tronó como un relámpago, desencadenando un fuerte temblor a su alrededor. En el suelo se abrieron una serie de grietas de las que emergieron saetas eléctricas, tomando por sorpresa a los guerreros. La mayoría alcanzó a retroceder, mas dos hombres fueron atrapados y golpeados por los rayos.
El guerrero de Megrez permaneció en medio de la barrera eléctrica, observando cómo sus primeras dos víctimas se calcinaban por el golpeteo continuo de los relámpagos hasta quedar ennegrecidos.
— Vuelvo a darte la razón Kolbeinn de la casa de Yttredal, esta vez será diferente… No habrá piedad —Clyde aclaró con soberbia.
Los cuerpos carbonizados cayeron al suelo, marcando conmoción en el rostro de los invasores. El dios guerrero desvaneció la magia que lo protegió con un movimiento de su mano.
Los exiliados estaban estupefactos, es cierto que en el pasado habían sido testigos del poder oscuro del último de los Alberich, ¡pero nada como aquello!
— Que no les sorprenda. En esta ocasión no tengo por qué contenerme, la señora Hilda no está aquí para salvarlos —rió al imaginar lo que cruzaba por sus mentes.
— ¡Mantengan sus posiciones, podemos vencerle, despliéguense! —dirigió un guerrero de ropaje magenta.
— Estúpidos —Clyde se mofó cuando cuatro de los enemigos decidieron atacarlo por diferentes flancos al mismo tiempo.
El dios guerrero de Megrez cerró los ojos para volver a quedarse inmóvil. Con horror los exiliados notaron como las hojas del maléfico libro negro volvieron a moverse— La unidad de la naturaleza —susurró el asgariano cuando los enemigos estuvieron lo suficientemente cerca para escucharlo.

Gritos de espanto cruzaron por todo el bosque cuando las torcidas ramas de los arboles cobraron vida de forma espeluznante. Como serpientes atraparon por las extremidades a todos los enemigos allí reunidos. Algunos intentaron escapar o destruir las ramificaciones que caían sobre ellos, pero resultó inútil resistirse a todo el bosque que los envolvió rápidamente como una telaraña, sobre todo cuando las raíces de los mismos arboles también salieron de la tierra.

La desesperación creció rápidamente en todos ellos, mucho más al verse unos a otros forcejear sin que alguno pudiera liberarse.
La madera marchita crujió de manera horripilante conforme los guerreros fueron arrastrados hacia donde se encontraba el maligno hechicero.
El dios guerrero aguardó paciente a que todos quedaran alrededor de él, como toda una araña que estaba a punto de saciar su hambre con un amplio festín.
Clyde de Megrez rió al verlos como auténticos insectos retorciéndose entre las enredaderas. Los hombres que colgaban de las ramas notaron como en el rostro del hechicero comenzaron a notarse unos inusuales resplandores que le cedían todavía un aspecto mucho más macabro e intimidante.
—Escogieron este lugar creyendo que sería ventajoso para ustedes… —musitó conforme numerosas ramas con puntas afiladas se situaron sobre los prisioneros, quienes aterrados intuyeron lo que estaba por ocurrir.
—Esperaban que fuera mi tumba, pero terminará siendo la suya —sonrió despiadadamente, cerrando el libro negro con fuerza. Dicha acción fue la orden que siguió el bosque para masacrar a los guerreros.
Las ramas atravesaron sus cuerpos con la efectividad de cientos de lanzas. Los alaridos y gritos agonizantes se escucharon al unísono, quedando atrapados en la espesura de los árboles. Unos tuvieron la dicha de morir de forma instantánea, otros sobrevivieron a la primera ola de dolor sólo para sucumbir ante los movimientos de la naturaleza pensante que los arremató con crueldad y sadismo.
Los sonidos fueron apagándose poco a poco hasta que volvió a reinar el silencio dentro del oscuro bosque.
Clyde de Megrez contempló satisfecho cómo la sangre goteaba de todos los cuerpos colgantes. La lluvia carmesí hizo vibrar cada uno de sus sentidos, provocándole una dicha indescriptible.
El dios guerrero alargó la mano para mancharla con la sangre que caía sobre él. Sus dedos comenzaron a temblar conforme se los llevaba a la boca. Pasó la lengua por las yemas de estos, saboreando la cautivadora esencia de la sangre.
Cuando buscó probar más, prefirió golpearse el rostro con la mano extendida, como si deseara asfixiarse a sí mismo.

Clyde soltó  un bufido de desesperación antes de caer de rodillas al suelo, temblando de manera frenética sobre las manchas carmesí.
El dios guerrero se dobló sobre sí mismo, atacado por un intenso dolor que conocía a la perfección. Con esfuerzo, buscó entre sus ropas algo que se le dificultó coger por el entorpecimiento de su cuerpo.
Con dificultad bebió el contenido de un delgado frasco, respirando agitadamente sin poder levantarse del piso.
— Maldito seas… veinte años de esto y… ¡Es suficiente! —rabió—… Mi único consuelo es que… hoy será nuestro último día juntos… Todo terminará… —susurró desafiante.

