jueves, 23 de agosto de 2012

El Legado de Atena. Capitulo 29. El vórtice de la tormenta. Parte V. Sepulturas

Hilda de Polaris se mantenía en vigilia de los dioses guerreros, a través de la visión que su cosmos le permitía sobre el reino de Odín.
Desde el trono del salón principal, Hilda ha sido testigo de los esfuerzos de sus guerreros por proteger a la nación. Pero había muchas cosas que no entendía, como algunos comportamientos de sus enemigos e inclusive de sus propios hombres.
Sentía mucha contrariedad y preocupación en su alma, pero dentro de tal torbellino que asolaba su mente alcanzó a percibir el terrible peligro que estaba inundado el palacio con rapidez.
Instintivamente se levantó presurosa, advirtiéndole al par de soldados que la custodiaban dentro del salón que algo estaba mal.
— ¡De prisa, vengan junto a mí! —les ordenó.
Los soldados titubearon un poco pero corrieron hacia la sacerdotisa. Cuando la puerta de la cámara se abrió de golpe para dejar entrar una corriente brumosa, se alegraron de haber obedecido sin mucha demora.
La niebla se extendió con rapidez por la habitación, materializando un rostro deforme y monstruoso que se precipitó sobre ellos.
Pero Hilda no temió. Su cosmos la cubrió, y a los soldados, como un muro impenetrable que la bruma no fue capaz de traspasar.
La mujer logró tranquilizar a los guerreros quienes confiaron en la protección de su señora, hasta que ella se los indicara se moverían.
Aunque fueron meros segundos, estar rodeados por toda esa neblina volvió la espera todo un martirio, más al pensar que en cualquier momento podían ser atacados por algún enemigo.
Sólo hasta que el aire se limpió y la bruma se convirtió en polvo fino, Hilda apartó la protección brindada por su cosmos.
— Señora Hilda… ¿q-qué fue lo que pasó? ¿Qué fue eso? —preguntó uno de los hombres armado con una pica y un escudo.
Hilda no respondió al instante— No estoy del todo segura… pero algo no se siente bien… —musitó intranquila.
Los tres se alarmaron cuando comenzaron a escuchar gritos provenientes de los pasillos del palacio. Los mismos que pintaron en la mente de Alwar la idea de que los enemigos habían podido entrar al Valhalla.
El soldado que sostenía la pica se apresuró a investigar, ordenándole a su compañero que permaneciera con la gobernante.
Abandonó el recinto, adentrándose al pasillo de paredes altas por el que se corrían los atronadores golpes de armas, los gritos de batalla y las voces agonizantes. Esperaba encontrarse con bestias monstruosas tal y como clamaban las voces de sus compañeros, pero en vez de eso vio como todos estaban peleando entre sí.
— ¡Oigan, deténganse! ¡¿Qué están haciendo?! —preguntó, al ingenuamente interponerse entre dos de ellos.
Le tomó un segundo darse cuenta de su error, cuando los ojos de sus camaradas lo miraron con terror y furia.
Recibió un espadazo en la espalda, pudiendo protegerse de una segunda estocada que iba contra su pecho. Dio un giro veloz con el que pudo golpear a sus dos atacantes con el escudo, dejándolos abatidos en el suelo.
Corrió de regreso al salón principal, cerrando las puertas.
— ¡No sé qué es lo que pasa señora Hilda, es… es...! ¡Como si todos se hubieran perdido la razón! ¡Todos están peleando entre ellos, matándose los unos a los otros! —explicó, siendo atendido por su amigo quien se preocupó por la herida en su cuerpo.
Hilda escuchó horrorizada— Debemos detenerlos.
— No creo que eso sea posible… me atacaron al intentarlo… No podemos permitir que corra ese riesgo, mi señora. El señor Alwar nos dio instrucciones precisas —explicó el soldado malherido, pegándose a la puerta por la que la gobernante deseaba salir.
— Entiendo su preocupación, pero quizá seamos los únicos aquí que no hemos sido afectados por ese horrible maleficio. Me preocupan Flare y las pequeñas, no podemos abandonarlas a esa suerte —Hilda dijo con tono autoritario pese a las protestas de sus subordinados—. Pueden acompañarme o permanecer aquí, de una u otra forma yo iré.
— ¡Pero señora Hilda…!
— Con o sin su ayuda iré hasta dónde está mi hermana — aclaró con seriedad.
Ante la negativa de la gobernante, uno de los soldados aconsejó que podían tomar ciertas rutas para llegar hacia los aposentos reales, demorarían pero sería la opción más segura. Hilda aceptó, no deseaba poner a sus hombres en la necesidad de luchar contra sus propios amigos y compañeros.


Capitulo 29
El Vórtice de la Tormenta Parte V. Sepulturas.

Al pie de una vereda de un alto y estrecho desfiladero montañoso, una figura espectral avanzaba a paso lento y sosegado. Se trataba de Caesar, Patrono de Sacred Python quien tenía una mirada ausente pese a sus pasos firmes.

Detestaba la nieve. Si hubiera podido decidir, habría optado por viajar a cualquier lugar excepto a un sitio como Asgard. El frío lo hacía recordar muchas cosas, demasiadas, que prefería haber podido olvidar. Pero aunque el tiempo se hubiera congelado para él, todas y cada una de esas memorias se encontraban grabadas en su mente.

Nunca imaginó que en Asgard se reencontraría con ese pasado… fue un sobresalto que lo mantenía aún impresionado y atrapado. La misión incluso pareció perder un poco de importancia. Sabía que eso era inaceptable, igual que se había retrasado más de lo necesario.

Alzó la vista hasta la cima de las montañas por las que se veía rodeado. Podría volar hasta allá y avanzar a mayor velocidad, pero el camino que seguía entre las murallas rocosas le parecía más acogedor. Quizá cuando saliera de allí su intranquilidad lo abandonaría para quedarse en ese lugar.

Caminó unos cuantos metros más cuando escuchó un extraño sonido entre el silbido de la tormenta. Un tornado venía en dirección opuesta, abarcando la angostura del camino.
Caesar percibió una fuerte energía dentro de la ventisca. Saltó sin dificultad por encima del vendaval, volviendo lentamente al suelo para confrontar al individuo que apareció por el sendero.

