domingo, 22 de julio de 2012

El Legado de Atena. Capitulo 28.


14 años atrás, en el extremo norte de Europa.

Durante la noche una intensa tormenta azotó los valles congelados, dejando los caminos intransitables y a los pueblos incomunicados. En la mañana el cielo se encontraba totalmente despejado y azul, sumiendo todo en una atmósfera tranquila en la que hasta el mismo viento dejó de soplar.

Sólo una figura se atrevía a andar por las llanuras limpias, rompiendo la armonía del pacifico ambiente, manchando con su presencia y con su pecado la pureza del paisaje. Se trataba de un joven.
Su cabello turquesa se encontraba enmarañado y cubriéndole gran parte de la cara, sólo un pantalón entallado lo privaban de la desnudez total. Caminaba de manera torpe y cansada, arrastrando los pies en la nieve. Sus brazos colgaban con pesadez de sus hombros, encorvado hacia al frente como si estuviera a punto de dejarse caer.
Respiraba con una dificultad tremenda, exhalando el aire como un animal desesperado. En su cuerpo había rastros de sangre, sobre todo en las manos, brazos, mentón y cuello, pero no había heridas visibles en él...
Con el rostro ensombrecido llegó hasta el tronco de un árbol seco al que se sujetó con el mismo énfasis que un niño abrazaba a su madre.
Tensando la mandíbula, el joven sufría de dolores y sensaciones que no era capaz de soportar. Era dominado por un hambre voraz imposible de controlar, un apetito que lo ha llevado a varias chozas, dejando un camino de muerte y devastación del que no era consciente.
Ahora buscaba más. La necesidad de devorar era el anhelo que sometía su humanidad, relegándola a lo más profundo de su mente casi al punto de extinguirse. Sólo podía seguir caminando como un ente errante hasta encontrar  más comida.
Volvió a ponerse en marcha, encontrándose con más arboles marchitos por el camino sobre los que solía impulsarse para avanzar. De pronto, se detuvo al escuchar un sonido que casi lo hizo entrar en frenesí. Se giró hacia un costado sabiendo que allá encontraría más presas.
Avanzó por el bosque, siguiendo el constante sonido que terminó por conducirlo  a la orilla de un río. Caminó un tramo más, acercándose a donde nacían esos lamentos. Sintiéndose morir de hambre, trotó lo más rápido que pudo, sintiéndose exasperado conforme los llantos se hacían cada vez más fuertes.
En cuanto lo tuvo a la vista disminuyó la velocidad de sus pasos, acercándose lento y vacilante.
Se encontró con un bebé, envuelto en una franela blanca dentro de la que se revolvía llorando desconsolado. Era tan pequeño, dos meses de edad como máximo.
El joven errante se detuvo en cuanto tuvo al infante a sus pies, observándolo en silencio. Se acuchilló sobre él para después mirar hacia los alrededores, sin encontrar a alguien más, ni siquiera huellas que delataran la presencia de otro ser vivo que hubiera podido dejar al bebé allí junto al río.
Su cuerpo tembló de manera frenética, sujetándose la cabeza en un efímero intento por detenerse o cuando menos obligarse a dar media vuelta y correr, pero no era tan fuerte…
El joven tomó al bebé entre sus manos ennegrecidas por la sangre, apartando el manto que envolvía a la criaturita de piel suave y sangre tibia. Descubrió que se trataba de un varoncito de cuyo cuello colgaba un largo collar dorado con un emblema circular, pero no le tomó importancia. Ni el llanto ni las lágrimas lo hicieron desistir, abrió la boca como un animal salvaje, dispuesto a arrancarle la vida al niño a mordidas. Sin embargo cuando estuvo a punto de cerrar las fauces sobre él, la insignia dorada destelló con un cegador fulgor, impidiendo tal atrocidad.
El joven aulló como bestia embravecida sintiendo que esa luz le quemaba la piel. Soltó al bebé, tapándose los ojos adoloridos mientras retrocedía tropezando contra sus propios pies. Invadido por un profundo malestar, cayó de rodillas, comenzando a expulsar por la boca una gran cantidad de sangre de aspecto desagradable.
El joven vomitó de manera incontrolable hasta que se purgó de todos los falsos nutrientes con los que había envenenado su cuerpo mortal. Cada segundo fue una tortura asfixiante de la que no podía escapar. Cuando finalmente terminó, se desmayó exhausto sin saber de sí.

Al despertar el cielo lo recibió con un color gris muy pálido, el joven contempló hipnotizado los  copos blancos que comenzaban a caer. Pestañeó un par de veces, confundido, débil y muy desorientado.
Escuchó unos sollozos y pucheros que hicieron que moviera la cabeza hacia un lado. Sorprendido, descubrió al bebé que apenas se movía a unos cuantos metros de él.
El joven intentó levantarse con dificultad, arrastrándose hacia el infante. Notó el charco de sangre en el que despertó, deduciendo cosas terribles en su mente.
Dudó en tomar al bebé con sus manos sucias, encontrando el manto con el que volvió a envolverlo. Al ponerse de pie, llevando al niño en brazos, se topó con una horrible visión de si mismo gracias al reflejo en el río.
Sus ojos verdes se abrieron enormemente, apenas se reconoció bajo ese aspecto descuidado y deteriorado, pero sobretodo quedó absorto por los rastros carmesí en su cara. El darse cuenta que su experimento fracasó le quitó el aire, el joven pareció olvidar cómo respirar
Le fue evidente que había hecho cosas horribles... ¿a cuántos habría matado esta vez? Se preguntaba con horror. Sólo le bastaba mirar al bebé para imaginar que había asesinado a sus padres pero… ¿cómo es que seguía vivo? ¿Por qué no lo mató también?

El joven reprimió un grito de frustración, casi lloró, pero ahogó todo enojo y desilusión en cuanto el niño volvió a llorar con fuerza. La necesidad de salvarlo se volvió el único pensamiento lúcido del que podía valerse por ahora. Se centró en tratar de descubrir en qué lugar estaba. Le tomó un poco descubrirlo, pero gracias a la formación de los árboles y la anchura del arroyo supo que se encontraba frente al río “Aifor”.


Capitulo 28.
El vórtice de la tormenta, parte IV.
Hermanos del abismo

Aifor de Merak alcanzó a interceptar a la horda enemiga que subía por la empinada vereda al sur del acantilado. Ese camino era tan estrecho y peligroso que los habitantes de la región lo evitaban. Sin mencionar que ocasionaba vértigo gracias a la gran altura que alcanzaba.
Aifor contó a ocho guerreros que se detuvieron ante su presencia. El tener dominado el terreno alto era una ventaja táctica por la que aseguraba su victoria.
— Todos ustedes se han condenado a terminar en el mar congelado que hay abajo —el joven expuso la falta de consideración que tendría hacia ellos.
Ninguno de los guerreros poseía un cosmos peligroso, pero aun así entendía que permitirles avanzar complicaría la situación en el Valhalla. Sin miramiento alguno, Aifor comenzó a bajar los escalones hacia ellos. Por el reducido espacio enfrentó uno a uno cuando se lanzaban con sus puños sobre él. El dios guerrero les sujetaba los brazos, les torcía las muñecas con gráciles movimientos que los confundía hasta golpearlos en el pecho de manera inesperada, dejándolos caer hacia las violentas olas que estallaban contra las paredes de roca. Cuando le hizo lo mismo a  tres de ellos, el resto retrocedió para que un cuarto valiente empleara su poder. Las ráfagas de luz se dirigieron hacia el dios guerrero quien atinó a mover los brazos y que su cosmos creara una gruesa capa de hielo que recibió el impacto, estallando en cientos de fragmentos.
Aifor aprovechó la distracción del estallido para emplear  su técnica de viento gélido. El aire congelado empujó a otros tres al vacío en un torbellino de alaridos.
Avanzó más, notando la conmoción en sus enemigos. Uno se aventó contra él, Aifor únicamente movió el brazo para derribarlo hacia el acantilado con un solo puñetazo. Llegó hasta el último invasor, quien del mismo modo intentó probar su destreza en combate cuerpo a cuerpo, pero no tuvo éxito alguno.
El dios guerrero lo sometió, torciéndole un brazo con tremenda facilidad para mantenerlo de rodillas al suelo.
— Ahora que ya no hay más distracciones, dime ¿qué pretenden al venir a Asgard? —Aifor cuestionó con frialdad, tirando de ese brazo que estaba a punto de dislocarse de su hombro.
El guerrero gimió adolorido, apretando los dientes y lanzando una mirada furiosa al joven como respuesta.
Aifor encendió su cosmos flameante, incendiando todo el brazo del hombre quien gritó con desesperación ante el dolor y las llamas.
— Si no me dices lo que quiero saber el fuego irá cubriendo otras partes de tu cuerpo —explicó, sin que las flamas se apagaran por la fuerza de la tormenta—. Será una tortura agonizante por lo que te advierto que no es el momento de ser valiente.
El hombre balbuceó presa de la agonía, algunas  palabras empezaron a salir pero resistió hasta el final.

Cuando Aifor de Merak percibió cómo el cosmos de Clyde de Megrez se extinguió, perdió total concentración. Su mismo cosmos se esfumó con el de él, girando la cabeza hacia donde fue el último lugar en el que lo sintió.
La inesperada impresión lo sumergió en un profundo trance que le impidió estar preparado para no caer por el acantilado.
Un grueso látigo se enredó por su pierna, jalándolo hacia el vacío. Al mirar por  la orilla, Aifor notó cómo uno de los guerreros había alcanzado a aferrarse a la pared rocosa. Pudo haber maniobrado para zafarse pero, cuando el hombre que tenía de rodillas se impulsó sobre él todo fue inútil.
Se sofocó como si un toro lo hubiera empujado hacia el abismo. El hombre se sujetó a él para asegurarse de que no pudiera escapar, del mismo modo lo hizo el dueño del látigo con quien unió fuerzas.
Aifor resintió varios golpes contra las piedras salientes, chocando constantemente contra la pared rocosa, perdiendo su casco en el trayecto.
En la caída, uno de los invasores se aferró tanto a su brazo que terminó rompiéndoselo por los bruscos golpeteos.
Por el dolor sufrido dentro de ese bólido de confusión y fuerza, Aifor expulsó su cosmos, envolviéndose completamente en llamas. La energía expulsó a los enemigos fuera de la bola de fuego que por un instante formaron.
Con un sólo brazo para buscar detenerse, el dios guerrero manoteó desesperadamente contra el muro rocoso hasta que por obra de Odín logró sostenerse de algo firme.
Resintió todo el peso de la caída y la velocidad en su hombro, pero logró resistir. Aifor permaneció conmocionado, sujetando la milagrosa roca que le salvó. Con ojos asustadizos mantuvo la vista hacia el frente. Se aventuró a mirar hacia abajo y ver en la distancia los peñascos contra los que azotaron sus enemigos quienes fueron devorados por el mar y las furiosas olas.
Aifor observó su brazo derecho colgando como un miembro inútil  que le dificultaría todavía más las cosas. Alzó la vista, viendo el imposible trayecto que debía escalar si quería salir de allí.
Él mismo golpeó su frente contra las rocas,  un insignificante castigo para tan patético descuido. Desde pequeño, cuando cometía errores como esos solía recibir una paliza por parte de su maestro para aprender la dura lección, y ahora…
Su maestro… ¿de verdad habría muerto? Se preguntaba acongojado, pegando el rostro contra el muro como si se tratara del hombro de un amigo en el cual deseaba llorar, mas las lágrimas no llegaron a brotar. Aifor se sorprendió e ilusionó cuando volvió a detectar el cosmos de Clyde de Megrez en la lejanía. Levantó una vez más la vista hacia la cima con esperanzadora actitud pese a que no entendía lo que estaba ocurriendo a lo lejos. Es cierto que se trataba de la presencia de su mentor pero… había algo diferente en él… su esencia se había vuelto un poco más caótica que de costumbre.
No tenía más opción que subir y averiguarlo por él mismo. Guardó todos los dolores y miedos en una parte recóndita de su ser, sólo así encontraría una salida de su penoso problema.