Con un claro sobreesfuerzo, el dios guerrero tomó el libro negro antes de ponerse de pie. Sudoroso y debilitado dio media vuelta, sabiendo que debía marchar hacia el Valhalla para asistir a sus jóvenes compañeros.
Clyde avanzó unos cuantos pasos nada más cuando percibió un poderoso cosmos desplegándose por el bosque. Se giró con rapidez sólo para ser testigo de cómo todo estaba siendo cubierto por una gruesa capa de hielo de tonalidades verdes, desde el piso hasta la hoja más pequeña. El hechicero vio como ese fenómeno también envolvió a los cadáveres, por lo que saltó para no ser atrapado por el manto de hielo, cayendo sobre el duro y resplandeciente cristal.
— ¿No te alegra haberme escuchado? Te dije que si aguardábamos un poco quizá seriamos testigos de algo asombroso —un hombre dijo entre la oscuridad— ¿Cuál es la lección de todo esto? —inquirió presuntuoso.
— No me vengas con tus sermones ahora, ya entendí que ser cauteloso no significa cobardía —respondió la voz impaciente de una mujer.
— Perfecto, había más alimañas escondidas después de todo —Clyde fingió despreocupación al detectar a dos individuos que habían escapado de su mirada.
— Sí que me dejaste perpleja con esa demostración de poder, dios guerrero de Delta —elogió la mujer de armadura verde jade que emergió de las sombras—. Pero no te servirá más.
— Permanecieron como espectadores todo este tiempo y no se dignaron en intentar salvar a sus compañeros. Sospecho que los asuste un poco ¿no es cierto? —Clyde inquirió ante las precauciones de ese par.
— Hemos esperado mucho tiempo como para que nuestra nueva vida termine aquí y de manera tan cruel —respondió el hombre quien portaba una armadura verde olivo.
— Me es claro que ustedes no son como estos estúpidos —el dios guerrero señaló a las estatuas de hielo. Percibía algo diferente en ellos dos que aún no alcanzaba a comprender.
— ¡Para nada! —la mujer de cabello rubio permaneció junto a su compañero—. A nosotros no nos interesan sus políticas o rencillas sociales. Tenemos una misión, y los dioses guerreros interfieren en ella.
— ¿Puedo saber a quién sirven con tal devoción? —Clyde indagó, concentrándose en reunir fuerzas— ¿Qué es lo que buscan retando la ira de Odín y del Valhalla?
Hombre y mujer sonrieron con complicidad — Pronto ya nadie tendrá que volver a temerle a tu gran Odín—la guerrera respondió, invocando un intenso cosmos esmeralda por el que el bosque de hielo empezó a romperse.
Clyde la imitó al ver como el guerrero se abalanzó sobre él en un ataque directo. Una vez más invocó el espíritu del rayo, pero el enemigo logró abrirse paso por entre las centellas en una temeraria encrucijada, pudiendo asestarle un puñetazo en el abdomen y un rodillazo en el pecho.
Clyde raspó el hielo con su cuerpo hasta ser detenido por una pila de rocas congeladas. Lanzó una mirada furiosa al enemigo quien sólo le dedicó una sonrisa burlona cuando expulsó su propio poder.
Los dos invasores unificaron sus cosmos esmeraldas para producir un estallido cuya ola de destrucción quebró todo lo que estaba bajo el hielo. En pocos segundos el bosque entero fue reducido a miles de fragmentos de cristal que permanecieron flotantes en el aire.
El dios guerrero quedó pasmado ante la manera en la que podían manipular cada trozo de hielo para convertirlo en una mortal avalancha.
— Tu vínculo con la naturaleza no es algo que pudiéramos a superar, pero nos enseñaste que podemos usar el entorno a nuestro favor. ¡Muere ahora!
Los pedazos cristalinos se arremolinaron como un enjambre embravecido, cayendo como un tsunami de hielo cortante contra el dios guerrero.
Clyde logró ponerse de pie, luciendo tan abatido como si llevara días luchando sin descanso. Estuvo a punto de remover las páginas del libro de hechizos para defenderse, cuando una imagen resaltó a su vista.
Dicha visión lo dejó contrariado por un momento, sin embargo terminó por ablandar la mirada y sonreír como si lo hiciera para una querida amiga a la que estuvo esperando por mucho tiempo. Con la imagen de esa hermosa mujer y su corcel blanco se dejó arrastrar por la marejada.
La ola de cristal causó grandes estruendos, fundiéndose con la nieve para alterar la formación del terreno conocido. La tormenta zumbó en los oídos de los guerreros que, victoriosos, observaban el resultado de su fuerza combinada.

El hombre parecía el más satisfecho de poder estar allí sobre sus dos piernas, capaz de sentir el frío en la piel, la emoción acelerándole el corazón, percibir el sutil perfume de los cabellos de su compañera. Habían sido bendecidos con una segunda oportunidad para ver cumplidos sus sueños de antaño, por lo que estaba dispuesto a pasar por encima de cualquiera para conservar lo que se les obsequió.
Una vez que se convencieron de que habían acabado con el asgariano, caminaron por la alfombra de nieve y cristal en dirección hacia donde sentían otros cosmos luchando entre sí.

El guerrero corría al frente mientras la mujer permanecía un poco rezagada. Sus pies se hundían ligeramente en el suelo a diferencia de su pesado compañero, sin embargo en un último paso sintió que algo la sujetó por el tobillo, jalándola con una fuerza descomunal para hundirla en la nieve. Fue tan rápido que apenas un débil sonido de sorpresa se le escapó de los labios para alertar a su camarada.
El hombre miró sobre su hombro, alcanzando a ver como el brazo de la mujer se sumergía en la blancura de la llanura.
— ¿Elier? ¡Elier! —gritó, corriendo hacia el punto donde había desaparecido. La tormenta cubrió rápidamente el espacio sin dejar pista de su paradero. La llamó repetidas veces, escarbando con desesperación.
Se paralizó de forma repentina al percibir una presencia que poco a poco estaba aumentando su intensidad. Se levantó abrumado, buscando en todas direcciones ese cosmos que superó con facilidad el suyo.
Lo sentía provenir de todas partes, sintiéndose asechado por un ente siniestro.

Entonces escuchó un sonoro grito cuando un destello blanco emergió del suelo, borboteando como un violento géiser que se alzó hacia la inmensidad del cielo nublado. Sangre le cayó en la cara cuando el cuerpo de su compañera salió expulsado de la columna de luz.
Impresionado por lo ocurrido, ni siquiera intentó moverse para atraparla. La mujer cayó al suelo inerte y exánime a pocos metros de él. Con horror pudo ver el amplio agujero que le atravesaba el vientre.
El guerrero dio un paso en falso hacia atrás, chocando contra alguien que ya estaba a su espalda. El leve contacto le transmitió un intenso escalofrío que casi le detuvo el corazón. Invadido por un terror incomprensible no se atrevió a mirar atrás.
Una lúgubre respiración zumbaba en su oído, nublando todo pensamiento o acción de valentía. Reconoció esa sensación que sólo una vez se experimenta en la vida, aquella que te abraza antes de morir.
— El amo no estará complacido… —el hombre musitó con resignación.
Justo en ese momento un brazo se cruzó por delante de su pecho para sujetarle la quijada —Pero yo sí —le dijeron con una voz espectral—, gracias por brindarme la oportunidad que necesitaba.
De un sólo movimiento esa mano quebró el cuello del guerrero, volteándole el mentón hacia la espalda. Su rostro quedó congelado con una expresión llena de confusión y espanto, mirando fijamente al dios guerrero de Delta.
Clyde dejó caer el cuerpo de su enemigo, contemplándolo en silencio. Pese a todo, el dios guerrero se encontraba completamente ileso, salvo por tener rastros de abundante sangre seca en la barbilla y en el contorno de los labios, siendo evidente que no le pertenecía a él.
Sus ojos habían cambiado, destellaban con un aura eléctrica que parecía encontrarse atrapada en el interior de su cuerpo, marcándose delgadas grietas luminosas alrededor de los ojos, por la frente y las mejillas.
Ese rasgo tan inhumano reflejaba lo que en verdad pasaba en su interior. Clyde comenzó a reír por lo bajo, aunque conforme iba aumentando la dicha en su ser la transformó en una fuerte carcajada que sobrepasó los sonidos del viento.


FIN DEL CAPITULO 27


Skuld*. Es una de las tres Nornas principales de la mitología nórdica junto a Urd y Verdandi. Junto a sus hermanas tejía los tapices del destino bajo el fresno Yggdrasil.
También desempeñaba un trabajo de valquiria, cabalgando en los campos de batalla mientras decidía sobre las vidas de los combatientes y decidiendo la suerte que llevaría a la victoria.

domingo, 8 de abril de 2012

El legado de Atena CAPITULO 26. El vórtice de la tormenta Parte II


Asgard, quince años atrás.