— Hasta aquí llegaste, lobo solitario —amenazó con valentía la guerrera de Phecda Gamma, Elke.
Caesar contempló con indiferencia a la hermosa guerrera, quien venía armada con un hacha de doble hoja.
— Guerrera de Odín, no me causa placer la idea de tener que pelear con una mujer —dijo con sinceridad—. Si me evitas tal molestia, prometo perdonarte la vida.
Elke se extrañó ante tal comentario, por lo que sonrió sarcástica —Vaya, todo un caballero, me siento con suerte. Pero los modales del siglo pasado ya no tienen cavidad aquí. ¿Por qué en vez de fijarte en que tengo pechos te alistas para el siguiente ataque? —Elke se mofó, apuntando con su arma al guerrero invasor.
Caesar no se intimidó, pero un repentino zumbido lo obligó a mirar sobre su hombro para descubrir que la tempestad venía de regreso por el paso. Se puso la mano en la cintura y, como si llevara una vaina invisible en el cinturón, desenvainó una reluciente espada dentada con la que partió el tornado a la mitad.
Un objeto salió despedido de entre la ventisca, siendo atrapada por Elke al dar  un salto por encima de su oponente. Tras haber recuperado su segunda hacha, la guerrera utilizó el descenso para dar un poderoso golpe con ambas armas. Caesar retrocedió, sintiendo cómo el suelo vibró ante el impacto, pequeñas piedras resbalaron por las paredes del desfiladero.
De manera inmediata Elke  prosiguió su ataque ante el primer fallo. Su destreza era indiscutible, pues empleaba las armas con gran agilidad pese a la pesadez de sus formas.
El Patrono eludió los ataques verticales y horizontales, escuchando cómo se cortaba el aire ante el paso de  las afiladas hojas. Sus movimientos se veían limitados por la corta distancia entre las paredes del desfiladero, por lo que sólo podía avanzar o retroceder.
Cuando Caesar intentaba detenerle los brazos, la guerrera de Odín se zafaba con hábiles maniobras en las que incluso utilizaba las piernas para liberarse y continuar arremetiendo en su contra.
El Patrono esgrimió la espada con la que retuvo el golpe de ambas hachas. Quedando rostro contra rostro por unos segundos.
— Eres hábil, mujer. Elegiste este lugar estratégicamente, pero será insuficiente  para vencerme.
— Je, me das demasiado crédito, yo no elegí nada. Fuiste tú quien se adentró a este camino —respondió sin ceder en su fuerza, manteniendo un gesto altanero—. Quizá fue el destino quien decidió que este lugar fuera tu tumba.
Caesar dio un ligero salto hacia atrás para impulsarse contra la guerrera de Odín. Elke perdió terreno al sentir como la fuerza de su enemigo la superó de manera repentina. Sus hachas bloqueaban las poderosas estocadas conforme retrocedía, viendo pequeños fragmentos de metal desprendiéndose de las armas de Phecda.
Elke saltó hacia los muros, escalando tras algunas piruetas hasta encontrar un pequeño borde en el que pudo permanecer de pie. Miró sorprendida las hojas de sus hachas, notando las grietas en ellas.
Desde el suelo, Caesar le dedicó una mirada serena antes de bajar su espada y dar media vuelta.
— ¡Espera! ¡Aún no hemos terminado! —la mujer reclamó.
— No suelo dar segundas oportunidades, por lo que te sugiero que aceptes mi piedad —el Patrono respondió, sin dejar de avanzar.
Caesar vio una sombra desplazarse por encima de su cabeza, volviendo a tener frente a él a la guerrera de Odín quien se desplazó entre los muros altos para ponerse en su camino.
— Sólo uno de nosotros va a abandonar este sitio —Elke dijo, alzando su cosmos de manera amenazante —, o quizá ninguno lo haga —musitó sonriente.
— Qué insensatez la tuya —Caesar susurró con pesar—. Tus armas se tornarán inservibles dentro de poco, no son rivales para mi espada.
Elke le daba cierta razón, la hoja de la espada azul estaba intacta. Pero lo que más la confundía era el aura mística que la ungía. Silenciosamente preparó su técnica, por la cual su hacha derecha se recubrió con la llamarada de su brillante cosmos.
— Ja, como siempre digo, puedes subir el lado fácil de la montaña... ¿Pero qué tiene eso de divertido? —cuestionó con desafío—. No pienso retractarme, mucho menos huir ¡Recibe esto! —advirtió, corriendo a toda velocidad hacia Caesar, alistando el golpe con su arma resplandeciente— ¡Martillo de luz!
Caesar no se movió ni siquiera para alzar su espada y defenderse. El Martillo de luz se impactó contra la cabeza del Patrono, detonando un cegador destello junto a un sonoro estallido. Elke esperaba poder sonreír victoriosa tras haber asestado su golpe, sin embargo quedó perpleja al ver una de las hojas resquebrajaba por el choque contra el casco del Patrono.
Por la fuerza, Caesar se tambaleó un poco hacia la derecha, quedándose inmóvil, lejos de contraatacar.
— ¡¿Cómo es posible?! —Elke gritó exaltada — ¡¿Quién eres tú?!
— Supongo que no tiene caso ignorar la petición de alguien que va a morir —respondió, conservando su temple pese a encontrarse frente a una enemiga—. Mi nombre es Caesar, Patrono de Sacred Python. Elegido por el señor Avanish para traer el verdadero inicio de esta nueva era.
— ¿El verdadero inicio? ¿Avanish? ¡¿De qué estás hablando?! —Elke exigió saber.
— Es normal que lo desconozcas, pero esta era de paz es una simple ilusión. Es cuestión de tiempo para que los mortales vuelvan a sumergirse en la desesperanza e injusticia… Tal cosa no debe  ser permitida.
— Me suena a que tienes complejo de salvador… Pero sigo sin entender qué tienen que ver tus buenas intenciones con este ataque a Asgard. Nosotros no le hemos hecho nada a nadie —reclamó, intentando comprender las palabras del Patrono.
Caesar no responde, pues decide reiniciar la batalla. El Patrono generó una ventisca con su aura que obligó a Elke a apartarse.
El cosmos de Caesar lo cubrió como un escudo de fuerza llameante. Elke se preparó para atacar pero el Patrono se lanzó en su dirección sin permitirle reaccionar. En fracciones de segundo pasó a través de ella, quedando ambos espalda con espalda.
Elke sintió que la vista se le apagó por unos segundos sólo para despertar de golpe, sintiendo mucho dolor. Gritó al mismo tiempo en el que por su armadura se marcaron numerosas fisuras, desprendiéndose pedazos que cayeron al suelo.
Sintió como si todos los tejidos y órganos de su cuerpo se contrajeran y expandieran de manera incontrolable, una y otra vez. La guerrera de Phecda terminó de rodillas y manos contra la nieve, viendo la sangre que salía de su nariz y boca gotear sobre la blanca alfombra bajo ella.
— El ser una guerrera divina te convierte en uno de los males de los que se debe purgar este mundo. No es nada personal… pero es para lo único que sigo con vida —Caesar musitó más para sí mismo que para la mujer.
— ¿Có-mo puedes… decir que… somos el mal cuando… ustedes son los que han iniciado… los conflictos… en el Santuario… en Egipto…? —Elke preguntó en cuanto pudo volver a ponerse de pie, sosteniendo un hacha en cada mano.
— Lo que hacemos es nada comparado con lo que todas las Guerras Santas han logrado desde la era del mito —el Patrono palpó la empuñadura de su espada con suavidad.
—… Vaya, así que… ¿tenemos que morir sólo porque otros que estuvieron antes que nosotros hicieron cosas que no te gustaron? Ja, hablas de desesperanza e injusticia como si fueran ajenos a lo que predicas… pero no eres más que un maniático —Elke susurró con un deje de ira con la que se avivó la llama de su cosmoenergía.
— Insistes en pelear, pero no serías una guerrera si no lo hicieras. Elogio tu valor, por lo que recibiré tu mejor golpe en señal de respeto.
Hombre y mujer se giraron al mismo tiempo, quedando frente a frente. Caesar imitó los movimientos de Elke cuando esta retrocedió varios pasos.
— No deberías subestimarme. Admito que tienes un poder impresionante… y no sé qué clase de armadura llevas contigo, podría ser indestructible… pero aunque parezca imposible, ¡juro que voy a detenerte! —exclamó, con su cosmos invernal al máximo.
Los muros comenzaron a temblar, minúsculas piedras caían como granizo sobre ellos.
— Peco al imitar el mayor defecto de los mismos dioses —Caesar meditó, murmurando con solemnidad—… pero al final no nos queda más que aceptar que fuimos hechos a su imagen y semejanza. ¡Vamos guerrera de Phecda, golpéame con todo tu poder! ¡Que tu vida se extinga con la misma ferocidad que te caracteriza! —la incitó.
Elke de Phecda Gamma cerró los ojos, sonriente. Al abandonar la casa de Freya, estaba preparada para morir en cualquier posible escenario. Podía agradecer cuando menos que su espíritu quedaría libre entre las montañas que tanto amaba. Esa idea era lo único con lo que podía confortar su alma ante la decisión que había tomado.
Su cosmos se transformó en una densa brisa de luz y hielo. Su figura fue consumida dentro de una esfera luminosa que giraba con la fiereza y velocidad de un ciclón.
¡Ilusión alpina! —Elke rugió dentro del vendaval que se transformó en un gran meteoro.
Caesar abrió los ojos sorprendido por el resplandor que expulsó el cometa que lo golpeó. De manera violenta fue arrastrado por el estrecho túnel, la energía que le daba forma a ese bólido raspó la roca sólida, haciendo temblar los muros, congelando las murallas y el suelo a su paso.
El rostro del Patrono se contrajo con una mueca de dolor constante, apretando los dientes ante la tensión que sentía por el cuerpo.
El Patrono de Sacred Python se estrelló contra el muro en cuanto la guerrera de Odín volvió a pisar el suelo. Caesar quedó empotrado en la pared mientras su cuerpo liberaba hilos de humo.
Elke se encorvó hacia delante, como si las hachas en sus manos pesaran más de lo habitual, pero la verdad es que estaba perdiendo todas sus fuerzas. Se forzó a sonreír al ver que su enemigo levantó la cabeza y la miró con severidad.


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Dahack, Patrono de la Stella de Arges quedó sorprendido al ser víctima de ataques invisibles a su vista.
Conforme el dios guerrero de Benetnasch se mantenía pasando los dedos por las cuerdas de su arpa, los impactos continuaban. Incluso aunque se moviera para intentar esquivarlos, estos lo alcanzaban.
Era una sensación horrible, como si cientos de piquetes le perforaban el cuerpo sin piedad. Al resentir el molesto dolor, Dahack supo que debía arriesgarse para encontrar la oportunidad de eliminarle. Empleó su velocidad en movimientos zigzagueantes para subir por las escalinatas.
El réquiem no dejó de fluir pese a que Alwar perdió de vista al enemigo, pero Dahack dejó de recibir cualquier impacto. El Patrono se detuvo por un instante, volviendo a ser alcanzado por la misma fuerza invisible de antes, comprendiéndolo al fin.
Dahack volvió a desaparecer de la vista de Alwar, mas éste prosiguió tocando sin temor, incluso cuando el Patrono se materializó a corta distancia suya.
El invasor lanzó un golpe dirigido al pecho del dios guerrero, pero su puño no alcanzó el objetivo, en vez de eso se impactó contra una superficie que sintió solida en sus nudillos, pero que sus ojos no pudieron ver.
— ¡¿Cómo…?! —Dahack alcanzó a decir antes de que Alwar de Benetnasch lo golpeara con la palma de la mano, liberando centellas de luz que estallaron sobre su cuerpo.
Atrapado dentro de esa red luminosa, Dahack gritó adolorido al caer sobre los escombros de la puerta del palacio y entre algunos cadáveres de soldados muertos.
Con semblante pacífico y sin haberse movido de su lugar,  el dios guerrero continuó con el melodioso réquiem.
El Patrono se levantó tembloroso, limpiándose la sangre que le escurrió por el rostro. Quedó pasmado al ver las manchas rojas en sus manos, tal cosa no podía ser posible a menos que algo le hubiera ocurrido a la señorita Tara. Una fuerte preocupación quiso apoderarse de él, pero se obligó a centrarse en su actual encomienda. Saberse desprotegido lo incomodó un poco, ya había olvidado lo que era ese temor al ser herido por un oponente.
Encolerizado, Dahack cubrió sus brazos con cosmoenergía rojiza, disparando violentas ráfagas contra el dios guerrero.
Las explosiones revelaron que, en efecto, los ataques impactaron contra algo, pero la melodía no se dejó de escuchar, ni mucho menos el peliblanco resultó herido.
Alwar rió ante el gesto frustrado que pudo ver en el enemigo— ¿Hasta cuándo vas a darte por vencido? No puedes hacer nada contra mi Tocata final, una técnica ofensiva y defensiva a la vez, la más poderosa en todo Asgard. Por lo qué no importa que tan rápido puedas moverte, jamás podrás alcanzarme.
— Tus estúpidas trampas, me tienen sin cuidado —Dahack refunfuñó, molesto—. Tuve que dejarme golpear un poco para encontrar el punto débil de tus artimañas —lo apuntó desafiante.
— ¿Es eso cierto? —Alwar inquirió con tranquilidad.
— Utilizas las ondas de sonido como un medio de ataque… Tu técnica es tanto ofensiva y defensiva, es cierto, pero no funcionan ambos modos al mismo tiempo… Al ser un poco duro de oído y no ser un maldito músico, tardé en advertir que cuando me atacas y te defiendes cambias la tonada… En ese minúsculo lapso de tiempo en el que haces el cambio eres vulnerable —explicó con malicia—. Sin mencionar que para atacarme necesitas mantener los ojos fijos en mí, cosa que no puedes hacer cuando empleo mi velocidad.
Alwar permaneció silencioso ante las deducciones del Patrono, provocando que éste riera con maldad.
— ¿Estoy en lo correcto, no es así? —inquirió—. Podrías seguir escondiéndote dentro de tu burbuja si quieres, pero eso volvería interminable nuestra batalla y ambos tenemos prisa por ponerle un final.
Alwar le daba la razón, sentía la urgencia de adentrarse al palacio para socorrer a la señora Hilda y Flare.
— Así que te mostraré que puedo eludir la técnica de la que te sientes tan orgulloso.
— Inténtalo entonces… pero tu exceso de confianza será tu perdición —Alwar advirtió con serenidad.