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La guerrera Elke permanecía de guardia en una de las terrazas del segundo piso. Vistiendo su ropaje sagrado resaltaba entre la tormenta, imponiéndose a la furia de la naturaleza que no lograba mover más que sus cabellos.
Pese a todo logró mantenerse en la mansión, supervisando con sus sentidos el curso de las batallas y los movimientos de amigos y enemigos. Debió reprimir su verdadero humor sólo por petición de Freya.
El príncipe no necesitaba saber lo que estaba pasando, era muy pequeño por lo que no querían conmocionarlo. Entre Freya y su madre lograron distraerlo una vez que notara la ausencia de Bud, algo con lo que Elke no estaba de acuerdo. Syd no era un niño ordinario, nació en una cuna que exigía una crianza diferente, una en la que entendiera con rapidez la clase de vida que le aguardaba en su adultez, por lo que ciertas consideraciones no deberían serle cedidas.

La mujer permaneció con los ojos cerrados la mayor parte de su estancia como vigía, pero Freya notó la repentina impaciencia de su compañera cuando ésta comenzara a golpear el piso con un movimiento repetitivo de su pie.
Freya abandonó la calidez del interior de la mansión para pasar hacia la terraza y decir: —Elke, sé lo que estás pensando. Desiste, es una orden —exigió con tono autoritario.
— ¿Me ordenas? Ja, sólo cuando te conviene quieres el puesto de comandante, eres bastante oportuna —la guerrera Elke respondió, manteniéndose de espaldas.
— El señor Bud fue quien dispuso que mantuviéramos nuestro puesto, esto no tiene nada que ver conmigo —le recordó, suspirando—. Entiendo tu sentir, créeme, pero nuestro deber es claro.
— No sólo Sergei ha caído, hace un momento el cosmos del mago quejumbroso también sucumbió —explicó para sorpresa de Freya—. Aún sabiendo eso ¿te atreverás a decirme que debemos permanecer aquí?
La pelirroja lo meditó en silencio, pero al final su convicción seguía siendo la misma —El príncipe es nuestra prioridad. Debemos confiar en nuestros camaradas, ¿crees tan poco en ellos?
Elke de Phecda Gamma finalmente se giró para confrontarla, dudando un instante al descubrir algo que decidió no compartir con Freya— No tienes idea de la clase de cosas que están allá, caminando entre la nieve —dijo con fuerza, señalando hacia la tempestad—. Es cierto, Sergei, Clyde y Aifor han logrado reducir la cantidad de enemigos pero los más peligrosos siguen intactos y avanzan hacia donde se encuentra la señora Hilda —explicó malhumorada—. ¡¿Quieres tener un rey con un corazón endurecido por la orfandad y la tragedia?! ¡Bien, si eso es lo que quieren adelante, en todo caso yo no soy asgariana, me importa muy poco el futuro de esta tierra, puedo irme cuando lo desee!
— ¡Elke, no es momento para que hables así! —Freya se enfureció.
— Sólo digo la verdad, hasta el mismo Bud no parecía muy seguro de que pudiera volver con vida, incluso nos ordenó escapar si la situación se complicaba. Pues te lo digo de una vez Freya, lo hará —predijo—, más te vale tomar al niño y huir cuanto antes, pero yo no tengo que obedecerlos.
— ¡Eres una guerrera sagrada de Odín, sabes tus deberes!
— Yo soy libre de hacer lo que me plazca —Elke espetó con determinación—, ese es el convenio que tengo con la señora Hilda. Hasta ahora no había tenido objeciones, por lo que era fácil seguirles el juego, pero en esta ocasión no será así.
Freya se acercó más, conteniendo las ansias de abofetearla —Dices que no te importa el futuro de Asgard pero aun así te empeñas en ir a pelear. No eres buena mintiendo —aclaró, desafiándola con la mirada.
La guerrera de Phecda la miró a los ojos sólo unos segundos ya que prefirió sostener la mirada de alguien más.
— Si eso crees entonces tendrás la oportunidad de mostrarme tu habilidad para mentir Freya. Quizá pueda aprender a hacerlo mejor.
La sonrisa de Elke le advirtió a la pelirroja que alguien más los acompañaba en la terraza. Se volvió rápidamente para encontrarse con el joven príncipe quien las miraba con claro espanto y sobresalto.
— Syd —lo llamó Freya casi sin aliento—… ¿desde cuándo estas…?
— ¿Qué está pasando Freya? —preguntó el niño—. ¿Es cierto que mi papá no va a volver?
Freya se giró furiosa hacia Elke quien le dedicó un gesto prepotente. El príncipe estuvo escuchando la mayor parte del tiempo y ella no se lo advirtió.
— Por supuesto que regresará, no tienes porque dudarlo —le dijo la pelirroja, sujetándolo por los hombros en un intento por hacerlo entrar a la vivienda. Sin embargo Syd no le creyó, de un movimiento se agachó para pasar por un lado de ella y preguntárselo a la guerrera de Phecda —¿Es cierto todo lo que dijiste?
— Syd, por favor —Freya le suplicó, volviéndolo a tomar por los hombros— Elke, guarda silencio —le advirtió con resentimiento.
Mas Elke no se sintió intimidada. Lanzó una mirada hacia el horizonte para después volver a prestarles atención —Tú eres el príncipe de Asgard, no tengo porque mentirte. Ordénamelo y te hablaré con la verdad —fueron sus palabras.
— Suficiente —Freya cargó al príncipe pese a que intentó oponerse—. Elke, márchate si eso es lo que deseas, pero no creas que me olvidaré de esto. Yo misma castigaré tu desacato una vez que todo haya terminado —le avisó sin mirar atrás.
Elke de Phecda Gamma sonrió satisfecha. Sin remordimiento alguno se lanzó a correr entre la ventisca, siendo claro su objetivo.