Bud colocó la leña que partió formando una pila de maderos secos, cubriéndolos con cuidado para su conservación y futura venta.

El tiempo que vivió como vasallo de Hilda y los años en que sólo respiraba para entrenar, le habían hecho olvidar lo que era el trabajo duro y honesto de un hombre común.

Tras dar la debida sepultura a su hermano, Bud regresó al único sitio al que él puede llamar hogar. Pensar en su futuro lo hacía sentir a la deriva en un mar de incertidumbre, por lo que sólo esa humilde cabaña le servía como un puerto seguro del que no estaba deseoso partir.

Ahora que era un hombre nuevo, sus ojos le permitían ver de otra manera al mundo. A su regreso se llenó de remordimiento al ver la casa de su padre al borde del derrumbe, con maderos enmohecidos y agujeros rellenados con frágil paja seca.

Por supuesto que no esperó una bienvenida cordial del leñador al que por mucho tiempo creyó su auténtico padre, después de todo él fue quien se marchó cuando los alrededores se volvieron inapropiados para su entrenamiento; sumando el temor que tenía por la posibilidad de ser descubierto por Syd o alguien cercano a él.

Al verlo después de tantos inviernos, el recuerdo del hombre fuerte que talaba enormes árboles a pocos tajos había quedado muy atrás, como si hubiera sido atacado por una vejez prematura los últimos meses. Los ojos gastados del leñador tardaron en reconocer a aquel joven que bajó del caballo. Pero una vez reconocido, el anciano de tosco aspecto respondió como un verdadero padre, pues con un afectuoso abrazo sostuvo a su hijo, iluminándosele el rostro que pareció recobrar un poco de juventud.

El viejo leñador apenas y podía continuar con sus labores, por lo que para Bud fue fácil tomar la decisión de asentarse allí con él, cuando menos hasta decidir cuál rumbo tomar.

Han pasado pocos días desde que la guerra contra el Santuario llegó a su fin, y en ese lapso Bud dio un techo más fuerte a la cabaña del leñador, así como nuevos muros e incluso una pequeña ampliación a la morada.

Mantenerse ocupado era su mayor preocupación. La lesión en su brazo no era un impedimento para realizar el trabajo diario, una sola mano le bastaba para alzar hasta el árbol más grueso de esos bosques.

Estaba viviendo la que habría sido su vida de no haber descubierto la verdad sobre su nacimiento. Bud sonrió pensando en lo irónico de la situación.

Cuando se dispuso a entrar a la cabaña, escuchó cascos de caballos aproximándose. Se tensó al ver los estandartes del Valhala en manos de los jinetes que escoltaban un carruaje.

Para alivio del dios guerrero, el leñador había marchado al pueblo en su lugar, de lo contrario hubiera sido una inocente victima de todo esto.

Despojado de cualquier armadura o arma, vistiendo sólo tela rudimentaria de color blanco y pieles oscuras protegiéndolo del frío, Bud permaneció inmóvil frente al umbral de la choza, decidido a enfrentar a cualquier asesino que Hilda haya enviado.

Los jinetes en caballos grises se adelantaron al carruaje para aproximarse a la casa. Los dos soldados permanecieron en sus monturas con las espadas envainadas y los estandartes en alto. Uno de ellos, cuyo cabello rubio sobresalía por debajo del casco vikingo, se aventuró a preguntar tras haber estudiado al campesino.

— ¿Eres tú Bud de Alcor Zeta?

Con cierto recelo, el dios guerrero respondió en un intento de evitar una confrontación— Soy un simple leñador, señor.

El carruaje, que era jalado por dos yeguas blancas, se detuvo ante la maniobra del cochero. El color azul zafiro del vehículo y los relieves dorados que adornaban los marcos de las ventanillas revelaban que algún noble viajaba en el.

— No tiene sentido que evadas mi pregunta —aclaró el soldado—. Aunque debo decir que hasta yo dudaría y seguiría mi camino. Pensé que todos los dioses guerreros eran de familias aristócratas y no simples plebeyos —comentó sarcástico.

— Soldado, le suplico que por favor se retracte y muestre el debido respeto— reprendió una voz femenina que sorprendió hasta al mismo Bud—. Esa no es la forma en la que debe dirigirse a un guerrero de Odín.

De la pequeña puerta del coche descendió la bella mujer que dirigía al pueblo de Asgard. Ayudada por el cochero a bajar, la sacerdotisa de Odín avanzó sin precauciones o escoltas hacia la vivienda.

Bud pestañeó incrédulo ¿realmente se trataba de Hilda? ¿La misma Hilda de Polaris que declaró la guerra al Santuario? No, la mujer que estaba ahí no encajaba en lo absoluto con la tirana que recordaba.

El mismo rostro, el mismo cabello, la misma piel… pero la ausencia de la frialdad que habitaba en sus ojos le permitía dudar.

Bud quedó consternado por la calidez que desprendía esa mirada azul, tan pura, tan serena… Esos no eran los ojos ante los que se humilló en el pasado.

Las vestimentas de la gobernante también habían cambiado, apartando la imagen de mujer cruel y déspota por la de una doncella modesta y hasta dulce por el abrigo rosado y vestido largo de suave color azul que arrastraba un poco por la nieve.

— Mis más humildes disculpas señorita Hilda, le imploro me perdone señor —el soldado aceptó la reprimenda, bajando del caballo e inclinando levemente la cabeza para acatar la orden.

La hermosa sacerdotisa detuvo sus pasos y dedicó a Bud una ligera pero sincera sonrisa como forma de saludo.

Bud no se arrodilló como debería de hacer y eso molestó en gran medida al séquito de guardias. Para lo que él entendía, Hilda lo había tachado como traidor terminando así cualquier asociación entre ellos, no le debía nada.

Cierto es que Bud, como otros tantos, no conocían esa faceta de la señorita Hilda. Aquellos que la trataron antes del fatídico día en que la sortija Nibelungo la poseyó, sabrían que esa era su auténtica naturaleza.

— No sabes la alegría que siento por saberte con vida, Bud —su voz perdió el tono malicioso y malintencionado con el que confabulaba hasta entre sus propios allegados, ahora podía sentir sinceridad en sus palabras.

— ¿Qué dices? —la sombra de Syd no creyó lo que escuchó—. ¿Acaso has venido a terminar el trabajo tú misma, Hilda? —respondió con un deje de resentimiento.

Hilda inclinó la cabeza, avergonzada al recordar las crueles y engañosas palabras que dedicó al dios guerrero por influencia del anillo Nibelungo.