El Patrono de la Stella de Arges avivó su cosmos para iniciar el desafío impuesto. Alwar lo imitó, meditando sus opciones, eligiendo la que más le aseguraba el triunfo.
Intencionalmente, Dahack corrió hacia Alwar con el puño extendido a una velocidad mucho más baja de la que puede alcanzar. Tal y como anticipó, el asgardiano no se resistió a atacarlo con su Tocata Final. En un paso decisivo, un impulso sobrehumano, Dahack pasó a moverse a una velocidad que quizá vaya más allá de la de un santo de oro.
Alwar de Benetnasch quedó conmocionado al recibir un poderoso impacto, cuando el gancho derecho del Patrono se le encajara en el abdomen.
Quedándose sin aire, Alwar recibió numerosos golpes por todos lados, sin poder defenderse, sólo pudo proteger su arpa.
De pronto, el huracán de golpes dejó de girar a su alrededor al recibir un último impacto en la mandíbula que lo elevó por los aires, cayendo por las escaleras, por encima de los restos de los invasores a los que logró eliminar con anterioridad. Rodó hasta el último escalón, cayendo en la nieve tras perder su casco.
Con el cuerpo lastimado intentó ponerse de pie, mas solo alcanzó a apoyarse con manos y rodillas, escupiendo sangre tras respiraciones entrecortadas.
— Ahora entiendes que no son presunciones mías… de entre todos mis hermanos yo soy el más veloz— dijo con prepotencia, caminando por entre los restos de sus hombres ya cubiertos por la nieve.
Alwar poco a poco pudo enderezar la espalda al apoyar un pie en el suelo.
— Confías mucho en tu capacidad… pero como te dije… —hizo temblar una sola cuerda, logrando que el Patrono detuviera su avance por mera precaución— los hombres como tú caen ante oponentes más débiles todo el tiempo, y todo por su propio ego…
Alwar de Benetnasch sonrió victorioso para contrariedad del Patrono.
Dahack resintió una presión en las piernas, al mirar descubrió que habían sido aprisionadas por cuerdas de plata. Buscó resistirse, pero no pudo escapar de los hilos que se alzaron de entre los cadáveres esparcidos por las escaleras y por los que anduvo deambulando todo el tiempo, la nieve los había escondido bien. Además, nunca imaginó que el dios guerrero sería capaz de manipular las cuerdas ya cortadas para atraparlo de esa manera, y que encima éstas volvieran a unirse a su arpa para seguir llevando a cabo el aterrador réquiem.
Envuelto por los relucientes hilos, resintió la presión de ellos conforme la música resonaba en sus oídos.
— ¡Maldito! ¡¿Tenías este sucio truco preparado todo el tiempo?! —exclamó con frustración, viendo como múltiples lesiones empezaban a marcarse en su piel.
— Tu propia soberbia te ha llevado a caer en mi trampa. Típico en hombres como tú que alardean de más sobre sus fuerzas pero que jamás se preocupan en conocer la de su oponente.
Dahack comenzó a soltar quejidos conforme las cuerdas se apretaban más a su cuerpo.
— Yo también soy observador. Eres rápido, no lo negaré, pero necesitas un impulso preciso y determinado con tu pie derecho para poder moverte a la gran velocidad de la que presumes, una vez que te detienes eres como el resto de nosotros.
 —¡E-esto… no será suficiente! —aseguró, elevando su energía con la que creyó poder liberarse, mas sólo retrasó el paso de las cuerdas ya ensangrentadas.
— Quizá no pueda romper tu armadura —admitió al ver como las cuerdas no tenían efectos sobre ella—, pero no puedes alardear lo mismo sobre la resistencia de tu piel. Verte sangrar significa que no eres diferente a mí, eres mortal y por eso puedes morir.
Dahack cerró con fuerza la mandíbula cuando las cuerdas que rodeaban su cuello se tensaron todavía más.
— ¡Y morirás! —aseguró, tocando con énfasis el arpa en sus manos.
Dahack gritó ante la agonizante tortura. Gran parte de su cuerpo se fue cubriendo por una delgada capa de sangre formada por las líneas carmesí emergentes de sus heridas.
Totalmente indefenso, Dahack sintió la muerte a punto de cortarle la cabeza. ¡Qué humillación! —pensaba avergonzado cuanto más se aproximaba el momento de la nota final.
Alwar estuvo a punto de finalizar su melodía cuando las cuerdas fueron cortadas por una veloz llamarada de fuego. Las flamas se extendieron por las hebras de plata, desintegrando las que aprisionaban al Patrono.
Confundido, Alwar buscó a quien había intervenido en su batalla. Iba a reaccionar con violencia, pero tal ímpetu frenó en cuanto reconoció la figura de un camarada en el campo de batalla.
— ¿Clyde? —musitó perplejo al verlo allí de pie, en medio del Patrono y él como si intentara protegerlo. En su mano sostenía la mítica espada de fuego, la cual retuvo a su costado— ¡Clyde! ¡¿Qué significa esto?! ¡¿En qué estas pensando?! —Alwar exigió saber. La única explicación que pudo formular en su cabeza es que el excéntrico hechicero quería satisfacer sus deseos de sangre matando él mismo al enemigo, no sería algo extraño… pero la verdad iba más allá de su comprensión.
Entendió demasiado tarde que quien estaba delante de él no era más el dios guerrero de Megrez, sobre todo cuando éste recitó un espeluznante hechizo — ¡Escudo amatista!
— ¡¡No!! —Alwar pudo exclamar antes de ser alcanzado por la ráfaga de cristales que despedazaron su arpa. Cualquier oposición de su parte fue inútil, el terrible maleficio lo aprisionó rápidamente dentro de un gigantesco ataúd de hielo amatista.
— ¡¡Clyde!! —alcanzó a gritar, en un tono que suplicaba una explicación, y que a su vez lo repudiaba por tal traición.

El Patrono vio con asombro lo sucedido, pero no alcanzó a entender la situación del todo. Dahack retrocedió con torpeza, severamente lesionado por el réquiem de cuerdas que estuvo por despedazarlo vivo.

— ¿Ésta es la clase de humanos con los que convives? Esperaba algo… diferente —escuchó decir de aquel que sostenía la llameante espada de cristal.
— ¿Quién eres? —Dahack deseó saber.
— Tu salvador —respondió, volviéndose hacia él.
El Patrono no se sintió más aliviado ante el rostro sombrío sobre el que surcaban líneas centellantes. Tenía un aspecto amenazante por el que no bajaría la guardia.
Todo se volvió un poco más confuso cuando una segunda figura descendió del cielo, pudiendo reconocer a la marioneta de Sennefer.
— Eres tú… ¿Qué demonios significa todo esto? ¡Respóndeme! —Dahack exigió ante la pasiva mirada de Masterebus quien prefirió contemplar la columna de hielo y la expresión congelada del dios guerrero de Eta.
— No tienes por qué estar nervioso —Ehrimanes pidió—, si te quisiera muerto estarías dentro de tu propio ataúd de cristal.
— Eres… un dios guerrero —el Patrono pudo confirmarlo al ver el brillante zafiro en su cinturón —¿Acaso… has decidido traicionar a los tuyos?
— Es algo más complicado que eso, sobre todo para tu pequeño cerebro — Ehrimanes respondió con una sonrisa burlona.
— ¡¿Qué dices?! —Dahack rabió, deteniéndose cuando Masterebus se interpuso entre ambos.
— Este hombre está ahora de nuestro lado —explicó con rapidez.
— ¿Y quién eres tú para decidir algo así? ¡No eres nada más que un sirviente y un…!
La espada frente a su rostro lo obligó a callar. Ehrimanes bien podría matarlo, pero al ser algo que todavía  no le convenía logró apaciguar tal deseo.
— Cuidaría mis palabras si fuera tú — Ehrimanes advirtió con un gesto molesto. Escuchar que se refirieran a uno de los suyos como esclavo le resultaba intolerante—. La gratitud no viste bien a tu raza, pero deberías comenzar a practicarla.
Dahack no iba a permitir que le hablaran de esa manera, estuvo a punto de ponerse a la ofensiva cuando Masterebus habló.
— Ninguno de nosotros tiene autoridad para decidir si este hombre es digno o no de servir a la causa —aclaró con  tranquilidad—. Lo único que podemos hacer es que los hechos hablen por sí mismos, que Caesar sea el que juzgue una vez se dé por enterado… Deberías agradecer su intervención, nosotros no íbamos a hacerlo —Masterebus confesó para furia de Dahack.
Por grande que fuera su enojo, el Patrono estaba en desventaja si se le ocurría desquitarse de ese par. Estaba lastimado y sus heridas continuaban sangrando, debía evitar confrontaciones innecesarias.
— Bien —Dahack musitó rencoroso. Sacó un pequeño y delgado frasco cilíndrico de entre su ropaje, bebiendo todo su contenido. Al final lo rompió hasta reducirlo a pequeños trozos— … no sé que hay entre ustedes dos…  pero confío en que Caesar  se encargará cuando llegue el momento —sonrió, al estar seguro que el Patrono de Sacred Python aplastaría al nuevo aliado.
— Confórmate con saber que no me interpondré en su camino, ¡todo lo contrario! Me quedaré aquí mientras ustedes terminan sus asuntos —Ehrimanes aclaró, apoyando la espada de fuego en el suelo como si se  tratara de un simple bastón.
Dahack lo miró todavía con más desconfianza, pero guardó silencio al resentir el efecto del tónico curativo.
Ehrimanes vio que los numerosos cortes en el Patrono se fueron cerrando, como si estuviera borrándolos el paso de la nieve y el viento. Pero la curación no fue perfecta, quedaron delgadas líneas ásperas en la piel, cicatrices muy sutiles que le impedirían olvidar su batalla contra el arpista.
— Aún percibo a algunos dioses guerreros por los alrededores… no hay necesidad de que vayan y los busquen, ellos vendrán hasta ustedes —Ehrimanes dijo, mirando hacia un punto en el horizonte—, uno ya se encuentra dentro del palacio —advirtió.
Masterebus podía confirmar lo mismo, percibía un cosmos llamativo dentro del castillo.
— ¿Pelearás contra tus propios compañeros para que tengamos éxito? ¿Por qué? ¿Qué ganarás tú? —insistió Dahack.
Ehrimanes mostró una sonrisa torcida, tenía sus razones personales y vengativas; no estaba dispuesto a compartirlas, pero una de ellas venía corriendo justamente hacia el Valhalla, quizá la más importante— Satisfacción… —respondió con malignidad.