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Masterebus sobrevoló varios kilómetros entre la tempestad siguiendo la presencia de uno de los dioses guerreros. Aunque detectó que otros esbirros lo retaron era fácil saber que no tendrían oportunidad para vencerle, por lo que se apresuró a darle caza y tal vez salvar a una que otra desdichada alma.
Aumentó la velocidad al percibir el extraño escenario en que ese cosmos desapareció unos minutos para renacer con una fuerza y esencia diferente. Intrigado por tal suceso  es que llegó hasta el lugar.
Distinguió dos siluetas tendidas en el suelo, con nieve carmesí bajo ellas. Un tercer individuo era el único que se movía, estaba acuclillado sobre uno de los cuerpos.
Masterebus descendió a espaldas del sujeto, batiendo las alas para dejarse notar pues no estaba en él atacar a traición.
El hombre de cabello turquesa permaneció encorvado sobre el cadáver del que estaba alimentándose.
Sin bajar la guardia, Masterebus estudió el cuerpo femenino que se encontraba tirado a unos cuantos metros de distancia, perturbándole un poco la forma en la que su abdomen fue abierto con brusquedad, como si alguien hubiera estirado la piel hasta romperse. También tenía perforado el pecho y en ninguno de esos dos agujeros era visible algún órgano.
El escenario le fue muy familiar, mucho más cuando el dios guerrero le habló.
Tenía mucho tiempo sin ver a otro hermano en este plano de existencia… Debo admitir que eso me causa dicha —dijo en un dialecto que le sorprendió escuchar de la boca de un humano, un lenguaje que sólo las criaturas de las profundidades conocían.
El dios guerrero de Megrez se levantó, caminando por encima del cadáver para girarse hacia el recién llegado
Ven. Ya que este encuentro debe celebrarse compartiré contigo mi alimento —le ofreció servirse de lo que yacía a sus pies.
Masterebus prestó atención a los ojos centellantes y a las grietas luminosas en el rostro del dios guerrero.
¿Quién eres tú? —preguntó con desconfianza en la misma lengua.
Tengo demasiado tiempo sin usar mi nombre… para los Alberich sólo fui una sombra que decidieron olvidar dentro de una bóveda… pero puedes llamarme Ehrimanes.
¿Qué eres?
¿Acaso no reconoces a alguien de tu propia especie? Supongo que en este patético estado no puede resaltar mi verdadera esencia, pero es algo que podré arreglar pronto —explicó, sosteniendo la recelosa mirada del guerrero alado—… No me mires de esa manera, según percibo tú también vives una situación similar a la mía… eres un habitante del Abismo, como yo.
No somos como tú… —Masterebus aclaró, dudando de lo que escuchaba.
Que ustedes hayan podido venir a este mundo con sus cuerpos originales es algo que envidio, pero no todos tenemos esa suerte. Yo fui uno de los muchos que los humanos arrancaron de la Profundidades hace cientos de años. Me degradaron a una existencia de parásito y peón para involucrarme en sus absurdas guerras… Sólo hasta que dije “Basta” comprendieron el peligro que representaba, y desde entonces fui confinado a la oscuridad… pero siempre esperé el momento en que algún rayo de luz me mostrara la salida… y así fue… —se palpó el pecho, sonriente—. Debí aguardar durante años a que un mocoso curioso girara la llave de mi liberación —explicó con ironía.
Masterebus recordó a su amo ante tal historia. Para encontrar la verdad se dejó guiar por sus instintos, pudiendo reconocer la naturaleza atrapada bajo esa apariencia humana— Entiendo, eres como un pez que jamás podrá abandonar su pecera.
— Podría decirse… Si hablamos así tienes razón, jamás podré regresar al profundo mar del que fui sacado… pero como te dije antes no te sientas superior a mí, tú no eres diferente. Tu pecera fue destruida y sólo sobrevives ya que otro de los nuestros accedió a hospedarte en la suya, ahora están destinados a compartir el mismo espacio… a eso llamo hermandad.
Masterebus se impresionó un poco, no tuvo que explicar nada y la criatura comprendió todo sobre él.
Escogiste un mal momento para emerger de tu prisión. No sé qué tanto sepas pero los dioses guerreros de Asgard deben ser aniquilados, tenemos órdenes.
Oh, me suena como un desafío ¿acaso piensas retarme? —el llamado Ehrimanes inquirió sarcástico—. Por supuesto que sé lo que pasa, sé lo mismo o incluso más que el mismo Clyde de Megrez. A mí no me interesa lo que tú y tus amos buscan aquí, pero gracias a todo esto me vi beneficiado así que me-e… siento ligeramente-e… en… deud-a… —balbuceó sin quererlo.
El cuerpo del dios guerrero de Delta se contorsionó como un títere cuyos hilos se enredaron unos con otros. Interpuso las manos para no caer completamente al suelo.
Ehrimanes lanzó un bufido furioso antes de poder volver a hablar —Como ves… no estoy en el mejor de mis momentos… aunque tenga el control… no puedo deshacerme de Clyde… Necesito fortalecerme… para que no me estorbe… ¡Debo comer… más, mucho… más! —explicó con altibajos de voz, intentando arrastrarse inútilmente en la nieve para ir en búsqueda de carne fresca.
Masterebus lo miró con lástima, sintiéndose identificado pues él también sufrió la agonía de perder su cuerpo. Recordó lo mucho que agonizó y pensó ante su amo hasta que éste finalmente le salvará la vida. Sennefer le dio la oportunidad de renacer como una criatura nueva y más poderosa ¿acaso él no podría ayudar a un hermano caído de la misma forma?
Se reprendió por pensar así, él no tenía la habilidad del Patrono, pero al tratarse de alguien como Ehrimanes intuyó que algo podía hacer. Sin pensarlo más, Masterebus caminó hacia un delirante Ehrimanes quien balbuceaba incoherencias por su lucha contra la voluntad de Clyde de Megrez.
Masterebus se hirió la muñeca, sus garras se marcaron en el guantelete de la armadura, dejando salir el fluido negruzco que tanta conmoción causaba ante quienes peleaba.
El olor de la sangre atrajo la atención de Ehrimanes quien sólo se le quedó mirando fijamente.
— Hermano, entendemos tu aflicción. No hemos vivido lo que tú pero al ser hijos del Abismo nos causa un conflicto que podríamos catalogar como pena… Parte de nuestra sangre aún no ha sido corrupta por la humanidad que nos da forma, compartiremos contigo la fuerza de esa misma sangre, la que esperamos te permita prevalecer.
Ehrimanes escondió la cara, pudiendo sonreír con clara maldad. Tal oportunidad no la desperdiciaría, jamás imaginó que se reencontraría con alguien de su especie, ni mucho que éste lo ayudaría.
Masterebus aguardó a que su congénere hiciera el resto. Lo vio revolverse en espasmos dolorosos, incluso en un momento pensó en defenderse ya que parecía que el guerrero tenía intenciones de atacarlo. Ehrimanes logró sujetarlo por el brazo, y tras un gran sobreesfuerzo pudo llenar su boca con la preciada sangre.
Masterebus permaneció inmóvil e indiferente, pero cuando comenzó a sentir dolor y debilidad, exigió que lo soltara, mas su hermano estaba poseído por un apetito insaciable. No tuvo más remedio que apartarlo de un golpe con sus alas.

Ehrimanes cayó en el suelo, pareciendo muerto. Tras unos cuantos segundos pudo ponerse de pie por sí mismo, sonriendo satisfactoriamente tras haber recuperado el control total.
Eso… estuvo bien…
No te acostumbres —aclaró el sirviente de Sennefer, sanando su herida—. No lo volveremos a hacer. Esperamos encuentres el tiempo suficiente para solucionar tu problema.
Ya tengo algo en mente… Lo que has hecho por mí jamás lo olvidaré —respondió la criatura que había usurpado el cuerpo del dios guerrero de Megrez, haciendo una reverencia—. Puedes considerarme tu aliado a partir de ahora.
No necesitamos nada de ti.
Desearía conocer a la persona a quien le sirves —insistió.
Él está fuera de tu alcance por ahora.
¿Podrías saciar mi curiosidad cuando menos? Nada te cuesta charlar un poco conmigo. Tengo muchas preguntas.
Nada de esto te concierne… —Masterebus susurró en advertencia.
Sólo deseo armar el rompecabezas tan extraño que se ha formado aquí. Los hombres que murieron a manos de mi homónimo eran seres humanos sin nada especial, pero en cambio este par —refiriéndose a los caídos—, son… almas que usurparon un cuerpo vivo. Creí que algo así estaba penado en el mundo de los humanos, quien lo hizo debe tratarse de alguien de gran poder, aun muertos siento su influencia sobre estos restos —Ehrimanes dijo pensativo—... Igual me desconcierta que alguien de nuestra especie sea capaz de caminar entre los hombres con tanta libertad… ¿Qué clase de persona ha sido capaz de reunir tal armada y con qué motivo? Ese es el enigma.
Masterebus no respondió al instante. El llamado Ehrimanes poseía una percepción e intuición muy elevada… comenzaba a creer que había sido una mala idea el haberle ayudado.
Quienquiera que sea tu amo, comienzo a entender porque te humillas a la servidumbre.
Nuestro amo y aquel a quien admiras sin conocer son individuos diferentes, no te equivoques —Masterebus corrigió, dándole la espalda.
— Desearía conocerlo.
— Eso no es algo que nosotros podamos arreglar.
— Si permanezco contigo quizá tenga la oportunidad.
Haz lo que quieras, mas no podemos asegurarte nada. Si Caesar, el Patrono de Sacred Phyton te considera una amenaza, te eliminará sin titubeos. Él es el hombre de más confianza del señor Avanish.
¿Tan fuerte es ese hombre, o es que acaso estas subestimándome?
— A nosotros no tienes que demostrarnos nada, si quieres llegar al señor Avanish haz algo que llame su atención y quizá te dé la oportunidad. Caesar puede ser la llave que te lleve a él —Masterebus no dijo más, alzó el vuelo convencido de su siguiente dirección. Aunque tenía muchas dudas respecto a Ehrimanes, pero estaba seguro que lo seguiría.
¿Avanish? —Ehrimanes repitió el nombre—. Tal vez sea la persona más interesante de este mundo... valdrá la pena buscar una audiencia con él —musitó con malicia.

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Veinte guerreros fueron los que pudieron llegar a vislumbrar el palacio del Valhalla. Recorrieron las confusas dunas blancas y montañas, pudiendo reencontrarse conforme se acercaban al castillo. Ninguno de los dos Patronos apareció entre ellos, mas decidieron no retrasar los planes.
Les sorprendió no hallar guardias que se les opusieran, pudiendo llegar a la gigantesca entrada sin problemas.
Las altas y gruesas compuertas estaban cerradas, pero no las consideraban un impedimento para abrirse camino por la fortaleza.
Frenaron cuando divisaron una única silueta interponiéndose en su andar. El rojo de su ropaje sagrado resaltó entre los copos de nieve.

La sola presencia de Alwar de Benetnasch detuvo a la horda de guerreros. Los forasteros desconfiaron por lo sucedido anteriormente en el lago, mantenerse alerta fue una precaución que tomaron todos.
El dios guerrero de Benetnasch los miró desde el último escalón, siendo el obstáculo que impediría a los invasores entrar al recinto sagrado. La frialdad de sus ojos rojos intimidó a más de uno pero no fue suficiente para hacerlos desistir.
— Retírense —escucharon con claridad pese al sonido del viento—. Esta será la única advertencia. Si uno, quien sea, se atreve a avanzar un solo paso más, condenará al resto —advirtió con rudeza.
Alwar sabía que era inútil intentar razonar con ellos, pero lo sintió como una obligación hacia la señora Hilda.
Para su beneplácito, no se equivocó. Alguien dio el paso que necesitaba para excusar las ejecuciones.
Los hombres se extrañaron cuando el peliblanco se armó con una harpa negra. Sus dedos tocaron una sola nota que resonó en los oídos de los intrusos, siendo el preludio de una terrible agonía.
Aunque todos se lanzaron al ataque, del harpa emergieron un sinnúmero de hilos brillantes que se les enredaron por todas partes. Se sintieron sometidos como si se trataran de pesadas cadenas, irrompibles pese a su delgadez.
Estaban totalmente confundidos, sin poder moverse forcejearon sólo para herirse ellos mismos pues los hilos que estaban en contacto con la piel cortaban con suma facilidad.
Al escuchar las exaltaciones de sus enemigos, Alwar comenzó a tocar una bella melodía para silenciar los grotescos sonidos que procederían a continuación.
El réquiem que se desprendió de esas cuerdas poseía una armonía celestial, como si un ser divino la estuviera interpretando, sin embargo su efecto sobre otros era muy contrastante.
En cuanto la música comenzó, los hilos plateados se tensaron sobre todos los cuerpos a los que estaban adheridos.
Manteniendo los ojos cerrados, el dios guerrero no perdía concentración pese a los alaridos que el réquiem arrancaba de las gargantas de los invasores.
Alwar se negó a ver cómo las cuerdas brillantes se enterraban sin compasión en la piel. Las armaduras que vestían se rompían como cristal, encajándose con saña sobre los tejidos, cortando con profundidad.
La melodía prosiguió hasta la última nota. La cuerda mortal vibró con fuerza y todos los hombres murieron en un instante tras gritos ensordecedores.
Las cuerdas cortaron miembros y cabezas, desbaratando sus cuerpos como piezas de juguetes deshechos. La sangre saltó por todos lados, empapando las escalinatas.
El guerrero de Eta cortó los hilos sobrantes para liberar su harpa, abriendo los ojos para contemplar el trabajo. No se consideraba un hombre despiadado, pero como guerrero de Odín debía actuar de acuerdo a sus prioridades, y tomar prisioneros no era una buena estrategia.
Alwar jamás pidió esta vida de combatiente, sólo aspiraba a ser un simple músico, pero no tenía otra salida ya que las nornas lo señalaron como el dios guerrero de Benetnasch años atrás. Nadie lo sabe pero, intentó rechazar el nombramiento, se negó a tomar la armadura y por ello fue castigado. La herida en su rostro fue un mínimo pago por su atrevimiento, pero quedó marcado de por vida en más de una forma. Su cabello blanco y ojos rojos eran el símbolo de su desacato ante los deseos de Odín.