— Tal vez no vayas a creerme Bud, pero no soy la misma mujer que anteriormente conociste —habló con tranquilidad, volviendo a alzar el mentón con propiedad—… He viajado hasta aquí con el único propósito de pedir tu perdón, y también para explicarte lo que realmente sucedió… la razón por la cual Asgard llora a sus hijos caídos injustamente en batalla.

Bud quiso convencerse de que todo se trataba de un engaño, pero nada en la representante de Odín evidenciaba lo contrario. Veía en ella culpa y tristeza, pero a la vez ternura y amor.

Influenciado por los pocos buenos modales que se permite aplicar, Bud la invitó a pasar a su morada poniendo como pretexto el clima.

Hilda sintió un gran alivio, agradeció el tener una oportunidad de explicarse. Entró sin temor a la cabaña, no juzgó el pobre contenido y aspecto ya que bien sabía que la mayoría de los habitantes de su nación eran gente humilde y sin demasiados bienes materiales.

La Princesa se sentó en un banco circular junto a la mesa sobre la que había algunos trastes de cerámica. Bud echó tres leños a la chimenea empedrada y ahí decidió permanecer, removiendo los maderos entre el fuego con indiferencia.

Hilda contempló discretamente al lugar, pequeño y cuadrado. Era visible que faltaba el toque femenino que sólo una madre o esposa podían darle a un espacio como ese.

Bud notó la inspección, y sarcástico comentó— Jamás imaginé que la gran Hilda de Polaris pudiera frecuentar lugares como este.

— Para mí es algo normal, considerando que mi pueblo es carente de muchas cosas.

— ¿Desde cuándo eso te ha importado? —inquirió Bud molesto, atento a la reacción de la doncella quien atinó a suspirar con pesar, pareciendo incómoda ante el reclamo— Tampoco es de mi agrado que la mujer que me utilizó y después quiso matarme goce de la hospitalidad de mi techo, pero dices tener algo importante que decirme… Estoy dispuesto a escucharte, pero no prometo que vaya a interesarme o creerte.

— Me parece justo. Mi debilidad le ha costado a Asgard a sus hombres más prominentes, por ello mi penitencia será una tarea ardua y difícil —la sacerdotisa dijo con solemnidad, dispuesta a confesar lo que al mismo Odín le dijo aquel día—… Pero debo comenzar a reparar el daño que causé, y tú Bud, por encima de todos los demás mereces saber la verdad sobre lo que ocurrió. Después de todo, eres el único dios guerrero que queda con vida tras la mortal batalla contra los santos de Atena.

Para Hilda aún era difícil hablar sobre su encuentro con Poseidón y cómo es que ante la negativa de ella por propiciar una guerra contra el Santuario, el dios del mar la maldijo con el anillo Nibelungo, una joya que convierte a las personas en siervos del mal. Habló sobre la cruel forma en la que su naturaleza fue corrompida para servir a las ambiciones del emperador del mar, las mismas que la llevaron a llamar a los siete dioses guerreros y retar a Atena para buscar su muerte. Sólo hasta que los santos del Santuario recolectaron los siete zafiros de Odín, invocando la armadura divina junto a la espada Balmung, es que fue libre del maleficio del anillo endemoniado.

La sacerdotisa relató también la forma en la que ante su fracaso, Poseidón decidió actuar, comenzando una nueva guerra contra Atena y sus guerreros que se llevó a cabo en las profundidades del mar mientras el mundo sufría de terribles lluvias y tormentas provocadas por el dios del océano con el fin de borrar a la humanidad de la faz de la Tierra.

Para Bud habría sido difícil de creer tal situación de no ser porque es testigo del cambio en Hilda. Durante el relato de la Princesa, el asgariano centró toda su atención en busca de engaños, pero su honestidad era genuina. Además, la forma en la que Hilda se expresaba dejaba ver su dolor ante lo que había hecho bajo el control de la sortija que mencionó: sus manos temblaban por la rabia que sentía, y sus ojos se mostraron cristalinos a punto de romperse en lágrimas por el recuerdo de Sigfried, Syd, Alberich, Mime, Hagen, Phenril y Tholl.

En algún momento ansió el consolarla, pero toda esa historia removió muchas de sus propias penas. El saber que todo había sido acto de un dios infame como Poseidón lo llenó de cólera y frustración. Los dioses guerreros no lucharon por designio de Odín, murieron cruelmente engañados… ¡Su hermano había muerto por nada!

El estrés que sacudió todo su ser hizo que sus heridas le volvieran a doler como en el mismo instante en que las obtuvo.

Hilda abrió los ojos preocupada por la salud de Bud. Rápidamente abandonó su asiento para acuclillarse al lado del joven guerrero quien le pidió no tocarlo.

— Esas heridas… las tienes por mi culpa —señaló afligida ante el rechazo de Bud.

— Es lo que me gané por confiar en alguien —desvió la mirada y buscó ponerse de pie, mas la mano de Hilda lo detuvo al sujetarlo por la muñeca.

— ¿Qué es lo que estás…?

La sacerdotisa le sonrió con dulzura cuando su cosmos blanquecino la rodeó. Bud dejó de verla como una amenaza al instante en que percibió un cosmos tan tranquilo y confortante proviniendo de ella. No se parecía en nada al de antes, era una energía intensa pero amigable y llena de paz.

La Princesa de Polaris extendió su mano hacia el cuello del tigre blanco, cerrando los ojos para una mayor concentración.

Bud se atragantó al sentir algo cálido sobre el corte de su cuello, para después desaparecer. Lo mismo sucedió cuando la mujer acercara los dedos a su hombro herido.

— Ya no te molestarán más —la mujer dijo al desvanecerse el aura celestial que inundó la cabaña.

Incrédulo, Bud apartó el vendaje de su brazo, notando la desaparición de la herida, ni siquiera una cicatriz era visible.

— Hilda… ¿en verdad esta eres tú? —Bud preguntó contrariado, comenzando a sentir vergüenza por la forma tan despectiva con la que la había tratado.

— Lo descubrirás si me das la oportunidad—ella respondió con alegría—. Pese a lo trágico de la situación, todo lo acontecido me ha hecho darme cuenta que las cosas en Asgard deben cambiar, y el primer paso debo darlo yo —la distancia entre ellos se había acortado al fin, permanecieron uno cerca del otro junto al calor de la chimenea. Bud se sentía cautivado al contemplar a Hilda a la luz del fuego.

— El gran Odín me ha indicado el camino que debo seguir —ella prosiguió—, por eso en el futuro necesitaré del apoyo y trabajo duro de hombres como tú Bud, aunque yo sé que en estos momentos es pedirte demasiado…

— Señorita Hilda —su voz expresó al fin respeto por la gobernante de Asgard— … Yo…

— No necesitas responder ahora, aún hay tiempo— Hilda dijo comprensiva, percibiendo los titubeos del guerrero—. Además, en estos momentos me encuentro en una travesía diferente. He visitado a algunas de las familias de los dioses guerreros, es lo menos que puedo hacer. Decirles que todos ellos fueron héroes que cayeron con honor protegiendo a Asgard, y que serán honrados como tales a partir de ahora. Claro que no todos ellos tenían la dicha de tener un padre o una madre, pero es lo menos que puedo hacer —añadió con tristeza.