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Elke maldijo su mala suerte, el enemigo no sólo estaba con vida sino ileso y libre, avanzando hacia ella para cumplir con su amenaza.
Agotada y débil, la guerrera de Phecda lanzó una de sus hachas contra la cabeza del Patrono quien sólo se limitó a mover la sien, permitiendo que el arma girara hasta clavarse con potencia en las rocas. Elke intentó  hacer lo mismo con el arma que le quedaba, mas Caesar se lo impidió al impulsarse a gran velocidad contra ella.
El cuerpo de Elke se tensó cuando la hoja de la espada azul le atravesara el estomago. Caesar empujó con más fuerza hasta que la punta de su arma se clavara contra la pared más cercana.
Elke gimió cuando su espalda golpeara el muro, soltando una serie de gritos que logró callar exigiéndose autocontrol, escupiendo sangre que alcanzó a manchar los brazos de su enemigo.
Caesar giró y movió la espada para asegurar una herida mortal. Permaneció con dura expresión junto a ella pues deseaba ser testigo de su muerte, no era bueno dejarlo al azar.
El cuerpo de la guerrera tembló, el Patrono sintió dichos espasmos al mantener las manos sobre la empuñadura.
— Sólo tomará unos segundos más —le dijo—. Herí tus órganos vitales por lo que no hay marcha atrás.
— ¿Y… vas a… quedarte a hacerme… compañía? —con el rostro cabizbajo, Elke tosió adolorida—. Qué bien… la verdad… me aterraba la idea de… poder morir sola… —sonrió sarcástica, quizá por última vez.
— Nunca debiste enfrentarte a mí tú sola. Lo que te ofrecí al inicio hubiera sido una mejor opción.
— ¿Una… mejor opción? —Elke repitió, escupiendo—. Puede ser, pero… no podía permitir que continuaras… tu camino, no…
Caesar vio el cosmos blanco de la asgardiana volver a encenderse.
— Mujer impertinente, no tiene caso que continúes con tus vanos intentos. Todo se acabó para ti —dijo con clara impaciencia, sin retroceder.
Caesar contempló sin temor cómo la guerrera intentaba levantar su hacha. No temía que lo atacara pues bastaba con un único movimiento para impedírselo.
En ese momento Caesar escuchó una serie de crujidos que lo llevaron a mirar por encima del hombro. Al contemplar el muro posterior, vio que la superficie comenzó a fracturarse por largas líneas que nacían del punto en el que el arma de Phecda se encontraba alojada.
El Patrono entendió de manera fugaz de lo que esto se trataba, pero fue muy tarde, sobre todo cuando Elke utilizara lo que le quedaba de sus fuerzas para golpear con su hacha restante el muro al que estaba clavada.
Al tratarse de las últimas llamas de su vida, nunca tuvo tal potencia como la que pudo emplear en ese instante tan decisivo. Actuando como una titánide enfurecida la fuerza fue la suficiente para lograr su cometido: un derrumbe inminente que inundaría el desfiladero, aplastándolos bajo toneladas de roca y nieve.
— ¡Maldita! —Caesar gruñó, intentando sacar la espada de su cuerpo, pero Elke se opuso empujándola contra sí  para que se adentrara todavía más a sus entrañas.
El Patrono bien puedo intentar escapar, mas dudó al saber el valor que la espada azul tenía para su señor, además la guerrera lo retuvo fuertemente por el brazo.
— ¡Los dos teníamos razón… ambos quedaremos sepultados aquí, infeliz! —Elke sonreía complacida ante el rostro enfurecido del Patrono quien la sujetó por el cuello para estrangularla.
Elke no desperdició energías resistiéndose, sabía que iba a morir por lo que no lucharía contra eso, sólo para llevarse a tal amenaza con ella. Sabía que si ese hombre pasaba por el desfiladero, llegaría a la casa de Freya.

Desde el principio, Elke había estado siguiendo el rastro de este hombre en particular ya que era del que percibía el más peligroso cosmos latiendo en su ser. En cuanto adivinó su destino supo que no tenía caso intentar huir, ni tampoco abrigó la idea de que pudiera vencerle. Al acudir allí, enfrentársele, fue únicamente con la idea de morir junto a él. Durante la batalla buscó la manera sutil de ir debilitando las murallas y así, al final, lograr el derrumbe deseado.
Si se lo hubiera dicho a Freya, la muy obstinada habría insistido en acompañarla, pero no podía permitir tal cosa.

En su último pensamiento, Elke se preguntó con tristeza si alguna vez la temperamental Freya se daría cuenta de su verdadera intención… Y gracias a la visión de una valkiria montada sobre un hermoso caballo blanco acompañándolos, tuvo la seguridad de que así sería.
En el momento en que le quebraron el cuello, las paredes montañosas se vinieron completamente abajo, produciendo feroces estruendos y una gran avalancha.

-/////-

Freya abrió los ojos sorprendida, reteniendo la respiración. El nombre de la guerrera de Phecda escapó de sus labios que temblaban por la conmoción. El cosmos de Elke se apagó después de una larga agonía.
Desde el balcón principal había seguido la batalla con interés. Su razón y corazón lucharon uno contra el otro a cada segundo, pero logró mantenerse en la vigilia nada más, confiando en que su compañera sería capaz de ganar la batalla…
La tormenta apenas y fue capaz de ocultar los sonidos del derrumbe suscitado a lo lejos. Freya agachó la cabeza con un gesto de pesar. Permaneció con los ojos cerrados por largos minutos en los que sollozó por la guerrera caída.
Sus lágrimas no sobrevivieron al ambiente, por lo que no dejaron rastros notorios en su rostro. Dio un fuerte suspiro tras el cual buscó sobreponerse al remordimiento.
Caminó de prisa hacia el interior de la mansión, bajó hacia el salón, buscando a su madre quien esperaba junto a la chimenea.
— No podemos esperar más, nos iremos ahora —avisó, buscando al príncipe por el lugar, mas no lo encontró—. ¿Dónde está Syd?
La mujer mayor se levantó con semblante preocupado— En cuanto te marchaste hizo un puchero y se encerró en el cuarto de visitas, no ha querido salir por mas que le he insistido.
— ¿Qué? ¿Por qué se lo permites? Que traigan la llave maestra, no tenemos tiempo para sutilezas ahora —dijo malhumorada, emprendiendo su marcha hacia la segunda planta.
Su madre, quien iba tras ella, le ordenó a una sirvienta traer las mencionadas llaves— ¿Qué querías que hiciera? Creí que era lo mejor, no sólo porque no quería importunar al príncipe del reino, sino que tras lo que está pasando entiendo su berrinche… pese a todo sigue siendo un niño pequeño, tú eras justamente igual, necia y orgullosa, no querías escucharme.
— En cualquier otro momento lo entendería madre, pero no hoy —la pelirroja respondió a secas.
— Bueno, cuando tengas tus propios hijos veremos qué tan firme es tu mano hacia ellos —rió divertida la mujer.
Al llegar ante la puerta de la habitación, Freya calmó un poco su humor, teniendo la delicadeza de tocar primero, esperando que el niño desistiera de su actitud malcriada. No importó qué tan amable fue su voz, ni sus disculpas por lo ocurrido, no hubo respuesta y eso alarmó de golpe a la guerrera de Odín, quien imaginó lo peor al ver que un copo de nieve se deslizó por debajo de la puerta.
No esperó a que la llave maestra llegara a sus manos cuando rompió la manija y el seguro. Al entrar sintió la brisa gélida por toda la habitación, la cual se coló por una ventana que quedó entre abierta.
Aunque la señora de la casa lo llamó alarmada, Syd no respondió. Freya miró rápidamente por la ventana, imaginando que el pequeño rapaz había salido por allí y de algún modo pudo bajar. Descartó que alguien ajeno haya entrado y se lo hubiera llevado al ver una improvisada cuerda hecha con sabanas colgada del ventanal.
— ¡No puedo creerlo! —rabió, negándose a pensar si quiera que Syd estuviera del camino hacia el Valhalla, pero mientras más lo pensaba más sentía que esa era la realidad. ¿Cómo y para qué? Eso aún lo tenía que descifrar. Pidió a los sirvientes que buscaran por la casa y los alrededores algún rastro mientras se vestía con su manto divino, pero su sexto sentido le advertía que debía encontrarlo y muy pronto. El peligro aún se palpaba en el aire.

FIN DEL CAPITULO 29

domingo, 22 de julio de 2012

El Legado de Atena. Capitulo 28.


14 años atrás, en el extremo norte de Europa.

Durante la noche una intensa tormenta azotó los valles congelados, dejando los caminos intransitables y a los pueblos incomunicados. En la mañana el cielo se encontraba totalmente despejado y azul, sumiendo todo en una atmósfera tranquila en la que hasta el mismo viento dejó de soplar.