Dejó de pensar en el pasado cuando escuchó unas cuantas ovaciones de soldados que celebraron su victoria. Al otro lado del muro había todo un regimiento, pero sólo unos pocos  fueron capaces de ver lo sucedido, siendo quienes corrieron la voz de lo acontecido.
Alwar estaba lejos de responder las aclamaciones, sólo se giró un segundo para evitar que se les ocurriera abrir las puertas de la muralla, sabía que más enemigos rondaban el palacio, debía esperar por ellos.

— Es increíble… te deshiciste de todos ellos con tanta gracia. Los dioses guerreros comienzan a impresionarme —oyó decir a su costado.
Alwar se volvió rápidamente, quedando pasmado al ver a un hombre de brazos cruzados sentado muy cómodamente en las escaleras. No se había percatado de él y se acercó tanto ¡¿cómo podía ser?!
El dios guerrero retrocedió, con la defensa en alto. Inspeccionó detenidamente al hombre que apareció como un fantasma en el lugar. Tenía la piel morena, llamativo cabello rubio, pero lo que más resaltaba eran las pinturas en su cara. Con líneas blancas, azules y negras tenía tatuados dos pares de ojos, unos arriba y otros abajo de los auténticos órganos, dando una fuerte impresión.
— ¿Desde cuándo estas aquí? —Alwar preguntó.
— No mucho —respondió alzando los hombros—… Está bien, miento, pude haber salvado a estos inútiles si hubiera querido pero… la verdad es que eran un estorbo. Cumplieron su parte por lo que ya no eran necesarios, gracias por ahorrarme las molestias de tener que hacerlo yo mismo —sonrió con descaro, dejando ver una dentadura cuyos colmillos habían sido afilados intencionalmente.
— ¿Salvarlos? Creo que te sobreestimas.
— Tómalo como quieras —dijo despreocupado, levantándose para encarar a su próximo oponente—. Bueno, la falta de acción ya estaba comenzando a aburrirme, me alegra que mis compañeros decidieran ir por otro camino, así tengo todo este parque de juegos para mí solo —el sujeto comentó con burla.
— No voy a permitir que irrumpas en el sagrado palacio del Valhalla —el dios guerrero de Benetnasch aclaró.
— Al no encontrar a ningún simple soldado durante todo el camino me hace suponer que todos están escondidos allí adentro —añadió, mirando por encima de Alwar la gran puerta del castillo—. Sabes que son inútiles y aun así quieres protegerlos, qué desperdicio.
— Me tiene sin cuidado lo que piense alguien que no valora la vida de sus propios aliados.
— Je, quiere decir que sufrirás con lo que estoy por hacer —musitó con malignidad—. Espero te hayas despedido de ellos porque ya no tendrás la oportunidad.
Ante la amenaza, Alwar lanzó su ken de forma inmediata, de su mano se dispararon un sin número de hilos de luz que estallaron al golpear el suelo.
— ¡¿Qué?! —se sobresaltó, al ver como el enemigo estaba al pie de las escaleras. ¡Ni siquiera lo vio moverse!
— Es claro tu deseo por salvarlos, ¡pero sólo provocaste que mi ansía por matarlos sea mayor! —rió de manera diabólica al mostrar un cosmos tinto rodeándolo, el cual comenzó a extenderse como una bruma espesa que cubrió poco a poco el panorama frente al palacio.
¡Dementaris! —exclamó, provocando que entre la neblina tinta se formara un rostro fantasmal, el cual gruñó mostrando una grandes fauces. El alarido ensordeció a muchos, incluyendo a Alwar quien no estaba seguro de cómo responder el ataque.
La bruma  avanzó como una marejada, pasando a través del dios guerrero, por los muros del palacio, por los soldados, por  los sirvientes. Como una peste imparable llegó hasta los lugares más recónditos del Valhalla en cuestión de segundos, penetrando por debajo de las puertas o cualquier mínima fractura de los muros.
Cegó, ahogó y aterrorizó a todos, pero no perduró.
Dahack, Patrono de la Stella de Arges vio complacido como todo el inmenso castillo estaba cubierto por la bruma. Poco a poco, el espesor de la neblina empezó a disminuir, volviendo la visibilidad.
Pese al azote del viento, la estructura del palacio quedó impregnado por la extraña bruma que terminó convirtiéndose en polvo, quedando abundantes granos oscuros en el suelo.
Dahack mostró un gesto de sorpresa al ver el brillante cosmos de Alwar de Benetnasch. El asgariano esperó alguna clase de dolor cuando la neblina chocó contra él. Atinó a envolverse con su cosmos, sirviendo como barrera impenetrable, mas nada ocurrió. A simple vista nada estaba fuera de su lugar, alcanzaba a escuchar como los guardias tosían pero respiraban lo suficiente para saberlos vivos.
— ¡¿Qué fue eso?! —el dios guerrero de Eta exigió saber.
— No te preocupes, se escuchará en —pensativo, se rascó la barbilla para comenzar a contar—… tres… dos… uno.

Un extraño barullo dio inicio en el interior del palacio. Alwar oyó como los guardias gritaban aterrados y confundidos.
— ¡¿Qué es esto?! ¡Aaargh!
— ¡¡Monstruos!!
— ¡¡Malditos!! ¡¿Cómo entraron?!
— ¡¡Ayuda!! ¡¡¿Dónde están?!! —entre otras fueron las exclamaciones que llegaron al dios guerrero.
Alwar estuvo por correr hacia el palacio pero, se detuvo por el enemigo al que le descubriría la espalda.
Dahack permaneció inmóvil, escuchando las frenéticas reacciones provenientes del Valhalla.
Alwar escuchó como la batalla inició entre los soldados y lo que sea que hubiera aparecido en el interior de la fortaleza. El sonido de espadas chocando contra otras, los golpes de escudos, los arcos dando en un blanco, el derramamiento de sangre y los gritos de batalla alarmaron al dios guerrero. Al ver su indecisión, el Patrono decidió ayudarlo a revelar la situación.
Dahack extendió el brazo hacia la puerta, generando una tremenda ráfaga violácea que impactó contra el grueso portón.
Alwar esquivó el ataque con facilidad al no ser el blanco primario. La puerta estalló sonoramente, los escombros salieron despedidos por todas partes.
En cuanto el golpeteo de la nieve y el humo le permitieron ver, el guerrero de Eta quedó absorto al observar que los soldados peleaban entre ellos, sin tregua ni consideración.
Poseídos por una furia y miedo irracional estaban matándose entre ellos, ya unos cuantos yacían inertes en el suelo, y el resto estaban heridos por las armas de sus propios camaradas.
— ¿Pero qué significa esto…? —musitó perplejo— ¡Deténganse! ¡Paren en este instante! —gritó con voz de mando, pero fue totalmente ignorado.
La risa del Patrono de Arges retumbó en sus oídos.
— ¡Tú! ¡¿Qué es esta brujería?! —Alwar le exigió saber en cuanto desplegara numerosas cuerdas plateadas hacia los hombres. Como inofensivas sogas contuvieron a los soldados que estaban al alcance. Pese a su intento de evitar que se maten entre ellos, los guerreros que estaban más retirados emplearon flechas para acabar con los aprisionados entre sus cuerdas.
— Que ironía… cuando se nos encomendó venir a aquí no imaginé que seríamos espectadores de una pequeña pero dramática reproducción de lo que ustedes llaman el Ragnarok ¿no te parece? —Dahack cuestionó sarcástico, subiendo poco a poco los escalones—. Según entiendo las leyendas dicen que vendrá el invierno llamado Fimbulvetr, con inmensas nevadas, hielos y vientos gélidos en todas las direcciones —el Patrono extendió los brazos para sentir la nieve en sus dedos—. El mundo se sumirá en grandes batallas, y los hermanos se matarán entre sí. Bastante épico —comentó burlón.
Alwar se giró por completo al enemigo que subía lentamente por las escalinatas.
— Todo esto es obra tuya, sólo tú puedes detenerlo.
— Podría claro, si quisiera… pero no es mi deseo. El veneno de mi técnica es difícil de resistir. Los débiles sucumben ante la toxina, teniendo una muerte lenta y dolorosa; pero aquellos que tienen algo de fuerza sufren alucinaciones intensas que les impide reconocer a amigos de enemigos, se ven a sí mismos rodeados por criaturas monstruosas sin darse cuenta que están destazando a sus propios compañeros de lucha —Dahak sonrió con cinismo, mostrando los colmillos que parecían los de una poderosa serpiente—. La agonía se acabará hasta que una mano piadosa los asesine. Claro que es inútil con guerreros de élite como los dioses guerreros, pero es suficiente para ahorrarnos la necesidad de lidiar con microbios.
A la mente de Alwar saltó la preocupación. La señora Hilda, la señora Flare y sus hijas ¿acaso ellas también han sido víctimas de ese maleficio?
Benetnasch preparó la lira en sus manos, haciendo sonreír al Patrono quien esperaba otra danza de hilos plateados, sin embargo cual fue su sorpresa cuando tras una simple nota salió expulsado en el aire.
Dahak sintió como una serie de golpes lo empujaron. Cayó  de pie sobre las escaleras. No vio nada que hubiera podido esquivar, por lo que el asombro se le acentuó en la cara.
Alwar volvió a pasar los dedos por las cuerdas y de nuevo Dahack resintió una serie de golpes invisibles que lo llevaron a cubrirse la cabeza con los brazos.
— Haz osado manchar el Valhalla con la sangre de los hijos de Odín, pagarás caro tu atrevimiento— sus ojos rojos brillaron como rubíes por la furia que borboteaba en su ser—. Aquí encontrarás tu final.

FIN DEL CAPITULO 28

viernes, 1 de junio de 2012

EL LEGADO DE ATENA. Capitulo 27. El vórtice de la tormenta Parte III. El bosque oscuro


Asgard, 15 años atrás

Cada mediodía un poderoso cosmos circula por el aire de Asgard, palpando la piel como una caricia. Esa era la hora en que la princesa de Polaris viajaba hacia la orilla del mar para orar con devoción al padre Odín.
La Princesa dejó de acudir sola a tal rito desde el atentado del emperador del océano. Todo un séquito de creyentes, incluyendo a su hermana Flare, la acompañaban en la oración, maravillándose por el pacifico y encantador cosmos que apaciguaba sus corazones.