Para realizar un acto como ese no sólo se necesita de caridad sino de gran valentía. El ser mensajero de tan malas noticias no debía ser fácil. Eso es lo que pensaba Bud, sin poder apartar sus ojos de la princesa quien buscó algo dentro de su abrigo rosa.

— Casi he terminado, pero entonces pensé en ti Bud, y en lo mucho que te debo… así como a Syd —mostró un pequeño sobre negro con el sello del Valhala— Es algo que debes hacer, no por mí, sino por él.

— ¡¿N-no estarás sugiriendo que yo…?! —de alguna manera adivinó la intención de Hilda, y la sola idea lo estremeció—. No, lo siento, pero no lo haré —de nuevo su rostro mostró indignación, rompiendo con el lazo que habían logrado crear.

Bud se levantó, mirando con furia a la sacerdotisa quien permaneció en el suelo, impasible y silenciosa.

— ¿Por qué he de hacer tal cosa? ¿Acaso les deseas la muerte a tan acaudalada pareja? Si llegase a verlos no aseguro lo que podría pasar— alegó indignado.

— ¿Tanto los odias Bud?...

— Por supuesto— respondió sin vacilar.

— Entonces díselos…

— ¿Cómo dices...? —repitió conmocionado—. ¿Acaso estás burlándote de mí?

— Para forjar un nuevo camino primero se debe arreglar el pasado… Mientras una persona no enfrente a sus demonios nunca podrá avanzar hacia el futuro. Tu dolor no debe aprisionarte más en la oscuridad Bud, es momento de que dejes de ser una sombra y camines en la luz, con orgullo y valentía.

— ¡¿Estás diciendo que soy cobarde?! —espetó, frunciendo el ceño.

Hilda no se dejó intimidar, por lo que prosiguió— ¿No crees que es lo que hubiera querido Syd?

Las últimas palabras de Syd susurraron en su mente, logrando que sus sentimientos entraran en un terrible conflicto.

— Dudo que hubiera querido ver a sus padres sufrir todavía más —masculló aún furioso.

— Eres un buen hombre Bud, me apenaría ver que decidieras permanecer en el abismo del odio estando con vida a diferencia de los demás… Sé que Syd hubiera querido que fueses su sucesor, pero no pienso darle el puesto de dios guerrero a un hombre que tiene miedo de enfrentar su pasado —ella misma estaba enfrentando las consecuencias de sus acciones, eso la hacía sentir más fuerte y decidida—. La vida suele poner estas pruebas, eso es lo que significa ser humanos, enfrentar los contratiempos, avanzar y ser mejores cada día.

Bud se giró hacia la puerta, no iba a soportar por mucho más esos sermones. Decidió callar para controlar sus emociones.

— La vida es un reto, y desafío tras desafío es lo que te hace una mejor persona. Yo misma pienso iniciar mi encrucijada hacia el futuro que idealizo para Asgard y me gustaría que me acompañaras…

La princesa dejó la carta sobre la mesa una vez de pie para después caminar lentamente hacia la salida. Permaneció bajo el marco de la puerta para agregar— Pero si tu decisión es permanecer aquí y ser un pacifico leñador, prometo respetar eso —musitó al partir.

Bud no se dignó a agregar nada más, ni siquiera una despedida. Permaneció allí en una esquina de la cabaña, inmóvil, pensativo, en silencio.


Capitulo 26. El vórtice de la tormenta, Parte II

Lobos y murciélagos.

Sergei, dios guerrero de Épsilon, corría por las estepas congeladas a gran velocidad. Ni la nieve, ni el viento eran capaces de frenarlo. Junto a él su compañero cuadrúpedo corría con la misma facilidad entre la tormenta.

Gracias a sus habilidades físicas e instintivas, es por lo que le fue encomendada la misión de dirigirse hacia Bluegard en búsqueda del señor Hyoga. Las explicaciones fueron escasas, pero entendía que la razón por la que debía atravesar kilómetros de tundra era para mitigar los temores de la Princesa Flare.

Tal encargo no le molestaba en lo absoluto. Pese a que lo consideraba una pérdida de tiempo, lo hizo por gusto ya que correr de esa manera por los valles congelados desenterraba las memorias de su niñez.

Su pasado era nebuloso, pero en las dunas blancas solían reflejarse fragmentos de recuerdos borrosos. A veces podía verse a sí mismo cuando era un niño que vivía en una humilde cabaña junto al bosque, la cálida sonrisa de su madre y el afectuoso rostro de su padre; el día que encontró a Aullido siendo un lobezno que quedó herido al ser prensado por una trampa, la manera en la que su padre curó al pequeño y le permitió conservarlo… Desgraciadamente también veía las imágenes de los hombres que violaron la integridad de su hogar, asesinando a su madre frente a sus ojos, la forma en la que fue privado de la libertad al ser llevado a ese horrible lugar donde borraron la mayoría de sus memorias y estuvieron a punto de desaparecer su voluntad.

La angustia solía embargarlo ante las remembranzas de las experiencias sufridas en ese espantoso sitio, sobre todo al recordar al viejo amigo con el que esperó poder escapar para recuperar sus vidas, pero tal deseo jamás llegó a ser… y quizá él tampoco lo hubiera logrado de no ser por el Patriarca del Santuario. En aquel entonces todavía sólo era el santo del Dragón, pero gracias a él logró sobrevivir a la destrucción de ese lugar infernal.

De repente, Sergei frenó al mismo tiempo que Aullido, permaneciendo ambos expectantes dentro del interior de la tormenta. El dios guerrero alzó un poco el mentón, intrigado por lo que olfateaba en el aire. El pelaje de Aullido se erizó al percibir un peligro que se aproximaba justamente por el frente. El guerrero de Épsilon compartió el mismo sentimiento.

Se apresuraron a subir a un lugar mucho más elevado donde pudieron obtener una vista panorámica del extenso valle rodeado por las montañas. Sergei concentró sus sentidos, pudiendo sobrepasar el límite del ojo humano para encontrar aquello que había alterado sus instintos.

El dios guerrero de Épsilon se alarmó al divisar en la distancia varias siluetas avanzando por las tierras de Odín.

El esfuerzo combinado de la visión de amo y lobo les permitió observar la peligrosa marejada que corría en dirección al Valhala. Se trataba de un grupo de hombres acorazados que, como una manada de animales salvajes, se desplazaban presurosos por las estepas de hielo. Había alrededor de cuarenta guerrero nómadas y todos ellos estaban envueltos por una estela siniestra a la que Sergei y Aullido fueron muy sensibles.