Sólo una figura se atrevía a andar por las llanuras limpias, rompiendo la armonía del pacifico ambiente, manchando con su presencia y con su pecado la pureza del paisaje. Se trataba de un joven.
Su cabello turquesa se encontraba enmarañado y cubriéndole gran parte de la cara, sólo un pantalón entallado lo privaban de la desnudez total. Caminaba de manera torpe y cansada, arrastrando los pies en la nieve. Sus brazos colgaban con pesadez de sus hombros, encorvado hacia al frente como si estuviera a punto de dejarse caer.
Respiraba con una dificultad tremenda, exhalando el aire como un animal desesperado. En su cuerpo había rastros de sangre, sobre todo en las manos, brazos, mentón y cuello, pero no había heridas visibles en él...
Con el rostro ensombrecido llegó hasta el tronco de un árbol seco al que se sujetó con el mismo énfasis que un niño abrazaba a su madre.
Tensando la mandíbula, el joven sufría de dolores y sensaciones que no era capaz de soportar. Era dominado por un hambre voraz imposible de controlar, un apetito que lo ha llevado a varias chozas, dejando un camino de muerte y devastación del que no era consciente.
Ahora buscaba más. La necesidad de devorar era el anhelo que sometía su humanidad, relegándola a lo más profundo de su mente casi al punto de extinguirse. Sólo podía seguir caminando como un ente errante hasta encontrar  más comida.
Volvió a ponerse en marcha, encontrándose con más arboles marchitos por el camino sobre los que solía impulsarse para avanzar. De pronto, se detuvo al escuchar un sonido que casi lo hizo entrar en frenesí. Se giró hacia un costado sabiendo que allá encontraría más presas.
Avanzó por el bosque, siguiendo el constante sonido que terminó por conducirlo  a la orilla de un río. Caminó un tramo más, acercándose a donde nacían esos lamentos. Sintiéndose morir de hambre, trotó lo más rápido que pudo, sintiéndose exasperado conforme los llantos se hacían cada vez más fuertes.
En cuanto lo tuvo a la vista disminuyó la velocidad de sus pasos, acercándose lento y vacilante.
Se encontró con un bebé, envuelto en una franela blanca dentro de la que se revolvía llorando desconsolado. Era tan pequeño, dos meses de edad como máximo.
El joven errante se detuvo en cuanto tuvo al infante a sus pies, observándolo en silencio. Se acuchilló sobre él para después mirar hacia los alrededores, sin encontrar a alguien más, ni siquiera huellas que delataran la presencia de otro ser vivo que hubiera podido dejar al bebé allí junto al río.
Su cuerpo tembló de manera frenética, sujetándose la cabeza en un efímero intento por detenerse o cuando menos obligarse a dar media vuelta y correr, pero no era tan fuerte…
El joven tomó al bebé entre sus manos ennegrecidas por la sangre, apartando el manto que envolvía a la criaturita de piel suave y sangre tibia. Descubrió que se trataba de un varoncito de cuyo cuello colgaba un largo collar dorado con un emblema circular, pero no le tomó importancia. Ni el llanto ni las lágrimas lo hicieron desistir, abrió la boca como un animal salvaje, dispuesto a arrancarle la vida al niño a mordidas. Sin embargo cuando estuvo a punto de cerrar las fauces sobre él, la insignia dorada destelló con un cegador fulgor, impidiendo tal atrocidad.
El joven aulló como bestia embravecida sintiendo que esa luz le quemaba la piel. Soltó al bebé, tapándose los ojos adoloridos mientras retrocedía tropezando contra sus propios pies. Invadido por un profundo malestar, cayó de rodillas, comenzando a expulsar por la boca una gran cantidad de sangre de aspecto desagradable.
El joven vomitó de manera incontrolable hasta que se purgó de todos los falsos nutrientes con los que había envenenado su cuerpo mortal. Cada segundo fue una tortura asfixiante de la que no podía escapar. Cuando finalmente terminó, se desmayó exhausto sin saber de sí.

Al despertar el cielo lo recibió con un color gris muy pálido, el joven contempló hipnotizado los  copos blancos que comenzaban a caer. Pestañeó un par de veces, confundido, débil y muy desorientado.
Escuchó unos sollozos y pucheros que hicieron que moviera la cabeza hacia un lado. Sorprendido, descubrió al bebé que apenas se movía a unos cuantos metros de él.
El joven intentó levantarse con dificultad, arrastrándose hacia el infante. Notó el charco de sangre en el que despertó, deduciendo cosas terribles en su mente.
Dudó en tomar al bebé con sus manos sucias, encontrando el manto con el que volvió a envolverlo. Al ponerse de pie, llevando al niño en brazos, se topó con una horrible visión de si mismo gracias al reflejo en el río.
Sus ojos verdes se abrieron enormemente, apenas se reconoció bajo ese aspecto descuidado y deteriorado, pero sobretodo quedó absorto por los rastros carmesí en su cara. El darse cuenta que su experimento fracasó le quitó el aire, el joven pareció olvidar cómo respirar
Le fue evidente que había hecho cosas horribles... ¿a cuántos habría matado esta vez? Se preguntaba con horror. Sólo le bastaba mirar al bebé para imaginar que había asesinado a sus padres pero… ¿cómo es que seguía vivo? ¿Por qué no lo mató también?

El joven reprimió un grito de frustración, casi lloró, pero ahogó todo enojo y desilusión en cuanto el niño volvió a llorar con fuerza. La necesidad de salvarlo se volvió el único pensamiento lúcido del que podía valerse por ahora. Se centró en tratar de descubrir en qué lugar estaba. Le tomó un poco descubrirlo, pero gracias a la formación de los árboles y la anchura del arroyo supo que se encontraba frente al río “Aifor”.


Capitulo 28.
El vórtice de la tormenta, parte IV.
Hermanos del abismo

Aifor de Merak alcanzó a interceptar a la horda enemiga que subía por la empinada vereda al sur del acantilado. Ese camino era tan estrecho y peligroso que los habitantes de la región lo evitaban. Sin mencionar que ocasionaba vértigo gracias a la gran altura que alcanzaba.
Aifor contó a ocho guerreros que se detuvieron ante su presencia. El tener dominado el terreno alto era una ventaja táctica por la que aseguraba su victoria.
— Todos ustedes se han condenado a terminar en el mar congelado que hay abajo —el joven expuso la falta de consideración que tendría hacia ellos.
Ninguno de los guerreros poseía un cosmos peligroso, pero aun así entendía que permitirles avanzar complicaría la situación en el Valhalla. Sin miramiento alguno, Aifor comenzó a bajar los escalones hacia ellos. Por el reducido espacio enfrentó uno a uno cuando se lanzaban con sus puños sobre él. El dios guerrero les sujetaba los brazos, les torcía las muñecas con gráciles movimientos que los confundía hasta golpearlos en el pecho de manera inesperada, dejándolos caer hacia las violentas olas que estallaban contra las paredes de roca. Cuando le hizo lo mismo a  tres de ellos, el resto retrocedió para que un cuarto valiente empleara su poder. Las ráfagas de luz se dirigieron hacia el dios guerrero quien atinó a mover los brazos y que su cosmos creara una gruesa capa de hielo que recibió el impacto, estallando en cientos de fragmentos.
Aifor aprovechó la distracción del estallido para emplear  su técnica de viento gélido. El aire congelado empujó a otros tres al vacío en un torbellino de alaridos.
Avanzó más, notando la conmoción en sus enemigos. Uno se aventó contra él, Aifor únicamente movió el brazo para derribarlo hacia el acantilado con un solo puñetazo. Llegó hasta el último invasor, quien del mismo modo intentó probar su destreza en combate cuerpo a cuerpo, pero no tuvo éxito alguno.
El dios guerrero lo sometió, torciéndole un brazo con tremenda facilidad para mantenerlo de rodillas al suelo.
— Ahora que ya no hay más distracciones, dime ¿qué pretenden al venir a Asgard? —Aifor cuestionó con frialdad, tirando de ese brazo que estaba a punto de dislocarse de su hombro.
El guerrero gimió adolorido, apretando los dientes y lanzando una mirada furiosa al joven como respuesta.
Aifor encendió su cosmos flameante, incendiando todo el brazo del hombre quien gritó con desesperación ante el dolor y las llamas.
— Si no me dices lo que quiero saber el fuego irá cubriendo otras partes de tu cuerpo —explicó, sin que las flamas se apagaran por la fuerza de la tormenta—. Será una tortura agonizante por lo que te advierto que no es el momento de ser valiente.
El hombre balbuceó presa de la agonía, algunas  palabras empezaron a salir pero resistió hasta el final.

Cuando Aifor de Merak percibió cómo el cosmos de Clyde de Megrez se extinguió, perdió total concentración. Su mismo cosmos se esfumó con el de él, girando la cabeza hacia donde fue el último lugar en el que lo sintió.
La inesperada impresión lo sumergió en un profundo trance que le impidió estar preparado para no caer por el acantilado.
Un grueso látigo se enredó por su pierna, jalándolo hacia el vacío. Al mirar por  la orilla, Aifor notó cómo uno de los guerreros había alcanzado a aferrarse a la pared rocosa. Pudo haber maniobrado para zafarse pero, cuando el hombre que tenía de rodillas se impulsó sobre él todo fue inútil.
Se sofocó como si un toro lo hubiera empujado hacia el abismo. El hombre se sujetó a él para asegurarse de que no pudiera escapar, del mismo modo lo hizo el dueño del látigo con quien unió fuerzas.
Aifor resintió varios golpes contra las piedras salientes, chocando constantemente contra la pared rocosa, perdiendo su casco en el trayecto.
En la caída, uno de los invasores se aferró tanto a su brazo que terminó rompiéndoselo por los bruscos golpeteos.
Por el dolor sufrido dentro de ese bólido de confusión y fuerza, Aifor expulsó su cosmos, envolviéndose completamente en llamas. La energía expulsó a los enemigos fuera de la bola de fuego que por un instante formaron.
Con un sólo brazo para buscar detenerse, el dios guerrero manoteó desesperadamente contra el muro rocoso hasta que por obra de Odín logró sostenerse de algo firme.
Resintió todo el peso de la caída y la velocidad en su hombro, pero logró resistir. Aifor permaneció conmocionado, sujetando la milagrosa roca que le salvó. Con ojos asustadizos mantuvo la vista hacia el frente. Se aventuró a mirar hacia abajo y ver en la distancia los peñascos contra los que azotaron sus enemigos quienes fueron devorados por el mar y las furiosas olas.
Aifor observó su brazo derecho colgando como un miembro inútil  que le dificultaría todavía más las cosas. Alzó la vista, viendo el imposible trayecto que debía escalar si quería salir de allí.
Él mismo golpeó su frente contra las rocas,  un insignificante castigo para tan patético descuido. Desde pequeño, cuando cometía errores como esos solía recibir una paliza por parte de su maestro para aprender la dura lección, y ahora…
Su maestro… ¿de verdad habría muerto? Se preguntaba acongojado, pegando el rostro contra el muro como si se tratara del hombro de un amigo en el cual deseaba llorar, mas las lágrimas no llegaron a brotar. Aifor se sorprendió e ilusionó cuando volvió a detectar el cosmos de Clyde de Megrez en la lejanía. Levantó una vez más la vista hacia la cima con esperanzadora actitud pese a que no entendía lo que estaba ocurriendo a lo lejos. Es cierto que se trataba de la presencia de su mentor pero… había algo diferente en él… su esencia se había vuelto un poco más caótica que de costumbre.
No tenía más opción que subir y averiguarlo por él mismo. Guardó todos los dolores y miedos en una parte recóndita de su ser, sólo así encontraría una salida de su penoso problema.