Ese día en especial, Hilda abrió poco a poco los ojos, permaneciendo con las manos unidas para permitirse un instante de distracción. Lanzó una sutil mirada por encima del hombro para descubrir una presencia en particular, allá a lo lejos, por encima de las cabezas de todos los fieles que oraban con fuerza a los dioses. La regente de Asgard esbozó una sonrisa al reconocer a Bud, quien en la distancia y apartado de las sombras permanecía como un guardián.
Hilda se mostró feliz de verlo allí. Bud se veía diferente, algo había cambiado en él y sabía que era para bien. Mas debía finalizar primero con sus plegarias para después poder hablar con el guerrero.


El dios guerrero permaneció de pie en la cima de las escalinatas que conducen al nuevo altar de Odín. Deseaba hablar con Hilda, pero entendía que debía ser paciente y esperar el momento más oportuno.
Nunca ha sido un hombre de oración, por lo que no iba a comenzar ahora pese a que estaba esforzándose por ser un hombre diferente. Días atrás dio un gran paso por el sendero que jamás creyó se animaría a andar, pero Hilda tuvo razón desde el principio.
Fueron momentos de mucha tensión, pero al final sus padres le demostraron que sin importar todo lo sucedido aún lo amaban… Pese a que logró expresar su odio hacia ellos, las lágrimas de su madre tuvieron un poderoso efecto, limpiaron su corazón de resentimiento. Tras esa demostración de afecto y arrepentimiento, Bud no pudo seguir negando sus propios sentimientos, por lo que accedió a darse una oportunidad para conocerlos.
Pensaba en ello cuando fue invadido por una extraña sensación que lo puso intranquilo. No se trataba del cosmos de Hilda, ni tampoco de una presencia maligna. Agudizó los sentidos para encontrar su origen, siguiendo el rastro que sentía latente en el ambiente.
Su percepción lo condujo hacia unas viejas ruinas que alguna vez edificaron una mansión. Pasó con cautela por los pasillos, arcos y bóvedas derruidas, llegando a un claro bajo el cual alguna vez se alzó un jardín con una larga fuente rectangular, rodeada por estatuas de guerreros vikingos, ahora sólo quedaban despojos de la bella arquitectura.
Bud se detuvo ante un monumento del que sólo quedaban las piernas de un hombre en armadura. Sentía que toda la zona estaba impregnada por esa extraña presencia, pero no podía ubicar el lugar exacto del que emanaba.
Parece que lo conseguiste. Felicitaciones dios guerrero de Zeta —escuchó un eco reverencial justo en el momento en que se manifestó una luz en medio de la destrozada fuente.
El resplandor dorado no lastimó sus ojos, pero aun así retrocedió unos cuantos pasos. La masa resplandeciente se ondeó hasta formar un portal del que emergió una manifestación divina. Fue difícil de distinguir, pero poco a poco notó una silueta montada sobre un caballo.
Tal visión hizo que Bud se palpara la cabeza al ser invadido por un leve mareo, causándole un poco de dolor… Muchas imágenes se desbordaron en su  mente, recordando algo importante… memorias perdidas de un encuentro con una divinidad.

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Herido y sumamente débil después de enfrentar a los esbirros que Hilda envió para matarlo, Bud se sorprendió por el potente relinchido de un caballo. Cuál fue su intriga al volver el rostro, descubriendo que provino de un majestuoso corcel blanco con herraduras, riendas y silla de oro. La jinete que montaba el robusto animal llevaba en brazos el cuerpo del caído dios guerrero Syd de Mizard. Se trataba de una mujer quien lo acunaba como a un niño durmiente.
La mujer poseía una impecable belleza, de pálida piel que desprendía un aura celestial. Estaba dotada de un cuerpo fornido pero escultural; cabello largo, lacio y dorado como hilos de oro blanco; nariz respingada; labios finos, coloreados con pintura rosada; sus ojos estaban ensombrecidos por un casco alado que adornaba su cabeza. Su vestimenta consistía en una armadura ligera de platino con incrustaciones de piedras preciosas, de su espalda crecían dos alas plegadas de aspecto metálico que formaban parte de la coraza, una túnica blanca se acentuaba a sus caderas, y un escudo en el que dos cuervos y dos lobos habían sido plasmados para la eternidad.
Por las leyendas populares en Asgard es por lo que Bud sabía qué era ella…
— Una valkiria… —murmuró incrédulo ante su magnificencia.
El maravilloso corcel golpeó la nieve con uno de sus cascos, pidiendo dar marcha. La imponente valkiria decidió permanecer ahí un poco más, estudiando con cuidado al mortal que había quedado sin habla mientras la miraba muy sorprendido.
Tenía deseos de conocerte Bud de Alcor Zeta —escuchó que ella le habló, mas la valkiria no tuvo que mover los labios para darse a entender.
— ¿Me conoces? —Bud preguntó contrariado.
Ridícula pregunta —sentenció la hija de Odín—. Por supuesto que sé quién eres, así como conozco a todos los hombres y mujeres que nacieron en las tierras de nuestro gran padre, Odín. Después de todo, soy una de las responsables de tejer los tapices del destino bajo el fresno Yggdrasil, mi nombre es Skuld*.
Skuld, una de las tres nornas encargadas de los hilos del destino, y que al mismo tiempo sirve como una valkiria más a las órdenes de Freya.

Por un inexplicable sentimiento de respeto Bud se mantuvo arrodillado ante la divinidad nórdica, empequeñecido por la intrigante presencia que inundó el lugar.
— ¿Has venido a llevarte a mi hermano? —se atrevió a preguntar.
Odín lo ha llamado a su lado, su valor será recompensado y junto al resto de los dioses guerreros gozara de los placeres del Vingólf… Aunque originalmente, también venía por ti. Curioso, sigues con vida pese a que el hilo estaba por llegar a su fin —comentó para oídos del asustadizo Bud— ¿Te gustaría verlo?— inquirió al extender la mano hacia el guerrero. Los cabellos casi blancos de la valkiria se agitaron un poco, siendo uno de ellos el que se alargó hasta llegar al pecho de Bud, tocando justo donde se encontraba su corazón.
El dios guerrero quedó boquiabierto, ¿Acaso ese era el hilo de su vida?, ¿Un simple cabello de la norna Skuld?
En ese largo hilo de oro, Bud notó franjas oscuras, casi invisibles, que marcaban unas divisiones en el tramo del cabello.
No cabe duda que los mortales son interesantes, algunos como tú logran desafiar lo tejido en el Yggdrasil y extienden el hijo de sus vidas, ya sea por su gran voluntad, la intervención de algún dios o el ferviente deseo de un ser querido. Observa bien guerrero de dios, en dos ocasiones has debido morir pero tu hilo continúa extendiéndose— sus palabras eran ciertas, había dos anillos oscuros en ese cordón dorado.
— … ¿Y eso qué significa?...— el tigre blanco preguntó preocupado.
—  Que hay un destino más grande del que yo pude vislumbrar para ti — anunció—. Y con los eventos que han azotado a Asgard gracias al poder de Poseidón, finalmente lo comprendo. El señor Odín tiene planes para su pueblo y para él mismo… Él te ha elegido Bud, pero sólo eres una opción… Necesitas más que haber sobrevivido hasta ahora para ser realmente digno.
— ¿Qué estás tratando de decirme, norna Skuld? —un deje de desconfianza hizo brillar los ojos del joven guerrero.
No tienes ningún poder sobre mí como para que tenga que revelártelo, pero mi misión es ‘tejer lo que deberá ser o lo que es necesario que ocurra’. Si yo quisiera, podría terminar con tu existencia aquí y ahora, o convertirte en un trovador por el resto de tu vida… Lo que yo considere necesario— explicó.
— Parece que los dioses gustan de jugar con los humanos— dijo resentido, después de todo ha tenido una vida llena de infortunio.
Skuld sonrió divertida— Despreocúpate, cuando se trata de hombres con un espíritu como el tuyo es difícil trenzar algo como eso. Además, puede que seas la hebra que necesito para hilar los deseos de mi dios padre. Aunque todavía no estás listo, necesito que me demuestres algo más… Eres fuerte y poderoso, es cierto, pero se necesita de otra clase de fortaleza si es que en verdad serás de quien Odín vaya a aprender.
— ¿Aprender?... ¡No entiendo nada!— renegó, levantándose.
No necesito que lo entiendas, sólo que lo hagas. Sé digno Bud, demuestra que puedes enfrentar tus miedos más profundos y vencer tus oscuros instintos. Haz eso y tejeré para ti algo grande.
— ¡Espera, me rehúso, yo no…!
No recordarás nada de esto hasta el momento en que nos volvamos a ver… Y si eso llega a pasar, significará que has sido elegido como la mejor opción.