Ambos mostraron los colmillos al reconocerlos como un peligro. Si continuaban a esa velocidad y numero, el Valhala sería muy pronto atacado, necesitaba conseguir tiempo para que el resto de los dioses guerreros estuvieran consientes de la amenaza y tomaran medidas.

El dios guerrero de Épsilon intercambió una mirada con su fiel lobo, compartiendo así una idea que podría funcionar. Sergei dio un último vistazo hacia el horizonte, todavía confundido por esa única presencia que no le atemorizaba pese a ser quizá la más imponente de todas.

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Caesar, Patrono del Zohar de Sacred Python, encabezaba la horda de guerreros destinada a destruir todo vestigio del reino de Odín en la Tierra.

A su diestra Dahack, Patrono de la Stella de Arges, avanzaba a su lado. La Stella de Arges era de un color verde oscuro, con un diseño ligero por el que sus partes vitales se encontraban cubiertas, el casco con una celada adornada con relieves que formaban un gran ojo era la característica que compartía con otros de sus compañeros.

Y para su disgusto, a la izquierda caminaba una criatura disfrazada de hombre, un monstruo que servía a Sennefer con devoción. No se interesó en recordar su nombre, ni mucho menos conocer su habilidad. Tras las insistencias de Sennefer, el señor Avanish le pidió llevarlo a la misión como si se tratara un perro que necesita un paseo.

Caesar tenía claro su objetivo, él habría preferido algo mucho más discreto, pero aprovecharía la confusión numérica para alcanzar a su presa. A través de sus sentidos, la espada que se le fue confiada le transmitía la dirección que debía seguir.

El Patrono de Sacred Python vio algo a lo lejos, la tormenta le dio una forma antropomorfa, alguna especie de hombre bestia, pero conforme se acercaba la visión se separó en dos individuos. Sería fácil permitir que toda la fuerza detrás de él lo embistiera y borrara del camino, sin embargo decidió detenerse, siendo imitado por los demás.

Frente a toda la línea de guerreros y Patronos, el dios guerrero de Épsilon se plantó como el único obstáculo en el blanco valle.

Caesar no sabía si sentir admiración o echarse a reír, por lo que el silencio fue su única reacción. En su lugar Dahack se carcajeó ante la abrupta pausa.

— ¡Qué extraño, creí que una vez que se dieran cuenta se reunirían en un sólo lugar para enfrentarnos, pero en vez de eso envían a un único emisario! ¿O será acaso que piensas que es mejor lanzarte al suicido que vivir la agonía de una larga lucha? —Dahack gritó.

— ¡No sé quiénes sean pero no les permitiré avanzar más! —respondió con un gruñido de advertencia— ¡Puede que caminen y actúen como hombres, pero su disfraz no les servirá conmigo! ¡No permitiré que su pestilencia profane la sagrada Asgard! ¡Cuidado ya que caminan por hielo delgado!

Todos ellos miraron al osado guerrero, sólo Caesar prestó atención al lobo que lo acompañaba, nadie le dio importancia más que él. Se perdió en sus ojos amarillentos, para subir hacia las puntiagudas orejas recubiertas con un pelaje negruzco que se extendía a otras regiones del cuerpo excepto en el pecho, el rostro, las patas y la punta de la cola que respetaban un color blanco.

De cierto modo le pareció algo inusual ver a un lobo como ese domesticado, no lo consideraba una amenaza pero el animal removió algo en su interior.

¿Podría ser posible? —pensó por un instante.

Muchos de los guerreros se sorprendieron ante las palabras de Sergei de Alioth, como si hubiera descubierto un secreto que deseaban esconder.

— Parece que los asgarianos son extremadamente arrogantes —Dahack se adelantó pocos pasos—, uno solo de ellos se cree capaz de detenernos. No sé si llamar a eso valentía o estupidez.

— En mi opinión ustedes son los estúpidos por no seguir mi advertencia…

Sergei elevó su cosmos sin dudar, a su lado el lobo también se rodeó por una bruma destellante al aullar al cielo.

Dahack sonrió irónico, dispuesto a ser quien derramara las primeras gotas de sangre de esta guerra. Mas Caesar lo detuvo al sostenerle el brazo.

Antes de que el Patrono pudiera preguntar la razón, Sergei de Alioth lanzó un tremendo grito, avivando la intensidad de su cosmos.

El dios guerrero de Épsilon impactó su puño contra el suelo sobre el que de manera inmediata se trazaron líneas entre la nieve como si se tratara de un espejo rompiéndose.

La fuerza del golpe cuarteó el piso, revelando que lo dicho por el dios guerrero no sólo había sido una metáfora, en verdad estaban sobre un gran lago congelado que la nieve escondió con majestuosidad. Sólo verdaderos nativos de la región sabrían tomar precauciones.

Las fisuras se extendieron con gran velocidad, obligando a los guerreros a desplazarse hacia diferentes direcciones, dispersándose. La mayoría fueron lo suficientemente hábiles para saltar entre el hielo y llegar a una lejana orilla, el resto cayó dentro del agua helada, sufriendo el castigo de la madre naturaleza que se encargó de sepultarlos en las profundidades del lago.

Sergei y Aullido también retrocedieron para no caer victimas de su propia trampa. El dios guerrero estaba consciente que eso no los detendría, pero obligarlos a separarse fue el principal objetivo. Cruzar el lago era el camino más rápido y recto para llegar hacia el Valhalla, por lo que al destruir ese punto obligaría a los invasores a tomar las rutas más largas y complicadas, dividiendo sus fuerzas al mismo tiempo.

Tras apenas conseguir llegar a tierra firme, Sergei se volvió para contemplar su obra, quedando boquiabierto al ver a una sola figura levitando por encima del hielo flotante.

Dos largas alas negras es lo que mantenían en el aire a ese hombre que portaba una armadura oscura con una apariencia extraña, no parecía estar formada por resistentes placas metálicas, sino por algún material orgánico.

El guerrero volador se dirigió hacia esa misma orilla, aterrizando a una distancia prudente de Sergei y su lobo quien mostraba los colmillos.

Sergei miró con dureza al guerrero de largo cabello anaranjado, consternado por el ropaje que lo cubría casi en su totalidad, cediéndole largas garras en las manos, las alas en su espalda y un casco con un par de crestas que le daban un aspecto diabólico. Sin embargo el rostro del hombre debajo de toda esa abominación tenía una expresión seria y demasiado pasiva que contrastaba enormemente con su coraza protectora.

Los dos combatientes se miraron en silencio hasta que el peli naranja dijo —No nos dimos cuenta que bajo nuestros pies existía una magnifica tumba.

— ¿Es el momento en que vas a decirme que todos ustedes pueden volar como aves? —espetó Sergei, quien alejó a Aullido para tener mayor libertad de reacción.