-///////////////////////////////

La guerrera Elke permanecía de guardia en una de las terrazas del segundo piso. Vistiendo su ropaje sagrado resaltaba entre la tormenta, imponiéndose a la furia de la naturaleza que no lograba mover más que sus cabellos.
Pese a todo logró mantenerse en la mansión, supervisando con sus sentidos el curso de las batallas y los movimientos de amigos y enemigos. Debió reprimir su verdadero humor sólo por petición de Freya.
El príncipe no necesitaba saber lo que estaba pasando, era muy pequeño por lo que no querían conmocionarlo. Entre Freya y su madre lograron distraerlo una vez que notara la ausencia de Bud, algo con lo que Elke no estaba de acuerdo. Syd no era un niño ordinario, nació en una cuna que exigía una crianza diferente, una en la que entendiera con rapidez la clase de vida que le aguardaba en su adultez, por lo que ciertas consideraciones no deberían serle cedidas.

La mujer permaneció con los ojos cerrados la mayor parte de su estancia como vigía, pero Freya notó la repentina impaciencia de su compañera cuando ésta comenzara a golpear el piso con un movimiento repetitivo de su pie.
Freya abandonó la calidez del interior de la mansión para pasar hacia la terraza y decir: —Elke, sé lo que estás pensando. Desiste, es una orden —exigió con tono autoritario.
— ¿Me ordenas? Ja, sólo cuando te conviene quieres el puesto de comandante, eres bastante oportuna —la guerrera Elke respondió, manteniéndose de espaldas.
— El señor Bud fue quien dispuso que mantuviéramos nuestro puesto, esto no tiene nada que ver conmigo —le recordó, suspirando—. Entiendo tu sentir, créeme, pero nuestro deber es claro.
— No sólo Sergei ha caído, hace un momento el cosmos del mago quejumbroso también sucumbió —explicó para sorpresa de Freya—. Aún sabiendo eso ¿te atreverás a decirme que debemos permanecer aquí?
La pelirroja lo meditó en silencio, pero al final su convicción seguía siendo la misma —El príncipe es nuestra prioridad. Debemos confiar en nuestros camaradas, ¿crees tan poco en ellos?
Elke de Phecda Gamma finalmente se giró para confrontarla, dudando un instante al descubrir algo que decidió no compartir con Freya— No tienes idea de la clase de cosas que están allá, caminando entre la nieve —dijo con fuerza, señalando hacia la tempestad—. Es cierto, Sergei, Clyde y Aifor han logrado reducir la cantidad de enemigos pero los más peligrosos siguen intactos y avanzan hacia donde se encuentra la señora Hilda —explicó malhumorada—. ¡¿Quieres tener un rey con un corazón endurecido por la orfandad y la tragedia?! ¡Bien, si eso es lo que quieren adelante, en todo caso yo no soy asgariana, me importa muy poco el futuro de esta tierra, puedo irme cuando lo desee!
— ¡Elke, no es momento para que hables así! —Freya se enfureció.
— Sólo digo la verdad, hasta el mismo Bud no parecía muy seguro de que pudiera volver con vida, incluso nos ordenó escapar si la situación se complicaba. Pues te lo digo de una vez Freya, lo hará —predijo—, más te vale tomar al niño y huir cuanto antes, pero yo no tengo que obedecerlos.
— ¡Eres una guerrera sagrada de Odín, sabes tus deberes!
— Yo soy libre de hacer lo que me plazca —Elke espetó con determinación—, ese es el convenio que tengo con la señora Hilda. Hasta ahora no había tenido objeciones, por lo que era fácil seguirles el juego, pero en esta ocasión no será así.
Freya se acercó más, conteniendo las ansias de abofetearla —Dices que no te importa el futuro de Asgard pero aun así te empeñas en ir a pelear. No eres buena mintiendo —aclaró, desafiándola con la mirada.
La guerrera de Phecda la miró a los ojos sólo unos segundos ya que prefirió sostener la mirada de alguien más.
— Si eso crees entonces tendrás la oportunidad de mostrarme tu habilidad para mentir Freya. Quizá pueda aprender a hacerlo mejor.
La sonrisa de Elke le advirtió a la pelirroja que alguien más los acompañaba en la terraza. Se volvió rápidamente para encontrarse con el joven príncipe quien las miraba con claro espanto y sobresalto.
— Syd —lo llamó Freya casi sin aliento—… ¿desde cuándo estas…?
— ¿Qué está pasando Freya? —preguntó el niño—. ¿Es cierto que mi papá no va a volver?
Freya se giró furiosa hacia Elke quien le dedicó un gesto prepotente. El príncipe estuvo escuchando la mayor parte del tiempo y ella no se lo advirtió.
— Por supuesto que regresará, no tienes porque dudarlo —le dijo la pelirroja, sujetándolo por los hombros en un intento por hacerlo entrar a la vivienda. Sin embargo Syd no le creyó, de un movimiento se agachó para pasar por un lado de ella y preguntárselo a la guerrera de Phecda —¿Es cierto todo lo que dijiste?
— Syd, por favor —Freya le suplicó, volviéndolo a tomar por los hombros— Elke, guarda silencio —le advirtió con resentimiento.
Mas Elke no se sintió intimidada. Lanzó una mirada hacia el horizonte para después volver a prestarles atención —Tú eres el príncipe de Asgard, no tengo porque mentirte. Ordénamelo y te hablaré con la verdad —fueron sus palabras.
— Suficiente —Freya cargó al príncipe pese a que intentó oponerse—. Elke, márchate si eso es lo que deseas, pero no creas que me olvidaré de esto. Yo misma castigaré tu desacato una vez que todo haya terminado —le avisó sin mirar atrás.
Elke de Phecda Gamma sonrió satisfecha. Sin remordimiento alguno se lanzó a correr entre la ventisca, siendo claro su objetivo.

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Masterebus sobrevoló varios kilómetros entre la tempestad siguiendo la presencia de uno de los dioses guerreros. Aunque detectó que otros esbirros lo retaron era fácil saber que no tendrían oportunidad para vencerle, por lo que se apresuró a darle caza y tal vez salvar a una que otra desdichada alma.
Aumentó la velocidad al percibir el extraño escenario en que ese cosmos desapareció unos minutos para renacer con una fuerza y esencia diferente. Intrigado por tal suceso  es que llegó hasta el lugar.
Distinguió dos siluetas tendidas en el suelo, con nieve carmesí bajo ellas. Un tercer individuo era el único que se movía, estaba acuclillado sobre uno de los cuerpos.
Masterebus descendió a espaldas del sujeto, batiendo las alas para dejarse notar pues no estaba en él atacar a traición.
El hombre de cabello turquesa permaneció encorvado sobre el cadáver del que estaba alimentándose.
Sin bajar la guardia, Masterebus estudió el cuerpo femenino que se encontraba tirado a unos cuantos metros de distancia, perturbándole un poco la forma en la que su abdomen fue abierto con brusquedad, como si alguien hubiera estirado la piel hasta romperse. También tenía perforado el pecho y en ninguno de esos dos agujeros era visible algún órgano.
El escenario le fue muy familiar, mucho más cuando el dios guerrero le habló.
Tenía mucho tiempo sin ver a otro hermano en este plano de existencia… Debo admitir que eso me causa dicha —dijo en un dialecto que le sorprendió escuchar de la boca de un humano, un lenguaje que sólo las criaturas de las profundidades conocían.
El dios guerrero de Megrez se levantó, caminando por encima del cadáver para girarse hacia el recién llegado
Ven. Ya que este encuentro debe celebrarse compartiré contigo mi alimento —le ofreció servirse de lo que yacía a sus pies.
Masterebus prestó atención a los ojos centellantes y a las grietas luminosas en el rostro del dios guerrero.
¿Quién eres tú? —preguntó con desconfianza en la misma lengua.
Tengo demasiado tiempo sin usar mi nombre… para los Alberich sólo fui una sombra que decidieron olvidar dentro de una bóveda… pero puedes llamarme Ehrimanes.
¿Qué eres?
¿Acaso no reconoces a alguien de tu propia especie? Supongo que en este patético estado no puede resaltar mi verdadera esencia, pero es algo que podré arreglar pronto —explicó, sosteniendo la recelosa mirada del guerrero alado—… No me mires de esa manera, según percibo tú también vives una situación similar a la mía… eres un habitante del Abismo, como yo.
No somos como tú… —Masterebus aclaró, dudando de lo que escuchaba.
Que ustedes hayan podido venir a este mundo con sus cuerpos originales es algo que envidio, pero no todos tenemos esa suerte. Yo fui uno de los muchos que los humanos arrancaron de la Profundidades hace cientos de años. Me degradaron a una existencia de parásito y peón para involucrarme en sus absurdas guerras… Sólo hasta que dije “Basta” comprendieron el peligro que representaba, y desde entonces fui confinado a la oscuridad… pero siempre esperé el momento en que algún rayo de luz me mostrara la salida… y así fue… —se palpó el pecho, sonriente—. Debí aguardar durante años a que un mocoso curioso girara la llave de mi liberación —explicó con ironía.
Masterebus recordó a su amo ante tal historia. Para encontrar la verdad se dejó guiar por sus instintos, pudiendo reconocer la naturaleza atrapada bajo esa apariencia humana— Entiendo, eres como un pez que jamás podrá abandonar su pecera.
— Podría decirse… Si hablamos así tienes razón, jamás podré regresar al profundo mar del que fui sacado… pero como te dije antes no te sientas superior a mí, tú no eres diferente. Tu pecera fue destruida y sólo sobrevives ya que otro de los nuestros accedió a hospedarte en la suya, ahora están destinados a compartir el mismo espacio… a eso llamo hermandad.
Masterebus se impresionó un poco, no tuvo que explicar nada y la criatura comprendió todo sobre él.
Escogiste un mal momento para emerger de tu prisión. No sé qué tanto sepas pero los dioses guerreros de Asgard deben ser aniquilados, tenemos órdenes.
Oh, me suena como un desafío ¿acaso piensas retarme? —el llamado Ehrimanes inquirió sarcástico—. Por supuesto que sé lo que pasa, sé lo mismo o incluso más que el mismo Clyde de Megrez. A mí no me interesa lo que tú y tus amos buscan aquí, pero gracias a todo esto me vi beneficiado así que me-e… siento ligeramente-e… en… deud-a… —balbuceó sin quererlo.
El cuerpo del dios guerrero de Delta se contorsionó como un títere cuyos hilos se enredaron unos con otros. Interpuso las manos para no caer completamente al suelo.
Ehrimanes lanzó un bufido furioso antes de poder volver a hablar —Como ves… no estoy en el mejor de mis momentos… aunque tenga el control… no puedo deshacerme de Clyde… Necesito fortalecerme… para que no me estorbe… ¡Debo comer… más, mucho… más! —explicó con altibajos de voz, intentando arrastrarse inútilmente en la nieve para ir en búsqueda de carne fresca.
Masterebus lo miró con lástima, sintiéndose identificado pues él también sufrió la agonía de perder su cuerpo. Recordó lo mucho que agonizó y pensó ante su amo hasta que éste finalmente le salvará la vida. Sennefer le dio la oportunidad de renacer como una criatura nueva y más poderosa ¿acaso él no podría ayudar a un hermano caído de la misma forma?
Se reprendió por pensar así, él no tenía la habilidad del Patrono, pero al tratarse de alguien como Ehrimanes intuyó que algo podía hacer. Sin pensarlo más, Masterebus caminó hacia un delirante Ehrimanes quien balbuceaba incoherencias por su lucha contra la voluntad de Clyde de Megrez.
Masterebus se hirió la muñeca, sus garras se marcaron en el guantelete de la armadura, dejando salir el fluido negruzco que tanta conmoción causaba ante quienes peleaba.
El olor de la sangre atrajo la atención de Ehrimanes quien sólo se le quedó mirando fijamente.
— Hermano, entendemos tu aflicción. No hemos vivido lo que tú pero al ser hijos del Abismo nos causa un conflicto que podríamos catalogar como pena… Parte de nuestra sangre aún no ha sido corrupta por la humanidad que nos da forma, compartiremos contigo la fuerza de esa misma sangre, la que esperamos te permita prevalecer.
Ehrimanes escondió la cara, pudiendo sonreír con clara maldad. Tal oportunidad no la desperdiciaría, jamás imaginó que se reencontraría con alguien de su especie, ni mucho que éste lo ayudaría.
Masterebus aguardó a que su congénere hiciera el resto. Lo vio revolverse en espasmos dolorosos, incluso en un momento pensó en defenderse ya que parecía que el guerrero tenía intenciones de atacarlo. Ehrimanes logró sujetarlo por el brazo, y tras un gran sobreesfuerzo pudo llenar su boca con la preciada sangre.
Masterebus permaneció inmóvil e indiferente, pero cuando comenzó a sentir dolor y debilidad, exigió que lo soltara, mas su hermano estaba poseído por un apetito insaciable. No tuvo más remedio que apartarlo de un golpe con sus alas.