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— Skuld… Tú… ¿Cómo pudiste jugar con mi mente así?— poco a poco apartó la mano de su frente, sobreponiéndose al dolor.
Era necesario— dijo la valkiria sin abandonar la montura de su dócil corcel— Creí en ti, y no me defraudaste. Y antes de que digas algo erróneo, te diré que yo no tuve nada que ver con las decisiones que tomaste los últimos días. Debes saber que las nornas no controlamos todos sus movimientos en la vida, sólo aquellos que sabemos son necesarios para lograr el futuro.
— ¿Cómo creerte?
No espero que me creas, pero es la verdad. Eres otro hombre ahora, ya no eres ese niño huérfano y resentido, has escapado de la mediocre existencia en la que bien podrías haberte perdido. Estoy sorprendida y muy satisfecha.
— ¡No quiero ser un juguete de los dioses Skuld, ya no más!
No muestres ingratitud ¿acaso no aprendiste nada durante tu prueba? —la valkiria cuestionó con tranquilidad—. Tu padre rogó a Odín para que te salvara esa fría noche, y él respondió. Tal vez no viviste como un príncipe, pero conociste la generosidad a manos de un hombre honesto. Todo lo que has superado era necesario para que llegaras hasta aquí… Tendrás tu recompensa.
— No necesito nada de ustedes, no planeo ser su herramienta en lo que sea que traman —Bud respondió con el ceño fruncido.
— ¿Acaso me veré en la necesidad de borrar tu memoria de nuevo, Bud? Creí que esto te alegraría— añadió seriamente la valkiria—. Deberías sentirte honrado.
— Inténtalo— ante el inexpresivo rostro de la valkiria, Bud alargó sus garras mortales y encendió su cosmos en advertencia—. Esta vez no será tan fácil.
— ¿Levantas tus puños contra una mensajera de Odín? —Skuld preguntó contrariada.
— ¿Por qué no? Tal vez así se entere que no soy una buena alternativa después de todo.
— Y sin embargo, no podría pensar en nadie más para ayudarnos, Bud.
En ese instante, otra voz femenina intervino, conteniendo el violento cosmos del tigre blanco.
La princesa Hilda había arribado de manera imprevista, con serenidad caminó por entre las ruinas y la nieve.
— Hilda… ¿acaso tú eres parte de esto?—el dios guerrero masculló con recelo.
— Como soberana de Asgard estoy al tanto de los planes del padre Odín. Te lo dije antes ¿no es cierto? Que necesitaré a personas como tú de mi lado para forjar un mejor futuro para Asgard. Y si estás aquí es porque has decidido que así sea.
— Pero no así —apuntó a la valkiria quien permaneció en silencio—. No por alguien que puede manipular todo lo que hagamos a voluntad.
— ¿Así lo sientes Bud? ¿De verdad crees que todo lo que has hecho no es por mérito propio? —la princesa se paró junto a él, dedicándole una reverencia a la norna antes de proseguir—... Tal vez los dioses únicamente te hayan inspirado para que lo hagas, pero al final, si no hubieras sido lo suficientemente capaz, habrías fracasado en todas y cada una de tus acciones. Los dioses no son nuestros enemigos, por lo menos no los de estas tierras. — con suavidad palpó el brazo de Bud para que bajara sus mortíferas zarpas—. Ellos desean compensar todos los siglos de sacrificio que hemos tenido que soportar, y dichosos debemos estar. Trata de entenderlo Bud, ya has llegado hasta aquí, no creo que debas retroceder.
Bud dejó la pose de batalla al sentir que debía confiar en Hilda, no podía sentirse enfurecido con ella, ya no más.
— El mundo está por cambiar, y Odín necesitará guerreros tanto en el Valhala como en la Tierra ¿Me ayudarías aquí, Bud?
Hilda preguntó instantes antes de que el cielo comenzara a oscurecerse. La sacerdotisa, el dios guerrero de Zeta y hasta la misma valkiria de Odín alzaron la vista, contemplando cómo es que una mancha oscura apareció en el sol para ennegrecerlo poco a poco.
— ¿Qué es eso? — Bud cuestionó desconcertado sin apartar la mirada del astro rey.
— La señal del cambio —Hilda  contestó sin temor—… Es cuestión de tiempo para que el mundo sufra una metamorfosis…
La prueba tanto para dioses como para mortales dará inicio cuando el sol vuelva a brillar con todo su esplendor —la norna Skuld profetizó a la pareja cuyos hilos no había decidido unir todavía, y sin embargo lo hicieron por sí mismos. Sonrió al ver como las delgadas hebras de sus vidas se entrelazaban justo como lo hicieron las manos de ese hombre y esa mujer al estar uno junto al otro.
— Tal parece que es como dijiste Hilda —Bud habló. Ninguno de los dos parecía consciente de estar tomados de la mano—. Tenemos que pasar nuestras vidas encarando el futuro… en una lucha eterna.
— Pero no siempre habrá que luchar —corrigió Hilda—. No todo se resuelve con batallas, sino también con palabras y perdón ¿acaso no aprendiste eso?
Bud sonrió avergonzado. Ya más relajado pudo mirar a Hilda a los ojos ¿acaso todo esto lo había planeado ella y no la norna? Tal vez jamás lo sabría— Sí… en eso, te doy la razón.
— No nos corresponde participar en ese desafío que libran ahora Atena y sus santos— reveló la princesa asgariana—. Pero ya habrá otros y tenemos que estar listos ¿estarás conmigo Bud?— preguntó esperanzada.
Bud soltó la mano de la princesa, hincándose en reverencia ante su señora. Dando inicio a su vida como guerrero de la luz— El dios guerrero de Mizard Zeta está listo para iniciar sus funciones. Le serviré fielmente a partir de hoy y para siempre, princesa Hilda.





Capitulo 27.
El vórtice de la tormenta, Parte III.
El bosque oscuro

El lejano aullido que escuchó claramente dentro de la tormenta trajo a Bud ese viejo e importante recuerdo. Algo que percibió como un mal presagio…
Bud, Freya y Elke abandonaron sus actividades y charlas dentro de la mansión al escuchar el llamado de Aullido a través de sus cosmos. Algo grave estaba ocurriendo en Asgard, era su responsabilidad acudir al llamado.

Freya y Elke se aproximaron a Bud de Mizard quien miraba desafiante por una ventana, siendo clara la preocupación que recorría su ser.
Los tres dioses guerreros extendieron sus sentidos hacia donde sentían el cosmos de Sergei de Alioth, intuyendo que estaba siendo partícipe de una confrontación. Siendo él su guía, lograron distinguir las numerosas presencias que ya no podían esconderse entre la feroz tempestad.
— Son entre veinte y treinta individuos —dijo Freya, como si pudiera visualizarlos en la distancia—. ¿Qué está pensando Sergei al ir él solo a enfrentarles? —preguntó preocupada.
— No, son cuarenta, ni más, ni menos —corrigió Elke, quien era mucho más a fin a tales percepciones—. Parece que se han dividido por alguna razón, aunque eso no ha detenido su marcha… pero Sergei ha iniciado una cruenta lucha con uno de ellos —describió como si estuviera allá.
— ¡Debemos ir! —indicó Freya, esperando la autorización del señor Bud.
— Seré yo quien regrese al Valhalla, ustedes dos deben permanecer aquí y cuidar de Syd —Bud indicó tras meditarlo unos segundos.
— ¡Pero señor Bud, el príncipe estará más a salvo si lo llevamos al palacio…! —Freya intentó oponerse.
—Es peligroso viajar con este clima y más si en el camino debemos lidiar con guerreros desconocidos —respondió, caminando hacia la salida tras tomar su abrigo. Si son los mismos de los que hemos tenido noticias de oriente nos esperan pruebas muy difíciles. No pienso exponer a Syd de esa manera, estará más a salvo aquí, con ustedes.
— Dejar a dos guerreras sagradas fuera del combate sólo para servir de niñeras es una estúpida idea —dijo Elke sin contemplaciones.
— ¡Elke! —Freya desaprobó la forma de hablarle a su superior.
— Quizá tengas razón —dijo Bud—, pero quiero poder enfrentar esta situación con la seguridad que las dos mejores guerreras de Asgard estarán al lado de Syd. Si algo llegara a pasar y las cosas resultan como en Egipto, podré confiar en que ustedes lo mantendrán a salvo y lo llevarán a un lugar seguro —explicó sin cambiar de parecer, mirándolas con gesto autoritario—. Aunque lo duden este no es un deseo egoísta de un padre que intenta proteger a su hijo. Asgard necesitará a su príncipe en el futuro, los dioses así lo han decretado.
Elke sólo cruzó los brazos bastante molesta, desaprobando las indicaciones que le fueron dadas.
Freya sentía lo mismo, pero a diferencia de Elke podía sentirse honrada de que el señor Bud le confiara la vida de su único hijo. A ese grado llegaba la estima que sentía por ella y no pensaba defraudarlo.
— Dejo a Syd y el futuro de Asgard en sus manos —Bud dijo con solemnidad, decidiendo emprender el viaje hacia la batalla sin despedirse del príncipe Syd.

Palacio Valhalla.

En la sala del trono, Hilda proyectó su cosmos hacia cada rincón de Asgard para estar al tanto de la situación. Al percibir el cosmos de Sergei de Alioth estallando en la lejanía, supuso que algo grave estaba por suceder, un presentimiento que pudo confirmar gracias a Alwar de Benetnasch, dios guerrero de Eta.
El arpista permaneció junto a la fuente circular que marcaba no sólo el centro de la habitación del trono, sino del palacio mismo. Alguna vez escuchó decir que los antiguos sacerdotes de Odín utilizaban ese espacio como una gran fogata de llamas embravecidas, pero las aguas cristalinas con brillos platinados reflejaban de mejor forma la benevolencia de la actual gobernante de Asgard. La luz que emitía el agua bañaba las paredes de un color azul tan claro que daba la ilusión de encontrarse dentro de un auténtico palacio de hielo.
— El peligro avanza de manera incontrolable por las tierras de Odín —la sacerdotisa previno después de abrir los ojos—. Debemos estar preparados.
A falta de la presencia del señor Bud, Freya y el resto de los dioses guerreros, Alwar de Benetnasch sabía que toda la responsabilidad recaía sobre sus hombros. La seguridad de la familia real de Asgard era su máxima prioridad.
— Los hombres están preparados, la mayoría ha tomado posiciones para salvaguardar el perímetro del castillo —Alwar explicó con una reverencia.
— Alwar, tú y yo sabemos que las sombras que avanzan hacia nosotros no pueden ser contenidas por hombres ordinarios. Sé que es pedirte demasiado, pero si es posible desearía que hubiera el menor número de bajas —pidió, preocupada.
El guerrero de Eta asintió con sumisión —Haré todo lo que esté a mi alcance, señora Hilda. Pero no tema, confiemos en que el señor Bud regresará pronto, además no olvide que aún contamos con Clyde de Megrez y Aifor de Merak. Seguramente ellos vendrán.
Hilda sonrió con optimismo, volviendo a cerrar los ojos.
— ¿Pedirá ayuda al Santuario, mi señora? —intuyó el asgariano ante el semblante de la gran sacerdotisa.
— Aunque ese fuera mi deseo, no puedo —respondió en total calma.
— ¿Por qué no? —se animó a preguntar, intrigado.
— Aún no lo entiendo del todo, pero siento como si algo, o alguien, impidiera que mi cosmos alcance al Patriarca del Santuario… temo que nuestros enemigos no cometerán el mismo error dos veces, tendremos que enfrentar esto solos.
— ¡No necesitamos la ayuda de los forasteros! —clamó Alwar con valentía, obligando a Hilda a mirarlo a la cara—. Le pido que no se angustie señora Hilda, los guerreros de Odín no le fallaremos.
La sacerdotisa sonrió agradecida. Debía creer en la fortaleza de su nación, sería toda una deshonra volverle a fallar al gran dios Odín.

En algún lugar de Asgard.