— No —respondió con excesiva tranquilidad—. Nosotros somos únicos. Los otros encontrarán la manera de llegar a su destino, yo me he quedado para enfrentarte —explicó.

— ¿Y quién demonios son ustedes, engendros? ¿Por qué invaden nuestro reino?

— La destrucción y la muerte son nuestras únicas intenciones. Muere ahora guerrero de Asgard, quizá podrás renacer en un renovado mundo la próxima vez —dijo al extender la mano y que numerosos cortes aparecieran sobre la armadura de Épsilon.

Sergei sintió la extraña opresión que lo golpeó, pero gracias a su rapidez fue capaz de salir de la embestida de poder para evitar un daño total. El dios guerrero notó las profundas cuarteadas que se marcaron en su manto divino, enfureciéndose.

— Oh, eres ágil —el invasor señaló con leve admiración—, supongo que nos servirás para probar nuestro nuevo poder…

El guerrero de Épsilon tensó los brazos hacia los costados —¡Hay muchas presas a las que tengo que darles caza, no me estorbarás mucho tiempo! — gruñó antes de lanzarse a la ofensiva.

Sergei empleó las zarpas del ropaje de Épsilon para atacarlo, pero el enemigo se movió con destreza para eludir cada uno de los impactos.

El peli naranja volvió a emplear sus garras para atacar, mas esta vez Sergei las golpeó con sus propias zarpas para contrarrestarlas. Los choques entre ambos continuaron de manera incesante, retumbando como si todo un ejército peleara usando afiladas espadas.

En un rápido giro, el guerrero enemigo usó su ala izquierda para golpear al guerrero asgariano. Sergei se repuso al empujón en el aire, cayendo sobre sus piernas para impulsarse inmediatamente hacia su rival.

— ¡¡Garra nocturna!! —exclamó, liberando un centenar de ráfagas cortantes.

El invasor movió las garras con tal velocidad que rebotó cada uno de los cortes con sus movimientos.

Sergei quedó sorprendido por la demostración de destreza. Le habían alertado sobre el misterioso grupo de guerreros que atacaron el Santuario, capaces de enfrentar a los santos de oro y a los Apóstoles de Egipto… ahora había llegado su turno de probar fuerzas contra ellos.

Pero ¿qué era ese monstruo delante de él? Jamás había conocido a alguien que despidiera esa mezcla de olores y energías que circulaban como un vórtice oscuro a su alrededor.

— Parece que en habilidad, los santos y los apóstoles son superiores… —meditó el peli naranja en voz alta—… o quizá nos hemos vuelto más fuertes desde entonces —musitó, mirándose los brazos.

— Fueron ustedes quienes arrasaron con la capital del desierto.

Estuvimos allí.

— ¿Planean repetir esa hecatombe aquí? No les será tan fácil…. ¡no lo permitiremos!

— Esas palabras… las hemos oído de tantas lenguas y todos terminan muertos ¿habrá alguien que de verdad cumpla tal promesa? —el invasor cuestionó inexpresivo.

— ¡Haré hasta lo imposible para conseguirlo, aunque eso signifique perecer contigo! —clamó, siendo respaldado por Aullido a quien finalmente le permitió participar en el combate.

— Será inútil tu intento, la muerte no tiene poder alguno sobre nosotros mientras sirvamos fielmente al amo.

— No existe algo como la inmortalidad.

— Eres demasiado ignorante, humano.

Guerrero y lobo elevaron sus cosmos ante la mirada expectante del peli naranja. Para el invasor era todo un fenómeno que un animal posea un espíritu de lucha así como la capacidad de canalizar un cosmos. La bestia no era alguien de su especie, por lo que no podía atribuir tal capacidad a ello… De alguna manera el lobo está conectado con el dios guerrero y viceversa, un vínculo que les permite intercambiar y compartir aptitudes.

— Maravilloso…. —musitó para sí al contemplar que brillaban cual estrellas gemelas.

Sergei y Aullido se lanzaron al mismo tiempo contra su adversario— ¡¡Aullido final!! —Sergei exclamó con ferocidad. Hombre y bestia se transformaron en saetas luminosas que se desplazaron a la velocidad de la luz. La nieve se cuarteó a su paso hasta alcanzar al individuo a vencer.

Amo y lobo pasaron a través del enemigo, quedando de espaldas a él. Escucharon la piel abrirse y la sangre brotar de numerosas heridas, por lo que al volverse esperaron ver a un agónico rival lamentándose, aunque lo que vislumbraron fue algo totalmente diferente.

El guerrero de vestimenta oscura se giró para que a la vista resaltaran las grietas sufridas a su armadura, pero sobre todo la manera en la que escurría un fluido negruzco de ella al haber sido dañada. La piel que quedó al descubierto se mostraba ilesa, lo que significaba que estaba exento de cualquier dolor.

Más asombroso fue cuando de las grietas de la coraza negra emergieron pequeños y delgados tentáculos que se enlazaron unos a otros para reparar el ropaje del peli naranja, siendo una reconstrucción casi instantánea.

Los sonidos que escuchó provenir de la armadura oscura confundieron aún más a Sergei, sobretodo cuando distinguió un extraño palpitar proveniente de ella.

— ¡Esto es imposible! —el guerrero de Alioth bramó frustrado.

— Veo que tu técnica tiene algo de potencia —el peli naranja dijo con indiferencia, manchándose las manos con la sustancia viscosa que emergió de su ropaje—… Lograste lastimar nuestra coraza… parece que aún le falta ganar resistencia, pero mientras sigamos enfrentándonos a sujetos como tú alcanzaremos un nivel muy superior al imaginado —caviló, apartando la vista por unos segundos de su contrincante.

— ¡Tu armadura… está viva…! ¡Es un ser viviente! —descubrió alarmado, sabiendo que el liquido oscuro no fue otra cosa más que su sangre, los constantes crujidos los movimientos de sus músculos y aquel palpitar que tamboreaba en sus oídos era un corazón.

— Te diste cuenta muy rápido… nos sorprendes —el peli naranja volvió a tenerlo en la mira, extendiendo las alas de murciélago al mismo tiempo que dos puntos verdes se encendieron en su casco como ojos abominables—. Aun con tu limitado poder has contribuido con tu pequeño grano de arena… ya no tienes nada que nos interese.

— ¡Eres un monstruo de dos cabezas! —rugió enfurecido, volviendo a atacarlo con una combinación de golpes y patadas que fueron bloqueadas por el enemigo.

Al peli naranja le tomó por sorpresa que el lobo se uniera a la lucha, por lo que sólo cuando éste encajara los afilados colmillos a su pantorrilla entendió que no debía subestimarlo.

Los esfuerzos unidos de los dos lobos hicieron retroceder al siniestro guerrero, pero en un instante él frenó tal trabajo en equipo.

El peli naranja sujetó por el rostro a ambos con una fuerza tremenda. En un instante las grandes manos del invasor se prendieron en fuego negro con lo que quemó a sus adversarios.