Ehrimanes cayó en el suelo, pareciendo muerto. Tras unos cuantos segundos pudo ponerse de pie por sí mismo, sonriendo satisfactoriamente tras haber recuperado el control total.
Eso… estuvo bien…
No te acostumbres —aclaró el sirviente de Sennefer, sanando su herida—. No lo volveremos a hacer. Esperamos encuentres el tiempo suficiente para solucionar tu problema.
Ya tengo algo en mente… Lo que has hecho por mí jamás lo olvidaré —respondió la criatura que había usurpado el cuerpo del dios guerrero de Megrez, haciendo una reverencia—. Puedes considerarme tu aliado a partir de ahora.
No necesitamos nada de ti.
Desearía conocer a la persona a quien le sirves —insistió.
Él está fuera de tu alcance por ahora.
¿Podrías saciar mi curiosidad cuando menos? Nada te cuesta charlar un poco conmigo. Tengo muchas preguntas.
Nada de esto te concierne… —Masterebus susurró en advertencia.
Sólo deseo armar el rompecabezas tan extraño que se ha formado aquí. Los hombres que murieron a manos de mi homónimo eran seres humanos sin nada especial, pero en cambio este par —refiriéndose a los caídos—, son… almas que usurparon un cuerpo vivo. Creí que algo así estaba penado en el mundo de los humanos, quien lo hizo debe tratarse de alguien de gran poder, aun muertos siento su influencia sobre estos restos —Ehrimanes dijo pensativo—... Igual me desconcierta que alguien de nuestra especie sea capaz de caminar entre los hombres con tanta libertad… ¿Qué clase de persona ha sido capaz de reunir tal armada y con qué motivo? Ese es el enigma.
Masterebus no respondió al instante. El llamado Ehrimanes poseía una percepción e intuición muy elevada… comenzaba a creer que había sido una mala idea el haberle ayudado.
Quienquiera que sea tu amo, comienzo a entender porque te humillas a la servidumbre.
Nuestro amo y aquel a quien admiras sin conocer son individuos diferentes, no te equivoques —Masterebus corrigió, dándole la espalda.
— Desearía conocerlo.
— Eso no es algo que nosotros podamos arreglar.
— Si permanezco contigo quizá tenga la oportunidad.
Haz lo que quieras, mas no podemos asegurarte nada. Si Caesar, el Patrono de Sacred Phyton te considera una amenaza, te eliminará sin titubeos. Él es el hombre de más confianza del señor Avanish.
¿Tan fuerte es ese hombre, o es que acaso estas subestimándome?
— A nosotros no tienes que demostrarnos nada, si quieres llegar al señor Avanish haz algo que llame su atención y quizá te dé la oportunidad. Caesar puede ser la llave que te lleve a él —Masterebus no dijo más, alzó el vuelo convencido de su siguiente dirección. Aunque tenía muchas dudas respecto a Ehrimanes, pero estaba seguro que lo seguiría.
¿Avanish? —Ehrimanes repitió el nombre—. Tal vez sea la persona más interesante de este mundo... valdrá la pena buscar una audiencia con él —musitó con malicia.

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Veinte guerreros fueron los que pudieron llegar a vislumbrar el palacio del Valhalla. Recorrieron las confusas dunas blancas y montañas, pudiendo reencontrarse conforme se acercaban al castillo. Ninguno de los dos Patronos apareció entre ellos, mas decidieron no retrasar los planes.
Les sorprendió no hallar guardias que se les opusieran, pudiendo llegar a la gigantesca entrada sin problemas.
Las altas y gruesas compuertas estaban cerradas, pero no las consideraban un impedimento para abrirse camino por la fortaleza.
Frenaron cuando divisaron una única silueta interponiéndose en su andar. El rojo de su ropaje sagrado resaltó entre los copos de nieve.

La sola presencia de Alwar de Benetnasch detuvo a la horda de guerreros. Los forasteros desconfiaron por lo sucedido anteriormente en el lago, mantenerse alerta fue una precaución que tomaron todos.
El dios guerrero de Benetnasch los miró desde el último escalón, siendo el obstáculo que impediría a los invasores entrar al recinto sagrado. La frialdad de sus ojos rojos intimidó a más de uno pero no fue suficiente para hacerlos desistir.
— Retírense —escucharon con claridad pese al sonido del viento—. Esta será la única advertencia. Si uno, quien sea, se atreve a avanzar un solo paso más, condenará al resto —advirtió con rudeza.
Alwar sabía que era inútil intentar razonar con ellos, pero lo sintió como una obligación hacia la señora Hilda.
Para su beneplácito, no se equivocó. Alguien dio el paso que necesitaba para excusar las ejecuciones.
Los hombres se extrañaron cuando el peliblanco se armó con una harpa negra. Sus dedos tocaron una sola nota que resonó en los oídos de los intrusos, siendo el preludio de una terrible agonía.
Aunque todos se lanzaron al ataque, del harpa emergieron un sinnúmero de hilos brillantes que se les enredaron por todas partes. Se sintieron sometidos como si se trataran de pesadas cadenas, irrompibles pese a su delgadez.
Estaban totalmente confundidos, sin poder moverse forcejearon sólo para herirse ellos mismos pues los hilos que estaban en contacto con la piel cortaban con suma facilidad.
Al escuchar las exaltaciones de sus enemigos, Alwar comenzó a tocar una bella melodía para silenciar los grotescos sonidos que procederían a continuación.
El réquiem que se desprendió de esas cuerdas poseía una armonía celestial, como si un ser divino la estuviera interpretando, sin embargo su efecto sobre otros era muy contrastante.
En cuanto la música comenzó, los hilos plateados se tensaron sobre todos los cuerpos a los que estaban adheridos.
Manteniendo los ojos cerrados, el dios guerrero no perdía concentración pese a los alaridos que el réquiem arrancaba de las gargantas de los invasores.
Alwar se negó a ver cómo las cuerdas brillantes se enterraban sin compasión en la piel. Las armaduras que vestían se rompían como cristal, encajándose con saña sobre los tejidos, cortando con profundidad.
La melodía prosiguió hasta la última nota. La cuerda mortal vibró con fuerza y todos los hombres murieron en un instante tras gritos ensordecedores.
Las cuerdas cortaron miembros y cabezas, desbaratando sus cuerpos como piezas de juguetes deshechos. La sangre saltó por todos lados, empapando las escalinatas.
El guerrero de Eta cortó los hilos sobrantes para liberar su harpa, abriendo los ojos para contemplar el trabajo. No se consideraba un hombre despiadado, pero como guerrero de Odín debía actuar de acuerdo a sus prioridades, y tomar prisioneros no era una buena estrategia.
Alwar jamás pidió esta vida de combatiente, sólo aspiraba a ser un simple músico, pero no tenía otra salida ya que las nornas lo señalaron como el dios guerrero de Benetnasch años atrás. Nadie lo sabe pero, intentó rechazar el nombramiento, se negó a tomar la armadura y por ello fue castigado. La herida en su rostro fue un mínimo pago por su atrevimiento, pero quedó marcado de por vida en más de una forma. Su cabello blanco y ojos rojos eran el símbolo de su desacato ante los deseos de Odín.