Sin dejarse amedrentar por el agresivo golpeteo del viento, el dios guerrero de Megrez observa por encima de un desfiladero. Envuelto por una capa y el manto divino de Delta, mira hacia el horizonte de manera analítica.
Junto a él, el joven guerrero de Merak estudia acongojado el panorama. Estuvo al tanto del cosmos de Sergei de Alioth, y tras un repentino estallido contra su rival desapareció todo rastro de él. ¿Eso es lo que les esperaba a todos? ¿Era el significado de su sueño? Se cuestionaba mortificado.
— Se acercan… una horda de ellos subirá por la vereda del sur muy pronto—el guerrero de Megrez señaló con el dedo—. Pero tenemos la ventaja en este terreno —explicó, sonriendo malicioso al ver como una roca cayó por la orilla hasta perderse en el fondo del acantilado.
— ¿Cómo puede estar tan seguro? Yo no percibo nada —aclaró, esforzándose por ver más allá de la tormenta.
— Muchacho tonto —Clyde se mofó con descaro—. No me sorprende de tu cabeza hueca, nunca has sido bueno para escuchar a las personas, mucho menos entender lo que tu alrededor te grita a los oídos —sonrió sarcástico.
Aifor ignoró el comentario con naturalidad, por su convivencia con el guerrero de Megrez había ganado cierta invulnerabilidad a cualquier insulto.
— Pongámonos en marcha, debemos aprovechar que estaremos en terreno elevado —sugirió Aifor de Merak, avanzando por un costado de desfiladero, mas se detuvo al notar que Clyde de Megrez caminó hacia el sentido contrario, rumbo al bosque.
— ¿A dónde va? —inquirió, a un paso de seguirlo.
— También vienen por esta dirección, yo me encargaré. Tú ocúpate de los otros.
— P-pero… —quiso disuadirlo.
Al saber su preocupación, Clyde se detuvo un momento para decir— Tu sueño… dijiste que serías  testigo de mi muerte ¿o no? —cuestionó irónico—. Mantener la distancia sería lo mejor, ¿no lo crees? No hay que apresurar las cosas, el día aún no termina —prosiguiendo su marcha—. Quiero divertirme un poco antes de que las nornas corten mi hilo, además no podemos permitir que esos hombres vuelvan a reunirse.
Aifor de Merak se atragantó por la pesadez que sentía en el pecho, no concebía que su maestro tomara  tan a la ligera la idea de morir, como si tal sentencia la hubiera estado esperando desde hace mucho tiempo. Pero en algo tenía razón y lo mejor era alejarse de él por ahora. No podía preocuparse nada más por Clyde de Megrez, tenía que velar también por la seguridad de todos sus compañeros y los habitantes de Asgard.
Con determinación, Aifor bajó las lentillas de su casco sagrado para reiniciar el andar hacia la batalla.


Clyde de Megrez caminó casi un kilometro para adentrarse al bosque oscuro que conoce como la palma de su mano. Los altos y frondosos árboles crean una resistente bóveda que ni la misma tormenta es capaz de traspasar. Todo el lugar estaba sumido en una penumbra espectral, rodeado por los fieros gritos del viento que sacudían las hojas y las ramas.

En ese lugar entrenó y perfeccionó durante largos años las artes que los Alberich han guardado con recelo durante generaciones. No le pesaba en lo absoluto ser el último de tal linaje, ni siquiera se preocupó por engendrar cuando menos uno o dos vástagos que pudieran continuar con el apellido, ni se permitió tener algún bastardo entre las mujeres de la región. No se arrepentía de ello, ni siquiera ahora que tiene la certeza que su vida está llegando al final.
Tales decisiones hacían difícil de comprender la razón por la que  decidió mantener bajo su protección a Aifor de Merak. Algunos se aventuraban a preguntar y otros a hacer conjeturas, Clyde sólo guardaba silencio pues el chico era su boleto de salida, de una forma u otra.

El dios guerrero de Delta se detuvo al visualizar a la primera sombra que venía a su encuentro, así como a las otras que se posicionaron en las ramas de los arboles. En un instante se vio rodeado por una docena de guerreros con armaduras de colores variados. Clyde de Megrez giró sobre sus talones con lentitud, mirando a cada uno de ellos sin temor. Él no era la clase de adversario que se interesaba en buscar razones para no pelear, por lo que le desagradó escuchar a uno de ellos hablarle.
— Clyde, esbirro de la Casa Alberich, tiempo sin vernos.
El guerrero de Odín se giró lentamente hacia el hombre que se atrevió a avanzar a su encuentro. Ni su presencia, ni su armadura gris despertaron alguna clase de interés en el dios guerrero.
El hombre de cabello castaño y piel bronceada sonreía con arrogancia, guardando silencio como si esperara ser reconocido.
— ¿Y se supone que nos conocemos? —Clyde de Megrez preguntó con indiferencia.
Al guerrero le cambió la expresión a una de completa indignación, pero mantuvo los estribos —Parece que en Asgard continúan con su mala costumbre de enterrar los actos deplorables que cambian el rumbo de la historia. ¡Está bien que finjas no reconocerme, pues yo Kolbeinn de la casa de Yttredal he regresado para tomar lo que por derecho nos pertenece! —clamó, respaldado por el vitoreo de los hombres que lo acompañaban.
Clyde permaneció pensante sin expresión alguna, algo que irritó al llamado Kolbeinn. Él fue de los principales promotores del intento del derrocamiento de Hilda de Polaris años atrás, el exilio fue su castigo, ¡¿pero cómo se atrevían a olvidarse de él?!
En aquel tiempo, sólo hubo dos grandes impedimentos para ver logrado su fin: el feroz tigre de Zeta y el hechicero oscuro de Delta. Sin ellos, Hilda hubiera sido despojada del trono y alguno de sus aliados habría tomado el control.
Ahora que el destino les brindó la oportunidad de vengarse de tal humillación, aceptaron tomar el camino de la venganza, un sentimiento que permaneció latente pese al haber sido acogidos por el reino vecino donde vivieron en paz.
— Jum, la basura sigue siendo basura, no me disculparé por no recordar el nombre de un traidor —Clyde sonrió tras encontrar un viejo recuerdo sin importancia de aquellos días de guerra—. Esto comienza a tomar sentido… ¡Ja! Le dije a la Señora que debíamos de cortarles la cabeza a todos. Será una lección para ella que vea que la piedad no trae ninguna recompensa —rió sonoramente—. Concuerdo con lo que dijiste antes, es una pésima costumbre enterrar la porquería ya que no desaparece y tiende a volver a la superficie. Todos ustedes son la prueba de ello.
— ¡Maldito! —rugió el guerrero mientras el resto de los hombres tembló por la furia.
— Cierto es que tienen uno que otro motivo para levantar sus puños contra Odín, pero no recuerdo que fueran tan inteligentes como para ser el origen de los ataques a Grecia y a Egipto ¿o me equivoco?
— Esas son cosas que no nos conciernen.
— Quiere decir que en efecto se han vendido para lograr sus ridículas intenciones —Clyde dedujo sin quitar su sonrisa altanera.
— ¡A callar! ¡Tú que estás cegado por el fanatismo ha dioses ausentes jamás lo entenderías! ¡Asgard será una nueva tierra donde los hombres gobernarán su propio destino!
— ¿Aún después de tantos años continúan con lo mismo? Son patéticos —Clyde se echó la capa hacia atrás, dejando sus brazos al descubierto—. En ese entonces fracasaron, hoy no será diferente, es claro que sólo son peones sacrificables de un rey que se esconde en algún lugar —llevaba consigo un grueso libro de pasta negra y grabados plateados—. Así que, ya que los han enviado al matadero con mucho gusto seré el verdugo que finalmente los ejecutará como tenían merecido.
— ¡En esta ocasión todo será diferente! ¡Ataquémoslo todos juntos! — Kolbeinn ordenó iracundo.
Los gritos de batalla superaron los silbidos del viento, mas Clyde se mantuvo inmóvil y sonriente pese a que los doce hombres se lanzaron sobre él por todas direcciones.
En respuesta, el guerrero de Megrez Delta encendió su cosmos blanco al abrir el libro que sostuvo con una mano. Las hojas se movieron por sí mismas a gran velocidad hasta detenerse en una página específica.
— Invoco al espíritu del trueno —Clyde musitó con un tono místico— ¡Tordenbrak! —su voz tronó como un relámpago, desencadenando un fuerte temblor a su alrededor. En el suelo se abrieron una serie de grietas de las que emergieron saetas eléctricas, tomando por sorpresa a los guerreros. La mayoría alcanzó a retroceder, mas dos hombres fueron atrapados y golpeados por los rayos.
El guerrero de Megrez permaneció en medio de la barrera eléctrica, observando cómo sus primeras dos víctimas se calcinaban por el golpeteo continuo de los relámpagos hasta quedar ennegrecidos.
— Vuelvo a darte la razón Kolbeinn de la casa de Yttredal, esta vez será diferente… No habrá piedad —Clyde aclaró con soberbia.
Los cuerpos carbonizados cayeron al suelo, marcando conmoción en el rostro de los invasores. El dios guerrero desvaneció la magia que lo protegió con un movimiento de su mano.
Los exiliados estaban estupefactos, es cierto que en el pasado habían sido testigos del poder oscuro del último de los Alberich, ¡pero nada como aquello!
— Que no les sorprenda. En esta ocasión no tengo por qué contenerme, la señora Hilda no está aquí para salvarlos —rió al imaginar lo que cruzaba por sus mentes.
— ¡Mantengan sus posiciones, podemos vencerle, despliéguense! —dirigió un guerrero de ropaje magenta.
— Estúpidos —Clyde se mofó cuando cuatro de los enemigos decidieron atacarlo por diferentes flancos al mismo tiempo.
El dios guerrero de Megrez cerró los ojos para volver a quedarse inmóvil. Con horror los exiliados notaron como las hojas del maléfico libro negro volvieron a moverse— La unidad de la naturaleza —susurró el asgariano cuando los enemigos estuvieron lo suficientemente cerca para escucharlo.

Gritos de espanto cruzaron por todo el bosque cuando las torcidas ramas de los arboles cobraron vida de forma espeluznante. Como serpientes atraparon por las extremidades a todos los enemigos allí reunidos. Algunos intentaron escapar o destruir las ramificaciones que caían sobre ellos, pero resultó inútil resistirse a todo el bosque que los envolvió rápidamente como una telaraña, sobre todo cuando las raíces de los mismos arboles también salieron de la tierra.