Aullido chilló por el tormento. Sergei gritó agonizante conforme le humeaba la cabeza, sintiendo como su casco comenzaba a derretirse. Retorciéndose de dolor logró zafar su cabeza de la corona que lo aprisionaba en tal tortura. En cuanto sus pies tocaron el suelo lanzó un zarpazo para liberar a Aullido. El peli naranja lo soltó, alejándose para esquivar las ráfagas cortantes que le siguieron después.

El lobo cayó malherido, las llamas dejaron terribles quemaduras en su cabeza, hocico, orejas y ojos. Debilitado y totalmente ciego permaneció tendido en el piso, convulsionándose con violencia.

Poseído por la rabia al ver a su amigo lastimado, Sergei superó su propia velocidad para golpear repetidas veces al enemigo en el pecho, tras una patada el peli naranja cayó en el suelo, resbalando varios metros sobre la nieve.

El guerrero con alas de murciélago se levantó despacio, conservando una mirada tranquila pese a todo, a diferencia del dios guerrero cuyos ojos lucían como los de una auténtica bestia sedienta de sangre.

— No eres alguien fácil de matar… ninguno de los guerreros sagrados que hemos enfrentado antes lo han sido —el enemigo de Asgard comentó con seriedad—. Sirves la voluntad de un amo, justo como nosotros, por ello respetamos tu tenacidad… te daremos el honor de sucumbir ante nuestra más reciente fuerza, aquella con la que el amo nos ha bendecido por nuestro sacrificio y lealtad.

Sergei jadeaba como un animal salvaje, llegando a encorvarse hasta que sus dedos rozaran ligeramente el suelo, su enemigo lo desconocía pero una vez que entraba a ese trance dejaba de reconocer incluso el idioma de los hombres, se volvía el contenedor dentro del que hierven instintos asesinos hasta el momento de estallar.

El peli naranja encendió su cosmos, teniendo la apariencia de llamas oscuras que sofocaron todo el entorno. La nieve a sus pies se derritió al instante, descubriendo el suelo rocoso que escondía debajo de ella. A su alrededor los copos de la tormenta se desvanecían, creando un vacio en el que la madre naturaleza no podía penetrar.

Tras un grito feroz, Sergei elevó su cosmos invernal, moviéndose a la velocidad de la luz con movimientos zigzagueantes que confundieron momentáneamente a su rival. Se encerraron dentro de un tornado de golpes, garras y sangre que desgastaron sus respectivas armaduras y acumularon heridas en sus cuerpos.

Ambos eran bastante resistentes al dolor, aunque las magulladuras se marcaban más en el dios guerrero, el daño que recibía del fuego emergente de las extremidades de su oponente estaba consumiéndolo con rapidez, algo de lo que el peli naranja se percató pronto.

Un golpe llameante en la quijada y Sergei cayó de bruces contra el suelo, envuelto por vapor y sangre que escupió en la blancura del piso.

Gruñendo como un animal herido, pero aún desafiante, Sergei de Alioth pudo ponerse de pie, debiendo alzar la vista al cielo cuando su adversario voló hacia allá.

Las llamas negras lo cubrieron en su totalidad, dándole la apariencia de una criatura salida de los mismos infiernos.

¡Aleteo abismal! —clamó el monstruo al lanzarse en picada contra el dios guerrero de Alioth.

Antes de siquiera pensar en cómo debía reaccionar, Sergei fue alcanzado por una fuerza demoledora que destruyó completamente su armadura.

Aquel monstruo del abismo pasó a través de él, embistiéndolo con el poder de su fuego infernal. El impacto lo hizo elevarse por los aires, envuelto en un vendaval de fuego, escuchando como su manto divino estallaba sobre su cuerpo.

El dios guerrero ni siquiera gritó, aunque el dolor que sintió fue brutal duró apenas un segundo, después ya no sintió nada. No tuvo pensamientos coherentes durante el descenso, todo estaba nublándose… sin embargo durante la inminente caída a las frías aguas tuvo una extraña visión antes de que todo se ennegreciera: en una lejana orilla del lago vislumbró a una radiante mujer montada en un caballo blanco.

La potencia del ataque lo alejó de la orilla para terminar dentro de la oscuridad y el hielo. El guerrero de Épsilon desapareció dentro de las profundidades del lago después de un sonoro “splash”.

El siniestro guerrero volvió a tierra tras extinguir las oscuras llamas de su cuerpo. Miró con detenimiento hacia el agua como si una diminuta parte de él esperara que su adversario emergiera de ella, pero tal cosa resultaría absurda, había dejado de sentir cualquier vestigio de vida… podía asegurar su muerte.

Tan absorto estaba en ello que no anticipó la llegada de alguien más a la escena.

— Oye tú, esbirro de Sennefer —escuchó de pronto.

Al reaccionar con prontitud, pudo distinguir la silueta de Caesar, Patrono del Zohar de Sacred Python, en lo alto de un peñasco.

El peli naranja batió sus alas para volar hacia él.

Masterebus es nuestro nombre —corrigió con tono indiferente.

Caesar enarcó las cejas, extrañado, ¿por qué hablaba en plural? ¿Qué es lo que Sennefer tenía bajo su mando? Se preguntaba con desconfianza. No fue testigo de todo el combate, sólo del flameante final; sin mencionar que en ese momento veía cómo la armadura de la criatura se curaba por sí misma, habiendo una mezcla de sangre roja y negruzca por todas las heridas sufridas.

— No me interesa tu nombre, pero me ha impresionado tu desempeño. Al principio creí que sólo serías un estorbo como los demás… pero el señor Avanish decidió darte la oportunidad de unirte a nuestra lucha, bien hecho —le dijo con sinceridad.

Masterebus inclinó la cabeza con humildad, aunque su amo y el Patrono de Sacred Python vivían en constante rivalidad, aceptaba sin problemas la jerarquía de Caesar.

— Ante este inesperado suceso los hombres se han dividido —el Patrono dijo con aburrimiento—. Tú debes seguir al resto rumbo al Valhalla, yo tengo que dar un pequeño rodeo…

— ¿A qué se debe eso?

— El objetivo principal no se encuentra en el palacio, pero aún así es conveniente diezmar a los guerreros de Odín ¿crees poder contribuir? —Caesar preguntó, autoritario.

— Ya hay uno menos del cual preocuparse, con gusto comenzaré la caza de los otros guerreros sagrados.

Caesar asintió, satisfecho por tal respuesta— Vete ya, nos reuniremos pronto.

Masterebus aceptó la orden, volando hacia una dirección opuesta a la que Caesar se giró.

En la mente del Patrono ya se había dibujado el escenario en el cual encontraría a su presa. Una mansión muy cerca del Palacio Valhalla, allí es a donde debe dirigirse.

FIN DEL CAPITULO 26