Dejó de pensar en el pasado cuando escuchó unas cuantas ovaciones de soldados que celebraron su victoria. Al otro lado del muro había todo un regimiento, pero sólo unos pocos  fueron capaces de ver lo sucedido, siendo quienes corrieron la voz de lo acontecido.
Alwar estaba lejos de responder las aclamaciones, sólo se giró un segundo para evitar que se les ocurriera abrir las puertas de la muralla, sabía que más enemigos rondaban el palacio, debía esperar por ellos.

— Es increíble… te deshiciste de todos ellos con tanta gracia. Los dioses guerreros comienzan a impresionarme —oyó decir a su costado.
Alwar se volvió rápidamente, quedando pasmado al ver a un hombre de brazos cruzados sentado muy cómodamente en las escaleras. No se había percatado de él y se acercó tanto ¡¿cómo podía ser?!
El dios guerrero retrocedió, con la defensa en alto. Inspeccionó detenidamente al hombre que apareció como un fantasma en el lugar. Tenía la piel morena, llamativo cabello rubio, pero lo que más resaltaba eran las pinturas en su cara. Con líneas blancas, azules y negras tenía tatuados dos pares de ojos, unos arriba y otros abajo de los auténticos órganos, dando una fuerte impresión.
— ¿Desde cuándo estas aquí? —Alwar preguntó.
— No mucho —respondió alzando los hombros—… Está bien, miento, pude haber salvado a estos inútiles si hubiera querido pero… la verdad es que eran un estorbo. Cumplieron su parte por lo que ya no eran necesarios, gracias por ahorrarme las molestias de tener que hacerlo yo mismo —sonrió con descaro, dejando ver una dentadura cuyos colmillos habían sido afilados intencionalmente.
— ¿Salvarlos? Creo que te sobreestimas.
— Tómalo como quieras —dijo despreocupado, levantándose para encarar a su próximo oponente—. Bueno, la falta de acción ya estaba comenzando a aburrirme, me alegra que mis compañeros decidieran ir por otro camino, así tengo todo este parque de juegos para mí solo —el sujeto comentó con burla.
— No voy a permitir que irrumpas en el sagrado palacio del Valhalla —el dios guerrero de Benetnasch aclaró.
— Al no encontrar a ningún simple soldado durante todo el camino me hace suponer que todos están escondidos allí adentro —añadió, mirando por encima de Alwar la gran puerta del castillo—. Sabes que son inútiles y aun así quieres protegerlos, qué desperdicio.
— Me tiene sin cuidado lo que piense alguien que no valora la vida de sus propios aliados.
— Je, quiere decir que sufrirás con lo que estoy por hacer —musitó con malignidad—. Espero te hayas despedido de ellos porque ya no tendrás la oportunidad.
Ante la amenaza, Alwar lanzó su ken de forma inmediata, de su mano se dispararon un sin número de hilos de luz que estallaron al golpear el suelo.
— ¡¿Qué?! —se sobresaltó, al ver como el enemigo estaba al pie de las escaleras. ¡Ni siquiera lo vio moverse!
— Es claro tu deseo por salvarlos, ¡pero sólo provocaste que mi ansía por matarlos sea mayor! —rió de manera diabólica al mostrar un cosmos tinto rodeándolo, el cual comenzó a extenderse como una bruma espesa que cubrió poco a poco el panorama frente al palacio.
¡Dementaris! —exclamó, provocando que entre la neblina tinta se formara un rostro fantasmal, el cual gruñó mostrando una grandes fauces. El alarido ensordeció a muchos, incluyendo a Alwar quien no estaba seguro de cómo responder el ataque.
La bruma  avanzó como una marejada, pasando a través del dios guerrero, por los muros del palacio, por los soldados, por  los sirvientes. Como una peste imparable llegó hasta los lugares más recónditos del Valhalla en cuestión de segundos, penetrando por debajo de las puertas o cualquier mínima fractura de los muros.
Cegó, ahogó y aterrorizó a todos, pero no perduró.
Dahack, Patrono de la Stella de Arges vio complacido como todo el inmenso castillo estaba cubierto por la bruma. Poco a poco, el espesor de la neblina empezó a disminuir, volviendo la visibilidad.
Pese al azote del viento, la estructura del palacio quedó impregnado por la extraña bruma que terminó convirtiéndose en polvo, quedando abundantes granos oscuros en el suelo.
Dahack mostró un gesto de sorpresa al ver el brillante cosmos de Alwar de Benetnasch. El asgariano esperó alguna clase de dolor cuando la neblina chocó contra él. Atinó a envolverse con su cosmos, sirviendo como barrera impenetrable, mas nada ocurrió. A simple vista nada estaba fuera de su lugar, alcanzaba a escuchar como los guardias tosían pero respiraban lo suficiente para saberlos vivos.
— ¡¿Qué fue eso?! —el dios guerrero de Eta exigió saber.
— No te preocupes, se escuchará en —pensativo, se rascó la barbilla para comenzar a contar—… tres… dos… uno.

Un extraño barullo dio inicio en el interior del palacio. Alwar oyó como los guardias gritaban aterrados y confundidos.
— ¡¿Qué es esto?! ¡Aaargh!
— ¡¡Monstruos!!
— ¡¡Malditos!! ¡¿Cómo entraron?!
— ¡¡Ayuda!! ¡¡¿Dónde están?!! —entre otras fueron las exclamaciones que llegaron al dios guerrero.
Alwar estuvo por correr hacia el palacio pero, se detuvo por el enemigo al que le descubriría la espalda.
Dahack permaneció inmóvil, escuchando las frenéticas reacciones provenientes del Valhalla.
Alwar escuchó como la batalla inició entre los soldados y lo que sea que hubiera aparecido en el interior de la fortaleza. El sonido de espadas chocando contra otras, los golpes de escudos, los arcos dando en un blanco, el derramamiento de sangre y los gritos de batalla alarmaron al dios guerrero. Al ver su indecisión, el Patrono decidió ayudarlo a revelar la situación.
Dahack extendió el brazo hacia la puerta, generando una tremenda ráfaga violácea que impactó contra el grueso portón.
Alwar esquivó el ataque con facilidad al no ser el blanco primario. La puerta estalló sonoramente, los escombros salieron despedidos por todas partes.
En cuanto el golpeteo de la nieve y el humo le permitieron ver, el guerrero de Eta quedó absorto al observar que los soldados peleaban entre ellos, sin tregua ni consideración.
Poseídos por una furia y miedo irracional estaban matándose entre ellos, ya unos cuantos yacían inertes en el suelo, y el resto estaban heridos por las armas de sus propios camaradas.
— ¿Pero qué significa esto…? —musitó perplejo— ¡Deténganse! ¡Paren en este instante! —gritó con voz de mando, pero fue totalmente ignorado.
La risa del Patrono de Arges retumbó en sus oídos.
— ¡Tú! ¡¿Qué es esta brujería?! —Alwar le exigió saber en cuanto desplegara numerosas cuerdas plateadas hacia los hombres. Como inofensivas sogas contuvieron a los soldados que estaban al alcance. Pese a su intento de evitar que se maten entre ellos, los guerreros que estaban más retirados emplearon flechas para acabar con los aprisionados entre sus cuerdas.
— Que ironía… cuando se nos encomendó venir a aquí no imaginé que seríamos espectadores de una pequeña pero dramática reproducción de lo que ustedes llaman el Ragnarok ¿no te parece? —Dahack cuestionó sarcástico, subiendo poco a poco los escalones—. Según entiendo las leyendas dicen que vendrá el invierno llamado Fimbulvetr, con inmensas nevadas, hielos y vientos gélidos en todas las direcciones —el Patrono extendió los brazos para sentir la nieve en sus dedos—. El mundo se sumirá en grandes batallas, y los hermanos se matarán entre sí. Bastante épico —comentó burlón.
Alwar se giró por completo al enemigo que subía lentamente por las escalinatas.
— Todo esto es obra tuya, sólo tú puedes detenerlo.
— Podría claro, si quisiera… pero no es mi deseo. El veneno de mi técnica es difícil de resistir. Los débiles sucumben ante la toxina, teniendo una muerte lenta y dolorosa; pero aquellos que tienen algo de fuerza sufren alucinaciones intensas que les impide reconocer a amigos de enemigos, se ven a sí mismos rodeados por criaturas monstruosas sin darse cuenta que están destazando a sus propios compañeros de lucha —Dahak sonrió con cinismo, mostrando los colmillos que parecían los de una poderosa serpiente—. La agonía se acabará hasta que una mano piadosa los asesine. Claro que es inútil con guerreros de élite como los dioses guerreros, pero es suficiente para ahorrarnos la necesidad de lidiar con microbios.
A la mente de Alwar saltó la preocupación. La señora Hilda, la señora Flare y sus hijas ¿acaso ellas también han sido víctimas de ese maleficio?
Benetnasch preparó la lira en sus manos, haciendo sonreír al Patrono quien esperaba otra danza de hilos plateados, sin embargo cual fue su sorpresa cuando tras una simple nota salió expulsado en el aire.
Dahak sintió como una serie de golpes lo empujaron. Cayó  de pie sobre las escaleras. No vio nada que hubiera podido esquivar, por lo que el asombro se le acentuó en la cara.
Alwar volvió a pasar los dedos por las cuerdas y de nuevo Dahack resintió una serie de golpes invisibles que lo llevaron a cubrirse la cabeza con los brazos.
— Haz osado manchar el Valhalla con la sangre de los hijos de Odín, pagarás caro tu atrevimiento— sus ojos rojos brillaron como rubíes por la furia que borboteaba en su ser—. Aquí encontrarás tu final.

FIN DEL CAPITULO 28