La desesperación creció rápidamente en todos ellos, mucho más al verse unos a otros forcejear sin que alguno pudiera liberarse.
La madera marchita crujió de manera horripilante conforme los guerreros fueron arrastrados hacia donde se encontraba el maligno hechicero.
El dios guerrero aguardó paciente a que todos quedaran alrededor de él, como toda una araña que estaba a punto de saciar su hambre con un amplio festín.
Clyde de Megrez rió al verlos como auténticos insectos retorciéndose entre las enredaderas. Los hombres que colgaban de las ramas notaron como en el rostro del hechicero comenzaron a notarse unos inusuales resplandores que le cedían todavía un aspecto mucho más macabro e intimidante.
—Escogieron este lugar creyendo que sería ventajoso para ustedes… —musitó conforme numerosas ramas con puntas afiladas se situaron sobre los prisioneros, quienes aterrados intuyeron lo que estaba por ocurrir.
—Esperaban que fuera mi tumba, pero terminará siendo la suya —sonrió despiadadamente, cerrando el libro negro con fuerza. Dicha acción fue la orden que siguió el bosque para masacrar a los guerreros.
Las ramas atravesaron sus cuerpos con la efectividad de cientos de lanzas. Los alaridos y gritos agonizantes se escucharon al unísono, quedando atrapados en la espesura de los árboles. Unos tuvieron la dicha de morir de forma instantánea, otros sobrevivieron a la primera ola de dolor sólo para sucumbir ante los movimientos de la naturaleza pensante que los arremató con crueldad y sadismo.
Los sonidos fueron apagándose poco a poco hasta que volvió a reinar el silencio dentro del oscuro bosque.
Clyde de Megrez contempló satisfecho cómo la sangre goteaba de todos los cuerpos colgantes. La lluvia carmesí hizo vibrar cada uno de sus sentidos, provocándole una dicha indescriptible.
El dios guerrero alargó la mano para mancharla con la sangre que caía sobre él. Sus dedos comenzaron a temblar conforme se los llevaba a la boca. Pasó la lengua por las yemas de estos, saboreando la cautivadora esencia de la sangre.
Cuando buscó probar más, prefirió golpearse el rostro con la mano extendida, como si deseara asfixiarse a sí mismo.

Clyde soltó  un bufido de desesperación antes de caer de rodillas al suelo, temblando de manera frenética sobre las manchas carmesí.
El dios guerrero se dobló sobre sí mismo, atacado por un intenso dolor que conocía a la perfección. Con esfuerzo, buscó entre sus ropas algo que se le dificultó coger por el entorpecimiento de su cuerpo.
Con dificultad bebió el contenido de un delgado frasco, respirando agitadamente sin poder levantarse del piso.
— Maldito seas… veinte años de esto y… ¡Es suficiente! —rabió—… Mi único consuelo es que… hoy será nuestro último día juntos… Todo terminará… —susurró desafiante.

Con un claro sobreesfuerzo, el dios guerrero tomó el libro negro antes de ponerse de pie. Sudoroso y debilitado dio media vuelta, sabiendo que debía marchar hacia el Valhalla para asistir a sus jóvenes compañeros.
Clyde avanzó unos cuantos pasos nada más cuando percibió un poderoso cosmos desplegándose por el bosque. Se giró con rapidez sólo para ser testigo de cómo todo estaba siendo cubierto por una gruesa capa de hielo de tonalidades verdes, desde el piso hasta la hoja más pequeña. El hechicero vio como ese fenómeno también envolvió a los cadáveres, por lo que saltó para no ser atrapado por el manto de hielo, cayendo sobre el duro y resplandeciente cristal.
— ¿No te alegra haberme escuchado? Te dije que si aguardábamos un poco quizá seriamos testigos de algo asombroso —un hombre dijo entre la oscuridad— ¿Cuál es la lección de todo esto? —inquirió presuntuoso.
— No me vengas con tus sermones ahora, ya entendí que ser cauteloso no significa cobardía —respondió la voz impaciente de una mujer.
— Perfecto, había más alimañas escondidas después de todo —Clyde fingió despreocupación al detectar a dos individuos que habían escapado de su mirada.
— Sí que me dejaste perpleja con esa demostración de poder, dios guerrero de Delta —elogió la mujer de armadura verde jade que emergió de las sombras—. Pero no te servirá más.
— Permanecieron como espectadores todo este tiempo y no se dignaron en intentar salvar a sus compañeros. Sospecho que los asuste un poco ¿no es cierto? —Clyde inquirió ante las precauciones de ese par.
— Hemos esperado mucho tiempo como para que nuestra nueva vida termine aquí y de manera tan cruel —respondió el hombre quien portaba una armadura verde olivo.
— Me es claro que ustedes no son como estos estúpidos —el dios guerrero señaló a las estatuas de hielo. Percibía algo diferente en ellos dos que aún no alcanzaba a comprender.
— ¡Para nada! —la mujer de cabello rubio permaneció junto a su compañero—. A nosotros no nos interesan sus políticas o rencillas sociales. Tenemos una misión, y los dioses guerreros interfieren en ella.
— ¿Puedo saber a quién sirven con tal devoción? —Clyde indagó, concentrándose en reunir fuerzas— ¿Qué es lo que buscan retando la ira de Odín y del Valhalla?
Hombre y mujer sonrieron con complicidad — Pronto ya nadie tendrá que volver a temerle a tu gran Odín—la guerrera respondió, invocando un intenso cosmos esmeralda por el que el bosque de hielo empezó a romperse.
Clyde la imitó al ver como el guerrero se abalanzó sobre él en un ataque directo. Una vez más invocó el espíritu del rayo, pero el enemigo logró abrirse paso por entre las centellas en una temeraria encrucijada, pudiendo asestarle un puñetazo en el abdomen y un rodillazo en el pecho.
Clyde raspó el hielo con su cuerpo hasta ser detenido por una pila de rocas congeladas. Lanzó una mirada furiosa al enemigo quien sólo le dedicó una sonrisa burlona cuando expulsó su propio poder.
Los dos invasores unificaron sus cosmos esmeraldas para producir un estallido cuya ola de destrucción quebró todo lo que estaba bajo el hielo. En pocos segundos el bosque entero fue reducido a miles de fragmentos de cristal que permanecieron flotantes en el aire.
El dios guerrero quedó pasmado ante la manera en la que podían manipular cada trozo de hielo para convertirlo en una mortal avalancha.
— Tu vínculo con la naturaleza no es algo que pudiéramos a superar, pero nos enseñaste que podemos usar el entorno a nuestro favor. ¡Muere ahora!
Los pedazos cristalinos se arremolinaron como un enjambre embravecido, cayendo como un tsunami de hielo cortante contra el dios guerrero.
Clyde logró ponerse de pie, luciendo tan abatido como si llevara días luchando sin descanso. Estuvo a punto de remover las páginas del libro de hechizos para defenderse, cuando una imagen resaltó a su vista.
Dicha visión lo dejó contrariado por un momento, sin embargo terminó por ablandar la mirada y sonreír como si lo hiciera para una querida amiga a la que estuvo esperando por mucho tiempo. Con la imagen de esa hermosa mujer y su corcel blanco se dejó arrastrar por la marejada.
La ola de cristal causó grandes estruendos, fundiéndose con la nieve para alterar la formación del terreno conocido. La tormenta zumbó en los oídos de los guerreros que, victoriosos, observaban el resultado de su fuerza combinada.

El hombre parecía el más satisfecho de poder estar allí sobre sus dos piernas, capaz de sentir el frío en la piel, la emoción acelerándole el corazón, percibir el sutil perfume de los cabellos de su compañera. Habían sido bendecidos con una segunda oportunidad para ver cumplidos sus sueños de antaño, por lo que estaba dispuesto a pasar por encima de cualquiera para conservar lo que se les obsequió.
Una vez que se convencieron de que habían acabado con el asgariano, caminaron por la alfombra de nieve y cristal en dirección hacia donde sentían otros cosmos luchando entre sí.

El guerrero corría al frente mientras la mujer permanecía un poco rezagada. Sus pies se hundían ligeramente en el suelo a diferencia de su pesado compañero, sin embargo en un último paso sintió que algo la sujetó por el tobillo, jalándola con una fuerza descomunal para hundirla en la nieve. Fue tan rápido que apenas un débil sonido de sorpresa se le escapó de los labios para alertar a su camarada.
El hombre miró sobre su hombro, alcanzando a ver como el brazo de la mujer se sumergía en la blancura de la llanura.
— ¿Elier? ¡Elier! —gritó, corriendo hacia el punto donde había desaparecido. La tormenta cubrió rápidamente el espacio sin dejar pista de su paradero. La llamó repetidas veces, escarbando con desesperación.
Se paralizó de forma repentina al percibir una presencia que poco a poco estaba aumentando su intensidad. Se levantó abrumado, buscando en todas direcciones ese cosmos que superó con facilidad el suyo.
Lo sentía provenir de todas partes, sintiéndose asechado por un ente siniestro.

Entonces escuchó un sonoro grito cuando un destello blanco emergió del suelo, borboteando como un violento géiser que se alzó hacia la inmensidad del cielo nublado. Sangre le cayó en la cara cuando el cuerpo de su compañera salió expulsado de la columna de luz.
Impresionado por lo ocurrido, ni siquiera intentó moverse para atraparla. La mujer cayó al suelo inerte y exánime a pocos metros de él. Con horror pudo ver el amplio agujero que le atravesaba el vientre.
El guerrero dio un paso en falso hacia atrás, chocando contra alguien que ya estaba a su espalda. El leve contacto le transmitió un intenso escalofrío que casi le detuvo el corazón. Invadido por un terror incomprensible no se atrevió a mirar atrás.
Una lúgubre respiración zumbaba en su oído, nublando todo pensamiento o acción de valentía. Reconoció esa sensación que sólo una vez se experimenta en la vida, aquella que te abraza antes de morir.
— El amo no estará complacido… —el hombre musitó con resignación.
Justo en ese momento un brazo se cruzó por delante de su pecho para sujetarle la quijada —Pero yo sí —le dijeron con una voz espectral—, gracias por brindarme la oportunidad que necesitaba.
De un sólo movimiento esa mano quebró el cuello del guerrero, volteándole el mentón hacia la espalda. Su rostro quedó congelado con una expresión llena de confusión y espanto, mirando fijamente al dios guerrero de Delta.
Clyde dejó caer el cuerpo de su enemigo, contemplándolo en silencio. Pese a todo, el dios guerrero se encontraba completamente ileso, salvo por tener rastros de abundante sangre seca en la barbilla y en el contorno de los labios, siendo evidente que no le pertenecía a él.
Sus ojos habían cambiado, destellaban con un aura eléctrica que parecía encontrarse atrapada en el interior de su cuerpo, marcándose delgadas grietas luminosas alrededor de los ojos, por la frente y las mejillas.
Ese rasgo tan inhumano reflejaba lo que en verdad pasaba en su interior. Clyde comenzó a reír por lo bajo, aunque conforme iba aumentando la dicha en su ser la transformó en una fuerte carcajada que sobrepasó los sonidos del viento.


FIN DEL CAPITULO 27


Skuld*. Es una de las tres Nornas principales de la mitología nórdica junto a Urd y Verdandi. Junto a sus hermanas tejía los tapices del destino bajo el fresno Yggdrasil.
También desempeñaba un trabajo de valquiria, cabalgando en los campos de batalla mientras decidía sobre las vidas de los combatientes y decidiendo la suerte que llevaría a la victoria.